No está en la política del día a día, pero la siente como pocos. Dialoga, debate y opina dentro y fuera de ella, y su juicio es categórico: los partidos se están quedando atrás, no comprenden los cambios profundos que ha vivido el país y si no se suben al tren, van a trancar la […]

  • 9 marzo, 2007
No está en la política del día a día, pero la siente como pocos. Dialoga, debate y opina dentro y fuera de ella, y su juicio es categórico: los partidos se están quedando atrás, no comprenden los cambios profundos que ha vivido el país y si no se suben al tren, van a trancar la máquina del desarrollo de Chile, que necesita urgente un afinamiento, si no queremos que nos pisen los talones.

Por Cony Stipicic

La imitación de Salvador Allende que el humorista Juan Carlos “Palta” Meléndez hizo en el reciente Festival de Viña del Mar, lo tocó. “Cuánto han cambiado mis compañeros de entonces”, decía el Chicho al monstruo de la Quinta Vergara. “Ya no esperan el 1º de Mayo para salir a la calle, sino para irse a Cachagua”, se lamentaba detrás de los anteojos de marco negro. Y lo nombró. Oscar Guillermo Garretón estaba en la lista de quienes –en la rutina del cómico– habían cambiado la empanada y el vino tinto por el sushi.

Hay algo de cuento viejo en eso. Garretón recuerda cuando, a comienzos de los 90, se impuso la moda de hablar del red set, del cual obviamente formaba parte. Es que su condición de Mapu-joven-revolucionario de la UP dio paso a un exitoso renovado-rico-empresario. Una especie de negrito de Harvard tanto en su mundo como en el de la empresa. Eso, al menos en el principio de la historia.

“Espero que después de esto algún amigo me invite de vacaciones a Cachagua, porque nunca he ido a veranear allá”, bromea el ahora presidente de la Fundación Chile. Ya más serio agrega: “Debo confesar que, dentro de todo, lo del Palta Meléndez me resultó emocionante. Soy parte de un lote que peleó por un país distinto, donde la gente pueda opinar de cualquier cosa o persona sin temor a que le caiga una mano dura encima”.

“Suponer que alguien pueda seguir pensando igual después de 30 años, con un golpe de Estado, la caída del muro de Berlín, el concilio Vaticano II, Vietnam y Chernobyl entre medio, no es sinónimo de consecuencia sino que de muerte cerebral”. Así explica Garretón su “renovación”. “Uno tiene dos maneras de consecuencia (porque él no cree en la inconsecuencia). Una es la consecuencia con uno mismo y sus libros y la otra es con su gente y su país. Y si uno opta por esta última, cambia con su gente y su país. Ese es el proceso que han vivido los socialistas. Lo otro es denunciar eso como una traición, pero es más una tragedia que una consecuencia, y está más cerca del hazme reír que de lo respetable”.

-Dentro de quienes fueron, como usted dice, consecuentes con su gente y su país, muchos optaron por participar activamente en la política, pero Garretón se quedó en la empresa…

-En el origen de mi vocación empresarial está la Marina y particularmente el almirante Merino. El juicio por sedición que se me hizo (por el cual estuvo preso cuando volvió a Chile y salió exculpado) me excluyó de la posibilidad de postular a cargos de la elección popular o de participar en el aparato público. Por lo tanto, la elección empresarial no fue una opción, fue una decisión ajena a mí. Pero no me provocó frustración, al revés: el empresario que dice que no le importa la política, no califica, porque la primera cosa que debe preocuparle es la estabilidad del país. Uno participa desde un sitial que, debo confesar, al final es más grato, porque se vive la parte buena de la política: la discusión, el análisis, los diagnósticos, las opiniones; no tienes que “hacer la pega”.

En el PS se siente cómodo. Milita activamente a la vez que lidera tres pymes y es accionista de Sigdo Koppers. “Nunca he recibido (como le ocurrió a Enrique Correa, quien terminó renunciando a su militancia) críticas ni agresividad. Yo llegué a la empresa por un proceso”. Asume, eso sí, que el paso inverso, el que se da de la política a la empresa, le incomoda a mucha gente en la Concertación. El lo considera injusto e insólito: “Es un pensamiento muy retro”, expresa.

-Y entre los empresarios, ¿se ha sentido muy bicho raro?

-Al principio creo que fue un shock.

-Porque cuando llegó a la presidencia de Telefónica usted no era “uno más”.

-Exactamente, tenía una cosa como muy de símbolo, de algo que ellos, no sin razón, odiaban mucho. Y lo segundo es que no era marginal, porque asumía en una de las primeras tres o cuatro empresas de la economía chilena.

