Cobertura especial sobre las deudas y desafíos de la capital chilena: los conflictos, los proyectos; entrevista y city tour con el arquitecto Marcial Echenique y una crónica de María José Viera-Gallo sobre lo que amamos y odiamos de esta gran urbe.

  • 17 julio, 2012

Cobertura especial sobre las deudas y desafíos de la capital chilena: los conflictos, los proyectos; entrevista y city tour con el arquitecto Marcial Echenique y una crónica de María José Viera-Gallo sobre lo que amamos y odiamos de esta gran urbe.

CIUDAD DE CONTRASTES
CITY TOUR CON MARCIAL ECHENIQUE
PUERTA GIRATORIA
SANTIAGO FUTURO

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Ciudad de contrastes

La capital está de moda. Hace unas semanas fue nombrada por CNN Internacional como la tercera urbe más cautivante del mundo, después de Tokio y Shanghai. Calidad de vida, seguridad, un buen lugar para hacer negocios y la cordillera son algunos de sus atributos. Sin embargo, el día a día en la metrópolis no es tan simple. Un sistema de trasporte fallido, un aeropuerto que ya no da abasto y tacos interminables conviven con nuevos barrios y rascacielos y una cada vez más animada oferta cultural y gastronómica. Por María José Salas; fotos, Verónica Ortíz.

 

Costanera Center, hora del taco.
El mayor rascacielos de América latina: 700.000 m2 construidos en un terreno de 47.000 m2, donde convergen las calles Andrés Bello y Nueva Tajamar, arterias claves a la hora de moverse en auto por Santiago. Cuenta con 48 ascensores, más de 300 locales comerciales y 5.500 estacionamientos. Un proyecto que costó más de mil millones de dólares y que ha sido objeto de críticas por no considerar el alto impacto vial que provocaría. A eso de las 7 de la tarde la aglomeración se hace evidente. Imposible conseguir un taxi.
Mercado Central, un orgullo.
Paila marina, mariscal y pescado frito son los platos predilectos de los miles de comensales que diariamente repletan el Mercado Central, el cual fue distinguido por la revista National Geographic como el quinto mejor mercado del mundo, detrás de los de Toronto, Nueva York, Santa Lucía y Belém, y superando a algunos de Singapur, Finlandia, Italia, Francia e Inglaterra. Razón de sobra para sentirse orgulloso de este santuario popular que cuenta con 241 locales que albergan a más de 800 trabajadores.
A la nieve.
Luego de un día de lluvia, con un cielo celeste y la cordillera totalmente nevada, nuestra capital se transforma en una postal que enmudece a cualquiera. Sin embargo, centros de esquí de primer nivel como Farellones, Colorado, La Parva y Valle Nevado no cuentan con un camino expedito que una a la ciudad con la montaña. Más de 317 curvas hacen que llegar desde Av. Las Condes a la ruta G-251, donde empieza el último centro de esquí, sea una tarea engorrosa y peligrosa. A principios de julio el MOP dio a conocer el nuevo diseño del camino que costará 75 millones de dólares y que disminuirá las curvas a 139, las que se dividirán entre dos pistas y tres. Si hoy un auto demora en subir una hora y media, en el futuro en treinta minutos uno podrá estar esquiando.
Un dolor de cabeza.
Cuatro millones de viajes se hacen diariamente en el Transantiago. Desde febrero de 2007, cuando empezó a andar el nuevo sistema de transporte, el metro ha vivido al límite de su capacidad. Pagó los platos rotos de un proyecto fallido, aumentado de 300 millones de viajes al año a 600 millones, de los cuales el 30% se hace en horario peak. En los momentos de mayor demanda, pasa un tren cada 100 segundos y cada coche alberga a siete personas por metro cuadrado, que ruegan que no haya un desperfecto que demore un segundo más la partida. Para mejorar esta situación a corto plazo, existe un proyecto de 400 millones de dólares que incluye 14 nuevos trenes con aire acondicionado, modernización de los 250 coches antiguos y pilotos automáticos en la línea 1. Todo, para el 2014.
Andar en bici.
Hoy en Santiago hay 162 km de ciclovías construidas; si se incluyen los parques, se llega a un total de 200 km por los que los ciclistas se pueden mover con facilidad y seguridad. De los viajes para transportarse que se realizan en la capital, un 3% se hace en bicicleta, lo que equivale a 510 mil viajes. Dentro del marco del Bicentenario, en el 2007 se ideó un plan maestro de ciclovías en Santiago que tenía por objetivo construir 550 km urbanos para el 2012, a un costo de 6.700 millones de pesos. Proyecto que incluía estacionamientos de bicicletas en puntos claves, para que los ciclistas pudiesen hacer transbordos con el Transantiago. Una idea de alto impacto que aún no ve sus frutos. Pero eso no es todo. También hay que mejorar otra cosa: que los ciclistas –al igual que peatones y automovilistas- respeten las normas del tránsito.
Aeropuerto, ¿colapsado?
La capital –que New York Times recomendó como un destino que hay que conocer el 2012- necesita una puerta de entrada a la altura de sus necesidades y de su renovado prestigio. El aeropuerto, con sus 823 mil metros cuadrados, quedó chico para los 12 millones y medio de pasajeros que circularon por sus instalaciones el 2011, cifra que se espera aumente a 19 millones para el 2014; y a 24 millones en 2017. Por eso resulta urgente la ampliación de 375 mil m2 que comenzará el 2015 y que costará 500 millones de dólares. Aparte de nuevas áreas para recibir pasajeros, habrá más espacio para restaurantes, baños y un diseño que reduce las emisiones de CO2.
El enemigo del invierno.
El esmog, mezclado con el frío, es el escenario perfecto para que en Santiago se destapen las enfermedades respiratorias. Este año el rey de todos los virus ha sido el sincicial, que afecta principalmente a niños y que ha tenido un 85% de circulación, superando con largueza a la influenza, que ha tenido un 10% de movimiento. En lo que va de 2012, según datos del ministerio de Salud, se han hospitalizado 2.186 niños: un récord, si se compara con la última cifra más alta registrada el 2008, con 1.645 casos. De cada diez lactantes menores de un año que son hospitalizados, nueve lo hacen en la Región Metropolitana.
Las joyas del Barrio Lastarria.
Como un oasis dentro de Santiago, el barrio Lastarria conserva el mismo estilo que en el pasado congregó a intelectuales y artistas, como el presidente Pedro Aguirre Cerda y los pintores Camilo Mori y Nemesio Antúnez. Edificios que no superan los cinco pisos, calles con adoquines, una parroquia que parece sacada de un pueblo del sur, además de restaurantes, tiendas de diseño y varios museos a su alrededor, dan vida a uno de los barrios más enérgicos de Santiago. Dentro de este circuito, en 2010 resurgió de las cenizas el Centro Cultural Gabriela Mistral, más conocido como GAM, el cual se construyó luego de que el ex edificio Diego Portales se incendiara hace unos años. En sus 22 mil m2 hay dos edificios que tienen un total de diez salas donde se realizan shows musicales, seminarios, sesiones de teatro y danza, además de dar espacio a estudios de grabación, restaurantes y hasta una biblioteca. Cada mes al GAM ingresan 70 mil personas, bastante más que las 10 mil que entraban el primer año.

