La historia empresarial de José Soler Mallafre partió hace ya más de 50 años, en Curicó. Su camino está lleno de hitos, como haber sido uno de los primeros exportadores de fruta del país y pionero en la producción local de kiwis. Hoy, junto a hijos y nietos, maneja un holding de empresas agrícolas en la Séptima Región, con participación en activos tan reconocidos como Copefrut, la cuarta exportadora de frutas de Chile. Por Cristian Rivas Neira; fotos, Verónica Ortiz.

  • 24 marzo, 2011

 

La historia empresarial de José Soler Mallafre partió hace ya más de 50 años, en Curicó. Su camino está lleno de hitos, como haber sido uno de los primeros exportadores de fruta del país y pionero en la producción local de kiwis. Hoy, junto a hijos y nietos, maneja un holding de empresas agrícolas en la Séptima Región, con participación en activos tan reconocidos como Copefrut, la cuarta exportadora de frutas de Chile. Por Cristian Rivas Neira; fotos, Verónica Ortiz.

 

A sus 87 años, José Soler Mallafré sigue cruzando Curicó todos los días para entrar a su oficina en la frutícola Solfrut, en el lado oriente de la Ruta 5. Llega a media mañana, y tras la hora de almuerzo se da el tiempo para visitar alguno de los campos más cercanos. Allí observa, muy meticuloso, lo que está sucediendo con sus huertos, el colorido crecimiento de las frutas y sostiene una que otra charla con alguno de los trabajadores.

Don Pepe, como lo llaman sus cercanos, dice que es difícil desligarse de ese medio siglo que lo vio sumergido en el mundo frutícola. Sonríe cuando le preguntamos si come frutas con la misma vehemencia con que sigue ligado a sus empresas. Responde rápidamente, de manera afirmativa: la fruta nunca aburre.

Por lo mismo, no sorprende que siga manejando al dedillo todos los datos detrás del comportamiento de su empresa y del mercado, y que recuerde con lujo de detalles cada uno de los hitos en su historia de emprendedor. Como cuando empezó a exportar manzanas, hace ya varias décadas, y tuvo que pedirle a su mujer que lo acompañara porque era la única en su entorno que hablaba inglés. O cuando se transformó en el primero en traer a tierras chilenas el kiwi, dando origen al boom que tuvo este fruto en los 80, aunque ni siquiera supiera cómo manejar las plantas o limpiar los frutos –lo hacían con una escobilla de uñas– antes de enviarlos al extranjero.

Todo este cúmulo de historias y aprendizaje, literalmente, rindió sus frutos. Tras más de cinco décadas en el agro, hoy puede contar con orgullo que es uno de los empresarios más respetados en el sector –y, por cierto, en Curicó–, con un holding familiar que administra distintos activos agrícolas y en el que desde hace varios años cuenta con la colaboración de sus siete hijos y hasta de algunos nietos.

Su más reciente jugada, que permanece en la retina de las movidas empresariales del último tiempo, fue lanzar una OPA para hacerse del 100% de las acciones de Copefrut a fines del año pasado. La operación resultó de maravillas. Junto a otras dos familias de la zona, lograron pasar del 54% de participación que tenían al 98,5%, en el marco de un proceso valorizó a la firma exportadora en nada menos que 78 millones de dólares.

El punto de partida

La historia de la familia Soler da para muchos capítulos o, incluso, para escribir un libro entero. En la VII Región, el apellido es ampliamente conocido. Y no sólo por las frutas, también por las cecinas. Claro que en esa área están sumergidos otros Soler: la rama de Jaime Soler Mallafré, el hermano de don Pepe. Lo aclaramos, porque fue en el rubro de los cerdos y las cecinas donde también inició su carrera empresarial José Soler, compartiendo el negocio con su hermano y llegando a criar en un campo de Los Niches hasta 5.000 animales, en sus comienzos. Fue después cuando se aventuró en el mundo frutícola y dejó los cerdos y las cecinas en manos de Jaime.

