Por: Marcelo Soto Ilustración: Ignacio Schiefelbein Es de los pocos en la derecha que apoya la idea de una asamblea constituyente. En un sector que, según dice, mantiene una actitud negacionista frente al tema, sorprende que alguien como Cristóbal Bellolio, uno de los columnistas más leídos de la plaza y doctor (c) en Filosofía Política […]

  • 29 octubre, 2015

Por: Marcelo Soto
Ilustración: Ignacio Schiefelbein

Bellolio

Es de los pocos en la derecha que apoya la idea de una asamblea constituyente. En un sector que, según dice, mantiene una actitud negacionista frente al tema, sorprende que alguien como Cristóbal Bellolio, uno de los columnistas más leídos de la plaza y doctor (c) en Filosofía Política del University College London, proponga un detallado cronograma al respecto, incluyendo tres plebiscitos: uno para preguntar si es necesaria una nueva carta magna; otro, para elegir el sistema para modificarla; y por último, uno para aprobarla o rechazarla.

La propuesta está incluida en su libro Pinochet, Lagos & nosotros (DEBATE, 159 páginas), y aunque el reciente anuncio de Bachelet ya descartó la idea de una primera consulta para saber si la gente quiere otra constitución, Bellolio no pierde el entusiasmo por sumarse –y sumar a nuevos participantes– al debate, en el que, cree, la peor opción es no presentarse.

“No me ha ido muy bien convenciendo al mundo liberal de la importancia teórica y práctica de una AC”, reconoce desde Londres. “Lo que veo en movimientos emergentes como Evópoli, Amplitud o incluso Red Liberal es una cierta miopía respecto de las oportunidades políticas que encierra un proceso de este tipo”.

A quien tampoco ha podido convencer de la necesidad de un cambio es a su abuelo, Sergio Badiola, quien como ministro secretario general de Gobierno durante la dictadura, firmó nada menos que la Constitución del 80. “Le agradezco su infinita disposición a conversar estos temas conmigo, siempre con mucho respeto y cariño. En todo caso, yo creo que él entiende que esta empresa le corresponde a mi generación y la suya ya hizo su aporte, con sus luces y sombras”.

-¿Cómo evalúas el anuncio de Bachelet sobre el proceso constituyente? Desde la derecha, José Francisco García le dio su apoyo, pero otros, como Hernán Larraín, lo han criticado duramente.

-Bachelet entendió que la empresa constituyente era de largo plazo y eso me parece prudente. Ésta es una piscina que requiere de mucha agua y hay que darse el tiempo de llenarla con paciencia y destreza. También me parece interesante la “constitucionalizacion” de las próximas parlamentarias: como es poco probable que con la composición actual del Congreso se pueda avanzar en la materia, las elecciones de 2017 tendrán un carácter definitorio al respecto. Lo que no me gusta es que la presidenta pone todo en manos del Congreso (yo habría preferido un referéndum de entrada al proceso) y que uno de los pasos del itinerario sea la presentación, por parte del Gobierno, de una propuesta completa de nueva constitución. Predeterminar los contenidos cuando estamos en medio de una discusión en torno al mecanismo es un despropósito.

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-Carlos Peña destrozó la propuesta de La Moneda. Dijo que era ambigua y que al tratar de dejar a todos contentos, no llegaba a ninguna parte.

-El anuncio no es ambiguo sino que laberíntico. No es cierto que deje a todos contentos. Lo que hace es dejar todas las opciones abiertas. Podríamos tener una asamblea constituyente, pero la ruta para llegar a ella es compleja y estrecha. También podríamos quedarnos con el texto vigente, porque una de las posibilidades es que la derecha no entregue nunca sus votos para superar los quórums supramayoritarios que requiere la propuesta.

-Sebastián Piñera cuestionó el anuncio, subrayando la incertidumbre que genera. ¿Crees que la derecha ha sido ciega o torpe frente al tema?

-Es incorrecto señalar que la propuesta genera incertidumbre. Por el contrario, el itinerario de la presidenta establece una serie de pasos que, una vez cumplidos, van abriendo los siguientes. Quizás los líderes de la derecha no tengan un vocabulario muy nutrido y deban recurrir al eslogan, pero en la práctica, el Gobierno los ha notificado de todas las instancias en las cuales pueden oponerse “institucionalmente” al proceso constituyente. En ese sentido prefiero la actitud de Allamand, que ha dicho que sencillamente votará en contra.

-¿Fue impropio que Piñera aprovechara una cita en La Moneda para plantear una agenda propia?

