Las dos variables se desajustaron en términos objetivos. Mientras las cifras macro son tranquilizadoras, los indicadores de confianza en el gobierno y en las instituciones están cayendo a niveles preocupantes. El problema es que este factor también está contaminando las percepciones económicas.

  • 10 agosto, 2007

 

Las dos variables se desajustaron en términos objetivos. Mientras las cifras macro son tranquilizadoras, los indicadores de confianza en el gobierno y en las instituciones están cayendo a niveles preocupantes. El problema es que este factor también está contaminando las percepciones económicas.

 

 

En las cuentas públicas chilenas ya no es mucho lo que falta para amarrar los perros con longanizas. En el sector privado, por su parte, a lo mejor el panorama no es tan boyante pero la expansión que tendrá este año la economía, 6% versus el 4 del año pasado, la persistente fuerza de la demanda interna, el comportamiento del empleo y los espectaculares rendimientos bursátiles del año configuran una atmósfera muy próxima a la euforia.

 

Los negocios –qué duda cabe, y al margen de amenazas sectoriales aquí o allá– marchan bien. Hay acuerdo en que el dato de la inflación de julio fue como echarle un pelo a la leche, pero los que saben, si bien no subestiman el hecho, señalan que aún estamos lejos de un rebrote inflacionario de contornos amenazantes.

 

Adicionalmente, la economía chilena sigue cosechando reconocimientos. Un informe del Foro Económico Mundial ubicó a Chile en el primer lugar de los países latinoamericanos en aprovechamiento de las tecnologías de información, no obstante haber caído del puesto número 29 al 31. Santiago es la primera ciudad latinoamericana que aparece en el ranking de los 50 centros financieros urbanos mundiales que, según MasterCard, influyen en la economía global; ocupamos el lugar 39 mientras Ciudad de México tiene el 42 y Sao Paulo el 48. En el último estudio anual de A.T. Kearney, Chile se ubica entre los 50 países con mayor atractivo para operaciones offshoring, esto es, para el traslado de actividades económicas al extranjero.

 

Un informe de AccountAbility, ONG que mide el grado de responsabilidad social corporativa de las empresas, puso a Chile en el lugar 24 entre los 30 países con “competitividad responsable”, factor clave, según Pascal Lamy, director general de la Organización Mundial de Comercio, para impulsar los intercambios comerciales y las inversiones. Si bien por falencias en el desempeño económico del año pasado, en la efi ciencia gubernamental, en la eficiencia en los negocios y en el plano de la infraestructura y los conocimientos, el International Institute for Management Development (IMD) de Suiza nos bajó del puesto 23 al 26 en competitividad, la posición chilena sigue siendo expectable y podría mejorar un poco en función del desempeño harto más alentador que se observa este año.

 

Sin embargo, a pesar de todo, distintos estudios muestran deterioro en los niveles de confianza de los consumidores. Los sondeos de opinión han comenzado a reflejar crecientes percepciones negativas sobre el desempeño de la economía que en estricto rigor no son coherentes con los indicadores macro. No lo son, pero ahí están. Al final las cosas son como las percibimos, no como son desde el punto de vista matemático u ontológico.

 

Contrariando la lógica de que a los gobiernos les va bien cuando la economía va viento en popa, la administración de Michelle Bachelet sigue cayendo en términos de aprobación pública en la encuesta CEP y, según Adimark, el nivel de quienes desaprueban su gestión en julio último por primera vez superó al de quienes le aprobaban.

 

Se ha enrarecido el clima político. El hecho no responde únicamente a que el gabinete ofrezca espectáculos inéditos de descoordinación y deslealtad, ni a que la oposición se haya endurecido más de la cuenta o a que la carrera presidencial esté asomándose antes de tiempo. La desazón o el malestar incluyen también otros factores:

 

-Creciente desafección por la actividad política, unida a una fuerte pérdida de respaldo político tanto del gobierno como de la Concertación y la Alianza. Todos pierden, nadie gana. Curiosamente, hoy el principal partido de Chile es el de quienes no se identifican con ninguno y el de la gente que no se considera ni gobiernista ni opositora.

