El economista Sergio Urzúa asegura que los hechos observados durante la PSU 2019 nos recuerdan con crudeza nuestro subdesarrollo. Apunta a la falta de educación como la semilla del estallido social y cree firmemente que los chilenos están pidiendo más oportunidades y no más Estado.
Por: Josefina Ríos

  • 16 enero, 2020

«¿Se te ocurriría hacerte el chorito frente a un policía estadounidense? No, allá el respeto a la autoridad existe y es un elemento esencial”, asegura el economista chileno Sergio Urzúa. Agrega que este comportamineto no es una situación circunstancial, se trata más bien de un rasgo de carácter de la sociedad norteamericana que parte desde la infancia con una potente educación cívica y civil.

“En Elementary School el niño aprende a leer y otros temas básicos, pero además existe un elemento central que es la transmisión permanente de los símbolos patrios, cantan el himno, les dan a conocer a sus héroes nacionales, les enseñan tempranamente las reglas del juego, temas como la competencia justa, el cuidado del espacio propio, la Constitución. No es casual que EE.UU. sea la democracia más larga del mundo”.

Urzúa (42) vive desde el 2001 en Estados Unidos junto a su familia, aunque en dos oportunidades volvieron a Chile por períodos largos. Hoy es uno de los pocos chilenos que posee un tenure en un plantel nortemericano, denominación académica que le asegura una cátedra de por vida en la facultad de Economía de la Universidad de Maryland. Paralelamente, el economista de la Universidad de Chile ejerce como coordinador de Políticas Sociales de Clapes UC, lo que lo trae al país constantemente: desde el 18 de octubre ha visitado Chile en tres ocasiones, pudiendo constatar in situ los efectos del estallido social.

Experto en temas de educación políticas sociales, su análisis de la situación actual es descarnado y apunta a la mala formación de los niños y jóvenes chilenos como una de las causas más profundas de esta crisis y la violencia que la subyace. El complejo escenario sucitado en la rendición de la PSU la semana pasada -cuando más de 80 locales a lo largo del país debieron suspender la primera jornada de pruebas debido a actos de violencia y la tarde del martes 7 de diciembre se concretó la suspensión total luego de que se filtrara el examen de Historia y Geografía- es, a su juicio, el reflejo despiadado del problema de fondo: la mala educación en Chile.

-¿Cómo interpretas lo sucedido con la rendición de la PSU 2019?

-Es triste y lamentable. Los hechos de violencia y delincuencia observados durante la PSU 2019 nos recuerdan con crudeza nuestros atrasos, la distancia con el ideal de una sociedad desarrollada. Dejaron ver nuestro subdesarrollo.

-¿Qué causas subyacen a la violencia exhibida?

-Acá hay un grupo de jóvenes -quizás mal influenciados- que conjuga un ímpetu autodestructivo enorme con ignorancia e ingenuidad descomunales. Las causas están tanto en la sala de la clases como en el living de la casa. Colegios de mala calidad y poco exigentes, se suman a padres ausentes que han delegado la formación a las redes sociales. Y lo interesante es que los datos indican que el fenómeno emerge en jóvenes que han tenido oportunidades y comodidades, muchos de clase media y estudios superiores, y no necesariamente de origen humilde.

-¿Y tiene implicancias de largo plazo?

-¡Claro! El daño es autoinfringido. Comparado con algunos de nuestros competidores directos en el mundo, las nuevas generaciones nacionales han invertido poco en capital humano de verdad. Alcanzar el desarrollo en el siglo XXI implica competir globalmente y no precisamente por el número de likes en las redes sociales o la temeridad de desafiar a la autoridad. Se requieren hábitos y disciplina. Horas y horas de concentración frente a libros, no en la marcha. Después de las escenas de las últimas semanas, hay que asumir que la apuesta de Chile por alcanzar el desarrollo de la mano del capital humano de las nuevas generaciones es más riesgosa de lo que se creía.

-¿Cómo debiera resolverse el proceso de selección universitaria ?

-Con calma y mesura, dos activos escasos hoy en Chile. Las oportunidades de innovación y tecnología al proceso de admisión son inmensas. El monopolio en la administración de la PSU las ha limitado. Pero hay que pensar en un plan de mediano plazo evitando inventar la rueda. Existe mucha experiencia internacional al respecto. Actuar improvisadamente, apurados y forzados por el arrebato visceral de unos pocos, puede tener peores consecuencias en muchas generaciones de estudiantes.

