Tras ocupar una importante posición en el Banco Mundial por espacio de ocho años, Elena Serrano está de vuelta. Es la misma y también es otra, porque fue una experiencia demasiado interesante e intensa. uego de haber renunciado a su cargo de directora de comunicaciones del Banco Mundial para América latina y el Caribe, en […]

  • 23 febrero, 2007

Tras ocupar una importante posición en el Banco Mundial por espacio de ocho años, Elena Serrano está de vuelta. Es la misma y también es otra, porque fue una experiencia demasiado interesante e intensa.

uego de haber renunciado a su cargo de directora de comunicaciones del Banco Mundial para América latina y el Caribe, en pocos días más Elena Serrano –la primogénita del clan que integran Paula (psicóloga), Margarita (periodista), Marcela (escritora) y Sol (historiadora)– debería estar de vuelta en Chile. Fueron poco más de ocho años en Washington, un período que –dice– se le grabó en el alma. Ocho años que profundizaron en cierto modo el credo feminista con que partió; que le permitieron perfeccionar el modelo comunicacional que desde antes de partir intuía como válido y, no en último lugar, que le ampliaron una visión de mundo y le transmitieron una fe en América latina que de seguro no tenía cuando partió.

Todo eso viene con sus maletas de regreso.

-¿Costó mucho tomar la decisión de volver?

-Bueno, fue un proceso lento. Creo que fue a comienzos del 2006, en momentos en que volvía a Washington de mis vacaciones en Chile, cuando sentí que mi experiencia allá ya se estaba redondeando. Comprendí que esa ciudad y ese trabajo ya estaban enquistados en mí y que, paradójicamente, era tiempo de volver.

Entre agosto del 98 y hoy los años, por supuesto, no pasaron en vano. Cambió el mundo, cambió la institución (sí, el Banco Mundial, la misma cuyo presidente, Paul Wolfowitz, apareció con unas democráticas “papas” en los calcetines al descalzarse en Turquía) y cambió también su pega.

-Mi cargo cambió –señala– porque cambiaron los tiempos… y me gustaría pensar que yo lo hice cambiar todavía más.

Definitivamente, ya no estaban los tiempos para lo mismo. En esto creo haber puesto mucho de la experiencia que tuve en Chile. Si algo aprendí en los cargos que desempeñé es que el cuento de las empresas no es hablar. Lo importante es escuchar.

Cuando hablo de escuchar, hablo de entender la parada en que está el otro, porque solo así podemos saber qué quieren las comunidades. Teniendo en claro eso, solo entonces podremos elaborar las respuestas adecuadas.

Dice que eso fue lo suyo cuando fue directora de comunicaciones del Citibank o más tarde, cuando asesoró en estas mismas materias del Consejo del Banco Central.

Lo fue también cuando fue socia de Eugenio Tironi en su empresa de comunicación estratégica y, con mayor razón e intensidad, cuando se desempeñó como vocera y directora de relaciones con la comunidad de Gasandes.

-Creo que Gasandes fue un caso pa-radigmático. El proyecto estaba completamente autorizado, pero por primera vez la sociedad civil, sobre todo a través de distintas ONG ambientalistas, dio una pelea fuerte. La empresa contaba con todas las autorizaciones habidas y por haber. Pero no era cuestión de meter a la fuerza pública o los tanques de por medio. El desafío era entender desde dónde se estaba planteando el otro. Y entenderlo no por una posición de generosidad o de beatitud.

No se trataba de eso. La necesidad de entender al interlocutor venía dictada simplemente por un business aproach a las comunicaciones. Entre otras cosas, han cambiado las correlaciones de poder. Y, al margen de eso, si hay algo que tengo claro es que el mensaje que tú mandas como empresa o institución nunca es el mismo que el otro recibe. Lo elemental es investigar por qué ocurre eso y dónde las cosas se distorsionan.

Desde luego para ella no fue fácil confrontar este enfoque más integral a una entidad con un acervo, una tradición, y una marca tan potente como el Banco Mundial.

Desde fuera, el banco se ve como una organización severa, temible incluso, un bastión del capitalismo mundial, el non plus ultra de una burbuja tecnocrática y de muy poca cercanía a las personas.

-La gran paradoja es que en su interior la institución está llena de gente maravillosa, muy comprometida en la lucha contra la pobreza, que es el objetivo central del banco. A poco andar advertí que el cuento en materia comunicaciones consistía, como en tantas reparticiones, en hacer comunicados de prensa. Algo muy anticuado. Yo preferí comenzar a recorrer la región y a asistir a las jornadas de estudio que el banco organiza o convoca. Y al final, terminé invirtiendo la ecuación. Lo que hice fue llevar lo que estaba pasando afuera a los equipos internos, cosa que me parecía de mucho más sentido. En eso creo y es lo que yo sé hacer. Yo necesito una misión y una cierta épica para trabajar. Y siento que resultó. La riqueza de América latina como continente, como región, como futuro, es absolutamente infinita. A veces pienso que Gabriel García Márquez no inventó nada con su realismo mágico. Lo que hizo fue recoger lo que nosotros no veíamos. La gente que habita esta región es maravillosa.

