Lo que nació como un trabajo puntual para ayudar a las familias damnificadas por el terremoto en El Salvador, se transformó en una cruzada para proveer de viviendas de emergencia a las familias más pobres de América latina. Estos son los planes con los que trabaja Un Techo Para mi País, fundación que ha levantado más de 76 mil casas en todo el continente. Por Carla Sánchez M.

 

  • 18 abril, 2011

 

Lo que nació como un trabajo puntual para ayudar a las familias damnificadas por el terremoto en El Salvador, se transformó en una cruzada para proveer de viviendas de emergencia a las familias más pobres de América latina. Estos son los planes con los que trabaja Un Techo Para mi País, fundación que ha levantado más de 76 mil casas en todo el continente. Por Carla Sánchez M.

 

Terremotos. Primero en El Salvador, meses después en Perú. Estas dos catástrofes – ocurridas el 2001– abrieron las fronteras a los jóvenes chilenos que desde el año 97 venían trabajando en la erradicación de campamentos a través de Un Techo Para Chile. El llamado no vino de las autoridades. Tampoco de los damnificados. Fue un grupo de estudiantes salvadoreños el que decidió contactarlos para exportar el modelo a su país. Y “el Techo” –como ellos le llaman– partió feliz a construir 200 viviendas.

Nunca estuvo en los planes quedarse. Pero fueron los mismos universitarios los que pidieron a la fundación continuar el trabajo en sus tierras. Porque más allá del caos ocasionado por el terremoto, la situación de extrema pobreza en que vivían miles de familias era desgarradora. A El Salvador se sumó Perú. Y luego, Argentina. Hoy, ya son 19 los países latinoamericanos que han recibido viviendas de emergencia, entre los cuales están Bolivia, Brasil, Venezuela, Panamá, México y Nicaragua. Mal que mal, son 200 millones los latinos que viven en situación de pobreza.

Maximiliano Pérez nos recibe con un mate en la mano. Es uruguayo y desde noviembre pasado es director de Un Techo Para Mi País, fundación que opera en los mismos cuarteles centrales de Un Techo para Chile. Subiendo el techo Maxi, como le dicen, sabe que la casa de 18 metros cuadrados que ofrecen a las familias vulnerables ha sido objeto de varias críticas. Pero tiene una respuesta clara: “esta vivienda es una solución parche, pero es un parche a una herida que nosotros queremos denunciar”, explica con su acento canchero.

-¿Por qué no levantar techos más definitivos?
-Perfectamente podríamos construir mejores casas, pero claramente serían más caras. Podrían construirlas obreros, pero nosotros apuntamos a que sean voluntarios los que vayan a levantarlas en conjunto con las familias para generar un vínculo real que motive también otros cambios.

Y ya llevan varios años martillando. Y aprendiendo de los errores. No es lo mismo construir una casa en el Caribe que en la Patagonia. Tampoco lo es trabajar en una favela o en una comunidad indígena. La experiencia adquirida les ha servido para afinar cada día más los planos de Un Techo Para Mi País y delinear la estrategia para lograr su objetivo: denunciar la exclusión y la pobreza en América latina.

Paso 1. ¿Quien necesita un techo?

“Aquí pensamos con los pies bien puestos en la tierra”, sintetiza Pérez. Por eso, toda intervención parte con el viaje de un grupo de avanzada al país que requiere las viviendas. Esa estadía, que incluye reuniones con universidades para que se involucren como instituciones y no sólo como entes que aportan voluntarios para construir las casas.

¿Con qué criterio se definen las familias beneficiarias? Ese es uno de los mayores desafíos, cuentan, considerando que las cifras que manejan indican que hay 80 millones de personas viven con menos de 2 dólares diarios.

Por lo general, la fundación hace un censo en terreno. Pero otras veces son las municipalidades –o incluso las mismas comunidades– las que tienen un catastro a las familias más vulnerables. “Nos pasó por ejemplo en Ecuador, un país donde las comunidades indígenas están muy organizadas y tienen claro cuáles son las familias que necesitan viviendas. Por prejuicios, pensábamos que los líderes iban a beneficiar a sus parientes, por lo que decidimos encuestarlos nosotros. Y nos dimos cuenta de que los datos coincidían en un 100% con lo que nos habían señalado”, explica Pérez.

El modelo de intervención varía en cada país. En los caribeños, por ejemplo, se privilegia la ventilación cruzada de las casas, mientras que en las zonas más frías la aislación es lo primordial. Y los techos también tienen diferencias: algunos son de zinc y otros de fibra de cemento.