 

-Creciente desconfianza en las instituciones. El caso más emblemático puede ser el del poder judicial, que todavía no se resigna a estar sometido al escrutinio público y que se molesta sobremanera –refugiándose en la independencia del poder judicial, como si esto garantizara que los jueces pueden hacer cualquier cosa– cuando la opinión pública reacciona indignada frente a los descriterios de distintos jueces de garantía o ante decisiones más o menos incomprensibles de la justicia civil. Pero hay otras instituciones salpicadas por la duda. La SVS, por ejemplo, que bien o mal se acordó de ejercer sus funciones solo porque tenía al frente al candidato presidencial opositor. O de TVN, puesta en entredicho por el propio presidente del directorio. Para qué hablar de empresas públicas otrora respetables como EFE, convertida durante la administración de Ricardo Lagos en un abierto foco de incompetencia y corrupción.

 

-Paulatino deterioro de los indicadores de seguridad ciudadana. La delincuencia viene apareciendo por años entre las principales preocupaciones de la población y está visto que las fórmulas que aplican más de lo mismo –más carabineros, endurecimiento de las penas– entraron a una etapa de rendimientos francamente decrecientes.

 

-Perspectivas de mayor conflictividad social, sobre todo en función de los precedentes abiertos por Celco y Codelco en el tema de los subcontratados. En ambos casos, la empresa principal terminó sentándose a la mesa de negociaciones que en principio concernía únicamente a las empresas subcontratistas y sus trabajadores. Ambas lo hicieron “voluntariamente”, aun cuando este calificativo tiene mucho de licencia retórica en el caso de Celco, que fue presionada por el gobierno pública y privadamente para hacerlo. Como quiera que sea, es válido preguntarse si éste va a ser el modelo que regirá a continuación, puesto que cuenta con la abierta simpatía de las autoridades del sector Trabajo del gobierno.

 

En las páginas siguientes, distintos interlocutores intentan explicar los alcances de la disociación entre la fortaleza de los indicadores macro, las percepciones negativas que se están haciendo sentir sobre la marcha de la economía y el franco deterioro de la calidad de la política. Y un estudio flash de opinión realizado por TNS Time entrega interesantes insumos para analizar las correlaciones entre la economía y la política.

 

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Economía y política

Percepciones, brechas, vínculos y proyecciones

 

El siguiente estudio flash de TNS Time se propone dar cuenta de la percepción que tiene la ciudadanía respecto de la evolución de la economía y la política en el último año, estableciendo el grado de vinculación entre ambas y el nivel de expectativas.

 

 

Las brechas entre la economía y la política

• El sondeo realizado identificó una amplia brecha entre las percepciones de la evolución de la economía y la política en el último año. Las percepciones sobre la política son sustancialmente más negativas. Son pocos (6%) los que creen que en este plano estamos mejor que hace un año y son muchos. (46%) los que creen que estamos peor.

 

• No obstante la disociación de las percepciones de uno y otro ámbito, el sondeo estableció que hay un vínculo entre ambas. Todo indica que la confianza del consumidor tiende a ser más estable (varía con mayor gradualidad) que la percepción de la evolución política. No obstante, tarde o temprano una contaminará a la otra.

 

• La percepción de la economía y la confianza en ella en el mediano plazo es directamente proporcional al grado de adhesión o aprobación de la gestión de gobierno.

 

Estos tres factores indican que una gestión política exitosa puede influir en la confianza en la economía. Por la inversa, un escenario político complejo inevitablemente afectará las percepciones económicas, aunque no en forma inmediata.

 

 

 

 

La mirada económica

Las percepciones respecto de la evolución de la economía en el último año es discreta. Definitivamente la evalúan mejor quienes se definen como partidarios del gobierno. En la experiencia de TNS-Time cruzada con datos públicos, se puede señalar que las percepciones económicas han registrado un deterioro gradual en el último año.

 

 

 

 

El pulso político

Las percepciones en el plano político son más sombrías. Uno de cada dos entrevistados señala que la política en el país está peor que hace un año. Llama la atención que incluso entre los partidarios del gobierno esta percepción esté presente en un porcentaje importante: 31%.

