Seguir el pulso de la opinión pública; indagar en los miedos y anhelos de los chilenos; aproximarse a cómo se vive la crisis que estalló el 18 de octubre pasado, ha sido el principal desafío de Roberto Izikson en estas semanas. Es verdad que desde su cargo de director ejecutivo de la encuesta Cadem –que se publica semanalmente- su labor consiste en testear el clima país, pero no hay dudas de que estos casi tres meses lo han tenido de cabeza haciendo cruce de datos estadísticos y recogiendo lo que va pasando día a día.

  • 2 enero, 2020

En su análisis, el gobierno está sin rol y lo que debiera hacer es construir una agenda de hitos simbólicos que permitan que los chilenos recuperen la esperanza. “Se debe instalar un relato de que estas semanas no fueron en vano. Y de alguna manera Piñera tiene que hacer suya la demanda ciudadana, claramente todavía no lo logra”, sostiene.

-El Presidente cerró el año diciendo en el diario La Tercera que lo peor de la crisis ya pasó. ¿Se aventuró o eso muestran las encuestas?

-Yo creo que el Presidente se anticipa al tratar de instalar un clima de optimismo que hoy no existe. El clima actual está tomado, inminentemente, por la incertidumbre y por sentimientos de resignación. Esta crisis evolucionó desde el 18 de octubre en que se creó un clima de unidad a nivel de opinión pública asociada a una demanda social, a un descontento, a la desigualdad. Luego de 9 semanas, ese proceso de unidad se empieza a ver erosionado por la violencia, los cambios en la rutina, los efectos económicos, el aumento del desempleo, la estética de la ciudad enteramente tapeada.

-De algún modo, ¿se ha normalizado el vivir así?

-Retomamos una cierta normalidad en los trabajos, pero la dinámica de la ciudad aún no está normalizada y evidentemente la gente sigue alerta. Como que estamos esperando que de nuevo suceda algo grande.

-O sea, ¿estamos en una tensa calma?

-Sí. Hoy estamos en una tensa calma que es generada por la incertidumbre. Está la posibilidad de que pueda volver la violencia, de que aumente el desempleo o que el freno de la economía genere un cambio en la situación económica de cada uno. O sea, hay un sentimiento de que todavía podría venir lo peor.

-El camino constitucional que abrió el mundo político, ¿no calmó la incertidumbre?

-En política todavía hay dudas respecto a cómo va a avanzar la dinámica constitucional, pero también hemos visto que la política está en un escenario de trinchera. También hay otro factor cultural que incide: el aumento de la tensión generacional. Entonces, lo que deja la crisis es un aumento muy significativo de la polarización en tres ejes: el clásico eje izquierda-derecha. El eje de la lucha de clases que parecía dormido en Chile, pero que resurge. Y un tercer eje que es la polarización generacional entre los jóvenes y la gente de 50 años o más. Y está otro aspecto nuevo: los jóvenes no tienen miedo y se ha legitimado la idea de que la única posibilidad de hacer cambios políticos es a través de la violencia. Pero hoy la violencia que queda en la calle es contra Carabineros.

-¿El gobierno no paga ese costo?

-Es que el gobierno es un actor irrelevante para la opinión pública. Y ése es uno de sus grandes problemas. No ha entendido que esta es una crisis que está desbordada emocionalmente. No tiene relato.

¿El Presidente no está jugando un rol?

-No, porque no ha logrado empatizar con la emoción. Ha tratado de racionalizar la crisis a través de la violencia y eso no le ha hecho sentido a la opinión pública. Incluso más, te diría que seguir tratando de explicar la violencia es una mirada muy miope de lo que está pasando. Eso se podría explicar el 18 de octubre, pero no todo el proceso que viene después. Porque, reitero, el proceso de estas nueve semanas es una crisis emocional sin relato, sin guía. Te diría que hay una ruptura con la figura del Presidente.

-¿Cuándo se produjo?

-Primero fue la noche el 18 de octubre cuando el Presidente salió comiendo pizza y a esa misma hora la gente veía que se incendiaba el edificio de Enel. Ahí su aprobación cayó de 30 a 14%. El segundo momento es cuando el presidente declara que estamos en guerra contra un enemigo poderoso. Eso fue el domingo 20 de octubre. Ahí el 88% estuvo en desacuerdo y consideraba que él se estaba poniendo en guerra contra el descontento social. Y el tercer momento fue ese martes 13 de noviembre cuando todos los chilenos estábamos esperando que hablara el Presidente. Durante dos horas el podio presidencial estaba vacío. Se transmitía un vacío de poder. Y si bien la estrategia del Presidente de tirarle la pelota al Parlamento fue correcta, la gente no lo entendió. Y eso generó un quiebre. Esperaban algo distinto.

-¿Eso remató la relación?

-Ese fue el remate. Después de ese día, la gente se desconectó de lo que el Presidente dice o no dice. Hoy, la opinión pública esta desconectada de Piñera.

-El tema es cómo termina bien su mandato si quedan dos años…

-El gobierno debiera llegar a un diagnóstico real de la crisis, y todavía no lo han logrado. No han entendido el proceso ni las causas de qué fue lo que encendió la llama de descontento social. Lo segundo es entender las emociones en curso. Nosotros vemos que se ha instalado un estado de resignación.

-¿La resignación de que nada va a cambiar?

-Es una resignación que implica un temor: que después de estas 9 semanas todo haya pasado en vano. Es decir, que todo lo que vivimos y los costos que hemos tenido que pagar, no hayan valido la pena porque nada va a cambiar. Ese estado de preocupación y de resignación está presente. En mi opinión el gobierno debería intentar reconstruir una esperanza. Eso es lo que se necesita hoy. Porque si al sentimiento de resignación le vas sumando el desempleo y el freno del crecimiento, en marzo podemos volver a tener un millón de personas marchando de nuevo. Es labor del gobierno canalizar la resignación hacia la esperanza.

-¿Pero cuál debiera ser la razón de esa esperanza para que no sea una simple promesa?

-Es la esperanza de que ahora sí vamos a tener un Chile nuevo y con cambios. En el fondo, es la necesidad de dotar a esta crisis de símbolos que permitan recuperar confianza y esperanza.