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City tour con Marcial Echenique

Recorrimos Santiago con el arquitecto y urbanista para analizar los principales desafíos de la ciudad, el caos de Sanhattan y el impacto que tendrá el nuevo plan regulador metropolitano, que extenderá la capital en 10 mil hectáreas. “Los arquitectos que se oponen deberían estudiar economía urbana. Creen en el mito que en una ciudad compacta la gente va a vivir mejor, y no, ¡viven peor!”, afirma. Por Carla Sánchez M. Fotos, Verónica Ortíz.

Será porque parte de su familia vive aquí. O porque hay algo de Santiago que lo seduce. Cualquiera sea la explicación, el arquitecto y urbanista Marcial Echenique siempre vuelve a Chile, pese a que hace más de 30 años emigró a Inglaterra. Y lo hace varias veces al año.

Por estos días el ex decano de la facultad de Arquitectura de la Universidad de Cambridge y asesor del ministerio de Transportes está de cabeza trabajando en el proyecto de ciudades modelo, un plan que busca mejorar la infraestructura y el sistema de movilización pública en coordinación con el desarrollo urbano de 6 ciudades, otorgándole a los intendentes más autoridad en la toma de decisiones. Aprovechando su visita, le propusimos salir a recorrer Santiago. Un city tour para analizar los desafíos y atributos de la ciudad que ha sido destacada en más de un ranking internacional.

-En Cambridge usted tiene harta pega, ¿qué lo motiva a solucionar problemas en Chile?
-Siempre me ha interesado el trabajo en Chile. Cuando me recibí de arquitecto, me fui a España a doctorar en urbanismo y después cursé un post doctorado en Inglaterra. Volví a Chile con Allende, pero era tal el desastre que acepté un puesto en Inglaterra como profesor titular. Desde ahí que me preocupó el futuro de Santiago. Con la vuelta a la democracia acepté regresar. Trabajé en el gobierno de Aylwin, después en el de Frei, luego en el de Lagos y el de Bachelet…

-Y lo sigue haciendo ahora con su primo, Sebastián Piñera.
-No soy político, soy técnico. He trabajado con todos los presidentes, excepto con Pinochet. Yo estoy siempre con el ganador (risas).

Primera parada: Universidad Adolfo Ibáñez
Es un martes soleado pero con un poco de bruma. “Qué lástima”, dice Echenique. Su idea es llevarnos a Peñalolén, a la Universidad Adolfo Ibáñez, para mostrarnos la panorámica de la ciudad. “Una vez vine a dar una conferencia y me encantó la vista. Aquí se ve lo bonito que es Santiago y lo que podría ser”, comenta.

Entre la neblina y el smog es poco lo que se puede apreciar. Pero a lo lejos sí se alcanza a visualizar la avenida Colón, demarcada por una línea de edificios. “La zona oriente es de muy buena calidad, el centro es muy bonito a pesar de que lo han echado algo a perder. De Vicuña Mackenna hacia el poniente es muy feo, no hay árboles, yo creo que las municipalidades no tienen mucha plata”, explica.

-¿Está de acuerdo con el nuevo plan regulador metropolitano que busca extender la ciudad en 10 mil hectáreas?
-Absolutamente. Santiago hace 30 años tenía 100 habitantes por hectárea, ahora tiene 75. Londres tiene 40, mucho más bajo, y Nueva York tiene 20. Tenemos mucho más espacio. Hay una gran confusión respecto al desarrollo urbano. Las ciudades que en los años 40 eran muy densas y congestionadas –como París y Londres- se han dispersado. La gente cree que Nueva York es el colmo de densa, pero no es así: es una de las ciudades de más baja densidad de Estados Unidos. Hay más espacio per cápita en Nueva York que en Los Angeles.

-Pero Nueva York es sumamente congestionado…
-Manhattan puede serlo, pero hacia el centro hay un muy buen sistema de transporte público. Estoy totalmente de acuerdo en que la ciudad tiene que tener un sistema de transporte público eficiente si quiere tener centros de empleo de alta densidad.

-Entonces, ¿por qué el Colegio de Arquitectos se opone al crecimiento de Santiago?
-Porque tiene una teoría que es totalmente absurda: creen que en una ciudad compacta, de alta densidad, va a haber menos congestión, o sea que la gente va a usar menos el auto. Eso no es cierto. La demostración científica es que la gente no deja el auto a pesar de haber más densidad. La explicación es bien clara y está matemáticamente demostrado: con un aumento de la densidad de 100%, sólo un 5% de la gente deja de usarlo; por lo tanto hay 90% más de autos en la misma área, con lo que la congestión aumenta muchísimo. La gente no deja el auto porque es tanto más cómodo que andar en micro. Mira lo que estamos haciendo ahora, podemos ir de un punto a otro sin problema; en micro para llegar aquí -a Peñalolén- ¡nos habríamos demorado dos o tres horas! Es imposible que el transporte público sea sustituto del auto porque lo tienes a disponibilidad tuya para ir donde quieras a la hora que quieras.