 

 

 

 

 

La importancia de la política

Hay consenso en asignar importancia o gran importancia a la política dentro del desarrollo del país. El reconocimiento es bastante transversal. Los únicos que se desalinean un poco es el estrato de ingresos altos y el grupo de los opositores del gobierno, entre quienes la política es poco o nada importante en rangos de 15%.

 

 

 

 

El interés en la política

No obstante la importancia que dentro de los desafíos del desarrollo se le asignan a la política, más de la mitad de los encuestados declaran estar poco o nada interesados en sus debates y vicisitudes. El fenómeno se advierte incluso entre los partidarios del gobierno. El hecho entraña un desafío para la clase política, en la medida en que no está logrando conectarse con la ciudadanía.

 

 

 

 

 

Futuro de la economía

Finalmente, la percepción respecto de la evolución de la economía a mediano plano (que es una de las variables utilizadas para medir la confianza del consumidor) revela el fuerte vínculo entre la adhesión política y el tipo de proyección que se haga respecto de la situación económica. Los partidarios del gobierno son abiertamente más optimistas objetiva y subjetivamente que los demás.

 

 

Tendencia

Distintos estudios públicos han evidenciado tanto un descenso en los niveles de aprobación a la gestión de gobierno como una caída en los indicadores de confianza del consumidor. No obstante, este último indicador ha resultado más estable que la aprobación o desaprobación ciudadana a la gestión gubernativa.

 

 

 

 

 

Ficha técnica


Cobertura: Residentes en la Región Metropolitana. Universo: Hombres y mujeres de entre 18 y 65 años, de NSE BC1, C2, C3 y D. Tamaño muestral: 300 entrevistas. Margen de error: +-5,5% para los totales, con un nivel de confianza de 95%. Método muestral: Muestras por cuotas según sexo, edad y NSE. Ponderación: Los datos han sido ponderados en función del peso real de los individuos en la población. Técnica de medición: Entrevistas telefónicas. Fecha de campo: 27 y 28 de junio.

 

 

 

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El club de la pelea

Por Agustín Squella


 

Aunque suene a disparate, yo suelo decir que soy feliz, pero que no vivo contento. Tal vez al país le está ocurriendo lo mismo. Esto quiere decir que la felicidad podría ir de la mano con el malestar, algo que a mí me parece perfectamente natural. Porque tratándose de personas, si bien podemos ser felices, nunca podremos hallarnos contentos, por la simple razón de que sabemos que vamos a morir.

 

He tenido uno que otro debate público acerca de la felicidad, que ciertamente no es un estado en el que alguien pueda encontrarse, sino algo que pasa a ráfagas por nuestro lado, tal como acontece con la buena racha de un jugador apostado frente a la ruleta. La felicidad es como las golondrinas: una de ellas no hace verano.

 

Lo que sí me parece un disparate son los intentos de medir el grado de felicidad de los pueblos sobre la base de la tenencia de un conjunto de bienes en cuya definición predomina el punto de vista de los economistas. De manera que no sería raro que pronto tengamos una canasta básica de felicidad. Ante lo cual pido no regalar la palabra “felicidad” a los economistas, porque se han apropiado ya de muchas, banalizándolas todas. Regalada a los economistas, “libertad” es un término que se empobrece hasta significar tan solo la posibilidad de entrar y salir de los supermercados, mientras que “democracia” se reduce a mercado del voto. Y si hiciera falta otro ejemplo, en manos de economistas el derecho penal es un escenario más para el cálculo costo-beneficio que harían los delincuentes al momento de proyectar sus fechorías y sopesar la pena a la cual se exponen.

 

Pero es un hecho que el mal juicio que se ha instalado acerca de la política se extiende también a la economía, por mucho que ésta ande mejor que aquella. Quizás aquí se encuentre implícita la convicción, acaso inconsciente, pero certera, de que la economía es parte de la política, y que si ésta anda mal en sus aspectos cotidianos y visibles –el lamentable comportamiento de actores políticos mostrándose los dientes como si estuvieran en el club de la pelea–, algo semejante tendría que estar ocurriéndole a la economía.

