La crisis financiera vista desde los ojos de gente común y corriente. Además columna de Juan Luis Rivera, gerente general de Quiñenco, y el documento completo de Sebastián Browne y Elías Albaglia en exclusiva por Capital.cl

  • 12 noviembre, 2008

 

 

 
Los rostros de la crisis
testimonios de gente común y corriente
Adios crisis… ahora la reseción
opinión de Juan Luís Rivera
Las lecciones de la crisis
documento completo de Sebastián Browne y Elías Albagli

 

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Los rostros de la crisis

 

Personas de carne y hueso cuentan como el infortunio asoma en sus vidas. Desde una corredora de propiedades en Madrid que debió “bajar la cortina” , hasta un obrero de la construcción de Santiago que no halla como ponerse nuevamente “manos a la obra”, la crisis se está haciendo palpable. Estas son las historias de hombres y mujeres que lo único que quieren es dejar atrás este capítulo. Por Paula Vargas y Cristian Rivas.

“La cosa no anda nada bien”. Aunque esta frase suene a cantinela, lo cierto es que esta vez es digna de imprimirse en letras de molde. Como un cáncer que se expande por la red de vasos comunicantes que dan vida a la economía mundial, la crisis ha llegado a casi todos los rincones del orbe. Con distinta intensidad se está haciendo presente, si no en el día a día, al menos en la psiquis de todos y cada uno de nosotros.

De ahí que tanto en Nueva York, como en Madrid y Chillán el coro esté interpretando la misma letra: la desaceleración se nota… y fuerte.

Fuimos a la calle, llamamos a España y a Estados Unidos y dimos con innumerables personas que están sufriendo las secuelas de este shock.

Y si usted piensa que esto sólo se da en algunos segmentos socioeconómicos, no se equivoque. También nos encontramos con ejecutivos de bancos de inversión despedidos hace poco, con emprendedores que vieron frustrados sus sueños y dueños de negocios que hoy están de brazos cruzados. También encontramos pequeños empresarios que están enfrentando el doloroso dilema de mantener sus negocios a flote o despedir a sus trabajadores para aminorar costos.

Estas son algunas de las tantas caras con que nos encontramos. Personas de distinta condición que están siendo afectadas de una u otra forma por el avance del deterioro económico. Las historias incluidas en este artículo demuestran que, aunque es verdad que el país está más blindado que antes, de que hay efectos, los hay.

Madrid a puerta cerrada


No hay caso. El mundo entero está convulsionado. Ni los gigantes europeos esta vez se han salvado. En España, la burbuja inmobiliaria reventó arrastrando no sólo a grandes constructoras, sino también a bancos y a miles de personas que hoy no tienen cómo pagar sus hipotecas.

Una de las víctimas de la crisis es Susana Rodríguez, dueña de una corredora de propiedades en Madrid (Servivienda), a quien no le quedó otra que bajar la cortina porque, tal como cuenta, “ya no vendía nada”.

Después de ocho años en el rubro, en mayo tomó la drástica decisión. “Mientras los precios de las viviendas se iban a pique, los bancos cerraron filas y cortaron todas las solicitudes de hipotecas. Ahí radica el alma de esta crisis: en la falta de financiamiento para las viviendas”.

Así fue como, de a poco, la situación de Servivienda se volvió insostenible, al igual que el de cientos de otras corredoras y franquicias de grandes firmas de compra y venta de inmuebles. “Pero esto no fue de un día para otro, ya se veía venir desde hace algún tiempo. Yo aguanté más o menos un año tratando de sacar a flote la oficina, pero fue imposible”, confiesa.

Rodríguez relata que la crujidera inmobiliaria en España se da a todo nivel, y dice que quienes más están complicados son los que adquirieron viviendas a través de hipotecas de largo plazo. “Te puedo dar cientos de casos de gente que hoy está desesperada por vender sus pisos porque las cuotas mensuales de sus créditos casi se han duplicado en menos de un año. Gente que antes pagaba un dividendo de 800 euros y que hoy debe pagar 1.300 euros”.

Cuenta que el caso es más dramático aún porque no hay quién compre esas viviendas que han perdido valor, y que mucha gente ya está entregando sus casas o departamentos a los bancos, porque no tiene cómo pagar sus hipotecas.

En el ojo del huracán


Arturo Cifuentes es un chileno que vive en Nueva York desde hace casi dos décadas. Es un ingeniero civil de la Universidad de Chile, con doctorado en mecánica aplicada, un MBA en finanzas, y largos años de trabajo en Wall Street, el epicentro de la crisis financiera mundial. Por eso, tiene historias de sobra qué contar sobre el actual momento económico.

Con mucha tranquilidad, dice que hasta ahora -con una cuota de suerte- la crisis lo ha tratado con benevolencia, a diferencia de varios de sus conocidos y amigos. El efecto más directo que enfrenta es el término del joint venture que mantenía con otros tres socios y la conocida corredora R.W. Pressprich, con quien tuvieron ciertas diferencias, lo que obligó al resto a finiquitar la compañía y crear una nueva.

Su empresa original funcionaba desde 2005 y estaba focalizada en la banca de inversiones, aplicada a productos estructurados y alternativos. Incluso fueron llamados por el U.S. Treasury como consultores varias veces. Para entenderlo mejor, describe que se trataba básicamente de buscar vehículos que permitieran financiar distinto tipo de inversiones. Lo último en que están metidos es negociando una asesoría a un banco europeo que necesita reestructurar una cartera de bonos apoyados por proyectos de infraestructura.

Aunque todavía todo puede pasar. Sobre todo porque es de los más pesimistas frente a la crisis. “Me parece que vendrán cinco a diez años de crecimiento económico bajo, una cesantía alta (sobre todo en el sector financiero), y mucho descontento cuando la gente se de cuenta que el gobierno no tiene poderes mágicos para arreglar la economía”, cuenta.

Con mucha delicadeza describe el entorno en Wall Street como “un panorama un poco deprimente”. Con gente que trabajaba para empresas que ya no existen (lo que es peor que haber quebrado), conocidos que perdieron los ahorros de toda su vida, otros que han visto arruinada su credibilidad profesional e, incluso, muchos que ya han caído en el alcoholismo, en problemas psicológicos y han sido abandonados por su familia. Como para pensar

El dilema del despido


La minería chilena ya está recibiendo los primeros golpes de la crisis. Todo, por el precio del cobre, que cayó abruptamente por debajo de los dos dólares la libra, ante la menor demanda de materias primas. Muchas de las medianas y pequeñas empresas de este sector comenzaron a restringir operaciones, porque son las que tienen costos más altos, ya que su nivel de producción es más artesanal y, por tanto, más caro.