Sus primeros pasos en estas lides se enfocaron a la producción de uva y vino a granel, para –luego de algunos años– dedicarse derechamente al más rentable negocio frutícola. Este nuevo rumbo lo llevó a participar desde los comienzos en la cooperativa Copefrut, que en sus comienzos agrupaba a agricultores de distintos rubros y se dedicaba únicamente a la compra y reventa de insumos. Don José fue electo presidente de Copefrut en el 62 y permaneció en ese cargo hasta abril de 2009, cuando lo sucedió su hijo José Luis.

En paralelo al crecimiento y consolidación de Copefrut, ya en los 70, José Soler fue armando su empresa Solfrut, dedicada a la producción de distintas frutas, principalmente manzanas. Fue por esos años cuando se hizo necesario comenzar a exportar directamente y no a través de intermediarios, lo que impulsó la entrada de Copefrut en esa área. El mismo dio los primeros pasos en nombre de la cooperativa. Partió junto a su mujer a buscar mercados en Europa, incluyendo varios países nórdicos.

A partir de ahí la historia se viste de crecimientos. Copefrut se transformó en los 90 en una sociedad anónima y, tras sus 55 años de vida, hoy se consolida como la cuarta exportadora del país, detrás de Dole, Unifrut y David del Curto, con envíos que el año pasado sumaron 10,5 millones de cajas a más de 50 países y que implicaron retornos por 166 millones de dólares. Solfrut, en tanto, es la principal empresa productora dentro de Copefrut, representando en la actualidad el 10% de los envíos de esta última al exterior. La firma administra unas 820 hectáreas de plantaciones frutícolas en la VII Región.

Ordenamiento familiar

Como la idea es que el trabajo de don Pepe perdure en el tiempo, en 2004 la familia decidió darle un giro más profesional a sus inversiones. Así, con la asesoría de Alfredo Enrione, profesor del ESE de la Universidad de Los Andes, fueron estructurando la idea y conociendo la experiencia de terceros, a través distintos cursos y programas relacionados con empresas familiares.

Tras el aprendizaje, las decisiones. Surgió, entonces, la idea de crear un holding del que colgaran las distintas inversiones materializadas por José Soler a través de sus años. “Se pasó de tener campos a una empresa consolidada”, describe José Luis Soler. Así surgió Inversiones José Soler S.A., de la que dependen las tres áreas de inversión de la familia. Primero está la participación mayoritaria que tienen en Copefrut, donde por sí solos son dueños del 60%; después, la frutícola Solfrut y, luego, distintas inversiones forestales, que incluyen plantaciones de bosques en Uruguay.

También conformaron un directorio inclusivo y profesional. Definieron que el patriarca se mantuviera a la cabeza como presidente, y se crearon otros seis cupos. Uno para José Luis –el único hijo varón–, que a su vez hace de director ejecutivo del holding; otro para Andrés Fuenzalida, gerente general del holding e hijo de Magdalena, la mayor de los descendientes de José Soler; y dos sillones para las seis hijas, las que se rotan en los cargos cada dos años. Los últimos dos cargos directivos quedaron abiertos para independientes. Actualmente esos sitiales son ocupados por el empresario Cristián Moreno (socio de Cpech, entre otros negocios) y Domingo Cruzat, actual presidente de Correos de Chile.

Otras definiciones avanzaron en asuntos clave para las empresas familiares, como la definición de los requisitos que deben tener los integrantes de la familia para incorporarse a la compañía. El familión Soler Ruiz hoy abarca a don José y sus 7 hijos –la madre del clan, María Paz Ruiz, falleció el año pasado–, 22 nietos y 10 bisnietos. Hoy, algunos descendientes trabajan en la empresa; particularmente, en Solfrut.