 

Está también la primacía de las percepciones sobre la realidad, instalada esta vez por los sociólogos, quienes prefieren vivir de las primeras y despreciar la segunda. Si en Chile la percepción de inseguridad es mucho mayor que la delincuencia real, algo parecido podría estar ocurriéndole a la economía.

 

Y tenemos el hecho de que la gente tarda mucho en apreciar en su propia vida las bonanzas de la economía, o sea, la economía puede ir como avión y la vida de millones pedalear todos los días en bicicleta hasta quedar rendida. Son muchos todavía los que llevan en Chile una vida dura y observan a los pocos que la tienen dulce. Somos un país de tales desigualdades que quienes las sufren no pueden sino protestar. Si millones que mejoran su vida en un centímetro observan que unos pocos miles la mejoran en kilómetros, ¿qué otra cosa podría esperarse sino disconformidad y malestar?

 

 

Agustín Squella es profesor de Filosofía del Derecho, miembro del Consejo Directivo Superior de la Universidad Diego Portales y columnista de El Mercurio.

 

 

 

Economía, política y debilidad

Por Harald Beyer


 

En los últimos meses, motivados por las buenas cifras de la economía mundial y nacional, los casi 40 “sabios” consultados por el Banco Central han estado elevando sus expectativas de crecimiento no solo para 2007 sino también para el próximo año. La evolución del empleo, de los salarios, de la inversión, de las ventas de supermercados, de la producción industrial, entre otros factores, son buenos combustibles de dichas expectativas. Curiosamente, la población no parece estar tan convencida de esta realidad. El IPEC de Adimark y la encuesta de percepciones y expectativas económicas de la Universidad de Chile, en lugar de subir respecto de meses previos y de un año atrás, cuando la economía estaba lejos de mostrar el dinamismo actual, han registrado retrocesos. La última encuesta del CEP revela que la gente percibe que la economía está hoy día peor que en diciembre y la proporción que espera que su situación económica mejore en los próximos doce meses es la segunda más baja que han registrado las encuestas del CEP en los últimos quince años. Un mayor pesimismo se registró solo en mayo de 1999, en medio de un aumento significativo del desempleo y una abrupta desaceleración económica.

 

A mediados de 2005, la gente que esperaba que en un año más su situación fuese mejor llegaba a 42%. Hace un año descendió a un 35% y ahora, en la última medición de junio pasado, alcanzó solo 33%. En 2005, el desempleo alcanzaba un 10%, en 2006 un 8,8% y ahora apenas llega al 7%. Además, se anticipan reducciones adicionales y los más escépticos hablan de una estabilización de la tasa actual. Es cierto que el deterioro principal se produjo el año pasado, cuando algunos nubarrones se instalaron sobre la economía, reduciendo el ritmo del crecimiento a 4,2%. Este año, en cambio, ya se comienza a hablar del 6% y aunque persisten algunas incertidumbres, el panorama es alentador. Las bajas expectativas ciudadanas resultan, entonces, paradojales.

 

En la evidencia de que éstas no se forman solo a partir del desempeño económico objetivo de la economía pueden comenzar a dibujarse algunas respuestas a este fenómeno. Aunque se han esgrimido muchos factores que ayudan a la formación de expectativas, quizás el de mayor peso dice relación con la política. El vehículo particular puede diferir entre países, pero en general es evidente que un escenario confuso no promueve expectativas positivas. Pero quizás se puede ser más específico. Es posible argumentar, apelando a diversos estudios de opinión pública y resultados electorales, que hay un gran apoyo en la población al modelo de desarrollo que se ha ido instalando en Chile. Por supuesto, hay matices que nadie puede desconocer, pero sumando y restando la ciudadanía estima que el país va por un buen camino y que sus avances personales en las últimas dos décadas no se pueden desligar de dicho modelo.