Un caso emblemático es el de Gastón Morales, un pequeño minero de Taltal, en la II Región, que incluso ha sido premiado en varias oportunidades por la Sonami. Cuenta que con el precio de los últimos años su producción creció considerablemente porque todo lo que extraía, sin importar la ley de mineral, era colocado en el mercado. Con una planilla que superaba los 20 trabajadores en su mina ubicada a 100 kilómetros de Taltal, llegó a extraer hasta 800 toneladas de mineral al mes, las que entregaba directamente a Enami para su procesamiento.

Todo iba sobre ruedas hasta el mes pasado: cuando el precio del cobre comenzó a bajar y se dio cuenta de que para no perder las ganancias del período de vacas gordas debía reducir al máximo los costos, incluyendo la desvinculación de más de la mitad de sus colaboradores, y enfocarse en los minerales de mejor ley, es decir, que superen el 3%. Antes incluso le era rentable vender con una ley inferior al 2%.

Reconoce que “lo más doloroso de todo ha sido despedir al personal”, porque además de él varios otros empresarios lo están haciendo. De hecho, dice que no tiene dudas de que de los 105 productores de la Asociación Minera de Taltal, todos han debido hacerlo. Por eso, estima que “la cesantía crecerá bastante en la pequeña minería del norte del país”.


Con la soga al cuello


A sus 58 años, y con varias crisis en el cuerpo, Pedro Davis es de los que creen que lo “que no mata te fortalece”, frase que, esta vez, no pronuncia muy convencido, porque día a día ve cómo disminuye la cantidad de cotizaciones y pedidos en su empresa de señalética (Factoría Gráfica). Sin embargo, lo peor de todo, según confiesa, es la imposibilidad de obtener crédito o ampliar la línea de crédito en el banco.

Es que precisamente sus clientes no son de los que pagan al contado, ni mucho menos. Como se trata de licitaciones públicas y de grandes empresas, éstas establecen plazos de pago de entre 90 y 180 días, tema que por años ha sido el gran dolor de cabeza de las pymes.

Aun así, el negocio funcionaba sin problemas e incluso, el año pasado cerraron con utilidades. Sin embargo, cuando hace unas semanas acudió al BancoEstado para que le abrieran una línea de crédito por 3 millones de pesos y planteó la posibilidad de un crédito abierto por otros 10 millones de pesos, Davis sintió que los plazos se alargaban al punto que todavía espera. “Estamos hablando de que ese tipo de operaciones antes se resolvían en menos de una semana”, puntualiza.

Con todo, el financiamiento no es lo que más le preocupa, sino la notable disminución en las cotizaciones y las licitaciones grandes. “Estas han bajado en forma considerable en los últimos 60 días. Para nosotros los meses de septiembre y octubre eran los mejores y durante ellos nos resguardábamos para los meses malos, como enero y febrero, pero esta vez la situación se ve muy complicada”.

Aunque sabe de sobreviviencia, esta vez Davis es cauto y agrega que va a seguir operando mientras pueda pagarles a sus empleados. Sobre cuánto tiempo más puede funcionar sin financiamiento y con una menor demanda, sólo se encoge de hombros.

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“No habrá Navidad”


Chaquib Sufan sí que es un sobreviviente. Toda una vida ha trabajado en el rubro textil, y es de los pocos que han logrado resistir a la embestida asiática. En pleno barrio Patronato, Sufan lo primero que nos muestra es una larga sala que es un verdadero cementerio de máquinas de coser: 48 aparatos, para ser exactos. “Alguna vez tuve este taller lleno”, cuenta con nostalgia. Hoy, apenas se ve a unas pocas personas deambular por allí. Cómo no, si en los últimos 15 años Sufatex pasó de ser una fábrica de calcetines a un taller de confecciones a pedido, algo de ropa interior y estampados.

En su caso, desde hace unas pocas semanas las cosas vienen tambaleando. El primer síntoma de crisis lo advirtió en las ventas, que en el mes de octubre cayeron cerca de 50%. Mala señal, advierte Sufan, quien explica que son precisamente los meses de octubre y noviembre “la navidad” de los empresarios, refiriéndose a que históricamente han sido los mejores meses del año en cuanto a ventas, ya que es en ese período cuando los pequeños comerciantes se aprovisionan de mercadería para los días navideños.

Lo peor, dice Sufan, es que, en lo que va de noviembre, las ventas están incluso más bajas; a lo que se suma que también se han desplazado los períodos de pago de sus clientes. Con una tranquilidad que, a la luz de lo descrito es pasmosa, describe que ahora sólo le queda “sentarse” a esperar.

De las finanzas a la música


Hasta hace un par de semanas Paulina Jerez (35) era la jefa del área de calidad TI de una de las más importantes corredoras de bolsa y administradora de fondos del mercado. Ella, al igual que una veintena de personas, integró un recorte de personal que realizó su compañía ante el cada vez más deprimido escenario financiero.

No fue fácil ubicarla y menos, hablar con ella. Al igual que otros tantos ex empleados del sector financiero que intentamos contactar, y que declinaron contar su historia, ella quería “pasar”. Finalmente Jerez se atrevió y en una sincera conversación confesó que, visto en retrospectiva, era un tema que se veía venir. “Mi repartición sencillamente se disolvió, y ahora el trabajo está repartido en áreas afi nes, las que han duplicado sus labores”, revela.

Al igual que ella, también fueron removidos otros ejecutivos de las áreas comercial, contabilidad, informática y contraloría, muchos de los cuales nos contaron están participando de procesos de selección en otras compañías, aunque, a diferencia de otros años, esta vez las vacantes son cada vez más escasas y los sueldos más bajos.

En el caso de Jerez, dice que también ha sido contactada por empresas de head hunters, pero esta ingeniera civil con MBA en la Universidad Católica sabe que el proceso no será inmediato. Es la primera vez que pasa por un período de cesantía y, a pesar de ello, dice estar “tomando el asunto con calma”. Lamenta, eso sí, haber afectado a otras personas, ya que lo primero que tuvo que hacer al quedar sin trabajo fue despedir a su nana.

Mientras tanto, esta ex ejecutiva se refugia en la música. En su caso, aparte de ser ingeniera civil, también es pianista y soprano lírica, actividades que ha retomado y ya cuenta con varios compromisos y conciertos para las próximas semanas.


