En el marco de la carta de renuncia que presentaron los obispos de Chile a Francisco, recordamos la entrevista que dio Sergio Rubin a Capital en enero de este año. El periodista que más conoce al Papa y es autor del libro El jesuita, asegura que el Sumo Pontífice es “un severo cuestionador de la especulación financiera, de una economía que no tiene como centro al hombre”, pero que a su vez, “no habla de repartir, sino de dar trabajo”.

  • 18 mayo, 2018

La figura de un hombre de contextura delgada, difuminado entre las cortinas que colgaban del techo del salón, llamó su atención. Corría el invierno de 1992 cuando el periodista argentino Sergio Rubin (59), de Grupo Clarín, terminaba la entrevista televisiva que mes a mes realizaba en un programa de Canal 7 al arzobispo de Buenos Aires, cardenal Antonio Quarracino, cuando notó que alguien, en la esquina del set, intentaba esquivar las luces. “Me sorprendí al ver un sacerdote flaquito que se escondía detrás de los tapices. Usábamos cámaras bastante grandes y se notaba que a él le parecía intimidante todo eso”, recuerda el reportero. Rubin le preguntó a Quarracino: “¿Quién es ese curita?”. “Ah”, me dijo él, “es mi nuevo obispo auxiliar, el padre Jorge Bergoglio”. El ex provincial de la Compañía de Jesús en Argentina tenía entonces 55 años.

Fue el primero de varios encuentros. Rubin cubría noticias religiosas, por lo que comenzaron a toparse seguido. Al morir Quarrancino, en 1998, Jorge Mario Bergoglio fue su sucesor, convirtiéndose en el primer jesuita al frente de la curia porteña. Según cuenta el biógrafo, por entonces “Francisco” ya contaba con un gran ascendiente sobre el clero de la ciudad. Sobre todo en el sector más joven. “Gustaba su afable cercanía, su simpleza, su sabio consejo. Nada de eso cambiaría con su llegada al principal sillón de la arquidiócesis primada (…). Habilitaría un teléfono directo para que los sacerdotes pudieran llamarlo a cualquier hora ante un problema. Seguiría pernoctando en alguna parroquia (…), continuaría viajando en colectivo o en subterráneo y dejando de lado un auto con chofer”, relata el libro El jesuita.

El ascenso fue rápido: en enero de 2001, el Papa Juan Pablo II lo nombró cardenal. “Preparé una nota en el diario. Lo mismo hizo otra periodista, Francesca Ambrogetti, para la agencia noticiosa Ansa”, relata. Según cuenta, a Francesca “se le grabó” lo que un religioso ruso le comentó en ese momento: “Sacerdotes así valen la pena”. “Se le prendió la lucecita. Me vino a ver el año 2001, y me dijo: ‘Debiéramos escribir un libro de él’”.

Cuando se lo plantearon, dice Rubin, “previsiblemente nos dijo que no”. No se dieron por vencidos. La figura de Jorge Mario Bergoglio crecía en importancia: en abril de 2005 murió Juan Pablo II, y su nombre sonó como su posible sucesor. “Se produjo el Cónclave de 2005 en el Vaticano. Él fue el segundo cardenal más votado, después de (Joseph) Ratzinger. Era la primera vez que eso ocurría con un latinoamericano. Aquello potenció nuestro interés”, indica.

En 2007 lograron convencerlo. Bergoglio accedió a ser entrevistado y se reunieron semana a semana en su oficina en el segundo piso del Arzobispado de la capital trasandina. A mediados de 2009 terminaron su trabajo: El jesuita. Conversaciones con Jorge Bergoglio. “Nunca pensamos que estábamos haciendo el libro de un futuro Papa, sino el de una autoridad eclesiástica argentina muy interesante que estuvo cerca de serlo”, confiesa.

Outsider

El 13 de marzo de 2013, el Cónclave Papal nombró a Jorge Mario Bergoglio Sumo Pontífice, el número 266 en la historia de la Iglesia Católica. No había otro libro que relatara su vida, por lo que el texto de Rubin y Ambrogetti tuvo 20 traducciones y durante siete semanas fue “top one” en el ranking de los más leídos en Italia.

Los periodistas plasmaron en 192 páginas variadas anécdotas personales y reflexiones espirituales. Contaban que en 1929, cuando la familia del entonces cardenal llegó de Piamonte, Italia, la abuela paterna, Rosa Bergoglio, figura clave en su vida, traía los ahorros familiares guardados en un abrigo con cuello de zorro. Relatan también los detalles del momento en que mientras el sacerdote se confesaba en una iglesia en San José de Flores, sintió el “llamado”; describen sus años como profesor de Literatura y las veces que llevó a Jorge Luis Borges a las clases; y hablan de cómo combinaba la religión con su eterna pasión: el tango. Los escritores señalan además que Bergoglio antes de ser nombrado obispo auxiliar, era un outsider de la Iglesia.

-¿A qué se refiere en concreto?