 

Ahora bien, basta hurgar un poco en nuestra historia para comprobar que esos avances dejan de ser universales cuando los grupos de interés comienzan a obtener beneficios particulares. Defender al Estado y a la población de esas presiones es indispensable. Pues bien, según la última encuesta CEP, los ciudadanos no consideran que la presidenta haya actuado con firmeza frente a dichas presiones. Es más, un 68% estima que ha actuado con debilidad. La posibilidad de tener un modelo inclusivo de desarrollo seguramente se debilita a los ojos de la ciudadanía, comenzando a ser menos sorprendente que las expectativas económicas personales retrocedan. Antes de que surjan las acusaciones de machismo, cabe recordar que este fenómeno tiene antecedentes previos. En 2002 subió fuertemente la percepción de que Ricardo Lagos estaba actuando con debilidad frente a las presiones de grupos de interés y también se deterioraron las expectativas económicas. El fenómeno no tuvo la profundidad actual, pero exhibió el mismo patrón. Un fuerte compromiso político con el modelo de desarrollo que se ha ido construyendo en Chile y una marcada convicción para frenar las presiones de grupos de interés, que en el reciente episodio de Codelco estuvo algo diluida, seguramente permitirían elevar las expectativas futuras, algo que no le vendría mal a la Concertación si se considera que ellas son fundamentales para aspirar a una reelección.

 

 

Harald Beyer es economista y coordinador académico del Centro de Estudios Públicos.

 

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Satisfacción

Por Patricio Parodi


 

Me han pedido que comente el fenómeno de la diferencia, cada vez más pronunciada, entre expectativas económicas de los diferentes agentes (cada vez más negativas) y la realidad macroeconómica/ empresarial. Voy a partir recordando a un antiguo profesor de marketing que nos repitió siempre que la satisfacción de un producto o servicio es función de las expectativas y de la realidad. Esto es que, mientras mayor sea la diferencia entre nuestras expectativas y la realidad, mayor será la insatisfacción. Se da entonces la paradoja que si nuestras expectativas son bajas y el producto/servicio mediocre, podemos quedar tremendamente satisfechos y, por el contrario, si nuestras expectativas son muy altas y el producto/servicio aceptable, nuestra frustración/insatisfacción será altísima.

 

Creo que parte de esto está ocurriendo en Chile. Hay varios factores que nos hacen tener expectativas muy altas, quizás más altas que nunca en la historia reciente del país:

 

-Términos de intercambio históricamente favorables. Con un precio de cobre que ha perforado las expectativas de los más optimistas, tanto en su valor como en el tiempo que este valor ha permanecido alto.

 

-Democracia estable, instituciones sólidas, manejo macro impecable. Banco Central autónomo y eficiente. Inflación controlada, desempleo descendiendo, crecimiento sobre el 5,5% este año.

 

-El valor de mercado de las empresas que transan en bolsa en peak histórico. Empresas chilenas consolidándose e invirtiendo en Chile y el exterior como no veíamos hace 10-12 años. Sectores nuevos entrando en la bolsa (tecnología y salmones), fusiones y adquisiciones de gran nivel (Chile-Citi, Socovesa- Almagro).

 

-Por primera vez en décadas, Chile como país no tiene deudas con el exterior, más bien acumula (y lo seguirá haciendo a tasas crecientes si el precio del cobre como predice el mercado se queda sobre US$ 2,5 la libra por 2 a 3 años) un fondo que pertenece a todos los chilenos y que era impensado hace 2 ó 3 años.

 

-Los chilenos han visto crecer sus ahorros en las AFP a tasas increíbles los últimos 5 años (paradójicamente, el sistema previsional nunca en sus 25 años había sido tan criticado como en los últimos 3 años). ¿Qué pasa entonces? ¿Por qué esta sensación de frustración? Es que tenemos (los chilenos) las expectativas muy altas. Queremos salir del subdesarrollo y durante décadas no tuvimos los recursos. Hoy los tenemos ¡y los tendremos por varios años! Este es el gran cambio. Depende de cómo administremos esta bonanza. Ya no podemos echarle la culpa de nuestras debilidades históricas a que somos una nación pobre. Ya no nos comparamos con nuestros vecinos, miramos a Irlanda, Nueva Zelanda, a los países del Este de Europa. Ellos pudieron ¿por qué nosotros no? El consumidor (¿ciudadano?) tiene expectativas de clase mundial (¿no es esto consecuencia de este mundo globalizado?, ¿de los TLC?, ¿de competir en el mundo?, ¿de que nuestro cobre, salmones, vino, berries, paltas, uvas, celulosa, madera, harina de pescado, se consuman en todo el mundo?). Quizá por años tuvimos el sueño de salir del subdesarrollo.