-Pero la tendencia de las grandes ciudades a nivel mundial es disminuir el uso del automóvil y privilegiar el uso del transporte público…
-No. Es cierto que es mejor ir al centro en transporte público. Pero en París y Londres, que tienen un sistema de transporte público fantástico, más del 60% de los viajes se hacen en auto. No hay transporte de noche. ¿A quién se le ocurriría ir a hacer las compras de la semana en transporte público? ¡Sería de locos! Van con los niños a los centros comerciales -que son extraordinariamente eficientes- y se traen todo de un viaje.

-Santiago tiene un problema que no enfrentan otras ciudades que se han expandido: el tema de la contaminación…
-¿Sabías tú que en Santiago ha bajado la contaminación en un 60%? Eso ha sucedido desde el año 90 a la fecha. Y no por los autos –aunque los catalíticos prácticamente no contaminan- sino gracias a que ya no están las micros amarillas con motores diesel mal regulados. Una de las cosas buenas que ha hecho el Transantiago es mejorar el parque de buses.

-¿Lo único bueno que ha hecho?
-Lo único. El resto es una estupidez.

Segunda parada: Nuñoa
“¿Veamos cómo está funcionando el corredor de transporte público de Avenida Grecia?”, propone Echenique. Subimos al auto de Roque, nuestro Eliseo Salazar en esta aventura, y avanzamos en dirección al Estadio Nacional. “La pista exclusiva para los buses –que va por la mitad de la avenida- está andando bastante bien”, señala el arquitecto. “La gracia es que los autos no se pueden meter y los buses no interfieren con sus giros. Eso lo estamos replicando en Concepción y vamos a hacerlo también en Antofagasta”.

-Usted fue asesor de Lagos cuando se implementó el Transantiago…
– No, yo no participé en el Transantiago. En lo que sí trabajé en el gobierno de Frei -y después en el de Lagos- fue en diseñar el programa de autopistas, que ha sido bastante exitoso pese a que le dieron demasiado poder a los concesionarios. Lo mismo pasa con el Transantiago, que es un despelote porque los dueños de buses tienen las concesiones hasta el año 2020, ¡Absoluto poder!

-A su juicio, ¿cuál es el principal problema del Transantiago?
-El mal diseño. Los corredores troncales separados de los alimentadores fue un craso error, porque te obliga a hacer por lo menos un trasbordo.

-¿Y eso no lo pensaron en su momento los expertos a cargo?
-Yo no sé de dónde salieron esos expertos. ¡Cualquiera se habría dado cuenta!

-¿Cuando trabajaba con Lagos en las autopistas nunca le advirtió del mal diseño del sistema?
-No, porque Lagos decidió implementar el Transantiago al final de su período. Incluso Mario Marcel, que era director de presupuestos, fue a hablar conmigo a ver si yo intervenía. Le dije que encantado podía ayudar, pero Lagos no me llamó.

-¿Por qué no lo hizo?
-Con Lagos tuvimos un problema al cual no me quiero referir. Pero Eduardo Bitrán me trajo de vuelta al gobierno de Michelle Bachelet y propuse la eliminación de la rotonda Pérez Zujovic para construir un túnel debajo de Andrés Bello, algo que hasta ahora no se ha hecho-.

-Volviendo al Transantiago, ¿no sería mejor idear un nuevo plan de transportes?
-El paso que está haciendo el ministro Pedro Pablo Errázuriz de aumentar la competencia es correcto. Cuando hay monopolio la gente hace lo que quiere, ponen las micros mínimas para poder cobrar los subsidios y el resto no hace nada porque no hay competencia.

Echenique mira por la ventana y se sorprende con lo que descubre. Parece que hace años que no pasaba por los alrededores del Estadio Nacional. “Esta zona de Ñuñoa es bonita. Mira las casas con sus jardines; estupendas. Esto es buena ciudad”, sentencia.

-¿A Santiago le faltan áreas verdes?
-Sí y la expansión de la ciudad pretende precisamente aumentarlas. Santiago tiene un clima ideal desde septiembre a abril, estar afuera es muy agradable. Cuando se construye en altura no hay donde salir a sentarse, la idea de extender Santiago para que hayan casas con patio me parece mucho mejor. Pero la razón fundamental de por qué se quiere extender Santiago es para que los valores de los terrenos no sigan subiendo. El otro día leí que han subido en 1000%…

-¿Cree que hay una burbuja inmobiliaria?
– Creo que sí. Hay restricción de uso, poca oferta de terreno y al mismo tiempo aumento de la demanda. Si tu restringes la oferta -lo que esta pasando ahora- aunque haya terrenos disponibles, a la gente le conviene más aguantarse y especular antes de construir o vender porque aumentan de valor. Es decir, retener terrenos es un negocio fantástico.

-Sin embargo, muchos profesionales piensan que la ciudad se expande demasiado.
-A esos arquitectos les diría que estudien economía urbana. Necesitamos expandir la ciudad para tener mayor oferta de terrenos. No se trata de tener un libre mercado total, pero sí guiarlo para que la ciudad sea más coherente. Los arquitectos creen en el mito que en una ciudad compacta la gente va a vivir mejor, y no, ¡viven peor!

Tercera parada: el centro
Echenique habla con conocimiento de causa. Fue el responsable de la expansión de Cambridge y también diseñó el plan para la ciudad española de Bilbao. Cuando viene a Chile, suele venir con frecuencia al centro de Santiago pues su oficina está en la calle Amunátegui. Bajamos en la Universidad de Chile frente a la estatua de Andrés Bello, su tatarabuelo. “En Cambridge acaban de publicar un libro sobre Bello por sus contribuciones al derecho internacional”, cuenta con orgullo. Cruzamos la Alameda por la estación de metro. Echenique es pasajero frecuente por lo que conoce de primera mano los problemas que enfrenta el transporte subterráneo.