“No hay vacantes”


 

Con la carta de despido en la mano, Hernán Urrera, ex albañil del Costanera Center, nos contó su historia. Y aunque no quiso retratarse, no tuvo ningún problema para contarnos su experiencia. El, al igual que varias decenas de trabajadores de Salfacorp, la constructora que está detrás de la gigantesca obra de Cencosud, es otro de los rostros de la crisis, la misma que llevó al holding de Horst Paulmann a suspender la construcción de dos de las cuatro torres de su emblemático proyecto.

Urrera trabajaba en las obras del tercer piso del mall cuando le comunicaron que el contrato llegaba a su fin. Ahora sólo está esperando su finiquito, el que estará listo el próximo 21 de noviembre. “Igual esto es difícil, uno no espera quedar sin trabajo de la noche a la mañana. Pero no he sido el único. Es cosa de dar una vuelta por acá en las quincenas”, asegura.

Mientras conversamos con él, algunos trabajadores de la obra señalan que no todos estos despidos se deben a la paralización de las dos torres, sino también al término de algunas faenas o a incumplimientos de los mismos trabajadores.

Como sea, al conversar con los obreros es generalizado el sentimiento de incertidumbre. “Esta crisis ya se está pareciendo a la del 98, hay menos pega y eso ya se está notando”. Bien lo sabe Hernán Urrera, quien a estas alturas ha dejado sus pies en la calle y “no ha pasado nada”, dice. “Lo primero que hice fue ir a buscar trabajo a la empresa donde trabajé antes y no están recibiendo a nadie. Si uno va a una obra, todas las puertas están cerradas”.

Ahora su idea es emigrar al norte. “Ahí dicen que hay trabajo”, y si no, “bueno habrá que volver al campo”,
supone. “Ya me ha pasado en otras crisis: cuando no hay trabajo regreso al campo. Ahí al menos nunca falta para comer”, comenta con una inexplicable sonrisa.

Pololitos por cuenta propia


José Acuña empezó a trabajar en Masisa en 1990. Formaba parte del equipo que diseñaba modelos de puertas para la planta que la compañía mantiene en Chillán. Con cierto aire de nostalgia dice que se vio obligado a negociar con la compañía buenas condiciones para el retiro voluntario de la empresa. Prefirió hacerlo ahora y no esperar a formar parte de una nómina de despidos, ya que a su juicio el cambio en las condiciones económicas se está notando.

El 17 de octubre pasado, junto a otros 43 trabajadores de Masisa en Chillán, Acuña abandonó la empresa tras negociar el pago de algunos beneficios por sus años de servicio. El resto de los empleados continúa a razón de dos turnos, pero la producción ha decaído, por lo que avizora despidos en los próximos meses, ya que con la crisis hipotecaria en Estados Unidos, uno de los principales mercados de destino, se redujo la demanda de productos para la construcción, algo que ha obligado a que varias firmas disminuyan parte importante de su personal. En Masisa, por ejemplo, al cierre de octubre se despidió a 350 personas (de poco más de mil) que eran parte de la planta ubicada en Cabrero.

Acuña cuenta que fue un día particularmente difícil cuando tuvo que despedirse de varios de sus amigos en el trabajo. Ahora, está empeñado en ahorrar parte de lo que obtuvo como compensación y dedica su tiempo a hacer trabajos de mueblería, algo a lo que antes dedicaba sólo una parte de sus fines de semana.

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Adios crisis… ahora la reseción

 

La cuestión de fondo será comparar la magnitud del brutal ajuste de precios producido por el pánico con las menores proyecciones de crecimiento y resultados de la compañías. Hasta ahora el mercado pareciera decir que las malas noticias ya estaban mas que descontadas en los precios. Ojala así sea. Por Juan Luís Rivera.

La inestabilidad financiera de EEUU y la falla de algunas de sus más grandes instituciones finalmente se salieron de control y explotaron durante septiembre y octubre. El pánico se esparció por el mundo entero, causando estragos en todas las bolsas, tipos de cambio, tasas de interés, spreads, etc.

La volatilidad subió a niveles nunca vistos y por algunos momentos dudamos si el mundo como lo conocemos se iba a acabar. La globalización que tanto benefició a Chile y al resto de los mercados emergentes lamentablemente opera para los dos lados, y los problemas en EEUU finalmente terminaron afectando a China, a Chile y a todos los demás. El “decoupling” no existe. El crecimiento de China probablemente bajará del 12% a que estábamos acostumbrados a poco más del 7% en 2009.

Sólo durante octubre, el precio del cobre cayó casi 40%. La bolsa brasileña medida en dólares perdía hacia fines del mes casi 50% de su valor, la aversión al riesgo se disparó y el dólar volvió a reinar como único refugio contra la tormenta.

Ahorrantes en todas partes del mundo se preguntaban si su dinero estaba seguro en los bancos, llevándonos ad portas de una corrida bancaria global.

Los mercados emergentes entraron en su secuencia tradicional de crisis: éxodo masivo de capital, depreciación de las monedas, aumento del riesgo país y cierre de los mercados externos para refinanciamiento. Se olvidaron todas las buenas razones para pensar que las crisis anteriores no se repetirían (Rusia tiene 550 billones de dólares en reservas; Brasil, 200 billones y es acreedor neto en moneda extranjera).

Afortunadamente estas dislocaciones en los mercados encontraron respuestas decididas de las autoridades económicas alrededor del mundo: garantías estatales a los depósitos y deudas bancarias, bajas de tasas de interés coordinadas, potentes programas de inyección de liquidez y compra de activos, paquetes de ayuda internacional del Fondo Monetario y de la Fed. Ellas nos salvaron del peor escenario, y los mercados reaccionaron con alivio la última semana de octubre. El riesgo sistémico disminuye, y poco a poco las condiciones financieras se van normalizando. La aversión extrema al riesgo disminuye y retorna la normalidad. Se acaba la crisis financiera.

El gran problema es el efecto que el descalabro financiero global de los últimos dos meses ha tenido y tendrá sobre el sector real. Sí, porque la falta de crédito prácticamente ha detenido el comercio global (como ejemplo, las tarifas navieras medidas por el Baltic Dry Index han caído 90% y los barcos han tenido que bajar su velocidad crucero para ahorrar combustible y disminuir la oferta). Como sea, esa falta de crédito debiera irse aliviando durante las próximas semanas, lo que permitiría algún grado de normalización.