 

Hoy con un Estado lleno de recursos, los sueños se convirtieron en expectativas de menor plazo y la realidad, aún lejana, en frustración/insatisfacción.

 

A un individuo, una familia, una empresa, un país le cuesta darse cuenta que de ser pobre pasa a ser acomodado (¿rico?). Pero una vez que se da cuenta, cambia el estándar de lo que considera “apropiado”. Parece que los chilenos nos dimos cuenta que aspiramos a más y no estamos dispuestos a transar con la mediocridad del pasado.

 


Patricio Parodi es gerente general del Consorcio Financiero S.A.

 

 

 

Evidencia comparativa

Por Oscar Landerretche M.


 

Jef Vuchelen, al testear el efecto de eventos políticos electorales sobre la confianza del consumidor (CC) en Bélgica, estableció a mediados de los 90 que hay efectos negativos importantes asociados a las crisis políticas que generan cambios de gobierno sin elecciones (es un sistema parlamentario). También concluyó que el llamado a elecciones imprevistas, que usualmente es una salida para una administración débil, genera un alza en la CC. Lo interesante es que estos efectos son independientes de si se produce o no un cambio del partido político de gobierno e independientes también de las condiciones de la economía.

 

Malgarini y Margani encuentran que el escenario macroeconómico es completamente insuficiente para explicar la evolución de la CC en Italia. Sostienen que eventos políticos simbólicos, e incluso eventos excepcionales, como desastres naturales o dramas públicos, tienen efectos significativos sobre estos índices. En el caso de Estados Unidos, dos investigadores, De Boef y Kellstedt, identificaron que hay un efecto significativo de los niveles de aprobación del presidente y del partido político de gobierno sobre la confianza del consumidor. Berry y Davey, por su parte, afirman que hay un enorme componente de la serie para el Reino Unido que claramente se relaciona con eventos no económicos.

 

Dada esta evidencia empírica, no es de extrañar que en Chile los eventos políticos generen una suerte de brecha entre los indicadores macroeconómicos y los índices de confianza del consumidor. En Chile tenemos una administración debilitada políticamente con un gabinete frágil que, naturalmente, es presa fácil de intereses corporativos gremiales. Tenemos caídas en la popularidad de la presidenta, factor que le impide usar su promesa de apoyo futuro como capital para disciplinar votos en el parlamento, lo que la inmoviliza. Tenemos caídas en el apoyo de la coalición de gobierno que le impide sustituir a la presidenta con amenazas de disciplinamiento político y racionamiento de cupos. Tenemos una sucesión de movilizaciones sociales resultado del vencimiento de los pagarés de la transición a la democracia, circunstancia que consume recursos humanos, financieros y políticos.

 

¿Será irracional, en este contexto, que los consumidores chilenos descuenten un poco las buenas condiciones macroeconómicas y asuman que el sistema político va a estar funcionando un poco peor? ¿Será extraño que asuman que un sistema político un poco más esclerótico y débil les perjudica? ¿Que a ese sistema le será más difícil generar condiciones de desarrollo sustentables y más complejo generar efectos duraderos sobre la distribución del ingreso? Parece que los consumidores chilenos no son tan irracionales después de todo. ¿No les parece? Y, además, no son tan raros si se les compara internacionalmente. Finalmente está la prensa, por supuesto. Los mismos Boef y Kellstedt encontraron otra cosa interesante: que en Estados Unidos la confianza de los consumidores es positivamente afectada cuando hay cobertura mediática favorable al presidente y a su administración. Y hay un artículo interesantísimo de cuatro economistas de la Universidad de Groningen que muestra cómo la exageración mediática (el spin) logra afectar transitoriamente la confianza de los consumidores.

