Los rostros que marcaron este 2010

  • 29 diciembre, 2010

Obama: cuando el relato es insuficiente

En la política moderna, el relato y el testimonio son esenciales para ganar una elección, pero insuficientes para ejercer el poder y obtener resultados. Para eso sigue siendo fundamental la vieja política; es decir, la capacidad de negociar, construir acuerdos y manejar la agenda. Por Sebastián Iglesias.

 

El 2008 fue el año de la obamanía. No existía ningún político que no se sintiera cautivado por su figura. Personajes de nuestra elite usaron corbatas, chapitas y cuanto objeto del merchandising demócrata existiera para apropiarse de su figura. Se plagiaban sus promesas de cambio. Todo era una especie de ritual reivindicador de la política: para muchos, el mito cumplido de la renovación;para otros la meritocracia llevada a su punto cúlmine. La muestra fehaciente de que los buenos les podían ganar a los malos. No importaba si eras conservador o liberal, joven a viejo, todos nos sentíamos parte de este fenómeno. Nacía una nueva épica. Y lo mejor, el oficio político –su dimensión táctica– parecía innecesario. Parecía que la política había empezado un camino sin retorno a la renovación.

Sus claves eran simples. Obama era la mezcla perfecta entre testimonio y relato. Una vida transformada en la épica de una generación.

Su testimonio era el de una minoría meritocrática y valiente. Un político no tradicional, con derrotas incluidas y años de voluntariado. Ganó unas primarias en que no tenía ninguna opción. Y logró construir un relato simple y movilizador: renovación e inclusión eran posibles. Todas las minorías se transformaron en una gran mayoría. La promesa del cambio hizo su trabajo en la tierra fértil preparada por la crisis económica y la falta de innovación en la política. Pero como en toda historia que parece perfecta, el desenlace no ha sido el ideal.

El 2009 vimos luces amarillas prendidas para su Gobierno: primero el estancamiento económico desde la crisis financiera del 2008 con un inamovible 10% de desocupación. Y segundo, sus graves problemas para controlar un congreso –con mayoría en ambas cámaras– y llevar adelante sus reformas esenciales como la sanitaria o financiera.

El 2010 no fue mejor, bordeó la luz roja. Sus índices de popularidad bajaron del 70% al 50%. El desempleo no mejoró, el derrame en el golfo de México se transformó en una espina y WikiLeaks y las elecciones de noviembre del 2010 fueron el cierre de un año olvidable. El surgimiento del tea party, la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, la irrupción de líderes como Rubio y Boehner o el renacimiento de Sarah Palin, una pérdida de “influencia emocional” del fenómeno Obama. El riesgo de un eventual gridlock o trabazón legislativa producto del bipartidismo se ciernen sobre la democracia norteamericana. En 2010 definitivamente aterrizó su liderazgo. Y fue una señal de alerta para todos los que bregan por la renovación. Otra cosa es con guitarra.

El 2010 nos mostró que el testimonio y el relato de un gobierno no garantizan el éxito. Al final, la vieja política le pasó la cuenta. El arte de la política era mucho más complejo que un simple relato. Su llegada al poder provocó expectativas tan altas que no han logrado conciliarse con resultados reales. La multifuncional oferta del cambio genera expectativas ilimitadas. El relato emocional de Obama tenía una carga elevadísima: era la reivindicación de todas las utopías. Y como todo intangible, tenía tantos demandantes como grupos de interés puedan existir.

¿Que se viene? Básicamente ser un mejor político –una parte del trabajo que claramente soslaya– incluso si el costo es perseguir una agenda menos ambiciosa en los próximos años. Su excesiva intelectualidad y ausencia de experiencia política se transformarán en sus principales enemigos en lo que viene. Lo que distingue a los líderes políticos es su capacidad de acertar en las decisiones inmediatas: el arte de hacer lo posible y de construir acuerdos. Otra cosa es la retórica.

En la política moderna, el relato y el testimonio son esenciales para ganar una elección, pero insuficientes para ejercer el poder y obtener resultados. Para eso sigue siendo fundamental la vieja política; es decir, la capacidad de negociar, construir acuerdos y manejar la agenda. Su punto de inflexión radica en hacer perdurable su legado. Está en buena hora. La fe de los demócratas del mundo está puesta sobre él.