-¿Le ha tocado viajar como sardina?
-Sí, es terrible. Pero el problema del metro es una autoflagelación porque le quitamos todos los recorridos que le hacen competencia. Antes las micros amarillas no tenían por qué venir al metro. Ahora todas tienen que venir a los servicios troncales. Lo que está haciendo el ministro Errázuriz es correcto: tratar de eliminar los trasbordos. La gente no está dispuesta a pagar dos pasajes: un boleto lo tiene que subsidiar el gobierno y eso es la gran causa del déficit.

-En todo el caos del Transantiago, ¿tiene alguna responsabilidad el metro?
-Al metro lo metieron en todo este sistema. Al principio, la empresa se opuso, tanto que Blas Tomic renunció a la presidencia del Metro y tenía toda la razón.

Volvemos a la superficie y llegamos hasta el paseo Estado. El centro cívico –cuenta Echenique- estuvo a cargo de Karl Brunner, uno de los grandes urbanistas que llegó en los años 30. “Siempre me han gustado los edificios que se mantienen con una continuidad en la fachada, algo que logró Brunner al hacer una caja que rodea la Moneda, con dos plazas estupendas, con el eje de la Avenida Bulnes. La gracia es que todos los arquitectos se ajustaron a la norma; por ejemplo el ex Hotel Carrera –que ahora es el ministerio de Relaciones Exteriores- tiene la misma altura que el Ministerio de Hacienda y los demás edificios”, explica. “Berlín, que fue destrozado por la guerra, se ha reconstruido de esta forma: edificios de alturas únicas en bloques. El urbanismo europeo tiene más calidad que el americano”.

-¿Debiera existir un alcalde mayor en Santiago que organice la extensión de la ciudad?
– No creo que haya que crear nuevas estructuras, sino que darle más poder a lo que ya existe. El intendente no debiera ser sólo un político sino que un técnico. Los grandes intendentes en la historia han sido el Barón Haussmann en París y Doménico Fontana que organizó Roma bajo el encargo de los Papas.

-Igual es increíble que pese a todos los problemas de Santiago, ha recibido varios premios en el último tiempo. CNN y Lonely Planet la han destacado, HostelBookers la eligió como la sexta mejor ciudad para cicloturismo…
-Le falta mucho para que sea destacada, aunque potencialmente creo que es buena ciudad, porque el lugar es bonito.

-Lo que es bien feo en esta ciudad son todos los cables a la vista…
-Sí en algunos lugares está lleno de porquería. En las ciudades modelo estamos soterrando los cables.

-Hablando de cables, ¿es partidario de Hidroaysén?
-La generación de energía hidroeléctrica es una de las cosas buenas que tiene este país, en vez de estar quemando carbón y petróleo. Ahora el impacto que tiene en el paisaje no lo conozco lo suficiente para opinar, pero creo que es muy pequeño comparado con los beneficios que tiene. Hay otras cosas que he estado estudiando con un grupo de investigadores en la universidad. El 70% de la energía se usa para calefaccionar o enfriar edificios y para transportar, el otro 30 restante para productos industriales. Si haces viviendas en baja altura puedes conseguir que los paneles solares produzcan electricidad y también utilizar la geotermia. Una ciudad en extensión puede generar mucha energía.

-El problema de la sustentabilidad es que es cara…
-Es cara en este momento, pero cada vez menos. En el norte de Chile se construyó una planta de energía solar para Chuquicamata sin subsidio. Si tú garantizas el precio de la electricidad, la gente puede poner sus paneles, que cada vez son más baratos ya que los están produciendo en China. Los techos pueden ser utilizados para energía solar y los suelos para geotermia. Incluso puedes cargar las baterías del auto y no usar combustible. Ese concepto de ciudad extensa altamente sustentable es posible. En este momento es un poco cara –sobre todo la geotermia- pero en unos años más será barata.

Cuarta parada: Sanhattan
Si hay algo que a Echenique no le cabe en la cabeza es el llamado Sanhattan. A su juicio, es el mejor ejemplo de la falta de planificación en Santiago. El urbanista opina que fue un error haber loteado en dos paños el terreno de la ex Cervecerías Unidas. “A un lado quedó el Costanera Center y al otro el resto de Sanhattan. El resultado es que cada edificio es independiente del otro, los peatones no pueden circular, todos los accesos a los estacionamientos pasan por las veredas, no hay ningún pensamiento en conjunto, cero”, se queja.

– Conoció el Costanera Center?
-Sólo por fuera, no he estado adentro.

-¿No le interesa?
-Sí, me interesa, es un hito, es como tener un obelisco. Seguramente está mucho mejor diseñado que el resto de Sanhattan porque es una unidad.

-¿Le gusta?
-Es igual a todas las ciudades, no hay ninguna diferencia con Singapur, Hong Kong, aunque allá es mucho más grande.

-¿Y siempre son fálicos?
– Todos (ríe con ganas). Porque les gusta decir “aquí estoy yo”.

-¿Qué es lo que más le molesta de Sanhattan?
-Que no haya una unidad. Por ejemplo el centro de negocios Canary Wharf en Londres tiene un espacio cívico, una estación de metro, si hay una torre respeta la línea que se le ha puesto. Lo que ha ocurrido en Sanhattan es responsabilidad -en parte importante- de los arquitectos. Pero las municipalidades debieran haber exigido un plan especial. Providencia le dio el visto bueno a Costanera Center sin tener en cuenta lo que iba a pasar en Las Condes y viceversa.

-O sea, hubo un problema tremendo de planificación…
-Sí, eso no puede ser. Debe haber alguien que sea responsable de la ciudad como en todas partes del mundo.