El origen de la violencia

Urzúa suele recorrer colegios por motivo de sus investigaciones en temas de educación. “Tú vas a un colegio en Chile, cualquiera sea el nivel socioeconómico de este, y en la mayoría de los casos te encuentras por ejemplo con un curso de 1º básico saliendo a recreo y es un desastre: los niños corren por todos lados, la profesora que no logra controlar la situación, las sillas y mochilas en el suelo. Por el contrario, llegas a la sala de clases en EE.UU. y es impresionante: la profesora aplaude y los niños suben la silla sobre la mesa, dejan todo ordenado. Creo que hay mucho de la educación que recibes en tu casa, pero también de lo que aprendes en el aula”.

Urzúa pone el acento en el aprendizaje del autocontrol como herramienta fundamental para conducir procesos sociales: “Al parecer, hay un porcentaje importante de la población en Chile que no puede controlar su violencia y eso para efectos del desarrollo de un proceso democrático y de forma más general para el proceso de desarrollo de un país es súper difícil. Porque lo que aprendimos estos días es que Chile no es un país desarrollado. Y, en segundo término, quedó de manifiesto que los desafíos para efecto de alcanzar ese desarrollo son mucho más profundos de lo que se pensaba”.

-¿Y estas falencias en materia de interacción social se originan en el colegio?

-Si analizamos en profundidad quiénes son los que estudian pedagogía y quiénes han sido los que han estudiado pedagogía durante los últimos 30 años, creo que no nos debiéramos sorprender tanto sobre lo que ha pasado, en cuanto a esta incapacidad de poder traspasar habilidades y rasgos de personalidad que son básicos para efecto de una convivencia democrática sana.

-¿Cómo así?

-Hay mucha gente que educa por vocación y eso es sumamente importante. Pero lo que sabemos es que la carrera de Pedagogía ha sido pagada muy por debajo del precio de mercado y, por lo tanto, más allá de lo que puede ser la vocación, evidentemente eso afecta sobre quiénes son aquellas personas que están llamadas al desafío de educar. Y después tienes el tema de la formación en las universidades.

-¿Las universidades se han quedado atrás en las carreras pedagógicas?

-El atraso formativo de las universidades es atroz. Hay un par de planteles que tratan de hacer las cosas bien, pero usualmente ponen a sus estudiantes a trabajar en colegios privados. Pero cuando empiezas a bajar es dramático. Por razones laborales me toca leer cosas que escriben profesores egresados de las escuelas de Pedagogía de universidades chilenas que no están entre las top y francamente no se pueden expresar, no entienden lo que leen, no pueden escribir bien. ¿Cómo estas personas con falencias tan graves en su formación pueden luego evaluar el proceso educativo y los logros de un escolar?

-Pero no podemos culpar solo a los colegios y profesores, la educación también debieran darse al interior de la familia, ¿o no?

-Las familias efectivamente hoy están mucho más separadas de lo que estaba antes. El hogar funciona más como una comunidad de techo, esa vieja conversación, “¿qué hiciste durante el día?”, actualmente ya casi no se produce. El chico está con el celular, la mamá con el celular, el papá -cuando está- también está con el celular. Los niños no conversan, tienen una red que no es física, sino que es una red social a través de la web. Pero hay un segundo elemento muy trascendente y que apunta al desvanecimiento del sentimiento comunidad: yo crecí en un barrio de Maipú y claro, eran tiempos distintos, primero en dictadura y después bajo lo que fue la transición, pero recuerdo que en esos años la junta de vecinos jugaba un rol muy importante, lo mismo el club deportivo y el centro de madres. Durante los fines de semana el club deportivo era esencial porque construías comunidad y sabíamos todos quiénes éramos en el barrio, sabíamos cuáles familias estaban en problemas, la señora que nos defendía o la que alegaba durante los partidos de fútbol, y esa cuestión yo no sé si todavía existe. He paseado por los barrios donde crecí y muchas de las canchas que había ya no están.

¿Hay menos interés en crear redes sociales presenciales, se les da menos importancia?

-Hay una falta de reconocimiento de que para efectos de tener un sistema exitoso en función del libre mercado o de la competencia, esta red profunda de comunidad tiene que existir. Los americanos lo entienden bien. La diferencia entre lo que es un barrio de clase media gringo con un barrio de clase media chileno es total. O sea, tú llegas a una casa nueva en Estados Unidos y tus vecinos te van a recibir y te entregan queques y esa relación es permanente. En Chile, no sabemos quién es nuestro vecino y solo nos contactamos cuando hay un problema a través de WhatsApp. Chile y sus barrios hacen hoy comunidad por WhatsApp, donde no hay realmente una relación ni afectividad. El derrumbe de los principios básicos que hemos observado a partir del 18 de octubre está bien fundado en el problema estructural de nuestra sociedad, ese tejido social que hemos abandonado. También hay temas de abuso y deficiencias sociales, pero el problema va mucho más allá.