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Laurence de Atacama

Quizás no vaya a hacer nada para ser presidente, pero va a hacer todo para mantenerse en los 80 puntos de adhesión. Ese es el juego. Quizás su error sea creer que se trata de no quedar mal con nadie. Pero la épica de la política requiere de un adversario. Por Martín Rodríguez.

 

Con su exitosa trayectoria en Cencosud, cómo no intentar imaginarlo en la ferretería de su padre -ubicada en una mesocrática avenida de Maipú– colaborando en la fidelización de la cartera de clientes del negocio familiar. Por supuesto, no es la imagen de Manolito, el hijo del bruto almacenero gallego de Mafalda. Por el contrario, el contexto familiar lo empujó a una evidente mayor sofisticación y, por de pronto, le abrió paso en el mejor liceo posible, el Instituto Nacional. El debate de ideas en su familia no faltó; se sabe que sus hermanos tuvieron posiciones políticas fuertes y muy disímiles. Y en ese terreno más radical, pareciera que Laurence optó por el camino de la argumentación, de la negociación, de la conciliación.

Su pasada por Ingeniería de la PUC es conocida por brillante. También su meteórica carrera en Gener, donde pasó a la velocidad de la luz de jefe de división de sistemas a gerente corporativo de finanzas, al alero de Juan Antonio Guzmán. Pero, sin dudas, fue en Cencosud donde tomó vuelo y puso en práctica sus fortalezas tempranamente desarrolladas. Lo que allí hizo es notable. Quienes conocen el mundo del retail –donde todo es urgente y al galope– saben que nada es posible sin condiciones de líder.

Es reconocido el liderazgo con que movilizó sus ejércitos de vendedores, reponedores, compradores, proveedores y consumidores. Pasó de la inteligencia dura a la blanda. Encantó a sus equipos con energía, autenticidad y optimismo. No eludió los desafíos, y se dice que cada vez que Golborne crecía, sus equipos crecían. El retail se constituyó en una metáfora de si mismo, alentando la movilidad y favoreciendo la chimenea meritocrática. Y, para crecer por la región, ejerció sus aptitudes negociadoras y se constituyó en un gran levantador de financiamiento, que no es otra cosa que un encantador. Paulmann, en más de una oportunidad, debe haber dicho Laurence über alles.

Todo ello no se explica si también no hubiese sido un trendsetter, un coolhunter en potencia. Un surfeador en las expectativas de los consumidores y las clases emergentes. El sabueso del C2-C3. Alguien capaz de leer el destino de éstos en las líneas de su propia mano.

Y todo esto lo puso en práctica en Atacama. El éxito mediático del rescate de los 33 mineros fue posible por su talento para abrir el corazón de los grupos medios y aspiracionales. Lo que construyó fue un set para recrear una experiencia multisensorial que energizara los sentidos de todos los televidentes. Entendió rápido el lenguaje de la televisión y nos conectó con Atacama. Convirtió al campamento Esperanza en un verdadero mall de emociones. No subestimó el poder del contexto. Con estilo invitó a los televidentes a entrar. No para comprar entretención, sino para compartir valores y vivir experiencias únicas.

Pasó de la meritocracia ejemplar y única, a una transversalidad social y política inédita. Nada más expresivo de ello –y seguramente mordaz para la Concertación– fue el momento en que junto a los familiares y con Piñera haciéndole coro cantó Arriba en la cordillera, de Patricio Manns. El fue quien la llevó, tocando a fuego y alma, quizás inspirado en el recuerdo de las fogatas setenteras en alguna playa del litoral central.

Por ello quedó clavado en el 80% de adhesión ciudadana. ¡¿Quién va a osar bajarlo de ese pedestal?! Hasta Longueira –quizás con qué planes–, lo infla. ¿Es tiempo de liderazgo político? Lo que está claro es que eso no era lo que buscaba. Nadie con sentido crítico habría pensado que desde el ministerio de Minería era posible hacerlo. Pero allí está, instalado en la carrera presidencial

Pero tanto viento a favor lo tiene levemente escorado. Necesita mantener su credibilidad y es evidente que no está para ideologías ni para grandes relatos. Es más bien de la cultura de 140 caracteres de twitter. Aunque el twitteo puede traicionarlo y hacerlo caer en la irrelevancia, por jugar con lo frívolo, lo light. Lo que sí es evidente es que no quiere entrar en colisión con nadie. Quizá no vaya a hacer nada para ser presidente, pero va a hacer todo para mantenerse en los 80 puntos de adhesión. Ese es el juego. Quizás su error sea creer que se trata de no quedar mal con nadie. Pero la épica de la política requiere de un adversario. Allí debe estar su dilema: cómo dar ese paso a un terreno más tórrido, más conflictivo, pero inevitable.