-¿Cómo se explica que hayan abierto un mall en la mitad de Sanhattan sin tener las soluciones viales disponibles? ¿De quién es la responsabilidad?
-Yo creo que aquí todos se han sacado los tiros. El año 2006 el ministro Bitrán me encargó hacer el estudio para el MOP. Sabíamos que esto iba a pasar. Se estaba construyendo la torre Titanium, se sabía que se iba a construir el Costanera Center y que la rotonda Pérez Zujovic no daba, entonces decidimos eliminarla y crear un nuevo enlace de conexión entre Kennedy y la Costanera Sur, que se está construyendo a un costado del Parque Bicentenario. También propuse un túnel debajo de la avenida Andrés Bello. Todo eso se discutió, se habló y nada pasó porque a Bitrán lo sacaron. Después lo sucedió Sergio Bitar, que no hizo absolutamente nada. No hay que quitarle también la responsabilidad al Ministerio de Transportes que autorizó la apertura del mall sin haber concretado estos proyectos creyendo que el MOP lo iba a hacer. Aquí debería haber un responsable, que sería el intendente de la Región Metropolitana, y que a él se le acuse si autorizó o no el proyecto.

-¿Ha pasado por aquí en horario punta?
-Dicen que el Costanera Center no ha aumentado la congestión, pero eso es mentira. El otro día el ingeniero Louis de Grange publicó una carta -y hay fotos- de cómo han aumentado las colas en varios lugares. Recuerda que se ha abierto recién el 25% de Costanera Center; cuando se inaugure el resto va a quedar la embarrada más salvaje. Además las cosas no son como si explotara una bomba atómica: esto va de a poco, la gente empieza a desplazarse antes, a las 6 de la mañana para poder llegar a sus trabajos, y no se van a ir a las 8 sino a las 9 de la noche, entonces se va repartiendo la nata de congestión durante 12 horas, eso es lo que ha pasado en Sao Paulo.

– ¿Y cuándo va a desaparecer la rotonda?
-Según Golborne se va a hacer ahora, pero eso es lo que se ha venido diciendo hace 5 años.

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La puerta giratoria

La autora de esta crónica ha vivido en Roma, París, Valparaíso y Nueva York, pero también en Vitacura y en el Parque Forestal. Entre tantas mudanzas ha mantenido una interrumpida e intensa relación de amor y odio con Santiago. Aquí explica por qué. Por María José Viera-Gallo.

 

Periodista y escritora, autora de las novelas Verano robado y Memory motel.

Mi relación con Santiago empieza cuando dejo la ciudad por primera vez en febrero del 74. Tengo dos años y medio; sin planearlo –ni mucho menos adivinarlo–, mi cuna natal se convierte en la principal localidad fantasma de mi infancia. Me despido de la cordillera en un vuelo Alitalia atestado de familias que inician su exilio en Europa y me convierto, en contra de mi voluntad, en una no-santiaguina, saliendo y entrando por la cuenca metropolitana como por una puerta giratoria en diversas ocasiones a lo largo de mi vida: el 97 a Francia, el 2001 a Nueva York, el 2010 a Valparaíso.

Todas las capitales del mundo tienen sus símbolo, pero durante mi niñez en Italia jamás veo fotos de la Torre Entel, La Moneda o la Virgen del San Cristóbal. Apenas un telar de un cerro de Valparaíso colgado arriba del teléfono. Mis breves viajes a Chile, el primero de ellos a los 11 años, se me aparecen difuminados en postales bipolares donde únicamente aparecen dos barrios: el Barrio Alto y el Barrio Bajo.

Ya instalada en Santiago a inicios del 84, me adapto a un concepto de ciudad para mí hasta entonces desconocido: el de una capital nueva (o no milenaria como la vieja Roma), gris, más bien triste, en ese entonces militarizada, estéticamente incongruente, socialmente segregada, y muy a su pesar, latinoamericana. Conozco por primera vez lo que es vivir en una avenida sin adoquines, recta, oscura y con nombre de colonizador, Américo Vespucio. Juego con mis primos en la casona de mi abuela materna ubicada en el histórico y afrancesado barrio El Golf, donde en lugar de yuppis caminando con capuccinos Juan Valdez en la mano, abundan ancianas bebiendo Nescafé en peluquerías de barrio. Salgo a comprar calugas de leche a Providencia con mi abuelo paterno, quien vive en una casa de dos pisos ubicada en la calle Luz con Presidente Riesco, hoy demolida sin piedad por la mole de Sanhattan. Juntos recorremos algunas galerías cercanas a Tobalaba, un concepto de shopping para mi inédito, poblado de tiendas atemporales, de pelucas, colonias inglesas, relojes, marcos de anteojos, que me alucinan y descolocan. Cuando me aventuro en el centro, descubro esa cara popular (y por lo tanto, más orgánica y real) de la ciudad que años después, hastiada de ese límite mental llamado Plaza Italia, me lleva a mudarme entre el Forestal y el Barrio Mapocho.

Paso mi adolescencia en Vitacura. Vitacura el barrio verde, seguro, tranquilo, inmune a todos los males, con amables almacenes, playground y niños en bicicletas; no la comuna sobrevendida y wannabe que hoy día tiene su epicentro esnob en Alonso de Córdoba. En esos años, la única “terraza” donde una chica de cuarto medio puede ir es el frontis de la botillería Cordillera, donde escolares sin uniformes ni celulares se reúnen a conversar de lo aburrido que es Vitacura. Nueva Costanera y sus restaurantes peruanos ultra chic no existen. Lo más gourmet que logras comer en los alrededores es un churrasco en la terraza del aún sobreviviente Centro Lo Castillo, en cuyo subterráneo además funciona, casi por error geográfico o milagro, unas de las pocas salas de cine arte de la postdictadura.

