Reconoce, como nadie lo había hecho hasta ahora, que Bachelet fue elegida candidata para darle al oficialismo “una victoria ahí adonde le tocaba perder”. No esconde su decepción por el rumbo que han tomado las cosas y solo se explica la opción neoliberal que –asegura- ha tomado La Moneda en la necesidad de la mandataria de ahuyentar ciertos fantasmas. Algo innecesario, cree, porque la Concertación ya había pasado todos los exámenes y tenía ahora espacio para hacer lo que quería y no solo lo que podía.

  • 24 agosto, 2007

 

Reconoce, como nadie lo había hecho hasta ahora, que Bachelet fue elegida candidata para darle al oficialismo “una victoria ahí adonde le tocaba perder”. No esconde su decepción por el rumbo que han tomado las cosas y solo se explica la opción neoliberal que –asegura- ha tomado La Moneda en la necesidad de la mandataria de ahuyentar ciertos fantasmas. Algo innecesario, cree, porque la Concertación ya había pasado todos los exámenes y tenía ahora espacio para hacer lo que quería y no solo lo que podía. Por Cony Stipicic H. Fotos, Enrique Stindt.

 

Corría marzo de 1990 y Carlos Ominami se preparaba para asumir como el primer ministro de Economía de la recuperada democracia. Con una fluidez y afinidad de propósitos que pocas veces se repitió, el equipo económico que lideraba junto a Alejandro Foxley funcionaba codo a codo con el político, bajo la coordinada conducción de Enrique Krauss, Edgardo Boeninger y Enrique Correa.

Eran tiempos difíciles. “La fragilidad institucional era brutal y los niveles de sospecha y de desconfianza respecto de nosotros y particularmente del mundo que yo representaba eran gigantescos”, recuerda el senador Ominami. De ahí los elevadísimos niveles de disciplina y moderación con que actuó y que le significaron aplausos desde el mundo empresarial que hoy tanto critica.

 

“Si me volvieran a poner en la misma situación, volvería a hacer más o menos exactamente lo que hice, porque eran unas condiciones muy particulares”, explica.

 

 

 

-¿Se sentía muy reprimido? Porque poco después se convirtió en el gran díscolo. Primero de Ricardo Lagos y ahora de Michelle Bachelet.

-Es que ahora yo siento que con nuestras actuaciones, con el intenso trabajo de todos estos años, hemos pasado todos los exámenes habidos y por haber y nos hemos ganado el derecho de plantear las cosas en un pie de mayor normalidad.

 

 

-¿Y no será que al final es otra cosa con guitarra?

-No, es un tema de las circunstancias. El gran mérito de la Concertación es haber derrotado a Pinochet y haber hecho la transición democrática en Chile, que hoy día es un país normal, donde se pueden decir las cosas de frente, lo que no ocurría en 1990. Por ejemplo, en ese entonces nosotros –y yo lo hice deliberadamente– tuvimos que tomar la determinación de no abrir un frente de conflicto con el mundo empresarial cuando resolvimos no iniciar un proceso de revisión de las privatizaciones, que se hicieron a vil precio y en condiciones irregulares. Fue una transferencia brutal de patrimonio del sector público al privado que hoy día sería un gran escándalo. Yo fui parte de eso, lo conversamos entre pocas personas con el presidente Patricio Aylwin y tomamos la determinación de prescindir de ese frente abierto, porque hacer transición con el mundo empresarial en contra era probablemente poner en cuestión el éxito del proceso.

 

 

-Edgardo Boeninger decía una vez que gobernar es hacer lo que se puede, no lo que se quiere. Usted opina distinto.

-Yo opino distinto. Lo de Boeninger lo comparto plenamente en tiempos de transición. En condiciones de normalidad creo que finalmente uno siempre hace lo que se puede pero las posibilidades se amplían sustancialmente. Por eso, soy partidario de que las fuerzas políticas expresen sus puntos de vista y que se vayan abriendo espacios para generar mayorías. Los consensos tienen que ir evolucionando a medida que hay más libertad.