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El mensajero de las malas noticias

Assange mostró al rey desnudo, a mediodia, en la plaza del pueblo. Eso no es malo. El poderoso es enseñado a reconocer sus límites y a hacer mejor sus deberes. Por Francisco Javier Cuadra.

 

Julian Assange, en su primera defensa pública en el caso WikiLeaks, afirmó ser tratado como “el mensajero de las malas noticias”. Aludía a esa vieja costumbre humana de descalificar el medio que nos trae mensajes repulsivos, que detestamos, antes que afrontar derechamente la verdad que nos comunican. Assange es ahora objeto de una increíble acusación de violencia sexual en Suecia, por dos experimentadas mujeres con las que el verano pasado tuvo relaciones íntimas voluntarias. La “violencia”, en un caso, habría consistido en que la mujer se sintió “abandonada” por Assange cuando, después de hacer el amor, éste la dejó en la cama para ponerse a trabajar en su computador. Es evidente el propósito político de desprestigiarlo construyendo un caso judicial para luego dejarlo en la órbita de la justicia de los Estados Unidos por espionaje. ¿Otra torpeza de Washington?

Es una mala noticia que la primera potencia del mundo sea tan vulnerable. Inquieta. Lo fue en Vietnam. Lo fue más aún el 11 de septiembre de 2001, cuando fanáticos musulmanes mostraron al mundo por televisión que era posible penetrar en el espacio aéreo de la ciudad estadounidense más importante y derribar dos edificios emblemáticos, matando a cerca de tres mil personas. Casi diez años después, las comunicaciones secretas de la Casa Blanca y el Departamento de Estado son expuestas al mundo entero por un exhibicionista de la información alimentado por un militar de baja graduación. Hay un deterioro. Assange mostró al rey desnudo, a mediodía, en la plaza del pueblo. Eso no es malo. El poderoso es enseñado a reconocer sus límites y a hacer mejor sus deberes. Su poder es derivado del pueblo, quien tiene derecho a escrutarlos, conocerlos y juzgarlos. Pero como los arcana imperii son imprescindibles, incluso en los tiempos de la transparencia y la democracia, los estados del mundo –partiendo por Estados Unidos– deberán revisar ahora sus procedimientos, sus reservas y sus custodias diplomáticas.

La información de WikiLeaks –mensajes reservados y secretos de la diplomacia norteamericana de los últimos años– es verdadera. Sus contenidos, sin embargo, son nada nuevo sub sole. La misma índole humana con sus luces y sus sombras. En casos, no obstante, sorprende la simplicidad de la observación diplomática estadounidense, realidad que a su vez explica algunos de los enormes errores de política internacional cometidos por Washington en los últimos años. No están en ellos el ojo agudo ni la palabra sutil de Maquiavelo, Chateaubriand o Casaroli, por recordar a tres de una pléyade secular de diplomáticos cultos y magistrales de todas las latitudes. No aparece el método de Mazarino o, entre nosotros, la complejidad de las instrucciones de Portales a Blanco Encalada sobre el conflicto con el Perú. Uno habría esperado más del más grande.

En Estados Unidos hablan de Wikigate, recordando el escándalo de Nixon en 1974. Frattini, ministro de Relaciones Exteriores italiano, prefirió decir que WikiLeaks era un 11 de septiembre diplomático. La diplomacia fue desacralizada por WikiLeaks. Para el vulgo perdió esa aura de elegancia, encanto y savoir vivre. Ahora todos saben o pueden saber, en detalle, cómo trabaja la diplomacia norteamericana: la estructura real de sus misiones diplomáticas, qué encargos se hacen, cómo se pesa y se evalúa la información, cuál es el juego de las fuentes, cómo se construye la apreciación de una misión, quién y cómo redacta la información, etc. La diplomacia siempre se interesará por las opiniones y personalidades de los líderes, determinantes en los escenarios locales. Rozará el espionaje y siempre cultivará la reserva. Después de WikiLeaks, ¿cómo se desenvolverán los diplomáticos en el día a día si ya no es un misterio su proceder? ¿Cómo se les reclutará y entrenará? ¿Qué pasará con diplomacias pequeñas, carentes de medios e irrelevantes en el escenario mundial, si con la primera potencia planetaria pasó un WikiLeaks? ¿Vale la pena tener tanto embajador, tanto funcionario, tanta misión? ¿Cuál es el análisis de debilidades y amenazas que en estos días hacen las cancillerías del mundo? ¿Cuál es el rediseño de la operación de las diplomacias del mundo post- WikiLeaks? Son temas inevitables, entre otros, puestos por Assange, hoy detenido en el Reino Unido.