A mediados de los 90 abandono el oasis/bostezo Vitacura y me voy a la pre-trendy calle Esmeralda, primero a la Plaza del Corregidor borderline con una zona roja de prostitutas y luego a la de los Bomberos, al frente del Museo de Arte Contemporáneo. Los arriendos son baratos. La colonización de gente joven aún no tiene etiqueta oficial. José Miguel de La Barra no piensa en sacar mesas a la calle. El ex Instituto Francés en Lastarria (próximo a convertirse en un nuevo Liguria) es la única ventana al mundo por la cual me asomo en las tardes. Mientras en París o en Buenos Aires el valor del metro cuadrado se mide en su cercanía con algún monumento histórico, o por la equis distancia de restaurantes o cines, en la capital chilena el éxodo funciona al revés: a más cercanía de la cordillera, mayor la gloria. Entonces surgen las dudas. ¿Por qué los santiaguinos huyen del corazón de su ciudad y prefieren instalarse en las arterias de barrios clones de suburbios norteamericanos, sólo iluminados por linternas de guardias? ¿A qué se debe esa añoranza latifundista por el jardín propio, la avenida limpia y desierta, en pleno apogeo de la globalización urbana?

A pesar de arrastrar un karma de histórica no-santiaguina, distingo perfectamente lo verdadero de lo falso, lo real de lo ficticio, la actitud de la pose que conviven casi esquizofrénicamente en Santiago. Me aturden la palmera trasplantada y el mall con sus patios de comidas animados por orquestas musicales; me normaliza todo lo demás, desde el olor a queso derretido de la Plaza de Armas a las vacas que aún se encuentran en sitios de Peñalolén.

Una ciudad alcanza dimensiones reales si se la recorre a pie, si chocas con otros peatones, si abres por casualidad la puerta de un local donde no tenías predispuesto entrar. Y por muchos años yo camino. Recorriendo el viejo Santiago, descubro zapaterías de fabricación chilena en la calle Puente, picadas de ropa americana en Banderas, librerías de segunda mano en Monjitas o Merced, que siempre confundo; bares de mala muerte en plena Alameda como el 777, compras navideñas de última hora en el Mall Chino de San Diego.

Una ciudad también se construye en la memoria. Recuerdo una tarde de café (¿o whisky?) con Alberto Fuguet en el hotel City; unas prietas que compartí en el Hoyo de Estación Central con el pintor y amigo Carlos Bogni, quien también ha vuelto de Nueva York; un paseo con mi papá y mi hijo por el museo de Ferrocarriles de la Quinta Normal; una tarde de verano en ese oasis zen que es el Jardín Japonés del cerro San Cristóbal.

Aprendo a no encariñarme con nada. Santiago es un monstruo atrapado en un cuerpo adolescente. Siempre mutante, siempre exigiéndose crecer y superarse a sí mismo, lo que ayer se encontraba en una esquina es probable que al día siguiente ya no esté. Quizás es esta amenaza de eterna demolición lo que me hace parar el auto cada vez que paso frente a la bella, fantasmal y muy bizantina basílica de los Sacramentinos en la esquina de Santa Isabel con Arturo Prat, clon superior a su original, la Iglesia Sacré Coeur de París.

Santiago crece cada día más pero no madura. Se abandona a su propia agresividad hormonal y exceso de todo–de esmog, autos, cadenas de farmacias, hipermercados, multitiendas, estacionamientos subterráneos y más autos –y por un momento me sorprendo a mí misma y a mis amigos hablando de infierno. Incluso mi madre, férrea defensora de la imperfección estética y anímica de todas las metrópolis latinoamericanas, menciona la palabra pesadilla cuando sale del Jumbo o está atrapada en la Costanera Norte.

¿Es normal vivir en un lugar que se odia? ¿Se puede aprender a amar algo que se critica, reta y al final del día, se perdona?

Quizás porque he pasado más tiempo de la cuenta en capitales con grandes ríos (Tevere, Sena, East River), ciudades estresantes pero con aire limpio, hay dos cosas que nunca le perdonaré a Santiago: su horrible, deprimente y cancerígena capa de esmog y ese torrente café llamado Mapocho que la ensucia.

Sospecho que vivir en Santiago siempre implicará querer escapar de Santiago. Es parte del trato secreto de cualquier relación de amor y odio. Entrar y salir. Dejar al otro libre. Partir cuando todo se satura y volver re-oxigenado. Jamás olvidar que hay un mundo más allá de Pajaritos.

Convertirte en adulto en una ciudad que no lo es te obliga de alguna manera a inventar tu propio paisaje mental. Siempre he pensado que Santiago es infinitamente mejor de noche que de día. Manejando a solas y a oscuras, sin autos, sin sol, sin gente, todo se embellece una enormidad. Quizás mi paso por Nueva York me dejó una especial sensibilidad hacia las luces nocturnas. No sé. Pero acelerar por una calle desierta escuchando música es lo más cercano a sentirse dueño de un lugar. Si este viaje además te lleva hacia un cerro, el sonido de los grillos hablará por ti. La ciudad horizontal, plana, repartida por el valle como una mancha de luciérnagas, aparece en su mejor forma, desde arriba y en penumbras.

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Un relato de ciencia ficción: Año 2032

Este es un ejercicio de anticipación. Imaginamos como será la capital en veinte años, en un viaje que no requirió máquinas en el tiempo, sino observar lo que está pasando, y tratar de intuir hacia dónde vamos. Advertencia: si no cree en el valor de la fantasía, no siga leyendo. Por Francisco Ortega; ilustración, Carlos Eulefí.

Esta historia es imaginaria pero, ¿acaso no lo son todas? La idea es simple: estamos a fines del 2032 y Santiago de Chile se apresta a entrar a una nueva era. Desde esa perspectiva enumeramos diez hechos gravitantes que han marcado (o marcarán) nuestra ciudad desde 2012 en adelante. Hay ciencia ficción en este juego, pero también una apuesta por descifrar las señales que están en el ambiente. Tal vez ya vivimos en el futuro; sólo que no nos damos cuenta.