 

En un artículo fantástico, Mullainathan y Shleifer demostraron que la exageración mediática es un comportamiento de equilibrio en la prensa, mientras que el efecto del sesgo ideológico es neutralizado cuando hay una prensa competitiva.

 

No parece demasiado arriesgado aventurar que si el spin tiene efectos sobre la confianza del consumidor, también los tendrá el sesgo ideológico en un mercado mediático poco competitivo. Así que, posiblemente, este efecto también esté añadiendo a la discrepancia entre confianza de los consumidores y realidad macroeconómica en Chile. ¿Quién sabe? Habría que testearlo.

 

Oscar Landerretche es académico del Departamento de Economía de la Universidad de Chile y director del Programa Conjunto en Políticas Públicas de la Universidad de Chile y la Universidad de Chicago.

 

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¿Cómo explicar el desánimo?

Por Juan Andrés Fontaine


La paradoja es esta: mientras la economía marcha a buen paso, el ánimo de la gente sigue decaído. ¿Nos habremos vuelto malcriados e insaciables? ¿O es que la ciudadanía está mirando más allá de las estadísticas de coyuntura?

 

La cosecha de datos de junio confirmó que el inesperado bajón del año pasado ha sido superado. La actividad económica crece a un ritmo cercano al 6% anual, el desempleo baja a niveles rara vez vistos en el país, el poder adquisitivo de los sueldos comienza a repuntar. Pero, nada de todo esto parece encender el entusiasmo de la población. Según la Universidad de Chile y Adimark, las percepciones sobre la economía se han deteriorado marcadamente a lo largo del año. Entre los empresarios –según el índice elaborado por la Universidad Adolfo Ibáñez– hay una visión solo moderadamente positiva. Las encuestas de opinión revelan una baja en la popularidad del gobierno y en la aprobación de su política económica. El modelo de economía de mercado requiere altas dosis de disciplina y competitividad.

 

Exige aceptar el triunfo de unos y el fracaso de otros. Nada de ello es placentero, pero resulta perfectamente justificable cuando es seguido de un crecimiento económico rápido, capaz de llevar al país al desarrollo, de abrir expectativas de ascenso a los sectores medios y de erradicar la pobreza. En cambio, si marchamos a paso lento, cunde el cansancio y el malestar. Es cierto que las últimas cifras económicas son alentadoras, pero tras las frustraciones acumuladas desde la fatídica crisis asiática, hace falta mucho más para convencernos que en realidad Chile ha reanudado la carrera del desarrollo.

 

Como es sabido, luego del decenio de oro terminado abruptamente en 1997, en el cual crecimos a la deslumbrante velocidad de 8% anual, en los siguientes diez años hemos conseguido a penas un 4% anual promedio. Mientras en el primer período podíamos abrigar legítimas expectativas de avanzar al desarrollo para el bicentenario de la República, en el segundo marchamos tan solo a la velocidad promedio de la economía mundial. Según los expertos, el actual crecimiento de nuestra capacidad productiva es 5% anual: insuficiente, a todas luces. El desempleo mejora, pero la participación en el mercado laboral decae. La productividad se mantiene estancada. Ya se advierte que la expansión de la demanda ha despertado la inflación y bien sabemos hacia donde conduce ese camino.

 

Chile cuenta hoy con las condiciones para despegar. No solo dispone de sólidos fundamentos macroeconómicos y plena integración de los mercados mundiales, sino que atraviesa por una bonanza de precios de exportación sin precedentes en 40 años. Podría financiar las reformas necesarias para acelerar el crecimiento de la capacidad productiva. Inmovilizado por sus divisiones políticas, el gobierno ha preferido no reconocer las oportunidades que nos brinda este favorable desarrollo. Mientras tanto ya se acumulan, invertidos en el exterior, fondos fiscales por alrededor de 18 mil millones de dólares, gracias al ahorro de los ingresos extraordinarios del cobre. La bonanza externa enriquece al Estado, pero no a la gente. Otro gallo cantaría si el incremento permanente en los ingresos fiscales fuese destinado a apropiadas rebajas tributarias o efectivas subvenciones a la demanda de educación y salud.

