El MoMA dio el ejemplo, y ahora los más importantes museos de la Gran Manzana han iniciado un sólido proceso de modernización, que incluye nuevos edificios y ampliaciones. No por nada, y con el indispensable apoyo privado, se calcula que de aquí al 2012 la inversión en esta área rondará los 20 billones de dólares. […]

  • 30 noviembre, 2007

El MoMA dio el ejemplo, y ahora los más importantes museos de la Gran Manzana han iniciado un sólido proceso de modernización, que incluye nuevos edificios y ampliaciones. No por nada, y con el indispensable apoyo privado, se calcula que de aquí al 2012 la inversión en esta área rondará los 20 billones de dólares. Acá adelantamos lo que se viene.
Por Luisa Ulibarri.

Ya es más que una tendencia, y se ha transformado en una realidad que está cambiando una de las más importantes ramas del panorama cultural en Nueva York. Todo comenzó con la reciente expansión del MoMA, y la convicción de que el arte en buenas cuentas es una inversión y no un gasto. Las fortunas neoyorquinas responsables de la creación y puesta en marcha de la mayoría de los museos de la Gran Manzana descubrieron que las grandes afluencias de público, más el boom experimentado por la arquitectura de espacios destinados a las artes, y la necesidad de desviar el excedente de esas fortunas, merecían más que un desafío y nuevas recompensas.

Se calcula en 20 billones de dólares la inversión que acaudaladas familias y mecenas privados están haciendo entre 2007 y 2012 para remozar fachadas, interiores o derechamente construir nuevos edificios, para museos como el Whitney, el Cooper-Hewitt National Design Museum, el MoMA –que anexará nuevas superfi cies a la reciente remodelación del japonés Yoshio Taniguchi–, el Museum of Arts and Design, el Museum for African Arts y el New Museum. Este último, cinco años después de abandonar su sede de Broadway, y con una inversión de 50 millones de dólares, reabre este 1 de diciembre y a 30 años de su creación en la calle Bowery en el downtown; una impactante torre diseñada por la fi rma también japonesa Sanaa, y los arquitectos Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa.

Pero partamos por el MoMA, cuyo director Glenn Lowry acaba de estar en Chile y dictar fascinantes conferencias en la Universidad Adolfo Ibáñez, su anfitriona. Museo nacido en noviembre de 1929 en un pequeño espacio arrendado, y con una muestra de cuatro artistas entonces prohibidos en la escena museal americana –Cézanne, Van Gogh, Seurat y Gauguin–, sus madrinas fueron tres esposas de acaudalados apellidos como Rockefeller, Marron y Kravis, quienes influirían en la construcción, 10 años después, del primer edificio, construido por Philip Goodwin y Edward Durrell Stone.

Y rápidamente se convirtió en un museo conocido hoy por albergar la más importante colección de arte moderno del mundo, e impulsar el papel de la arquitectura en su dinámica presente y futura.

Entre 1951 y 1964 las ampliaciones del edificio emplazado hasta hoy en la calle 53, correspondieron a Philip Johnson, en tanto César Pelli se encargó en 1984 de entregar nuevos aires al espacio hasta llegar al más radical y reciente lifting inaugurado en 2004, que dotó al museo de 58 mil metros cuadrados y una arquitectura polémica pero abierta a la luz, los espacios y las transparencias, de Yoshio Taniguchi. ¿El costo de esta nueva inversión? 858 millones de dólares, cifra equivalente a levantar ocho Guggenheim de Bilbao.

El edificio propone una metamorfosis espacial destinada a aumentar las sensaciones de “quietud-inquietud” entre los visitantes, y un atrio luminoso de 30 metros de altura en sus salas generosas de espacio, “regadas por una cascada de luz natural, un jardín más amplio, y concatenadas en un deslumbrante juego de revelaciones y ocultamientos”, a juicio del propio Taniguchi. Pero no el de todos: en el New Yorker Paul Goldberger alabó su elegante expansión, no así su estricta geometría de piedra y cristal, que le pareció similar a una columna dórica. Sus colegas del New York Times opinaron que la nueva carcasa del edificio servía para encapsular al siglo XX y no proyectar al MoMA hacia el futuro, idea de su creador Alfred Barr.

Más allá de estos cuestionamientos estéticos, ahora, con el reciente nombramiento como presidente del MoMA de Jerry Speyer, millonario coleccionista y ejecutivo de las propiedades Tishman que incluyen al Rockefeller Center y el edificio Chrysler, el museo seguirá vistiendo traje de luces. Acaba de adquirir en 50 millones de dólares la tierra adyacente al Midtown, y vendió la otra mitad a la poderosa firma Houston Hines, para más espacios de galerías dentro de los próximos cinco años.