Saben los jóvenes que no son viviendas definitivas. Muchas veces están emplazadas en terrenos ilegales que carecen de los servicios básicos. Pero sí valoran que sea el primer paso para lograr una formalidad.

Conseguir los voluntarios nunca ha sido muy difícil. Todo lo contrario: han logrado movilizar a 400 mil estudiantes a lo largo de todo el continente. Y la idea no es que construyan la casa y se vayan. Esta etapa, explican, es una puerta de entrada para acercarse a la realidad de los asentamientos y comprometerse con la lucha contra la pobreza.

¿La política no dificulta la labor? “No. No nos puede complicar. La gran determinante es que haya familias en extrema pobreza con una necesidad de vivienda digna”, asegura Pérez. De hecho, los próximos países que tienen en la mira son Cuba y Puerto Rico. “Queremos hacer una avanzada, conocer la realidad y a partir de eso, analizar si es viable o no trabajar allá”, explica Karla Fernandini, gerente general de Un Techo Para Mi País.

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Lo que resulta más complejo es la barrera con la que, cual empresa, se enfrentan todos los días: el financiamiento. “En Brasil tenemos la meta de construir 500 casas, y siempre decimos no puede ser que con la cantidad de voluntarios que tenemos y con todas las favelas que existen sólo podamos construir 500 viviendas’ ¡Podríamos estar construyendo 5 mil!”, recalca Fernandini. Y aquí va el segundo paso de la construcción.

Paso 2. Conseguir las lucas

Lo que permitió a Un Techo Para Mi País pensar en grande y acelerar la expansión en Latinoamérica fue la donación que les otorgó el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) por 3,5 millones de dólares, con una contrapartida por la misma suma que es aportada por la fundación. Pero ese dinero no es suficiente para cumplir su ambiciosa carta Gantt. De hecho, el 80% del presupuesto que manejan viene del sector privado.

“El modelo de financiamiento ha ido evolucionando. Cuando partimos, empezamos a buscar los recursos a nivel local, pero luego nos dimos cuenta de que no estábamos explotando el tema de la regionalización”, añade Karla Fernandini. Por eso decidieron golpear puertas. Y no cualquiera, sino que las de los CEOs de empresas como LAN, Coca Cola, DHL, Visa y Walmart.

“Estamos tratando de llegar al tope de la pirámide. Apuntamos a las multinacionales porque son las compañías más grandes las que tienen más presupuesto en materia de Responsabilidad Social Empresarial y una mayor presencia a nivel latinoamericano”, explica Rafael Achondo, director de Fund Raising. Y agrega: “si nosotros desde el área comercial somos capaces de llegar con este mensaje de exclusión en que viven miles de familias a la cabeza de las grandes firmas, podemos generar un cambio”.

Tan convencidos están de ello, que hasta abrieron una oficina en Miami para potenciar el trabajo con las multinacionales. Y como se dieron cuenta de que en Estados Unidos la filantropía está muy desarrollada, montaron equipos de trabajo en Washington y Nueva York. El año pasado recaudaron 2 millones de dólares en esas ciudades.

El aterrizaje en Estados Unidos no sólo ha permitido obtener más recursos, sino darse a conocer entre figuras de alcance mundial. Por ejemplo, el ex presidente Bill Clinton a través de su fundación, los apoya a nivel de networking en el trabajo que están realizando en Haití. “Más allá del financiamiento, lo que se está dando fuerte en Estados Unidos es la participación de los hombres de negocios con las causas de pobreza y con nuestra fundación. En Miami tenemos dos consejos asesores de empresarios con los que nos reunimos una vez al mes, presentamos las metas y los resultados. Es muy útil, porque nos ha permitido abrir puertas a nivel corporativo”, explica Achondo.

El año pasado, Un Techo Para Mi País ejecutó 14,5 millones de dólares en la construcción de 7.300 viviendas. Para 2011, el presupuesto es de 23 millones de dólares.

Paso 3. Manos a la obra

Uno de los focos del Techo ha sido la eficiencia; sobre todo, en lo que a manejo de fondos respecta. Cada año son auditados por Deloitte, igual que cualquier empresa que maneja presupuestos. Y han logrado establecer una regla: de cada dólar recibido, 90 centavos van directamente a la familia beneficiada y el resto se reparte en gastos de administración. Pese a que la mayor parte de los jóvenes que trabajan en la fundación son voluntarios, en toda Latinoamérica hay 300 personas contratadas.

Desde un principio, admiten en la fundación, este proyecto ha luchado por no ser asistencialista. La idea es que las familias beneficiarias se comprometan y por lo mismo es que tienen que pagar el 10% del costo total de su casa. Algo así como 150 dólares. Eso, además de que deben asumir el compromiso de construirla en conjunto con los voluntarios. “La autoconstrucción otorga un sentido de propiedad”, explica Pérez.