-Piñera está en su derecho de pensar que Chile no necesita una nueva constitución. Lo que me pareció poco republicano de su parte, fue hacer caso omiso del itinerario descrito por la presidenta y salir anunciando muy campante que él también propondrá un texto alternativo. El gobierno fue elegido para promover esta agenda y acaba de explicarnos cuáles son las reglas de la conversación. Me gusten o no, hay que seguirlas. La cancha está trazada y se juega con esta pelota. Piñera se siente con el derecho olímpico de traer su propia pelota.

-La propuesta de tu libro tiene diferencias y similitudes con las del Gobierno. ¿Cuáles son los mayores desaciertos de esta última?

-Aunque ésta no es una idea muy popular en la izquierda –porque sienten que el abrumador triunfo de Bachelet en 2013 constituía un endorsement implícito al programa que prometía nueva constitución– a mí me parecía políticamente sabio realizar una doble consulta: la primera para preguntar a la ciudadanía si quiere una nueva carta fundamental, y en caso afirmativo, una segunda para escoger el mecanismo. El objetivo era justamente legitimar el empeño constituyente en aquellos sectores que aún se niegan a él. La UDI, por ejemplo, habría tenido su legítimo espacio para hacer campaña en contra de la necesidad de redactar un nuevo texto. Pero en caso de haber perdido, habría tenido que aceptar el resultado y, en consecuencia, estaría obligada a tomar posición respecto de la pregunta siguiente: cómo hacerla. Nos habríamos ahorrado esta extraña situación en la cual el proceso constituyente esta teóricamente en marcha, pero persiste una actitud negacionista por parte de un sector político relevante.

 

Procedimiento justo

-El mundo liberal en general desconfía del asambleísmo, donde ganan –afirma, por ejemplo, Robert Funk– los que más gritan. ¿Cómo evitar el riesgo del populismo?

-El mecanismo de elección de delegados en una eventual convención constituyente sería representativo y proporcional. Cero asambleísmo. Debería existir un marco general respecto de los temas por tratar y una serie de instancias procedimentales para alcanzar acuerdos, ojalá lo más transversales y amplios posibles. Los que imaginan un grupo vociferante votando a mano alzada en una plaza, construyen un hombre de paja para personificar sus miedos. Yo también me opondría a eso. Pero es una caricatura deshonesta. De hecho, el asunto de los cabildos ciudadanos me suena bastante más desordenado y asambleísta.

-¿Por qué te convenciste de que era necesario cambiar la Constitución?

-Ésta es una constitución que no representa el mínimo común denominador del acuerdo político nacional –como me parece que debería ser– sino más bien una mutación más o menos satisfactoria pero constreñida por su genética original. Esto no es lo mismo que alegar ilegitimidad de origen. Es reconocer que está estructuralmente desbalanceada, porque le exige a la disidencia una serie de condiciones que no le exige a quienes defienden el statu quo. Eso no es imparcial. Imparcial sería que todas las sensibilidades ideológicas puedan suscribirla, aunque sea hipotéticamente. Ése no es un argumento socialista, sino profundamente liberal.

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-En sectores de izquierda, se plantea una constitución que derribe el modelo neoliberal. En ese sentido, no van a aceptar una constitución que no establezca, por ejemplo, amplios derechos sociales. ¿Te parece válida esa actitud?

-Es un craso error. A mucha gente le cuesta entenderlo, pero en esta etapa lo crucial es la forma y no el fondo. El objetivo es diseñar un procedimiento capaz de entregar garantías de participación a todos los sectores. Si el procedimiento es justo, entonces el resultado será justo. Si la izquierda quiere condicionar su participación a la obtención de ciertas disposiciones sustantivas –como eliminar la subsidiariedad en materia económica o nacionalizar los recursos naturales–, entonces mejor que no hagamos nada. De hecho, creo que la izquierda –una parte de ella– ha sido parcialmente responsable de los miedos que genera un proceso constituyente, con su tendencia a confundir la promoción de un procedimiento (AC) con una serie de contenidos que parecieran estar predeterminados. Lo pongo en términos sencillos: si la nueva constitución dice lo mismo que la actual, letra por letra, será 100% legítima si fue acordada por un procedimiento justo.

-Los empresarios están preocupados porque la discusión ponga en cuestión el derecho a la propiedad. ¿Es fundado ese temor?

-Claro que es válido. Si hay un grupo que amenaza explícitamente con ello, habrá que tomárselo en serio. Pero la manera democrática de hacerlo es trabajar para validar el régimen de propiedad actual a través de un proceso constituyente. En la práctica, creo que la gran mayoría de los actores políticos y sociales representados en la instancia correspondiente –ya sea AC o el Congreso– se inclinará por proteger el derecho de propiedad o por mantener la autonomía del Banco Central. Yo, al menos, pretendo hacerlo. Cuestión distinta es si acaso la estructura del orden público económico consagrado en la constitución se conservara intacta. Es posible que no. Pero es una batalla que debe darse y no esquivarse bajo el argumento de que lo que tenemos funciona lo suficientemente bien. Ya que está de moda Axel Kaiser, me parece que los empresarios debieran imitarlo en su osadía de presentarse abiertamente en el debate defendiendo ideas libertarias.