-La norma es que los jesuitas no sean obispos. Tienen que pedir un permiso especial, no es lo usual. Segundo, él no estaba insertado en una parroquia, no venía haciendo carrera. Estaba fuera de la posibilidad de acceder a un obispado y, además, en el año 90 fue apartado y enviado a la ciudad de Córdoba, un poco raleado, semicastigado.

-¿Por qué?

-Porque había tenido una diferencia con un sector de los jesuitas y para colmo de ellos, tenía un liderazgo natural. Tenía una ascendencia sobre muchos sacerdotes, sobre todo del clero joven. Entonces, el sector que tomó la manija de los jesuitas en Argentina, lo mandó como confesor a Córdoba para que tomara distancia de Buenos Aires. Pero Quarracino con el nuncio de aquel momento, monseñor Ubaldo Calabresi, decidieron traerlo. Les parecía un cura fantástico y bueno, lo nombró su obispo auxiliar.

-¿Cómo era su relación con los poderes políticos? ¿De quiénes era cercano?

-Él hablaba con todos, aun con sectores que lo criticaban. Con la derecha, izquierda, ricos, pobres. Lo hacía con bastante discreción, prefería mantenerlo en gran reserva. Era de perfil muy bajo.

-En sus años de arzobispo tuvo problemas con el entonces presidente Néstor Kirchner.

-Se llevaban mal. Se desconfiaban. Y en la homilía del Te Deum de 2004, habló fuerte y Kirchner tomó sus palabras como una crítica hacia él, y no quiso ir más al Te Deum. Después los Kirchner entraron, a mi criterio, en una campaña contra Bergoglio, y algunos periodistas que le eran funcionales lo acusaron de haber tenido complicidad durante la dictadura, lo cual era un disparate. Fue una campaña muy intensa la de los Kirchner. Bergoglio tuvo incluso que declarar ante un tribunal, una cosa horrible.

-Pese a ello, lo han tildado de peronista y le critican las siete veces que se reunió con Cristina Kirchner durante su gobierno…

-Él lo hizo porque había una crisis institucional enorme, como en la época de (Fernando) De la Rúa, en 2001, que terminó con su renuncia. Él no quería que eso se repitiera. Pero hay sectores que estaban muy enojados con Cristina y no lo entendieron. Para analizar el papel del Papa, hay que ser más desapasionado y entender que él quería que ella completara su mandato y que las cosas se resolvieran institucionalmente. Ni más ni menos. Ahora hay gente presa, otra que está siendo procesada, la propia presidenta, y el Papa no interviene.

-¿Y cómo ve usted la relación con el actual presidente, Mauricio Macri? Han tenido más de un encontrón.

-Tuvieron un problema el año 2009, mientras Macri era jefe de gobierno de Buenos Aires y no apeló a una sentencia judicial que habilitó el matrimonio de una pareja de homosexuales. Como jefe de gobierno tenía la obligación de apelar. Y no lo hizo. Y Bergoglio había recibido la señal de que sí lo haría. Y eso le disgustó. No es que esté obsesionado con el tema de los homosexuales, pero en ese momento había un compromiso. Además, tenía una interna muy complicada con el Vaticano porque los más conservadores lo estaban cuestionando mucho y, por otro lado, había sectores del gobierno que lo querían sacar de Buenos Aires. Ahora las cosas han mejorado. Inicialmente hubo algunas diferencias porque el gobierno no entendió cuál tenía que ser la relación con el Papa.

-¿Ni muy cercana ni muy distante?

-Macri exageró en diferenciarse demasiado de la relación que tuvo la presidenta Cristina Kirchner con el Papa, quien intentó tener una relación política. Pero al diferenciarse, pareció como que se distanciaba del Papa. Y eso provocó algo de resquemor, pero la verdad es que hoy la relación está muy bien. Es un vínculo muy correcto.

-¿Y por qué no va a Argentina? En su país no entienden que viniendo a Chile, no pase por allá.

-La primerísima razón es porque hay una tensión muy fuerte. Y no puede venir en este marco, eso está claro. La Argentina no es UN país que él visita. Es SU país. Algunos dicen, “ha ido a lugares de mayor tensión”, pero él no es palestino ni colombiano. Y no ha caído “en grieta”, no es parte de esta división tan profunda que se ha producido en Argentina. Es un actor externo. Pero es argentino y en cierta forma es parte de esta cuestión. Tiene que estar preparado el terreno para que su visita deje huellas y que no genere más divisiones ni polémica.

-El embajador chileno en el Vaticano, Mariano Fernández, pidió que el Papa se abstenga de opinar sobre el conflicto limítrofe con Bolivia. ¿Hablará del asunto aquí?

-No creo. Pero probablemente los periodistas le van a preguntar algo de eso en el avión. Puede haber una referencia menor sobre el asunto, pero no más. Él ya habló, ha invitado al diálogo, ha dicho que ese es el camino. Tal vez cuando esté en Chile recuerde eso, que hay que solucionar los problemas dialogando.