 


-Usted escribió que con la llegada de Michelle Bachelet al gobierno y con la mayoría en el Congreso, la Concertación podría hacer finalmente lo que quería.

-Porque terminamos la transición, porque tenemos normalizadas las relaciones cívico-militares, porque pasamos todos los exámenes. A nosotros nos decían que íbamos a liquidar todo el esfuerzo de la apertura económica y no fue así. Al contrario, una de las primeras cosas que hicimos fue ampliar la apertura bajando los aranceles. Queríamos dejar en claro que lo nuestro no era como la relación de la madrastra, que acepta que el niño está ahí pero no lo quiere. No, mostramos que éramos más que eso. Como dice el presidente Ricardo Lagos: porque hemos hecho lo que hemos hecho, tenemos derecho a plantearnos tareas más ambiciosas.

 

 

-Pero no están haciendo lo que quieren con Bachelet en La Moneda. ¿Por qué?

-Las grandes transformaciones son producto de fuerzas sociales y políticas que las impulsan. Si bien nosotros ganamos la elección y Michelle Bachelet es presidenta de Chile, triunfamos con una Concertación debilitada, con una sociedad civil que se ha ido fragmentando, con partidos políticos que entregaron una tremenda cuota de su propia sangre en el proceso y que hoy día son más débiles, porque ideológicamente no hemos sido capaces de enfrentar la ofensiva de la derecha. Se nos ha ido acorralando en muchos aspectos, en particular en temas económicos. El agotamiento de la Concertación tiene que ver con fatiga de materiales, con la pequeña corrupción, con falta de ánimo y entusiasmo, con la instalación de una parte de sus elencos más en la administración del poder que en avanzar en la generación de propuestas.

 

 

-Por otro lado, la sociedad también ha cambiado…

-Un país que crece al ritmo que lo hace Chile, que duplica su ingreso per cápita en corto tiempo, genera también muchas más soluciones individuales. Tenemos una estructura de medios de comunicación que tampoco ayuda a abrir más posibilidades y hay un sistema universitario que parece más un supermercado del conocimiento que un sistema que genere crítica. Entonces, claro, tenemos el gobierno de la nación, pero es un gobierno que está bastante sitiado, con un elenco desgastado y con enormes dificultades para renovarse, con generaciones de recambio que no son nítidas y, por tanto, con menos fuerza.

 

 

 

Error de origen

 

 

-En un documento que escribió en noviembre de 2004, curiosamente con Camilo Escalona, hablaban de la necesidad de consolidar el respaldo detrás de Bachelet para que se fortaleciera y adquiriera “el volumen necesario para avanzar hacia una nueva etapa de progreso y justicia social”. Lejos de eso, después de un año y medio, ella cae en las encuestas y usted es un díscolo divorciado de Escalona.

-Mis discusiones con Camilo son porque él no fue consistente con esos compromisos. Ahí dijimos que se había acabado la transición, que podíamos pasar del mundo de lo posible al mundo de lo que queríamos.

 

 

-Usted fue uno de los promotores de la candidatura de Bachelet, ¿qué le hizo pensar que su estilo de liderazgo podía ser el conductor de ese proceso que según usted tenía que iniciarse?

-La verdad sea dicha, es efectivo lo que señala la presidenta en cuanto que ella irrumpió en la élite política básicamente por efecto de la voluntad ciudadana. Ella no fue elegida por los partidos.

 

-Pero ustedes se subieron al carro a poco andar.

-Pero es muy importante el punto, porque –como ella misma dice– fue una especie de tsunami, que surgió de un proceso de adhesión ciudadana que se gestó en torno suyo por razones fundamentalmente biográficas. Sobre esa base, lo que nosotros hicimos fue tratar de darle el mayor contenido posible a ese fenómeno que era totalmente externo. Si la designación de nuestro candidato se hubiera hecho sobre la base de una deliberación política de la élite de la Concertación, Michelle Bachelet no sería presidenta de Chile.