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Literatura y vida

El Nobel para Mario Vargas Llosa es un premio para lo mejor que ofrecen los libros: enseñanza, refugio y una herramienta para el progreso y la libertad. Por Luis Larraín.

 

Ha sido un regalo tener en Chile a Mario Vargas Llosa a tan sólo días de que la academia sueca le otorgara el premio Nobel de Literatura 2010. Los conceptos y palabras vertidos en su discurso de aceptación en Estocolmo Elogio de la lectura y la ficción, así como en el seminario de Libertad y Desarrollo y las conversaciones privadas sostenidas con él en el curso de estos días conforman una verdadera cátedra de literatura y vida a la que hemos asistido con entusiasmo y placer intelectual.

Una lectura atenta de sus escritos y discursos hace posible descubrir una columna vertebral en el pensamiento de Vargas Llosa. En su apasionada alabanza de la literatura, el autor va delineando los roles que él le atribuye a la ficción: la literatura como enseñanza para la vida, la literatura como refugio y la literatura como agente del progreso y la libertad.

La literatura como enseñanza

Cuando Mario Vargas Llosa nos dice que “la buena literatura tiende puentes entre gentes distintas” y agrega que “nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan”, está aludiendo a una de las principales características de la literatura universal que alcanza la categoría de clásica. No importan las distancias ni las épocas; la buena literatura es capaz de superar las barreras del tiempo y el espacio y así es como las desventuras de un militar en la selva amazónica pueden hermanarse con las de un legionario romano. En definitiva, todas ellas se nutren de la condición humana de sus protagonistas, que viven gozan y mueren por razones parecidas.

“Gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas”, nos dice Vargas Llosa con convicción.

La literatura como refugio

Si la exhortación de nuestro autor a utilizar la ficción como instrumento para ser mejores personas tiene una dimensión esperanzadora, puede a mi juicio encontrarse otra función que él le asigna a la literatura y que, siendo menos utilitaria, es más bella y conmovedora: la literatura como refugio. Nos dice Vargas Llosa que con las obras de ficción que leemos podemos crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad. ¿Cuántas personas hemos conocido que construyen un mundo de ficción en que se sienten más cómodas y protegidas que en la vida cotidiana que les agrede o les aburre? ¿Cuántos empleados con trabajos rutinarios y poco estimulantes, propios de sociedades masivas e impersonales, se sumergen con entusiasmo en las páginas de una novela durante sus ratos libres, para encontrar allí las emociones y aventuras que la vida no les depara?

Aunque el aporte que le hace la literatura a las personas sea solamente un alimento para sus almas o un solaz en sus tristes existencias, encontramos aquí una de sus funciones más nobles.

La literatura como agente del progreso

Es esta última dimensión la que ha estado más presente en la visita de Mario Vargas Llosa a Chile. Quizás, por la naturaleza de sus actividades acá. Afirma el escritor peruano que “seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos”, para añadir luego que seríamos más conformistas, menos inquietos y concluir diciendo que sin ellos (los libros) el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría.

Más adelante Vargas Llosa afirma en su discurso de aceptación que sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea más vivible; para terminar en una apasionada apología de las libertades, en que nos conmina a defender la democracia, el pluralismo político, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, las elecciones libres, la alternancia en el poder.

La concesión del premio Nobel parece haber reforzado el compromiso con la libertad que él ha cultivado toda su vida. La legitimidad en el mundo intelectual y cultural que éste le confiere puede superar, incluso esa suerte de veto a quienes no siguen los dictados de la izquierda. Quizás sin darnos cuenta, estamos viviendo un punto de inflexión en la causa de la libertad, liderada por Mario Vargas Llosa.