-¿Qué barreras tuvo que romper?

-Siempre comprendí sus reticencias.

-¿Enfrentó malas caras?

-Y seguramente me deben haber “pelado” tanto allí como en la Concertación, porque estaba metido en un mundo que “no me correspondía”. Pero después de la gestión de CTC eso pasó; hoy día no es tema de discusión.

-Es creciente la participación de políticos de la Concertación en directorios, pero en su momento fue toda una novedad. Se decía que obedecía a una especie de “cuoteo”, al interés de las empresas por volverse más “pluralistas”. Otros interpretaban que era para tender puentes con La Moneda.

-Si se tratara de cuotas, la de la Concertación es absolutamente minúscula al lado de la que le correspondería al régimen militar. Esto tiene dos posibilidades de interpretación: uno es que están todos nombrando gente partidaria de Pinochet, porque son la mayoría, y la otra es que están nombrando profesionales que resulten atractivos, con ambiciones un poquito más abiertas.

-Y usted cree que es lo último…

-Sí, y creo que –para tragarse otro “sapo” histórico– es gracias a las transnacionales que ha habido mayor apertura desde el punto de vista de la contratación, sin degeneración ideológica.

-O sea, su tesis es que probablemente no hubiera sido presidente de Telefónica de haber sido solo de capitales nacionales.

-Es una hipótesis, aunque dudo que hubiera sido de otra forma. Pero eso ha cambiado. El mundo empresarial, con toda razón, había visto el régimen militar como una cosa muy favorable y enfrentó con gran temor el día primero de la democracia, sobre todo cuando estaban ahí los socialistas de Allende. Pero a medida que fue pasando el tiempo las cosas cambiaron. Ahora, yo tuve algo más a mi favor: soy de ingeniería comercial de la Católica…

-Pertenecía al club…

-Tengo muchos amigos y conocidos que, incluso, me iban a ver a la cárcel en Valparaíso.

-Hubo también un proceso de “renovación” en el empresariado chileno.

-Se dieron cuenta de que cuando el mundo empresarial se estrechaba a la derecha se cometía un error garrafal. La empresa tenía mucha legitimidad y la propia Concertación la había consolidado con sus políticas. Además, se caía en una discriminación odiosa hacia una gran cantidad de profesionales con capacidades de sobra, con post grados en el extranjero, con becas o sin becas, me da lo mismo. Restringir el ingreso solo a aquellos que venían de determinados colegios o formación política, simplemente volvía mala la política de selección de recursos humanos. Eso cambió.

-¿Hay un punto de quiebre, qué o quiénes lo marcan?

-Desde el punto de vista de la imagen pública, lo marca la presidencia de Juan Claro, cuando el mundo empresarial mantiene sus reivindicaciones propiamente sectoriales y comienza a jugarse por lo que son sus legítimos intereses, igual que cualquier otro gremio. Se desvincula de una representación política y entiende que Chile tiene que conversar, dialogar y negociar con todos los actores sociales y políticos y no solamente con los amiguitos.

-Eso fue en la época de Lagos, ¿también le asigna un rol a él en ese cambio?

-Muchos empresarios también tuvieron iniciativa en ese sentido. Este es un tema un poquito obsesivo mío, por razones obvias.

-¿Y cuál era la inquietud de quienes ayudaron a provocar el cambio?

-Yo creo que una barrera se botó cuando el temor de que llegaban a gobernar unos monstruos desapareció. Luego, a medida que se fue consolidando con claridad el que la Concertación iba a gobernar por un largo período y que incluso podía volver a hacerlo si es que la derecha ganaba, era suicida y estúpido tener conexión solo con una sola fuerza. En ese sentido se dio una especie de maduración cultural.

LA BOMBA

-¿A quiénes cree usted que le siguen pesando los fantasmas del pasado?

-En todos lados siempre hay mundos conservadores. Te diría más, en general, las organizaciones están diseñadas para no cambiar nada y resistirse a las transformaciones.

-¿Cuánto pesan esos conservadurismos hoy en la marcha del país?

-Menos.

-¿En la izquierda ya no existe el fantasma del fracaso UP?

-Yo creo que el recuerdo de la UP es un recuerdo, para bien o para mal, pero no es un referente de nada.

-Para Lagos estaba el peso de ser el primer presidente socialista después de Allende. ¿Hay algo de eso en la presidenta Bachelet?

-En su caso es mucho más relevante ser la primera presidenta mujer de Chile.