 

 

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-¿No creen entonces que pudieron equivocarse en escogerla?

-Esto es así y nació así. Ella representa un modelo enteramente distinto de los tradicionales. Ella surgió, fue un accidente y eso tiene las virtudes de la frescura, de la ensoñación que provoca lo novedoso, pero tiene también los límites del fenómeno. Yo creo que hay elementos de improvisación y hay, sobre todo, una victoria ahí adonde a la Concertación le tocaba perder; esa es la verdad. Todos los datos mostraban que incluso por bien que lo estuviera haciendo Lagos, ya un Tiburón IV en versión clásica no era posible. Salió una película distinta que tuvo la potencialidad de ganar la elección. ¡Pero si con dos años de anticipación todo el mundo juraba que Lavín sería el próximo presidente de Chile!

 

 

-En lo concreto, ¿Bachelet sirvió para que la Concertación no perdiera el cuarto gobierno?

-Yo creo que uno de los grandes méritos de ella fue asegurar victoria ahí donde todo apuntaba a la derrota.

 


-Pero pocos creían –entre ellos usted- que eso asegurara un buen cuarto gobierno.

-Yo creo que es cierto, y que para eso había que ser particularmente riguroso. Porque además era un gobierno que tenía un alto grado de improvisación por su propia naturaleza. Además, ella hizo compromisos de los cuales yo fui crítico, como las caras nuevas, que han significado una caída en los niveles de gestión del gobierno.

 


-¿Usted esperaba tener mayor injerencia en la presidenta, sobre todo en materia económica?

-Más que una influencia individual, coherente con mi cargo y trayectoria, yo siento que además tenía un alto grado de sintonía respecto de lo que había que hacer, y creo que la mantengo. Siento, sin embargo, que la actual política económica, y sobre todo la política fiscal, está bastante por debajo de las posibilidades que tiene Chile en el uso de los excedentes. Hemos sido ineficientes y muy desprovistos de imaginación. Podríamos haber hecho muchas cosas que no hubiesen tenido ningún efecto negativo en la inflación ni en el tipo de cambio, como un programa ambicioso de gasto en el exterior para mejorar competitividad. Ejemplos: haber entrado al programa de los notebooks de cien dólares para los niños pobres, en vez del maletín de los tres o cuatro libros, idea bien discreta además de un tanto anacrónica, porque significa que una persona está definiendo lo que tiene que leer un niño. Yo haría además una buena campaña de imagen país en el mundo, un buen programa de capacitación de trabajadores, un buen programa de equipamiento para el sector público. Todos esos problemas deberían estar ya resueltos si hubiéramos tomado las decisiones correctas al inicio del gobierno, cuando ya se estaban acumulando excedentes importantes.

 

 

 

La “amenaza” neoliberal

 

 

-Usted dice que “el neoliberalismo es nuestra principal amenaza y que ha penetrado fuerte en la Concertación”. ¿Personaliza esa crítica en el ministro de Hacienda?

-No, pero creo que Andrés Velasco ha sido parte de eso, el conservadurismo fiscal lo es, al igual que la idea de que con equilibrio fiscal y una política macroeconómica ordenada tú garantizas casi per se crecimiento sin una gran preocupación por los temas del desarrollo y la innovación. Eso es la esencia del pensamiento neoliberal que estaba en los extremos de la Concertación y que, paradójicamente, en este gobierno se instaló en el centro. Ese prisma no es solo de Velasco; es una actitud que está presente en el país y que prima, por ejemplo, en una institución tan importante como el Banco Central.

 


-¿Cree que la presidenta esté convencida del tipo de gobierno que está haciendo?