El futuro de Copefrut

Copefrut, por ser la empresa más conocida, es la que ha estado alimentando noticias de la familia en los últimos meses. El 30 de diciembre pasado, el pacto controlador de la compañía –integrado además de los Soler por las familias Moreno y Crispi, también fruticultores de la VII Región–, culminó con la OPA que buscaba hacerse del 100% de las acciones de la firma.

De la operación, se supo que finalmente lograron captar el 45,8% de las acciones, con lo que elevaron su participación conjunta al 98,5%. Como dijimos antes, los Soler, por sí solos, son los mayoritarios dentro de este pacto.

Sobre lo que viene hacia delante es bien poco lo que se divulgó tras la operación, salvo tal vez que querían fortalecer su presencia en los distintos mercados hacia donde comercializan sus frutas. Por eso, cuando nos reunimos con ellos para materializar esta entrevista, lo primero que les preguntamos fue hacia dónde va la compañía luego de todo este cambio en la propiedad. José Luis fue el encargado de dar luces sobre este camino.

Lo primero y más relevante de todo, cuenta, es la decisión de intensificar la relación que hoy tiene la compañía con sus más de 200 productores asociados que, semana a semana, entregan sus frutas. Recalcando la idea de que hoy todos trabajan con la más absoluta seriedad y confianza, dice que la idea es mejorar el nivel de las plantaciones y la calidad de la fruta. Todo, con el fin de elevar los retornos, porque las diferencias de precio entre la primera y la tercera calidad de una misma fruta varían hasta en un 50% en los mercados de destino. Por eso, están focalizados en trabajar directamente con los productores en sus campos, con la asesoría de expertos agrónomos que evalúan caso a caso el comportamiento de las tierras y de las distintas plantas.

A esto se suma la intención de fortalecer su infraestructura con nuevas y mejores líneas de embalaje. La compañía mantiene cuatro plantas de proceso en Buin, Teno, Curicó y Linares, con las que hoy se posiciona como la primera exportadora nacional de cerezas, ciruelas y kiwis; la segunda en manzanas verdes y la cuarta en rojas. La idea es seguir potenciando las distintas líneas, en paralelo a las mejoras en la producción de los campos.

Por último, y no menos relevante, la empresa también está sumergida en la tarea de potenciar su área comercial, con la búsqueda de nuevos y mejores mercados de destino. Ya tiene una posición consolidada en países como Brasil, Estados Unidos, China y varios de Europa, pero simultáneamente desarrolla acciones que le permitan crecer en mercados emergentes, como Rusia, India y el Medio Oriente.

Periplo familiar
José Soler Mallafré es el cuarto hijo de José Soler Milá y Magdalena Mallafré Puig, quienes se instalaron en Chile en 1915, provenientes de Cataluña y previo viaje por el Atlántico hasta Buenos Aires. No se sabe muy bien qué los motivó a emplazarse en Curicó, aunque se especula que fue tan simple como que un día tomaron el tren al sur y decidieron bajar en esa estación, desde donde nunca más se movieron.

La primera incursión del español fue en el rubro de las destilerías, aprovechando el orujo que desechaban las viñas de la zona. A eso dedicó una parte importante de su tiempo y aunque no era tan buen negocio, le permitió hacerse de algunas hectáreas de tierra para mantener a sus cuatro hijos: Jaime, Magdalena, Teresa y José.

Precisamente cuando su hijo menor terminó de estudiar, le entregó una chacra para que hiciese con ella lo que mejor le resultara. En ese tiempo -fines de los 30- había llegado a Chile el famoso barco Winnipeg, con refugiados españoles, y Soler había recibido en su casa de Curicó a dos familias, por lo que no le quedaba espacio para albergar a su hijo, que venía regresando de terminar sus estudios secundarios.

Esa decisión, que vista desde fuera podría sonar muy fría, fue lo que después de todo detonó la veta empresarial de José, que primero se dedico a la crianza de cerdos y luego a la producción de frutas.