Lo que persistirá en el tiempo es el gran golpe a la confianza: en los bancos, las contrapartes, las clasificadoras de riesgo, etc. Peor aun es la desconfianza en el futuro: de los inversionistas, los empresarios y los trabajadores que venían acostumbrados a un mundo “normal” y han sido sacudidos por los efectos de la crisis financiera. Las ventas de casas, que dependen de la confianza de su comprador y del banco en mantener un empleo estable, se han resentido fuertemente. Seguirán las de autos y electrodomésticos. Ya hemos visto varios proyectos de inversión postergados por la incertidumbre sobre la demanda, o por dificultades de financiamiento. Las empresas reducen personal para adaptar sus costos a la nueva realidad. Todo esto tendrá sin duda efectos importantes sobre la demanda agregada, que sólo iremos entendiendo y dimensionando en el tiempo.

En el corto plazo las bolsas celebrarán el retorno a la normalidad y la abundancia de liquidez comenzará a reestimular la toma de riesgo. Pero los daños son reales. Hace sólo un par de meses, los productores de cobre anotaban ganancias históricas cada mes. Hoy, casi un 10% de los productores mundiales opera a pérdida. Algo similar ocurre en el acero, celulosa, mineral de hierro, etc.

¿Lecciones positivas de este episodio? La más importante, que nuestro diagnóstico sobre la salud de Chile, Latinoamérica y en gran medida los mercados emergentes era correcto: efectivamente nos encontramos en una posición mucho más sólida para enfrentar una desaceleración en el mundo desarrollado. Una vez pasado el pánico inicial, los mercados han sabido distinguir los buenos fundamentos. En esto, Chile se saca muy buena nota.

La cuestión de fondo será comparar la magnitud del brutal ajuste de precios producido por el pánico global con las menores proyecciones de crecimiento y resultados de las compañías que provienen del nuevo entorno. Hasta ahora el mercado pareciera decir que las malas noticias ya estaban más que descontadas en los precios. Ojalá así sea.

 

 

El autor es socio de Moneda Asset Management

 

 

 

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Las lecciones de la crisis

 

 

La angustia ciudadana y el oportunismo político encienden hogueras y empujan la rápida búsqueda de culpables. En medio de la urgencia y la confusión, es clave identificar y evaluar las responsabilidades, para así aprender las lecciones que deja esta crisis. Y Chile tiene mucho que asimilar, porque tampoco está libre de pecados financieros. Por Sebastián Brown y Elías Albagli.

 

Si hace un poco más de un año, algún banco de inversiones en Wall Street hubiese anunciado que los principales índices accionarios caerían un 40%, el pronóstico habría sido tildado de alarmista. En ese entonces, Wall Street sabía que en el mercado inmobiliario la euforia era mucha y una “leve” corrección del precio de las viviendas era esperable. Y aunque una moderada desaceleración de la economía no era descartable, en la opinión del sector financiero la economía norteamericana gozaba de buena salud, el sistema financiero internacional era sólido y los portafolios bancarios estaban bien diversificados.

Un año más tarde, la opinión de la mayoría ha cambiado y, para ser un alarmista, es necesario vaticinar una nueva gran depresión, global y fulminante. Dios nos libre de los alarmistas.

¿Qué explica la situación de los mercados financieros hoy? Para entender la crisis, en los párrafos siguientes revisamos el origen de la burbuja inmobiliaria, su propagación a manos de “la codicia de Wall St.” y los entretelones de la mayor y más rápida intervención gubernamental de la que se tenga memoria.

La angustia ciudadana y el oportunismo político encienden hogueras y empujan la rápida búsqueda de culpables.

En medio de la urgencia y la confusión, es imprescindible identificar y evaluar las responsabilidades de los distintos protagonistas de esta tragedia. De lo contrario, es imposible aprender las lecciones que deja esta crisis. En particular, Chile tiene mucho que aprender de los detalles de la reciente debacle. Nuestro país, como discutiremos al final, no está libre de pecados financieros.

Los orígenes de una burbuja: una política social encubierta

Estados Unidos es probablemente el único país desarrollado en que el votante medio de derecha tiene menores ingresos que el de izquierda. La semana pasada, Barack Obama se impuso en sólo dos de los quince estados más pobres. En el mensaje del Republicano, el Estado es un mal necesario y mientras más pequeño sea, mejor. Reflejo de esto fue el mensaje de John McCain a Joe, un gásfiter en Ohio, durante el tercer debate presidencial: “Joe, te prometo que no repartiremos tu riqueza”.

Tan fuerte como la aversión Republicana a los impuestos, es la importancia de la “casa propia” como parte esencial del sueño Americano. Ya en 1865, parte de la opinión pública de la época argumentaba que la rebelión Sureña que empujó al país a la Guerra de Secesión fue facilitada por la baja cantidad de dueños de bienes raíces en esos estados.

¿Pero cómo aterrizar el sueño en los sectores más pobres? Es difícil para los Republicanos justificar el uso del presupuesto federal en subsidios a la adquisición de viviendas. Por otro lado los Demócratas, caricaturizados como gastadores compulsivos, prefieren no apoyar abiertamente este tipo de subsidios para concentrar su capital político en el gasto en educación y la reforma de salud. Afortunadamente para gastadores y amarretes, el presupuesto federal no es la única manera financiar la compra de casas: siempre se le pueden pedir favores a Fannie y Freddie.

Las famosas “agencias con auspicio gubernamental” (AAG) Fannie Mae y Freddie Mac fueron creadas para facilitar la intermediación de créditos hipotecarios en 1938 y 1970. En su encarnación actual, estos gigantes inmobiliarios compran paquetes de hipotecas y los revenden en el mercado secundario usando instrumentos securitizados. Hasta principios de septiembre, las AAG no eran propiedad del gobierno: sus títulos eran transados en bolsa y no existía garantía estatal explícita a sus deudas.

Sin embargo, el tamaño de estas agencias sugería que, en caso de que Fannie o Freddie se encontraran cortos de dinero, era imposible que el Estado se limitara a tomar palco y observar un evento con considerable riesgo sistémico. El mercado asumió, correctamente, que Fannie y Freddie gozaban de una garantía implícita del generoso y despreocupado Tío Sam.