-¿Eso la libera de ser socialista?

-Claro, pero además está el que ella no surgió de un acuerdo político, sino que fue emergiendo de una mayoría popular, que fue después articulada por los partidos muy sabiamente. Es una demostración más de que el tema socialista no le importaba a nadie.

-¿Ve una brecha entre esa presidenta que surgió de la ciudadanía y la clase política, cada vez más desacreditada?

-Yo creo que como país tenemos una bomba de tiempo en la política. Basta ver la opinión que hay sobre los partidos y el Parlamento, hay dos millones de jóvenes no inscritos, un 50 por ciento se declara independiente. Los partidos juegan un rol en la democracia y normalmente cuando eso se debilita, el terreno se vuelve fértil para los mesías populistas. Con partidos estructurados y prestigiados, no surgen ni los Chávez ni los Humala.

-¿Estamos incubando populistas?

-No es que tenga la certeza ni que esté diciendo que vamos para allá, pero esta debilidad de la política es un tema real y creo que tiene que ver con una cierta incomprensión de los cambios de parte de los partidos. Tenemos una política ensimismada: desde que estalló Chiledeportes hasta el Transantiago (en febrero), ningún político habló sino de sí mismo y nadie entendía a esta señora, la presidenta, que se paseaba por Chile e iba a las salas cunas.

-¿En qué se traduce el ensimismamiento de los políticos?

-Yo comparto con Dick Morris, el asesor de Bill Clinton, que no hay nada más pragmático en la política que ser idealista, pero eso no lo han entendido. Segundo, el sistema electoral es fatal. Es cierto que dio gobernabilidad, pero crecientemente transforma a cada parlamentario en un tributario de negociaciones internas ajenas absolutamente a la opinión de la gente. A mí me encantaría, lo propuse hace años en el PS, que los candidatos fueran elegidos en primarias abiertas en la circunscripción a la que quieren representar, o sea, que se ganen los porotos con la gente y no en la negociación entre tendencias internas. Además, hay inconsistencias serias entre la institucionalidad pública y la percepción de la política. Por ejemplo, tengo la impresión de que hay un alto grado de parálisis en el Estado, provocada por una mezcla perversa de tres cuestiones: una forma de gestión con control ex ante que no permite hacer nada hasta que esté comprobado que todo está hecho, y cuando han comprobado todo se les pasan igual los Chiledeportes, o sea, no sirve para nada, en vez de un control ex post, que es el de todos los estados modernos. Segundo, entender la fiscalización como un instrumento de la guerra ensimismada en política, al final no gana ninguno. Con las acusaciones de corrupción lo único que ocurre es que la población concluye que todos son una manga de ladrones, y eso no es cierto y es gravísimo, porque contribuye precisamente al debilitamiento del rol ordenador de los partidos. Lo tercero es el inmovilismo de los funcionarios públicos. A mí me parece fantástico que se discuta durante años la flexibilidad laboral en las empresas privadas, pero que nadie diga ni una palabra de lo que está pasando en el aparato público, es tremendo. La modernización del Estado es una tarea pendiente que está afectando la legitimidad de la política.

-¿Usted ve a la presidenta con el liderazgo suficiente como para llevar a cabo esa modernización? No solo en favor del buen funcionamiento del Estado, sino también en favor de la política y, por ende, de la supervivencia de la propia Concertación.

-Yo creo que ella ha liderado lo que tenía que liderar el primer año: salió del proyecto de reforma previsional, se creó la comisión de educación y tengo la impresión de que en vivienda ha habido muchos más avances de los que la gente se da cuenta. ¿Cuál es el desafío hoy día? El año pasado fue el año de la ingeniería y este año debe ser el de la realización. Hay que hacer realidad la reforma previsional y en eso el liderazgo tiene una tarea especialmente importante: convencer al mundo político de que sea serio y no populista.

Y CONTINUA:

-En innovación y desarrollo, donde efectivamente los fondos aumentan, el desafío este año es tener un aparato público capaz de gestionar esas platas y, simultáneamente con eso, ejercer liderazgo en el sector privado para que entiendan que los dineros del Estado no son simplemente una cartera de recursos, sino un llamado a que también asuman la innovación. Viene además el tema de la calidad de vida. El Transantiago es un gran desafío que va a terminar muy bien, independiente de los costos. Cuando la oposición se jugó por los buses amarillos, mostró una vez más su inaptitud para gobernar cualquier cosa en este país.