Los nuevos aires del Whitney

Diferente es la historia del Whitney Museum, con una de las mejores colecciones de arte norteamericano del siglo XX, aunque rompió sus propias marcas al encargar a Renzo Piano los planos de una torre a construir lejos de su tradicional sede, el edificio de Marcel Breuer ubicado en la Avenida Madison. Será una construcción en Gansevoort Street con una extensión que duplica sus actuales instalaciones, y la meta es tener una gran parte de la colección a la vista, dejando esa especie de perfil actual de “sala de cámara” de las exposiciones temporales. Quizás por ahora lo más interesante de este museo está en su historia, iniciada en 1931 con la colección de 700 objetos de arte de la colección personal de Gertrude Vanderbilt Whitney, compuesta de no pocos jóvenes y desconocidos artistas, entre los cuales destacaba el realismo de Edward Hopper, el americano de las tristezas, las soledades y los pastizales, que iniciara su carrera en el Whitney Studio de 1920.

Sin duda las exhibiciones anuales y bienales iniciadas por el Whitney en 1932, entregaron decisivos nombres al ruedo como los de los célebres Arshile Gorky, Philip Guston y Jasper Johns. Al morir Gertrude Whitney (1942) y posteriormente la primera directora del museo, Juliana Force (1948), se creó el grupo de Amigos de Whitney, que con estilo logró incorporar obras decisivas de otras luminarias de la escena visual que ya triunfaban en Estados Unidos y en el mundo, como Kline y De Kooning, a los que se sumaron coleccionistas inspirados que donaron piezas maestras de artistas claves en la escena como Calder, Judd, Oldenburg, Segal, la longeva Louise Bourgeois y Georgia O’Keefe, entre otros.

El legendario edificio de Marcel Breuer, arquitecto y diseñador húngaro perteneciente a la Bauhaus, fue inaugurado en 1966 con el apodo de “Ziggurat babilónico invertido”. Era una arquitecura desafiante en esa etapa del siglo XX. Se imponía el Estilo Internacional, y Breuer lo destacó en las espaciosas y elegantes galerías de granito y concreto, y en sus generosas metáforas visuales vigentes hasta hoy. Pero ya cumplió su época. De ahora en adelante será Renzo Piano –coautor del Pompidou de París– quien diga la última palabra en cuanto al destino arquitectónico del nuevo Whitney. Pocos lo conocen aún. El nuevo edificio estará a la entrada del High Line, una extensa área que ha sido reacondicionada en los últimos años, y se espera una inversión ambiciosa: 500 millones de dólares, provenientes de la organización privada New York State Trust for Cultural Property, y donaciones públicas. Entre sus mecenas está Leonard Lauder, cabeza de Estée Lauder Companies, con una respetable contribución de 100 millones de dólares.

Platas vienen, platas van Otro recinto que ofrecerá novedades es el Museum of Arts and Design, que durante medio siglo ha lucido una colección de objetos de arte y diseño nacidos del vidrio, la madera, el metal y la fibra, así como expresiones de arquitectura y moda. Ubicado en el célebre Columbus Circle, fue seleccionado en 2002 por la New York Economic Development Corporation (EDC) para ampliar el edificio y animar el sector con una construcción que capitalice su espectacular ubicación entre Manhattan y el Central Park. Se piensa cuadruplicar su superficie, y el arquitecto Brad Cloepfil está empeñado en la reconversión de un proyecto que permita ver la colección completa en buenos espacios. Nacido en 1964, este museo libró una larga batalla para preservarlo, aunque desde 1998 vivía un estado de decrepitud y abandono que lo convirtió en una suerte de lánguido mausoleo.

La construcción inicial del museo, obra de Edward Durrell Stone y Ada Louise Huxtable fue despiadadamente descrita como un “disfuncional palacio veneciano plagado de lolly pop”. Cloepfil, tipo joven que ama la luz natural y los amplios ventanales de cristal, tiene un sentido de los materiales y un refrescante approach arquitectónico, a los que seguramente sumará guiños a sus artistas inspiradores Richard Serra y Louis Khan.

La directora de este museo, Holly Hotchner, tiene destinados 80 millones de dólares para esta renovación, más otros recursos provenientes de fondos públicos, de la venta de sus antiguos espacios, y una campaña de otros 90 millones como meta para adquirir la tierra y manejar tanto los costos duros como los blandos. Se espera que el nuevo museo debute en 2008 con novedades, como espacios más luminosos, salas para exposiciones temporales y la creación de un Centro de Estudio para las Artes y el Diseño con dinámicos planes de artistas en residencia, conferencias y workshops que masifiquen el intercambio de arte, tecnología y sus expresiones más decorativas cada vez más en boga en el mundo contemporáneo.