Gracias al auspicio estatal, las AAG podían endeudarse a tasas bajísimas: el spread sobre la deuda del Tesoro era prácticamente cero. Además, las AAG gozaban de exenciones tributarias y de mayor flexibilidad regulatoria para apalancarse. El trato especial a las AAG les dio una ventaja clave en el mercado hipotecario y explica en parte su extraordinario crecimiento: las deudas hipotecarias respaldadas por las AAG se multiplicó por 10 entre 1990 y 2003 capturando más de la mitad del mercado hipotecario. Y mientras más engordaban Fannie y Freddie, más peligrosa se hacía una posible quiebra y más certeza había de que, en caso de problemas, el Estado no se cruzaría de brazos. Así, las AAG emitían deuda cada vez menos riesgosa y continuaban su expansión.
Este ciclo vicioso de crecimiento es ampliamente reconocido como un aspecto clave de la burbuja inmobiliaria.

Menos conocidos, pero no menos importantes, eran los objetivos explícitos que el gobierno de turno imponía a las AAG. A través del Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano (DVDU), las AAG recibían metas respecto del porcentaje de créditos hipotecarios que debían extender a distintos sectores socioeconómicos. Por ejemplo, en 1996, el 42% de los créditos debía ir a familias con ingresos bajo la media en cada región del país. De estos, el 12% debía otorgarse a familias con ingresos menores al 60% de la media. En 2005, estas cifras se elevaron a 52% y 22%. Un objetivo noble pero con un costo futuro impensadamente alto dado que las metas no se financiaron con recursos gubernamentales explícitos, sino que relajando los estándares crediticios de las AAG.

Además de las AAG, los gobiernos Republicanos y Demócratas, han usado otras herramientas para concretar el sueño de la casa propia. Con el “Acta de Reinversión Comunitaria”, el Estado condiciona la apertura de nuevas oficinas comerciales de bancos al logro de metas hipotecarias similares a las de las AAG.

Tanto los bancos privados como las AAG cocinaron el “almuerzo gratis” de la clase política. Pero lamentablemente, como decía Milton Friedman, “no hay tal cosa como un almuerzo gratis”.

La cuadratura del círculo y las hipotecas subprime

Mientras los políticos visitaban sus distritos y anunciaban, en medio de aplausos, el aumento del número de dueños de viviendas, en Nueva York los banqueros se desvelaban pensando cómo financiar las hipotecas de deudores de alto riesgo de una manera rentable.

Los deudores de alto riesgo o subprime son de un perfil complicado. En promedio, sus ingresos son insuficientes para pagar el pié de un crédito hipotecario. Han "olvidado" pagar sus tarjetas de crédito más de una vez en el último año. Y cuando pagan, gastan más de la mitad de su sueldo – que en general no pueden documentar – cubriendo intereses.

El interés que un deudor de alto riesgo tendría que pagar en una hipoteca tradicional de 30 años a tasa fija es simplemente demasiado alto. De alguna manera, los créditos a deudores subprime debían hacerse cargo del riesgo sin cobrar intereses muy altos: Wall Street debía encontrar cómo “cuadrar el círculo”.

¿Pero es posible diseñar un préstamo para deudores subprime? Hasta el último año de la Presidencia de Carter, la respuesta era un rotundo "no". Pero en 1980, se eliminaron los límites a los intereses en las hipotecas y dos años más tarde, Reagan legalizó los préstamos con interés variable. Reagan también promulgó en 1986, rodeado de Demócratas y Republicanos sonrientes, una ley que bajó los impuestos y permitió a los contribuyentes descontar los intereses de créditos hipotecarios de su base imponible.

Los cambios legislativos permitieron “la cuadratura del círculo” y la apertura del mercado subprime con créditos de bajo interés. ¿Cómo lo hicieron los ingenieros financieros? Primero, se dieron cuenta de que para una familia de bajos ingresos que obtiene una hipoteca, el valor de la casa representa casi la totalidad de su patrimonio. Además, sabían que los precios en el mercado inmobiliario Norteamericano nunca habían caído significativamente desde la Gran Depresión. La solución era obvia: créditos a 30 años con intereses bajos y fijos durante los 2 o 3 primeros y tasas más altas y variables durante los siguientes 28 o 27.

La lógica detrás del diseño es impecable. Gracias al bajo interés inicial, hasta el más subprime de los deudores paga sus primeras cuotas. Después de un par de años, cuando la tasa de interés se duplica o triplica, el deudor tiene que refinanciar su crédito. Pero al sentarse a negociar su segunda hipoteca, el deudor ya no es el mismo de antes: la subida del precio de su casa lo ha enriquecido. La segunda hipoteca es más barata porque el deudor sin un peso se transforma en uno con colateral suficiente para optar a créditos más baratos e incluso quizás a una hipoteca "prime". Por otro lado, si el banco decide no refinanciar el préstamo, tiene la "opción" de quedarse con la casa.

 

Cuando algún analista tímido, poco arriesgado y de anteojos de marco grueso preguntaba, "¿Y si los precios de las casas no suben?", los adalides de las hipotecas subprime, quizás un poco nerviosos, recitaban cientos de estadísticas que justificaban su confianza en el alza sostenida de los precios de las viviendas: mientras el mercado inmobiliario se comportara como en los últimos 70 años, las hipotecas subprime eran un gran negocio. Y el mercado estaba de acuerdo.

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En 1995, un 10% del total de nuevas hipotecas era subprime, con un valor sobre los $65 billones de dólares. Apenas 10 años más tarde, la cifra alcanzaba los $625 billones de dólares y las subprime capturaban un 20% del valor total de las hipotecas de ese año. El 2006, el valor del mercado hipotecario en Estados Unidos era de $6 trillones de dólares y uno de cada cuatro dólares era "subprime". ¿Cómo pudo este sector crecer tanto en tan poco tiempo? Fácil: gracias a la securitización.

Surfeando la ola: como Wall St. mordió el anzuelo

En las últimas semanas, para la opinión pública la "securitización de activos hipotecarios" huele a banqueros codiciosos en Wall St. fumando habanos y saltando de cabeza a piscinas llenas de monedas de oro. Pero la securitización de hipotecas fue puesta en práctica por primera vez por el DVDU en los ‘70. Para responder a la creciente demanda de créditos hipotecarios, Ginnie Mae – prima de los famosos Freddie y Fannie – vendió los primeros activos respaldados por hipotecas.

La securitización de hipotecas consiste en diseñar activos de renta fija respaldados por el pago de esas hipotecas en el tiempo. En el tipo de securitización más común, un grupo de hipotecas se transforma en 6 bonos con riesgos que van desde el AAA hasta el B que los emisores pueden vender a inversionistas.

