“Me fui de Chile en 1979, medio apaleado, pensando que iba a volver rápido, cuando se acabara la oscuridad. Mi adaptación al mundo gringo no fue difícil. Eché de menos a los amigos y a la familia, pero no eché de menos el guanaco, la luma, la CNI, ni el esmog. Estudié Sociología en el […]

  • 21 diciembre, 2017

“Me fui de Chile en 1979, medio apaleado, pensando que iba a volver rápido, cuando se acabara la oscuridad. Mi adaptación al mundo gringo no fue difícil. Eché de menos a los amigos y a la familia, pero no eché de menos el guanaco, la luma, la CNI, ni el esmog.
Estudié Sociología en el pregrado y tuve la suerte de que uno de mis profes me volara la cabeza con la Escuela de Frankfurt. Después me gané una beca para viajar un año por el mundo con un proyecto sobre el exilio chileno. De ahí volví a EE.UU. a hacer un Máster en Estudios Latinoamericanos, pero tomé un curso de literatura y ahí tuve que aceptar que lo mío era eso, no las ciencias sociales.

Me tiré a la piscina y quedé en el programa de doctorado de Harvard. Ahí me pilló el plebiscito y por esa época también empecé a juntar los materiales para la novela de Arturo Godoy, Muriendo por la patria mía. Hice mi tesis sobre el Cautiverio feliz de Pineda y Bascuñán, en el que el autor simula que defiende al mapuche cuando en realidad legitima los intereses de los criollos.

Llevo casi cuarenta años viviendo afuera, pero sigo conectado a Chile de mil maneras. Todos mis proyectos se relacionan con mi país natal: la novela de Godoy, las crónicas y ensayos en Antípodas, la novela que estoy terminando sobre los primeros trasplantes de corazón en Valparaíso. Hasta mi reciente traducción de Bartleby, de Melville, tiene visos del castellano chileno. El próximo año Hueders saca Los muertos del año, un remix de obituarios ficticios, y voy a seguir traduciendo, entre otras cosas, La letra escarlata, de Hawthorne, hoy más vigente que nunca”.