-Ella sabe que la protección social de la infancia a la vejez tiene que ser la impronta de su gobierno y que ese será su legado histórico. Está bien la definición que adoptó de que la reforma de las pensiones sea la viga maestra de ese sistema, pero ha faltado sincronizar la definición gruesa con la ingeniería de detalles. En esa brecha está la fuente de lo que algunos llaman el desorden. Porque el proyecto previsional que ingresó al Congreso está lejos de ser una gran reforma; está más cerca de ser un mejoramiento de las pensiones asistenciales. Ahora, se ha trabajado bien y la discusión permitirá mejorarlo. Y si hacemos una buena reforma, haremos cambios muy importantes al modelo y habremos alterado una de las joyitas de la corona del neoliberalismo chileno del régimen militar.

 


-¿Qué rol le atribuye a la presidenta en esas definiciones? Porque usted dice que ella prometió una reforma y mandó otra…

-No soy un analista ni opinólogo y tengo que hacerme cargo de las consecuencias de mis opiniones. Yo siento que, y esta es la única explicación que puedo darme, que las condiciones de su biografía, su militancia socialista de larga data, su adscripción a la Nueva Izquierda, la hacían a ella particularmente sospechosa de que podía hacer una política que generara efectos negativos, desestabilizadora, y creo que no dio cuenta de que los exámenes ya estaban pasados. Entonces, de nuevo entramos en la lógica de las pruebas, de volver a hacer buena letra, en circunstancia que ya habíamos llenado todos los cuadernos de caligrafía. Esta es mi sensación: hubo una cierta no diría amenaza, porque es una palabra demasiado fuerte, pero sí una presión implícita del mundo empresarial, que indujo a una política extremadamente conservadora, que finalmente compite en contra del mismo empresariado, porque ni para ellos ni para el país es bueno que Chile haya crecido al 4% el año pasado o que se esté generando un cierto nivel de deterioro del clima laboral.

 

 

 

-¿Usted es de los que cree que las desigualdades se terminan creciendo o repartiendo los excedentes del cobre?

-El asunto es un poco más complejo que eso. No hay manera de enfrentar las desigualdades si la economía no crece, y eso es una lección que hay que metérsela con letras de molde en la cabeza. Pero esa condición es necesaria, no suficiente. El tema es cómo se distribuyen los frutos del crecimiento y ahí, es cierto, hay un tema de capital humano, pero también hay cosas mucho más contingentes y que son las dos que la derecha más le molestan: la estructura tributaria y la negociación colectiva. Hemos creado, además, una sociedad que está ejerciendo una enorme demanda por mayores bienes públicos, pero que no calza con un Estado que no tiene la capacidad financiera ni institucional para responder. Yo creo que parte de los excedentes, todo aquello que sea de carácter estructural, debiera poder utilizarse en esto; lo que sean excedentes transitorios tienen que quedar acumulados para enfrentar el ciclo de baja.

 

 

-La existencia de dos almas en la Concertación se ha personalizado en las figuras de Osvaldo Andrade y Andrés Velasco. ¿Usted preferiría un gobierno con otro Andrade en Hacienda?

-Yo no veo que existan dos almas en la Concertación. Lo que hay es un planteamiento mayoritario de que este país tiene que enfrentar las desigualdades con una política económica distinta, en un marco que compatibilice la responsabilidad fiscal y la social, que es lo que hoy día no tenemos.

 

 

-¿Quiere decir que Velasco no representa a nadie?

-Hay un alma a la cual se le superpone una cierta tecnocracia que no tiene fuerza política, que tiene la fuerza de sus ideas, de sus redes y su capacidad de influencia, pero que no constituye un alma. Son puntos de vista que no tienen participación política de significación al interior de la Concertación. Eso no es Aylwin, no es Frei, no es Lagos.

 

 

-Pero está siendo Bachelet.

-Es que el desorden que tiene este gobierno tiene que ver con la sobrerrepresentación de un sector que no expresa los sentimientos profundos de la coalición. Aquí los presidentes de los partidos se pueden desternillar gritando y llamando al orden, cuando el único orden posible es en torno a los conceptos y valores básicos de la Concertación. Cuando sale la Iglesia a hacer una invocación ética quiere decir que las cosas no están funcionando bien. Ese es un llamado de atención al gobierno y al mundo político. Esto es un desorden de las ideas, es una falta de sincronía entre la agenda de la presidenta y la política económica.