En teoría la securitización nos beneficia a todos. Los emisores de hipotecas reducen el riesgo y la madurez de sus activos y así abaratan sus costos. Los compradores de bonos pueden exponer sus carteras a diferentes tipos de riesgo en los mercados hipotecarios. En los libros de finanzas, la securitización está asociada a mercados más eficientes en los que créditos más baratos benefician a los consumidores.

La securitización de activos de todo tipo – préstamos a estudiantes, deudas de tarjetas de crédito y por supuesto hipotecas – se disparó a mediados de los ’90 cuando Clinton rebajó la deuda pública de manera agresiva. Dada la escasez de bonos del gobierno, la demanda por activos AAA empezó a mirar con hambre a los tramos más seguros de distintas securitizaciones.

La creciente demanda por residential mortgage backed securities (activos respaldados por hipotecas subprime o RMBS) reflejaba la confianza de los inversionistas en la salud del mercado hipotecario subprime. Entre el 2001 y del 2005, la fracción de hipotecas subprime securitizadas saltó del 50% al 81% y sólo durante el 2006, más de $450 billones de dólares de hipotecas subprime se “infiltraron” a los mercados financieros a través de nuevos RMBS.

Aunque la lógica económica de la securitización es simple, los RMBS son activos complejos difíciles de evaluar. Por ejemplo, algunos RMBS sólo pagan a los inversionistas en el tramo AAA durante los primeros tres años. Al final de ese período, el riesgo de cada tramo de los RMBS cambia dependiendo del estado de las hipotecas que lo respaldan. La complejidad de los RMBS y el diseño de las hipotecas subprime, en el que el pago de la hipoteca ocurre sólo si las casas suben de precio, resultan en activos cuyo valor es sensible a caídas en el precio de las viviendas.

Pero como los banqueros son entusiastas y tenían la certeza de que, mientras saliera el sol cada mañana, el valor de las casas seguiría subiendo, esta complejidad no le importó a nadie. Y si los RMBS le suenan complicados, afírmese porque todavía no ha escuchado nada.

Los collateralized debt obligations (obligaciones de deuda colateralizada o CDO) son vehículos de inversión estructurada que emiten bonos con diferentes categorías de riesgo transables en mercados de capital. Los CDOs invierten en productos estructurados como RMBS y otras deudas respaldadas por activos: son algo así como una securitización de securitizaciones muy difícil de valorar. ¿Qué tan importantes son estos laberintos financieros? Bastante: el 2006, la emisión de CDOs – cada vez más expuestos a RMBS – alcanzó los $551 billones de dólares.

La exposición del sector financiero a riesgo subprime no termina en los CDOs. Aseguradores de bonos, compañías de seguros, vehículos de inversión especiales (SIVs), y CDOs al cuadrado también invierten en CDOs. Casi como una plaga, los CDOs y el riesgo subprime se colaron en todas las esquinas del sistema financiero. Y además, los seguros de default de CDOs (credit default swaps o CDSs) hacían imposible que un observador supiera si un banco que tenía un CDO en su hoja de balance estaba expuesto a riesgo subprime o si tenía en seguro.

En teoría, la innovación financiera abarata el crédito y aumenta la eficiencia del mercado. En la práctica, las innovaciones pueden traer consigo una pérdida de la información que los inversionistas manejan acerca del valor de sus inversiones.

Si un inversionista que ha comprado un tramo a un CDO decide evaluar qué tan expuesto está al riesgo hipotecario subprime, su tarea no será fácil. Primero, su misión será identificar los activos en los que ha invertido el CDO. Luego, tendrá que estudiar cuidadosamente los detalles del diseño y la exposición al riesgo subprime de cada uno de ellos. Una vez localizados los RMBS de la cartera de inversión, el inversionista deberá que estudiar cada una de las miles de hipotecas que respaldan los flujos de cada activo y concentrarse en las subprime. La tarea es literalmente imposible aún sin considerar el rol que juegan los CDSs.

Pero mientras los precios de las casas no bajaran, no había problemas. A los inversionistas nerviosos, los bancos de inversiones les mostraban gráficos a todo color de ganancias gigantescas y los tranquilizaban contándoles que entre el 2001 y el 2005 las casas en Estados Unidos se habían apreciado, en promedio, un 54%.

Se acabó la fiesta: el último en irse paga la cuenta

Wall Street siempre supo que el valor de los RMBS, CDOs y el resto de los eslabones de la cadena de activos dependía del precio de las viviendas. Sin embargo, mientras algunos creían que los precios seguirían subiendo, otros pensaban que bajarían. Tampoco había consenso acerca de los efectos que una baja de precios tendría en el mercado y aunque cada banco tenía su propia opinión al respecto, desconocían la opinión de sus competidores.

Todo esto cambió con la introducción de los ABX en enero del 2006. Hasta entonces los RMBS se vendían en transacciones que involucraban a un banco de inversiones y algunos inversionistas, por lo que no había un mercado centralizado para estos activos. Agregando los detalles de 20 transacciones de RMBS diferentes en un índice, los ABX concentraron la información del riesgo subprime en un solo precio. Además, mediante las ventas cortas de los derivados crediticios en los que se basa el índice, los ABX incorporaron al mercado las opiniones pesimistas acerca de la rentabilidad de los RMBS.

Ya sea porque los precios tenían que caer en algún momento, o por las opiniones negativas reflejadas en el ABX, el segundo trimestre del 2006 ocurrió lo imposible: cayeron los precios en el sector inmobiliario. Más de algún analista debió pensar que la estadística era un chiste de algún burócrata aburrido. Pero la quiebra en diciembre del 2006 de Ownit Mortgage Solutions, una compañía inmobiliaria, confirmó que la burbuja había reventado. Ese día, varios analistas insomnes pasaron la noche en sus cubículos de la Quinta Avenida tratando de averiguar qué diablos pasaría con los pagos de los CDOs.

Con la caída de los precios del sector inmobiliario, subieron las cesaciones de pago de deudores habitacionales a partir de febrero del 2007. En mayo del 2007, UBS cerró uno de sus fondos de apalancaje luego de perder $125 millones a manos del riesgo subprime y cuando Moody’s decidió re-evaluar la clasificación de riesgo en los tramos de varios RMBS, cundió el pánico.

Los SIVs fueron las primeras víctimas de la histeria. Los SIVs son vehículos de inversión apalancados que invierten en activos de mediano y largo plazo – comprados a su banco auspiciador – y se financian emitiendo papel comercial. Aunque legalmente independientes, los SIVs son creados por bancos para invertir en activos ilíquidos. Los bancos implícitamente respaldan la deuda de los SIVs y abaratan sus costos. Mediante los SIVs, los bancos aumentan su apalancaje fuera de su hoja de balance.