Clave también para la sustentabilidad del proyecto es establecer una relación de largo plazo con las empresas, y no sólo a nivel de ejecutivos. “La idea es que la empresa no entregue un cheque y se olvide. El plan es generar una relación integral, involucrar a los empleados, que vivan la experiencia de ir a construir una casa”, detalla Fernandini.

La utopía –explica Pérez– es terminar con la pobreza. “Sabemos que no lo vamos a lograr solos”, indica. Y en ello, sostiene, es fundamental el trabajo de los voluntarios, quienes apoyan a la institución en promedio dos años. Lo interesante –dice– es cómo esa experiencia les impacta en sus vidas y luego lo aplican en el sector en que se desempeñen. “La clave de nuestro trabajo está en vincular a estos dos mundos, lo más excluidos con los más privilegiados, que son los universitarios”, puntualiza.

Paso 4. Alas para despegar

La construcción de la vivienda de emergencia es sólo el primer paso. El trabajo en terreno continúa en lo que han definido como la etapa de habilitación social. El plan consiste en establecer mesas de trabajo: una reunión semanal entre los pobladores, voluntarios y otras instituciones, para buscar fórmulas que resuelvan los conflictos que afectan a la comunidad. “Lo interesante es que estos jóvenes, que estudian y también trabajan, se dan el tiempo para ir una vez a la semana a conversar con las familias sobre sus prioridades”, dice Achondo.

El trabajo semanal es complementado con planes de apoyo en educación y salud. También está la posibilidad de acceder a cursos de capacitación en formación técnica o en el desarrollo de nuevas destrezas para favorecer el ingreso al mundo laboral. Sólo el año pasado, involucraron a más de 4.600 pobladores de los distintos asentamientos de América latina y el Caribe en los planes de habilitación social.

Las familias también pueden acceder a microcréditos para tener capital de trabajo. El propósito de esta medida es promover el desarrollo de emprendedores que sean capaces de mantener un negocio rentable para contribuir al presupuesto familiar. “Generamos un acompañamiento para potenciar la participación comunitaria, algo transversal a lo que hacemos en el asentamiento. Lo otro es la generación de redes, acercar a las familias a las instancias formales para que se genere un trabajo conjunto con el que salir de la situación en la que viven”, dice Fernandini.

En esta segunda etapa, Un Techo para mi País busca formar comunidades sustentables, que logren iniciar un proceso para obtener una vivienda definitiva. Con asesoría legal, de salud, laboral y de otras áreas, les enseñan las herramientas para superar su calidad de vida y alejarse, cada día un poco más, de la extrema pobreza en que se conocieron ambos mundos.

Los “embajadores” del Techo
La jugada en Miami les ha permitido dar a conocer la marca y volcar la atención al trabajo que realizan en asentamientos. “La recepción en Estados Unidos ha sido muy buena. Es un país que genera muchos emprendimientos al año y un proyecto que está manejado por jóvenes y que tiene presencia a nivel latinoamericano llama mucho la atención”, comenta Rafael Achondo.

Tan buena ha sido la llegada, que Emilio Stefan -uno de los 10 hispanos más reconocidos en Estados Unidos, según Achondo-, les prestó su Bongos Cuban Café para organizar el evento Miami ayuda a Chile, en beneficio de las familias afectadas por el terremoto de febrero de 2010. La asistencia fue masiva: llegaron 1.200 personas, lo que les permitió recaudar 300 mil dólares.

Los eventos son parte del trabajo que realizan para conseguir fondos. Héctor Rolotti, dueño de la cadena de restaurantes Novecento y parte del consejo asesor de la fundación, organizó una cena a beneficio el 23 de marzo pasado. Aprovechando su amistad con los tenistas que participaron en el torneo Sony Ericsson de Miami, los invitó a su local. Llegaron 250 personas y cada mesa aportó una casa. En total, se juntaron 26 viviendas. Todo, en una sola noche.

“La idea ahora es hacer un evento para apoyar a Colombia, Lo más probable es que asistan Fonseca o Carlos Vives”, adelanta Achondo, lleno de entusiasmo.

 

Qué dicen los números
19 países han recibido casas de emergencia

23 millones de dólares es el presupuesto que manejan para 2011.

1.500 dólares cuesta, en promedio, cada construcción 76 mil viviendas de emergencia se han construido hasta la fecha 80% de las donaciones vienen del sector privado

De 1 dólar recaudado, la familia beneficiaria recibe 90 centavos

25 mil voluntarios, en promedio, se movilizan cada año para construir casas