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La justicia en tiempos de twitter

La autora de esta columna remecio la twitosfera al seguir cada dia los detall es del caso contra Pilar Perez y poner sus impresiones en la red. Pero su aventura termino mal. Aqui, sus descargos. Por Francisca Solar.

Partió como un trabajo de campo. Si bien el análisis del lenguaje no verbal se puede realizar con cualquier persona y en cualquier contexto, estudiar a una mujer con claros rasgos psicopáticos era un escenario irrepetible que no podíamos perder. Estaba terminando un entrenamiento en microgestos, como complemento a mis estudios en Criminología, con Rodrigo Hollmann –periodista y experto en el tema, mi profesor– cuando el caso de la Quintrala llamó nuestra atención, y no lo pensamos dos veces. Aprovechando que era un juicio público, teníamos una oportunidad única para mirar de cerca.

El asunto de twitter surgió como un bonus. No estaba en nuestro plan inicial el convertirnos en “twit-reporteros” para nuestros seguidores, pero pronto nos dimos cuenta del potencial de la información que se perdía y que a nadie importaba (posturas de los testigos, tonos de voz, miradas entre fiscalía y defensa, gestos de los jueces) y sentimos casi “el deber” de contarlo. Los datos duros, qué dijo quién y los asuntos netamente judiciales ya estaban cubiertos por la prensa tradicional; nosotros no fuimos al juicio como periodistas. Fuimos como profesor y alumna, como analistas, curiosos de la ciencia cognitiva que, cual regalo inesperado, hervía en preciados ejemplos en esa sala de tribunales.

Cuando hablas, sólo un 30% de la información que estás expresando proviene de tus palabras. El otro 70% es responsabilidad del lenguaje no verbal: gestos, tono, postura, mirada y expresión. Así de importante es, pero el registro legal clásico jamás se ha detenido a valorar este lado de la comunicación. Quizá por eso nuestro trabajo generó tanto interés inmediato, en Internet y fuera de la red, y en un par de días ya teníamos a miles de personas siguiendo los twits con el hashtag #juicioquintrala para conocer nuestras impresiones del caso de María del Pilar Pérez. Reitero: para los datos duros, estaban el diario o el noticiario central. Nosotros proporcionábamos información que nadie más generaba, e incluso nos dábamos cuenta de hechos o situaciones que pasaban inadvertidos para los principales involucrados; es decir, abogados y jueces. Desde la segunda fila dispuesta para el público, Rodrigo y yo desmenuzamos todo lo que acusados, testigos y peritos comunicaban sin hablar. Su nivel de nerviosismo, la concordancia de su gesto con sus palabras –y, por tanto, si es que había emociones reprimidas–, si se enojaban, sorprendían o emocionaban secretamente ante alguna interpelación, evidencia o recuerdo. El análisis no servía a otro propósito que probar en tiempo real lo ya aprendido en la teoría, así como compartir nuestra curiosidad intelectual y “evangelizar” a nuestros followers sobre la importancia del lenguaje no verbal en todo tipo de contextos, en este caso, el criminal.

Durante las tres semanas que pudimos asistir a tribunales, nuestro trabajo probó ser veraz y útil, la prensa tradicional estaba pendiente de nuestros movimientos, la misma fiscalía se nos acercó varias veces para conocer nuestras impresiones, y como dejamos en evidencia en un par de ocasiones la prepotencia y mal manejo del defensor Claudio Palma –siempre en el ámbito de su lenguaje no verbal, jamás en su desempeño técnico como abogado, el cual no nos competía evaluar–, su ira se encargó de aguarnos la fiesta. Como el uso de twitter no está regulado ni especificado en la reforma procesal penal, aprovechó el vacío para conseguir que el juez presidente censurara tanto nuestra presencia ahí como la información que compartíamos en la red social. El juicio “público” dejaba de serlo; Rodrigo fue conminado a abandonar la sala, y ya no podríamos volver a twittear ni a compartir en otra instancia ninguno de nuestros análisis. La libertad de expresión sólo sería lujo de unos pocos, y nosotros no integrábamos ese grupo. Nos transformamos en profesionales indeseables, y fuimos raudamente condenados. Habíamos transgredido el contrato social en esos terrenos: desnudar actitudes e intenciones escondidas tras la literalidad o lo tangencial de las evidencias. No pagamos esa transgresión con cárcel, pero obligarnos al destierro informativo no fue una sentencia menos cruel.