Bear Stearns salió al rescate de dos de sus SIVs mientras que el banco Alemán IKB simplemente no pudo respaldar a uno de los suyos. El mercado del papel comercial en el que se financiaban los SIVs se quedó sin liquidez a la espera de la próxima víctima. Y a medida que los SIVs se quedaban sin financiamiento, sus bancos auspiciadores tuvieron que reabsorberlos y perder parte de su patrimonio.

A partir de agosto del 2007, los acreedores de los bancos se pusieron nerviosos y pidieron aumentos en el colateral que garantizaba sus préstamos. Los bancos de inversiones perdieron confianza en sus competidores y la liquidez del mercado de préstamos interbancarios comenzó a evaporarse aún cuando el Fed y el Banco Central Europeo anunciaban inyecciones de liquidez a los mercados interbancarios.

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En marzo del 2008, en un email a un fondo de apalancaje, Goldman Sachs anunció que no estaba dispuesto a exponerse al riesgo de Bearn Stearns a través de productos derivados de ningún tipo. Los clientes de Bear Stearns iniciaron una corrida bancaria y un par de días después, J.P. Morgan compró lo que quedaba del banco.

Los eventos más recientes son historia conocida. Las condiciones del sector financiero han empeorado y en septiembre ya no existían bancos de inversiones en Estados Unidos. Además, la crisis traspasó fronteras y los mercados financieros alrededor del mundo sufrieron las consecuencias de las cesaciones de pago de los deudores subprime.

Una lección inmediata que deja la forma en que desencadenó esta crisis es que la información importa, y mucho. De acuerdo a algunos economistas, la introducción de los índices ABX fue crucial en el desarrollo de la crisis. Con el estancamiento de los precios de las viviendas aumentó la probabilidad de que deudores subprime suspendieran sus pagos y los ABX revelaron los efectos que esto tendría en los RMBS. Pero la información perdida en la complejidad de la cadena de activos expuestos al riesgo subprime era demasiada. Identificar qué bancos o qué activos concentraban el riesgo hipotecario era imposible. El miedo a pérdidas reales pero escondidas empujó a los inversionistas a una crisis de pánico con efectos que probablemente sentiremos por años.

El Tio Sam al rescate

Cuando el 14 de septiembre, Lehman Bros. se declara en bancarrota, el Gobierno tuvo que actuar lo más rápido posible. En unos días, Henry Paulson, Ben Bernanke y los principales líderes Demócratas y Republicanos aprobaron un paquete de rescate sin precedentes en el período de post-guerra.

El "programa de rescate de activos en problemas" (PRAP), autorizó la inyección de hasta 900 billones de dólares en recursos fiscales, poco más del 5% del PIB. La idea es resucitar el mercado de los RMBS, ya que la incertidumbre acerca del valor de estos activos paralizó el mercado de la reventa, con los pocos títulos transados alcanzando descuentos de hasta el 80% de su valor nominal.

Sin ese mercado, los bancos más ilíquidos no pueden restablecer sus flujos financieros mínimos. Las reglas del sistema financiero castigan sus hojas de balance debido a la valoración de mercado de sus activos. Además, los bancos deben mantener niveles de capital mínimos respecto a su deuda y las primeras pérdidas los obligan a vender otros activos. Como dicen en Wall Street: si no puedes vender lo que quieres, vende lo que puedes.

La presión de venta sobre otros activos, desde securitizaciones hipotecarias de mejor calidad hasta acciones de empresas, deprime los precios de mercado y lleva a mayores pérdidas contables, lo que los economistas llaman “cascadas de iliquidez”. En este contexto, poner un piso al precio de los RMBS ayudaría a frenar la cascada.

Pero la decisión de intervenir es polémica. Académicos y políticos ven el rescate como un premio a la irresponsabilidad y un giro al socialismo. Varios Nobeles de la Universidad de Chicago y más de 200 economistas se opusieron públicamente al plan de rescate original. Los más pragmáticos lo tildaron de apresurado, mientras que los libertarios más férreos se opusieron del todo. En los libros de economía no hay lugar para dudas: quiebras y restructuraciones en el sistema financiero son la respuesta correcta y merecida a la tontera empresarial. Cualquier rescate es una socialización de las pérdidas de empresas que lucraron privadamente.

Es cierto: la intervención sienta un mal precedente para la toma de riesgos futura. Pero, ¿qué pasa si no se hace nada? Para muchos, la alternativa es un cataclismo económico. De hecho, los modelos utilizados por los bancos centrales en todo el mundo – Chile cuenta con uno de los más avanzados – están diseñados para evaluar alejamientos leves y graduales del escenario base. ¿Cómo proyectar las consecuencias de una quiebra generalizada del sistema bancario y una cesación casi completa del crédito en la economía mundial? Los economistas más sabios invocarían a Keynes en sus sueños: “John, ¿cómo era esta cuento de la Gran Depresión?

En las últimas semanas, las principales economías se han sumado al esfuerzo de rescate, inyectando capital y ampliando garantías para evitar corridas bancarias. El BCE en conjunto con la Fed han coordinado reducciones de tasas. Pero crédito más barato a los bancos no aumenta el crédito a la economía.

Debido a que los bancos no saben si el vecino estará en pie a fin de mes, el flujo de crédito interbancario y la intermediación al sector corporativo han caído. Una de las prioridades del plan de rescate es lograr una categorización de instituciones en ilíquidas e insolventes para sacar del canasto a las manzanas podridas.

Para algunos, intervenir el mercado financiero no es suficiente. El problema hay que atacarlo en su raíz: la liquidación de hipotecas. La crisis se originó por una burbuja hipotecaria y es lógico que el precio de las viviendas caiga.

Pero caídas de gran magnitud generan cascadas. Para quien tomó un crédito con bajo pié, con la perdida de parte del valor de su casa su obligación hipotecaria puede llegar a ser superior al valor de reventa de su hogar. Dado que los créditos son de responsabilidad limitada, deudores solventes se ven tentados a cesar sus pagos. Además, potenciales compradores de casas tienen incentivos para esperar una mayor caída de precios.

El aumento en la oferta inmobiliaria sin contraparte de demanda amplifica la caída de precios. Según estimaciones de Martin Feldstein, un 10% a 15% de caída adicional de precios incentivaría a un 40% de los deudores hipotecarios a cesar sus pagos, gatillando millones de nuevas liquidaciones. Las diversas propuestas para enfrentar el problema coinciden en la necesidad de legislar un mecanismo de repactación de hipotecas. Por ejemplo, un préstamo estatal a tasas bajas para pre-pagar un 20% de los créditos reduciría los incentivos a liquidar los contratos, frenaría el crecimiento en la oferta de casas y contendría la caída de los precios. La clave es actuar lo antes posible.