Urzúa estima que la pérdida de comunidad se ha traducido en que muchos jóvenes prefieran salir con los manifestantes y estar en la primera línea para sentirse parte de un grupo, porque si no, no tienen nada más que hacer. “Debemos reconstituir el tejido social -añade- y a eso agregar políticas sociales 2.0 que vayan a atacar algunos problemas profundos de desigualdad, que hay que recalcar que no vienen desde los últimos 30 años, sino que son históricos porque Chile ha sido un país pobre y desigual siempre”.

Según el investigador de Clapes UC, ese es el camino y no salir a gastar millones de dólares de las formas más polémicas: “Soy crítico de la gratuidad de la educación superior. Se ha gastado un chorro de plata, y ¿dónde estamos?: hay universidades cerradas, estudiantes que no están esforzándose, nadie está reclamando porque sus clases y pruebas son una broma, porque todos los chicos están pasando curso básicamente porque la universidades no quieren ganarse otro problema”.

A juicio de Urzúa, hay otro problema con esta generación que desde la perspectiva macroeconómica puede ser incluso más grave. “La solución para la agenda social -que a mí parecer es razonable- ha implicado gastar más y para ello endeudarse. ¿Quién va a pagar esa deuda en el futuro? Tendremos que confiar en la sabiduría de estos chicos y chicas que sabemos que frente a la obligación de dar una prueba, su respuesta es ‘profesor, todos vamos a pasar’, o que ante la necesidad de dar un examen oral apelan al estrés que produce enfrentar a un profesor, y que en el trabajo no soportan tener un jefe porque los consideran inaceptable desde su punto de vista colectivo y moral. Este grupo es el que se va a hacer cargo en el futuro cercano del desafío que significará pagar esta deuda, porque las deudas hay que pagarlas, son por así decirlo, los llamados a hacer un esfuerzo para mantener la estabilidad macroeconómica tras el estallido social”.

El ADN del progreso

-¿Puede el proceso constituyente, como insinúan algunos, agudizar este estallido?

-Afectará en términos de las certezas y eso repercutirá en la inversión extranjera. Pero me interesa mucho este proceso y ver cuáles serán los liderazgos que aparecerán. Aquí hay una oportunidad para la sociedad civil, y la gente. Espero que surjan líderes con proyectos de vida, de esperanzas y sueños. Es interesante saber para dónde nos vamos a mover y sobre todo aquí no puede haber atisbo de pérdida de democracia, por el contrario, promover el fortalecimiento democrático es esencial.

-Sebastián Edwards dijo que la crisis marca el fin de nuestro modelo. ¿Concuerdas?

-No. Cuando leo este tipo de opiniones me parece que están pensando en lo que vieron en sus conferencias en Ginebra más que en la realidad de Quilicura o Maipú. Estocolmo y Maipú son distintos y las recetas también. No es posible importar el modelo finlandés para la comuna de La Florida. Hay que tener cuidado en cuanto a esta construcción desde el punto de vista de la ignorancia de una elite que puede no tener un pie en la tierra de lo que es Chile. Quienes han vivido siempre de Manquehue para arriba no tienen por qué entender qué fue lo que ocurrió y no es su culpa. Pero yo converso con mis familiares, gente que vive en comunas emergentes, y su diagnóstico es sencillo y claro: la violencia tiene que parar, la normalización de la vida es importante. Y la gente no pide limosna, quiere oportunidades.

-Pero también quiere que la traten bien…

-Exacto, quiere que la traten bien y quiere oportunidades, que nadie les venga a decir que su apellido no sé qué cosa. Creo que en ese sentido hemos avanzado muchísimo, pero es un proceso largo, profundo, difícil, doloroso y que implica también estos momentos de crisis. Hay mucho de eso, pero lo que no se puede permitir es la violencia y eso hay que controlarlo. Y ojo que la gente no está pidiendo un Estado más grande.

-¿Pero sí un buen hospital público donde no deban esperar ocho horas para que le atiendan una urgencia?

-Por supuesto, y que cuando lleguen los médicos puedan operar y esté el arsenalero. Detrás de estos problemas hay fallas de mercado y del Estado que son importantes. Pero más allá de eso, creo que en el ADN del chileno está este instinto de progreso: lo intuye, lo vivió y sabe que funciona. Por otro lado, existe un problema de desigualdades profundas que hay que empezar a arreglar en serio, y me refiero a los abusos, el trato, la corrupción. Hagámonos cargo, pero decir que como país ahora necesitamos un nuevo modelo completamente distinto, no me parece. O sea, ya vamos a partir de cero con la nueva Constitución. ¿Vamos a hacer lo mismo con el modelo económico y al mismo tiempo?