Del mismo modo el tradicional Cooper- Hewitt National Design Museum, creado en 1897 por tres benefactoras (Amy, Elanor y Sarah Hewittt, nietas del ingeniero eléctrico Peter Cooper, inventor de la primera lámpara de mercurio) y brazo del Smithsonian desde 1967, piensa aumentar en un 80% el espacio de exposiciones con la propuesta de los arquitectos Beber, Blinder y Bell, ganadores de muchas medallas y vinculados a obras como el Apollo y el Hilton Theatre de Nueva York, y otros importantes edificios en el mundo. Se supone que esta nueva ampliación verá la luz entre 2008 y 2010, pero todavía no se han conocido más detalles de sus planos.{mospagebreak}

El museo no interrumpirá sus exhibiciones durante su remake en los espacios de la tradicional, fascinante y georgiana Andrew Carnegie Mansion en la Quinta Avenida de Nueva York rodeada de jardines.

Ahí alberga una colección de 250 mil objetos que han explorado el siempre difuso territorio entre el lado histórico y contemporáneo del diseño. Su futura misión ahondará en el plano educativo en un programa que honrará la innovación y la excelencia del diseño americano.

El Museum for the African Arts, destinado a estudiar las diversas culturas de ese continente que tiene ciudadanos desde el nacimiento de los Estados Unidos, sorprende también por sus bríos renovadores: abandonó en 2002 la tradicional sede del SoHo, con una inversión de 80 millones de dólares, y el edificio diseñado por Robert Stern, decano de Arquitectura de la Universidad de Yale, abrirá sus puertas en 2008-2009 con una gran exposición de arte contemporáneo de creadores procedentes de Africa como también de la llamada diáspora, que incluye la recreación de un villorrio típico de ese continente, y múltiples expresiones de su cultura. Concebido como una puerta abierta a Harlem, el nuevo edificio, ubicado entre la Quinta Avenida y la calle 110 East, se emplaza en un rico y diverso paisaje multicultural. El nuevo edificio tendrá grandes galerías de arte, un jardín interior, cafetería y un centro interactivo de educación.

La joya de la corona

Pero sin duda las mayores expectativas de esta efervescencia museal neoyorquina están cifradas en la apertura el 1 de diciembre del New Museum of Contemporary Art, que en 2002 abandonó sus instalaciones en Broadway para construir en 235 Bowery Street. Un barrio plagado de emigrantes y lofts de artistas, que ahora emerge reanimado por un luminoso, albo y sofisticado edificio-torre que resuelve claramente sus espacios interiores y exteriores sin jerarquizarlos, diseñado por los arquitectos japoneses Sejima y Nishizawa, expertos en construcciones de museos, teatros y centros culturales. Su proyecto está avaluado en más de 60 millones de dólares, proporcionados en gran parte por dineros privados y en menor escala por endowments (fondos públicos).

Este museo, respetado en Estados Unidos y el mundo por su profesional dedicación al arte contemporáneo además de su irrefutable expertise curatorial, cumple 30 años con esta modernización. Y el aniversario viene fuerte en proyectos y ambiciones.

En estos días desarrollará su marcha blanca, y se abrirá al público con la muestra Unmonumental, exhibida en sus tres grandes galerías incluyendo entre otros, un collage de las vanguardias técnicas del siglo XX un assemblage, esculturas e instalaciones acompañadas de un libro de 224 páginas publicado por Phaidon.

Las actividades están financiadas por el banco BNP Paribas de Francia, la Fundación Andy Warhol y otras dos fundaciones privadas norteamericanas que apoyan con convicción y sin remilgos a artistas emergentes.

Entre sus nuevas misiones, y guiado por sus instalaciones arquitectónicas, el nuevo New Museum incorporará un ambicioso plan de enseñanza, a través de estaciones multimedia de trabajo, áreas de exhibición, simposios y conferencias que contarán con un jugoso mecenazgo.

Por eso no cuesta entender la felicidad de su directora Lisa Phillips, para quien este nuevo espacio es una siembra, laboratorio de “nuevo arte y nuevas ideas, con un entorno bello y funcional, que envalentona a los amantes del diálogo, el debate y la creatividad artística, catalizando una interacción comunitaria”. Y cuyo constante diálogo entre arte, arquitectura, urbanismo, mecenazgo y crecimiento de las ciudades, provoca una permanente y apasionada reflexión sobre este apasionante fenómeno contemporáneo.

A partir de hoy, prometen ser el “New, new Museum” de Nueva York. Y al parecer así será.