-A pesar de sus gobiernos, generalmente.

-Bueno, sí, a pesar de ellos, no obstante que los gobiernos casi siempre tienen tan buenas intenciones. ¡Por Dios que le ponen empeño! Pero no hay una voluntad política en los mandos medios de todas las administraciones.

Se siente una privilegiada por haber trabajado para el Banco Mundial no solo en una región fascinante sino también en un momento en que se ampliaron los temas y áreas de trabajo del banco (gobernabilidad, transparencia y corrupción, desarrollo sustentable y medio ambiente) y aumentaron también las audiencias y los actores. El banco dejó de tener como únicos interlocutores a los gobiernos y también pasaron a tener voz todos los actores del desarrollo, gremios y sindicatos, ONG y universidades, autoridades locales y agrupaciones de vecinos y ciudadanos.

¿Por qué tanto interlocutor nuevo?

Bueno, en gran medida dice ella, porque la experiencia de los últimos años muestra que el desafío más difícil a la hora de gobernar está en el área social. “Al final no hay grandes novedades en las recetas macroeconómicas. Pero en el área social hay menos masa crítica y más confusión. Todos los países están en eso. E intuyen que ahí es donde se están jugando su destino. Lo peor de la pobreza no es tanto la falta de plata. Es la exclusión, el sentimiento de no pertenencia, el desarraigo de enormes sectores de la sociedad que incluso ignoran los derechos que tienen. Quizás si los programas sociales más grandes que el Banco Mundial lleva a cabo en la región, en México, en Brasil y Argentina, apuntan a este rescate. Son el equivalente en Chile al programa Chilesolidario, que está diseñado para los más pobres entre los pobres, que ignoran sus derechos. Acá incluso el gobierno sale a buscar a esos pobres, porque a ellos no se les pasa por la mente acudir a una autoridad o institución en busca de ayuda u oportunidades.

-Con todo –dice Elena Serrano– el cambio más profundo, el más radical y más determinante para el futuro es la conciencia que ha surgido en los últimos años en orden a que en el mundo global estamos todos afectados. Afectados por la desforestación, por un medioambiente contaminado, por la pobreza en Africa, por el cambio climático, por el sida, por el hambre. Y a estas alturas, estos problemas han pasado a ser responsabilidad de todos. Son los global public goods, bienes públicos que nos benefician a todos y por los cuales todos somos responsables, más allá de géneros, identidades, ideologías o fronteras.

-¿En qué se traduce eso en la práctica?

-En que sea cada vez más frecuente el discurso de una governance global como efecto de la globalización. Gobiernos, empresas, instituciones lo están teniendo cada vez más presente. Para decirlo en palabras simples, en el mundo de hoy ya no hay dónde esconderse. Imposible pasar inadvertido.

Imposible ocultar el fraude, las legitimidades discutibles, los negociados oscuros, las brechas entre el discurso políticamente correcto y las prácticas reñidas con la responsabilidad social. No hay vuelta: vamos a un mundo con otros estándares de transparencia y compromiso global. Guardando las distancias, el statuts de los global public gods me recuerda un aviso que alguna vez vi de una célebre marca de relojes. “Nadie es dueño de un Patek Philippe”, decía, “solamente lo está cuidando para la próxima generación”.

Cree que Chile no está en absoluto ajeno a este cambio de paradigma.

Algo –ella lo siente, en función de los pocos contactos que ha tenido con empresarios locales– ha cambiado en Chile. Es un cambio dictado tanto por las convicciones como por las conveniencias. “El mundo está evolucionando a culturas corporativas muy basadas en la innovación y en la libertad y si algo agradezco de mis años en Estados Unidos es haber podido conocer de cerca experiencias muy de vanguardia, como la de Google, entre otras”.

-Este regreso te va a volver a cambiar la vida.

-De alguna manera, por cierto. Pero ahí vuelvo a que viví una experiencia que me la envolvieron en papel de regalo y con cinta. No la estoy botando. Estoy muy entusiasmada con la idea de participar en grandes proyectos aquí y devolver un poco lo que aprendí, que es básicamente articular iniciativas en torno a grandes actores y grandes objetivos.

-¿Eso significa en el sector público?

-Me encantaría. Siempre ha querido trabajar en el sector público y lo he ofrecido a todos los gobiernos de la Concertación. Pero confieso hidalgamente que me ha ido mal. Supongo que me falta peso político.