1. La nueva babilonia: la bonanza vivida por Chile durante la segunda década del siglo XXI atrajo a Santiago a las oficinas regionales de las multinacionales más importantes que, sumadas a los conglomerados locales, fueron haciendo del sector oriente de Santiago el polo de negocios más importante del cono sur y un crisol para sueños de grandeza arquitectónico como no se veía desde el Manhattan de antes de 1930. Entre 2012 y 2020, esta bonanza transformó el perfil de nuestra ciudad convirtiéndola en una réplica (amada y odiada) a escala de Shanghai o Hong Kong. Tras la Torre Costanera, el primer rascacielos santiaguino, surgieron en el área delimitada por avenidas Los Leones, Colón, Américo Vespucio y Kennedy más de treinta construcciones de altura, entre las que destacó una de cuatrocientos diez metros de alto y 102 pisos, símbolo de la ciudad hasta el gran terremoto del 2030.

2. La Gran Vía: en 2015 la crisis del transporte urbano capitalino, que condujo al movimiento social conocido hoy como guerra del Transantiago, dio paso al cambio más radical en el transporte citadino desde la instalación de líneas de tranvía a fines del siglo XIX. El plan “nuevo tren” –o New FF CC, como lo bautizó la prensa– partió trayendo de regreso la figura clásica de Ferrocarriles del Estado y culminó con el mejor sistema de movilización pública de Latinoamérica. Hacia el 2022, superada ya buena parte del crash económico del 2019, Santiago reestructuró su aparato circulatorio a través de una interacción entre trenes de y bajo superficie que, junto a buses eléctricos, se encargaron de ordenar y descontaminar la ciudad. La gran vía de alta velocidad que corre sobre el lecho del Mapocho es su más reconocible símbolo.

3. Los tecno-cementerios: hacia mediados del 2013, Chile se había consolidado como el país con más ventas de dispositivos móviles, televisores, consolas de videojuegos y electrodomésticos de última generación por habitante. Pero en una geometría inversa, a medida que estas cifras iban en alza, desaparecían de la ciudad los talleres de servicio técnico y reparación: resultaba más barato comprar un aparato nuevo que arreglar el antiguo. Los basureros comenzaron a llenarse de cadáveres tecnológicos, lo que llevó a la intendencia a limpiar un área al sur de San Bernardo para convertirla en el primer tecno-cementerio del país, primer eslabón en la creación de un verdadero cinturón de cadáveres electrónicos que ha ido extendiéndose alrededor del área metropolitana y provocando un caos ecológico cada vez de mayor magnitud; más aún, al sumarse a estos lugares verdaderas “torres” con restos de autos y otros vehículos, desahuciados tras los eventos gatillados luego de la crisis del 2019. El daño medioambiental, sobre todo en mutaciones en la flora y fauna local, se considera irreparable, razón por la cual desde enero del 2027 se ha prohibido acercarse sin protección a este anillo de muerte. Resulta irónico que haya sido de las pocas áreas urbanas que sobrevivieron al terremoto de enero del 2030.

4. Ciclistas versus peatones: el parque ciclístico santiaguino comenzó a crecer exponencialmente a partir del 2012, hasta convertirse en un poderoso actor urbano para mediados del 2015. La bicicleta se convirtió en el medio de transporte más popular y común de la ciudad, gatillado esto además por la “guerra del Transantiago” y todo el proceso intermedio antes de la consolidación del nuevo tren urbano. Sin embargo el diseño de las calles, la escasez de ciclovías y una reglamentación poco clara respecto de los derechos y deberes de los ciclistas pasó la cuenta y, si antes eran los automovilistas los que entraban en guerra con los ciclistas, ahora fueron los peatones quienes a través de organizaciones como “peatones furiosos” o “LVNR: las veredas no son para las ruedas” se entablaron en enfrentamientos verbales y físicos contra los ciclistas. Muchas bicicletas fueron robadas y destruidas entre el 2015 y el 2020, acusadas de entorpecer el tránsito de los santiaguinos. Sin embargo –tras el terremoto de hace dos años– la bicileta está otra vez regresando en gloria y majestad a nuestras calles.

5. La industria del esparcimiento: fue el estreno de Mampato contra la invasión mutante, en 2016, la película que cambió para siempre la historia del cine y los contenidos locales. Dirigida por el debutante Ignacio Aguilar, la película, que actualizaba al personaje más popular de los cómics chilenos en clave Harry Potter se transformó en el primer verdadero “blockbuster” local. Superó los cinco millones de espectadores en menos de dos meses, estuvo casi un año en cartelera. fue adaptada a Hollywood, propició una línea de objetos coleccionables y acabó con la seguidilla de comedias y dramas generacionales de nuestro cine, reemplazándolos por historias escapistas, destinadas a toda la familia y haciendo de la producción audiovisual nacional una real industria. Y aunque los festivales y el cine de autor fueron radicalmente dañados por esta ola de entretenimiento masivo, no hay que desestimar su importancia en el levantamiento de la economía chilena tras la crisis del 2019. Fueron el cine comercial, la producción de videojuegos y el desarrollo de contenido “light” algunas de las instancias que hicieron despegar nuestra economía y reposicionó a Chile en el ojo del primer mundo. Ya no teníamos cobre, pero estábamos produciendo algunos de los productos de entertainment más exitosos del mundo.

6. El fin de los mall: símbolo de la bonanza económica de fines de la década de 1980 y hasta bien entrada la segunda década del presente siglo, los grandes centros comerciales o mall fueron los primeros grandes afectados por la gran crisis del 2019. La baja en ventas, la escapada de las grandes transnacionales del país y la violencia sociopolítica gatillada por este proceso pegaron fuerte en estos otrora grandes símbolos del consumismo. Tras la demolición de colosos emblemáticos como el Parque Arauco o el Alto las Condes, el Costanera Center respira como último vestigio de una era cada vez más lejana. Claro, ya no como hito comercial sino como un conjunto de viviendas sociales, conversión obligatoria tras las tomas populares iniciadas en 2020, cuando los locales comerciales iniciaron su abandono de la enorme galería de seis pisos junto al río Mapocho y familias enteras encontraron en este elefante blanco un lugar para vivir. Tomado por el Estado a inicios del 2031 y rebautizado como Comunidad Costanera, el viejo mall se ha consolidado como una miniciudad hasta con un pequeño hospital comunitario en el espacio que hace dos décadas ocupaba un gran supermercado.