Va para largo:

-Aparte de las realizaciones –dice– hay un segundo tema, que no es desafío para una persona, sino más profundo. Resulta indispensable que definamos cuál va a ser el país de los próximos 15 ó 20 años. Porque hemos tenido éxito, no podemos seguir igual, a riesgo de perder todo lo que hemos hecho. Las claves de la innovación en Chile los últimos 20 años son dos grandes pilares: uno, los consensos cada vez más sólidos en torno a la economía de mercado y, segundo, la instauración de una democracia sólida, que transformó al país de leproso internacional en interlocutor válido, capaz de abrir mercados enormes. Esas dos cosas provocaron una dinámica en las empresas, en la infraestructura, en las telecomunicaciones, en los sistemas financieros, en el uso de informática, en la necesidad de profesionales. Pero precisamente porque ya llevamos muchos años monitoreando eso, no podemos competir igual que antes.

-Además, muchos afuera tomaron el mismo camino.

-Chile tiene hoy día un ingreso per cápita en poder de compra de poco más de 12 mil dólares, solo superado por Argentina en América latina. China o India están del orden de los tres mil dólares, por lo tanto, ya no podemos competir por costo de mano de obra ni pensar que si alguien pide un reajuste atenta contra las posibilidades del país. Este ya no es el problema de la economía chilena. Tenemos que competir por calidad, por valores agregados, por nuevas tecnologías. Si no entendemos eso, nos van a alcanzar. Hay un montón de productos con los que ya somos top a nivel mundial: el cobre, el salmón, los vinos, algunas frutas. Las posibilidades de desarrollar tecnológicamente por pura transferencia se estrechan, y en cambio hay muchos que comienzan a venir para acá a ver cómo lo hicimos para replicarlo. Si no corremos para adelante, nos van a pisar los talones y eso es súper doloroso.

-¿Quién tiene que liderar eso?

-Aquí no va a aparecer un líder sobrenatural. Hay cosas que la presidenta puede hacer y otras que tiene que hacerlas el sector privado. Y no se trata de crear consejos, si no de tener una conversación seria de país en la que participen todos los actores.

-¿Y no la estamos teniendo?

-Hay que traducirla a cosas concretas.

SEÑORES POLITICOS

-Cree que en ese impulso que falta está la explicación al estancamiento económico?

-No. Esto tiene que ver más con esa nueva realidad que no todos han percibido. El tipo de cambio actual, por ejemplo, es reflejo de que somos un país con un nivel de riqueza relativa en el mundo distinto del de antes, porque nuestra moneda es más fuerte. Entonces, puntos más o puntos menos, no se le puede pedir magia al ministro de Hacienda. El tipo de cambio se mueve por esas realidades. El Banco Central, en alguna de sus políticas, estimó que el comportamiento de la economía iba a ser un poco distinto del que fue, y me alegro mucho que ese reconocimiento esté implícito en su decisión de bajar la tasa de interés. Hay políticas que tienen que ver con cuestiones más estructurales, otras que tienen que ver con cosas más coyunturales. No creo que estemos viviendo un estancamiento. Más bien, tengo la impresión de que estamos viviendo una transición a otra etapa de país.

-¿No es de los que considera el manejo económico un poco conservador?

-Yo prefiero un ministro de Hacienda conservador a uno suelto de trenzas. Mi impresión es que gran parte del cambio tiene que ver con el aparato político, que se quedó atrás respecto del país. Fue ese mismo apartado político el que cambió la economía y la cultura, y ambas lo superaron. Lo segundo básico para el cambio es que debe haber una transformación profunda en innovación y emprendimiento, y eso no es solo responsabilidad de Hacienda. Aquí los grandes actores económicos son las empresas.

-¿Y quién debe inducir el cambio en la política?

-Aquí hay unos señores que se llaman Hernán Larraín, Carlos Larraín, Camilo Escalona, Sergio Bitar, José Antonio Gómez y Soledad Alvear, que son los presidentes de los partidos y que tienen los votos en el Parlamento para hacer algunos de estos cambios. Está bien que la presidenta y el gobierno cumplan un rol, pero si todo el resto dice que es pega de ella, no sé cómo se podría hacer. Esto es responsabilidad de los partidos y de la institucionalidad que regula la participación ciudadana en política.

-¿Podrán salir los partidos del “hoyo”?

-Si no son capaces, estaremos en dificultades.

-En el PPD… aún no cambia nada.

-Esta cuestión no es declarar ni mi fe en Dios ni mi fe en los partidos, sino advertir que tienen que resolver los problemas y los responsables de eso son los militantes, sus dirigentes y sus líderes.