Chile: mirando la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio

Chile es un país pequeño, por lo que es imposible no estar expuestos a los vaivenes de la economía mundial. El manejo experto de la política fiscal y monetaria chilena mitigará los efectos de la crisis financiera en nuestro país. Pero esto no quiere decir que la crisis no tendrá coletazos en la economía local.

La desaceleración de las economías desarrolladas disminuirá la demanda del mundo por nuestras exportaciones y el precio de los commodities. Cuando la incertidumbre aumenta en la economía mundial, los inversionistas salen a comprar dólares por lo que los productos importados se encarecerán. Además, como en el resto del mundo, las empresas chilenas experimentarán alzas en sus costos de financiamiento. Aunque la magnitud de estos efectos es debatible, estos son algunos de los canales mediantes los cuales la economía chilena se puede “contagiar”.

Más allá de los efectos de mediano y corto plazo, creemos que Chile debería aprovechar las ventajas de ser un país pequeño y ordenado para aprender de los desastres extranjeros. Junto con la estabilización de la economía surgirán voces en Chile y el mundo que clamarán por restricciones al apalancaje, mientras otras exigirán disminuir las atribuciones de la Superintendencia de Valores y Seguros (SVS) o de su similar bancaria, la SBIF.

Por un lado, limitar los riesgos a los que se pueden exponer los bancos disminuye la probabilidad de que el gobierno tenga que salir al rescate del sector financiero. Pero por otro lado, en un mundo con mercados de capital globalizados, es muy probable que en los próximos años, algún ingeniero financiero diseñe un instrumento de inversión para que los bancos se expongan al riesgo que quieran de manera legal. Entonces, ¿más o menos regulación? Ese debate se puede extender por años.

Una medida más fácil de consensuar políticamente tiene que ver con la información en el sector financiero chileno. Porque la falta de información fue clave en el desarrollo de la crisis subprime. Y en general, las medidas que aumentan la información que el mercado hace pública a través de los precios, mejoran el funcionamiento de la economía.

En Chile, durante los últimos años han proliferado las tarjetas de crédito extendidas por casas comerciales. Estos “emisores no bancarios” operan bajo reglas distintas a las que regulan el accionar de los bancos, pero realizan actividades similares. Estas instituciones financieras paralelas son un problema dada la falta de información centralizada acerca de la calidad de los deudores.

¿Cómo puede un banco saber qué tan riesgoso es extender una hipoteca a un particular? Claro, si la persona está en DICOM la respuesta es obvia. Pero en caso contrario, ¿cómo saber si el deudor tiene sólo una tarjeta Falabella con la que compró un televisor o, además, una de Ripley con la que compró un refrigerador, una de Paris con la que paga la luz y otra de Din con la que le regaló una bicicleta al hijo? Evaluar el riesgo de estos deudores es difícil por lo que el crédito en Chile es innecesariamente caro. Además, el sobreendeudamiento al que acceden los deudores, amparados en la falta de información, podría amplificar los efectos de cualquier shock negativo a nuestra economía.

Una posible solución es incentivar la creación de empresas privadas que clasifiquen el riesgo de cada persona que tenga una tarjeta de crédito o pague cuentas. En Estados Unidos hay por lo menos cuatro agencias que clasifican a los deudores. La metodología de estas agencias es transparente y pública y la “nota” que un consumidor obtiene determina el precio al que accede a una hipoteca o un crédito de consumo.

En Chile es difícil obtener información. No sabemos los puntajes del SIMCE por alumno y hasta hace poco no teníamos idea que el bono de bencina de los diputados lo fijaban ellos mismos. En una economía globalizada y volátil como la que enfrentaremos en los próximos años, no podemos darnos el lujo de ser “reservados” y exponer a nuestra economía a la amplificación de shock negativos sólo porque somos tímidos. Establecer un sistema para evaluar la “calidad” de cada deudor debería ser una prioridad en el corto plazo y su utilidad una lección obvia de la crisis.


¿De verdad murió el capitalismo?

¿Quién tiene la culpa del desastre en los mercados financieros? El valor terapéutico de poder decir con confianza “la culpa es de Wall Street” o “esto es culpa del gobierno intervencionista” y pedir la cabeza de banqueros o políticos es innegable. Lamentablemente para nuestras pretensiones de salud mental, las explicaciones maniqueas de una crisis sistémica no se ajustan a la realidad.

Aún así, en los próximos años se escribirán libros y columnas explicando en qué se equivocaron Bush, Paulson, Bernanke, Clinton, Reagan y -por si acaso- Elvis. Muchos concluirán que hay que eliminar al Estado, mientras otros argumentarán que esta crisis es prueba de que la competencia y los mercados no pasan de ser fantasías de académicos autistas.

En nuestra opinión, la teoría económica goza de excelente salud. En “Economía 1”, los alumnos aprenden que la intervención no es necesaria en mercados competitivos. Pero en los cursos siguientes, a los alumnos les queda claro que la información incompleta, barreras de entrada y externalidades son fenómenos reales que impiden la competencia en algunos mercados. Y cuando los mercados no son competitivos, la regulación o intervención del Estado puede empujar al mercado hacia una mayor eficiencia.

¿Qué hacer entonces? En vez de enojarnos con Adam Smith, pensar que Milton Friedman era un charlatán y creer que Paul Samuelson es un demente, es mejor leerlos con cuidado. Por ejemplo, el Estado debería apoyar iniciativas que busquen aumentar la información disponible en el mercado y no dedicarse a restringir la competencia con intervenciones tipo Freddie y Fannie.

Así, quizás podremos encaminarnos a una economía global en la que la liquidez de los mercados financieros no dependa de si Joe, el gásfiter de Ohio, paga su hipoteca o no.


Sebastián Brown es licenciado, magíster y Phd(c) en economía de Harvard. Mientras cursaba su pregrado, trabajó como investigador en el Centre for European Policy Studies en Bruselas y como asesor de Andrés Velasco, Andrei Shleifer y Robert Barro.

Elias Albagli es ingeniero comercial de la UC y magíster de Economía Financiera. Trabajó en la gerencia de investigación económica del Banco Central. Desde 2005 cursa su doctorado de Economía de Harvard.