7.Adiós al pulmón de Santiago:
desde finales del siglo XIX, el Parque Metropolitano, instalado en el cerro San Cristóbal, constituyó el gran pulmón de nuestra ciudad y políticas de protección ecológica se encargaron de que esto no fuera alterado durante poco más de un siglo. La construcción del zócalo en 2016 potenció el carácter del lugar, devolviéndole el sitial de paseo principal de los santiaguinos y consolidando esta obra como uno de los hitos fundamentales de la arquitectura de espacio público de la región metropolitana. La reforestación realizada hacia fines del 2020 acrecentó la calidad del emplazamiento, hasta que el terremoto de enero de 2030 ocasionó el gran incendio del San Cristóbal, desastre ecológico de magnitudes irrecuperables que nos arrebató el principal paseo urbano de la ciudad, reemplazando la siempre verde vista del cerro por un peñón de roca y tierra quenada donde apenas sobreviven los restos de las viejas torres de telecomunicaciones y el pilar de la destruida estatua de la Virgen de la Inmaculada Concepción.

8. La gran crisis del 2019: el milagro chileno, que había logrado que nuestro país sorteara con éxito las quiebras de Argentina y Perú en 2016, el colapso venezolano de ese mismo año y la Depresión del 2017 de Estados Unidos no estaba preparado para el “destino histórico” que gatilló el mayor colapso económico en la historia de Chile y que casi arruina a un país que estaba acostumbrándose a la vida de rico. Así como Alemania inventó el salitre sintético tras la Primera Guerra Mundial acabando con la era del oro blanco, fueron los mismos germanos quienes, tras patentar el cobre artificial 2.0, nos enseñaron que la historia siempre se repite. Una aleación química más barata y con mejores propiedades que el metal rojo, que hacia 2018 arruinó la industria cuprífera completa alrededor del mundo afectando a Chile con igual fuerza que el impacto de diez bombas atómicas. El sueldo de nuestro país se fue a cero y con ello el quehacer sociopolítico entero. El 2019 será recordado por la sucesión de tres gobiernos, dos de centroizquierda y uno de derecha; los movimientos sociales callejeros, la quema del puerto de San Antonio y los enfrentamientos entre civiles y militares en Antofagasta, un caos social como no se veía desde tiempos de la UP y de la dictadura de Pinochet. Nuevamente el ejército debió salir a la calle, aunque en esta ocasión dependiente del Congreso que se hizo cargo del gobierno hacia mediados del 2020, cuando no hubo cabeza visible en el Ejecutivo. Índices de cesantía del que hasta hoy no se dan cifras oficiales, escasez de alimentos y quiebras de bancos y conglomerados empresariales fueron solo la punta del iceberg. El crash gatilló éxodos masivos a Europa y una realidad que para el 2022 apuntaba a Chile como un país con cifras rojas y a Santiago como una ciudad marcada por barrios abandonados, rascacielos sin terminar y grandes centros comerciales convertidos en tomas populares. La idea de arriba o abajo de Plaza Italia se acabó para siempre y sólo el desarrollo de otras áreas de la economía, como la industria del entretenimiento o la minería del agua en la Patagonia lograron recuperar algo de la alicaída economía nacional.

9. Enero de 2030: no vamos a ahondar demasiado en la pesadilla que se desató la madrugada del 11 de enero del 2030, cuando la falla de San Ramón, que cruza el oriente de Santiago despertó con la misma furia que lo había hecho en mayo de 1645, cuando por primera vez este accidente geológico y geográfico sepultó a la ciudad que tenía a sus pies. De carácter cataclísmico, se calcula que el evento tuvo una intensidad de 9,6 y una duración de cuatro minutos y medio, suficiente como para devastar prácticamente toda la zona oriente de la capital, abriendo grietas que se extendieron hacia la parte baja a lo largo de grandes avenidas como la Alameda o Bilbao, las que literalmente fueron partidas. Construcciones emblemáticas como la Torre Santa María, las de Tajamar, la Catedral y el Palacio de la Moneda se vinieron abajo en lo que hasta hoy se considera el mayor y más catastrófico sismo de la historia. La ola de incendios que vino después ocasionó la quema completa del Parque Metropolitano, del cerro San Cristóbal y de buena parte del Parque Forestal; invasión de ratones y un estado de sitio sobre la ciudad que se extendió por seis meses. Solo la colaboración multinacional y de todo el cono sur ha permitido la reconstrucción de nuestra ciudad, esta vez como capital de un nuevo orden latinoamericano.

10. 2032, capital del cono sur: pasada la crisis chilena del 2019 y las grandes quiebras de Argentina y Perú que se han venido sucediendo desde 2016, ayudadas en nada con la breve guerra que enfrentó al gobierno de Buenos Aires con Brasil el 2024, quedó claro que la única manera de sobrevivir al nuevo escenario mundial era a través de la creación de un estado confederado bajo un régimen de gobierno común, pero manteniendo la soberanía de todos los territorios. La Unión de Repúblicas de la Patagonia, pacto conformado por Perú, Bolivia, Paraguay, Uruguay y Argentina, firmado en Lima en octubre de 2031 garantiza una nueva era para nuestras naciones y en especial para Santiago de Chile que, aprovechando las labores de reconstrucción, será rearmada como ciudad capital de la región. En el nuevo Palacio de la Moneda se ubica la sede legislativa de esta federación que 220 años después comienza a cumplir en verdad el llamado sueño bolivariano, esta vez sin tantas utopías. Santiago del Nuevo Extremo, como ahora es llamada nuestra ciudad, crece día a día como una metrópolis moderna, armada en su propia historia pero con un horizonte claro hacia un futuro que se ve esplendoroso.