Sacudir

En octubre, Sergio Rubin estuvo en Chile. Participó en el encuentro que organizó la Unión Social de Empresarios, Ejecutivos y Emprendedores Cristianos (USEC) para reflexionar sobre el pensamiento social del Pontífice.

-Ahí usted dijo que “el Papa Francisco tiene una visión positiva del empresario”. Por otro lado, él ha sido crítico y ha dicho que “la ambición desenfrenada de dinero que gobierna es el estiércol del diablo”. ¿Cómo es esa relación?

-Algunos lo han criticado por su posición en temas socioeconómicos. Pero me parece que no está inventando nada, está repitiendo la doctrina social de la Iglesia. Este Papa tiene un especial interés en el tema. Él es un severo cuestionador de la especulación financiera, de una economía que no tiene como centro al hombre. Pero decir que es populista es un error. No habla de repartir, sino de dar trabajo porque es el sustento, porque hace la dignidad de la persona, no dice que hay que regalarle cosas a la gente. Habla de trabajo digno. Pero existen matices y cosas que gustarán menos.

-Sobre la falta de conciencia ambiental, ha señalado que “el hombre es un estúpido. El único animal que tropieza con la misma piedra (…) todo depende del dinero”.

-A veces tiene expresiones para sacudir un poco.

-¿Pero cree que tiene más sintonía con la izquierda o con la derecha?

-Si por izquierda se refiere a los movimientos populares de América Latina, es cierto que tiene una buena sintonía con ella. Pero la izquierda lo trituró en su momento. Cristina (Kirchner) lanzó una campaña que decía que él era un hombre de la derecha, reaccionario, cómplice de la dictadura. Aunque es cierto que tiene una preocupación por la gente que está marginada en América Latina y, bueno, eso a la izquierda le debe gustar. Pero, por otro lado, él está en contra del aborto. ¿Y la izquierda de eso qué opina?

-¿Es un hombre serio? En su libro dice que una de las características de Jorge Bergoglio es que se ríe poco.

-Sí, ese fue el gran cambio que él tuvo cuando llegó a Roma. Porque se reía poco, tenía un cierto humor hacia adentro, a veces un poco cáustico, ácido, y hacia afuera no se reía nada. Fue el único cambio en él. Su manera de ser, de pensar, la cosmovisión, la idea de la Iglesia no cambió absolutamente nada.

-En estos cuatro años, ¿qué cree que ha marcado su pontificado?

-Él asumió en un contexto tremendo. De peleas en la curia romana, denuncias de corrupción, había renunciado un Papa, estaba el tema de la pedofilia. La Iglesia estaba muy venida a menos. Y él avanzó en esos frentes. Me parece que le está tratando de cambiar el aire a la Iglesia. La reforma económica siempre es un tema muy importante, se han revisado una por una las cinco mil cuentas del Estado del Vaticano; la comunión a los divorciados expresa una actitud más abierta y misericordiosa; le preocupa la austeridad, no quiere una Iglesia pegada al poder, al clero lo quiere cerca de la gente y está la importancia que le ha dado al tema medioambiental con la encíclica Laudato si’. Ha tratado de ayudar a la paz en el mundo, participó en el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos; ha hecho peticiones de paz en Venezuela; ha llamado a los presidentes de Palestina e Israel a rezar al Vaticano, y cuando ocurrió el ataque a Siria, escribió una carta al G8.

-Pese a ello, y sobre todo por esta apertura y enfoque social, existe una dura resistencia a su papado.

-Hay resistencia, sí. Pero él tiene pasta, como diríamos en Argentina, para dar la batalla. Veremos cuánto logra hacer pese a la oposición.

El hombre de blanco

-¿Qué hicieron al terminar el libro?

-Le pedimos que nos dejara entrar a su cuarto. Era una habitación extremadamente austera, con una cama de madera, una mesita de luz, nada más. Y luego nos dijo “ahora los invito a almorzar al Arzobispado”. Yo respondí: “Mmm, vamos a tener que comer algo antes, me parece que vamos a pasar hambre”. Nos tuvo durante dos años reuniéndonos hora y media y no nos daba ningún té. Pero él siempre sorprende: nos ofreció un banquete espectacular servido por él. Cosas muy italianas. Nada caro ni sofisticado, pero abundante.

-¿Mantuvieron el contacto?

-Lo saludé cuando lo nombraron. Ver que el hombre de blanco era un argentino, me choqueó. Quería arrancar, pero él me pescó, me abrazó y me dijo “Sergio, cómo le va”. Él es así, sencillo. Y no ha cambiado nada. Pero no me gusta hablar de mi cercanía con él. Varios lo hacen por aprovechamiento político. Solo te digo que los viajes largos, los he hecho casi todos con él. Cuando vaya a Chile, nos encontraremos allá.
-Dicen que usted es el periodista que más conoce al Papa en el mundo.
-Eso dicen.