 

Estamos desperdiciando una histórica oportunidad de progreso. No es de extrañar entonces que las buenas cifras recientes solo entusiasmen a las autoridades. Para hacer renacer la confianza en nuestro porvenir económico hay mucho que mejorar en la calidad de nuestras políticas públicas.

 


Juan Andrés Fontaine es economista, socio de la consultora Fontaine & Paúl y director de empresas.

 

 

 

Realidad y percepción: Estados de conciencia diferentes

Por Paula Serrano


Según las encuestas, Chile es un país de desconfiados. Es así. La confianza viene de la historia y no se cambia de la noche a la mañana porque está arraigada en complejos procesos inconscientes. Aunque digan que nuestras instituciones funcionan, que somos el país menos corrupto del continente, los ciudadanos persisten en desconfiar de todos y de todo.

 

Los chilenos tienen miedo. Percibimos el crimen y la violencia como un problema grave, en circunstancias que los índices de delincuencia son bajos en relación a las percepciones de temor de la ciudadanía.

 

Los chilenos estamos más ricos por el cobre, el manejo macroeconómico es adecuado y el nivel de riesgo país sigue siendo el más bajo de América latina. Pero súbitamente nos hemos empezado a comportar como si fuéramos pobres y hubiera una crisis ad portas.

 

La democracia se profundiza, la pobreza y el desempleo disminuyen, los expertos mundiales vienen a Chile a estudiar nuestra transición y nuestros programas sociales. Sin embargo, pocos están contentos con la conducción política del gobierno y tanto los políticos como la misma política pierden credibilidad.

 

Esta coyuntura, que algunos estiman un tanto patológica, es sencilla de comprender si tomamos al país como a cualquier grupo humano. La mayoría de sus miembros vive una realidad de cierta bonanza o al menos puede percatarse de estar mejor que antes. Pero se informa a través de medios que solo hablan de tragedias, que exaltan los dramas y que tratan la política como farándula. De ella solo interesan sus escándalos. Por lo tanto este grupo vive al menos dos realidades y está entrampado en un dilema en que no puede ni sabe elegir. Son dos realidades simultáneas, una que escucha, otra que siente.

 

Últimamente, los poderosos, los que toman las decisiones, se han dedicado a pelear sin cuartel. Las alianzas históricas se desordenan, todos se descalifican, nadie le cree a nadie, las propias tradiciones familiares que alguna vez merecieron reconocimiento ya no se respetan. Algo muy malo debe estar pasando si hay guerra entre los poderosos. En el gobierno están todos peleados, los ministros no se hablan, según la tele. Nadie quiere darle plata al transporte, pero todos dicen que es la principal tragedia del país. Codelco, que era nuestra mina de oro, fue a la huelga. Algo huele mal. No puede ser verdad que todo está bien si todo lo que vemos está mal Cuando dos más dos suman cinco, ¡lo normal es asustarse! La trampa más difícil de dilucidar es la que pone a las personas y a los grupos frente a dos discursos opuestos. ¿Cómo elegir?

 

Estamos frente a una realidad desconfirmada. Estamos doblemente vinculados. Eso es peligroso porque quienes lo viven no lo saben. Solo saben que están angustiados y disconformes y no entienden por qué.

 

Al final, los seres humanos siempre actuamos según las emociones cuando estamos sometidos a un discurso inconsistente. Somos ricos, pero estamos en una crisis. No puede ser: las crisis eran porque éramos pobres. Entonces, tal vez no estemos tan ricos o, si lo estamos, vamos a dejar de estarlo en poco tiempo, porque es lo que vivo y lo que siento cuando miro a mis líderes y a mis iguales: un profundo desconcierto paralizante. Un ambiente entre rabioso y frívolo.

 

¿Quién dijo que un grupo humano desconfiado y miedoso de no se sabe qué, puede actuar racionalmente cuando todos los indicadores de estabilidad están solo en cifras abstractas y no en la conducta de los poderosos? Las instituciones políticas y los medios de comunicación han conseguido que la bonanza y la paz parezcan ficticias.

 


Paula Serrano es psicóloga y columnista de Revista Ya de El Mercurio.