 

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“Mi modelo no es Chávez”


 

 

-¿Coincide con Carlos Altamirano en que el de Lagos fue el mejor gobierno de centroderecha del último siglo?

-No, y le dije que su juicio fue extremadamente severo. Yo creo que fue un buen gobierno, un gobierno de transición con los límites que ésta impone. Y quien dice transición dice también democracia de los acuerdos y fuerte influencia de la derecha. Además, Altamirano fue contradictorio, porque cuando le dan a escoger entre Lagos e Insulza, elige a Lagos.

 

 

-Y también dijo que Bachelet era la misma jeringa pero con distinto bitoque y que otros líderes, como Alan García y Tony Blair, han experimentado cambios parecidos al suyo. La pregunta entonces es: ¿qué es el socialismo hoy día?

-Esa es una pregunta.

 

 

-Alan García o Lula –por ejemplo– son mucho más parecidos a Lagos que a cualquier otro.

-Es que son realidades distintas. También puedes decir Chávez, Ortega, Correa o Morales.

 

 

-Pero no creo que usted se quiera comparar con ellos.

-No, pero son parte del paisaje. América latina es una región en pleno proceso de ebullición que está en una búsqueda.

 


-¿Hay una redefinición de la izquierda?

-Sí, y ocurre que la izquierda tiene que ser tal en un contexto donde hay tres datos ineludibles: la globalización, la economía de mercado y la democracia.

 

 

-Pero Chávez no los pasa con buena nota…

-Los tres los pasa.

 

 

-Al debe en varios temas.

-Ha ganado once elecciones, abastece el 20% de la gasolina que consumen los americanos…

 

 

-¿Su modelo es Chávez?

-Mi modelo no es Chávez.

 

 

-¿Entre Chávez y Lagos se queda con Lagos?

-Tenemos cosas que aprender de otras experiencias.

 

 

-Altamirano decía que no le gustaría que ganara la Alianza, pero que si eso pasara tendría ventajas para el PS, que ya no podría ser un partido clientelista y recuperaría su centro doctrinario de colectividad de izquierda y cambio social.

-Los grandes procesos de cambio dentro de los partidos se hacen mucho más fácilmente desde la oposición. Mi observación es que si estuviéramos en Suiza, con una derecha democrática clara, con una separación nítida entre la política y los negocios, uno podría ver el futuro con cierta tranquilidad y pensar en un esquema de alternancia que nos permita, desde la oposición, decantar nuestros propios procesos, hacer las discusiones pendientes y mirar el futuro más allá del horizonte gubernamental.

 


-No comparte entonces lo dicho por Juan Agustín Figueroa, quien señaló que incluso sería sano que mañana gobernara la Alianza.

-No. Yo voy a hacer todo lo posible para que al gobierno de la presidenta Bachelet le vaya bien y para que un candidato progresista de la Concertación, en lo posible de izquierda, sea presidente de Chile. Yo no creo que Sebastián Piñera pueda hacer un buen gobierno.

 

 

-¿Lagos o Insulza?

-Es que aquí se acabó el período en que los liderazgos se pueden discutir al margen de las propuestas. No pongamos la carreta delante de los bueyes.

 

 

-¿Las propuestas antes de las encuestas? Distinto de lo que hicieron en 2005.

-Más que las encuestas y que ganar elecciones me interesa avanzar mis propuestas. Las encuestas son un elemento pero subordinado a las definiciones. En Chile hay que cambiar la Constitución, hay que introducir cambios importantes en la institucionalidad económica…

 

 

-Si usted no es candidato, tendría que escoger a Alejandro Navarro.

-Ahí habrá que ver… ¿Quién sabía de Néstor Kirchner un año antes de que fuera presidente?

 

 

-Tiene un “tapadito” entonces.

-Las cosas pasan, tengamos confianza.