-Tu plan considera la renovación generacional como un aspecto clave en el proceso. ¿No es algo utópico considerando la actual abstención?

-Lo que yo sostengo es que el argumento generacional es adicional a los otros argumentos en favor de un proceso constituyente, en especial de una AC. Ése es justamente el espíritu de las palabras de Camilo Henríquez que citó Bachelet en su discurso del 21 de mayo. La pregunta es si acaso queremos que la misma generación que condujo los procesos constitucionales de 1989 y 2005, conduzca también el proceso que viene. Si queremos darle a la nueva constitución el carácter simbólico de inauguración de un nuevo ciclo político, lo más lógico es intensificar la participación de aquellas generaciones que no están marcadas por su protagonismo en los ciclos anteriores, ya sea de la dictadura o la transición. Ése es el ideal. Cómo hacerlo es otra discusión, pero en esto tienen que colaborar transversalmente los nuevos movimientos.

-Con la economía en muy mala perspectiva, la crisis de confianza, el descrédito de la política, ¿no es un pésimo momento para hablar de nueva constitución?

-Por eso insisto en la idea de pensar el proceso constituyente en el largo plazo. Así se independiza de variables contingentes y se transforma en un esfuerzo nacional independiente. En cualquier caso, yo pienso que un proceso constituyente es una oportunidad para subsanar algunos de los problemas de confianza y descrédito de la política. No digo que sea la única opción ni que necesariamente vaya a solucionar el problema. Digo que si lo hacemos bien, podemos tener una oportunidad para empezar de nuevo, por así decirlo. Aunque muchos detesten la ambición refundacional, la política funciona sobre la base de la ilusión de nuevos comienzos. Ello implica nuevas reglas, diseñadas por aquéllos que no se beneficiarán de ellas (que es el actual problema de un Congreso que se siente intuitivamente alienado con las recomendaciones de la comisión Engel) y nuevos elencos, lo que transmite una sensación de frescura ante el agotamiento de las orgánicas y rostros de la transición.

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-Ignacio Walker dijo que la política era demasiado seria para dejársela a los intelectuales. Esa frase califica para una de las más insólitas del último tiempo. ¿No será que la actual clase política no está a la altura de los desafíos que el país exige?

-Creo que es enteramente racional resistirse a los procesos de cambio que pueden afectar la comodidad propia. Y Walker es racional. Justamente por lo mismo, es recomendable que la decisión sobre el régimen propio no quede enteramente entregado a la buena voluntad autorregulatoria, sino a un ente externo. Lo que vuelve a validar la tesis de la AC. En cualquier caso, mi impresión es que la ciudadanía tiene un problema de índole prácticamente laboral con la clase política. El trabajador o empleado común y corriente tiene dos preocupaciones permanentes sobre las cuales tiene muy poco poder de decisión: el sueldo y las vacaciones. Los parlamentarios, en cambio, parecen disponer de ambas a gusto. Por eso fue tan bien recibida la propuesta de Jackson y Boric, y por eso fue tan mal recibido el viaje de Pizarro. Porque la ciudadanía percibe que existe una asimetría brutal en dos condiciones en las cuales el resto de los mortales no tiene pito que tocar.

 

La carrera presidencial

-En tu libro dices que Lagos parece obsesionado con mantenerse en el poder, y ahora quiere ser parte de un tercer momento constitucional… algunos lo proponen incluso como carta presidencial. ¿Sería un error?

-Le tengo un gran respeto a Lagos, pero creo que debe saber cuándo dar un paso al costado. Lagos es un obstáculo si se trata de darle al proceso constituyente una dimensión simbólica “refundacional”. Si tanto ama a Chile como dice, debería darse cuenta. Se le agradecen infinitamente los servicios prestados, pero ahora se le agradecería que nos dejara hacernos cargo del país en el que nosotros viviremos los próximos 50 años.

-¿Quién crees que debería ser el candidato de la derecha?

-Depende. Creo que Piñera tiene la primera opción electoral. Eso lo hace el candidato por defecto. Pero sería interesante, ideológicamente hablando, darles tiempo a las candidaturas de Manuel José Ossandon y José Antonio Kast para desenvolverse. A fin de cuentas, la derecha en su expresión coalicional actual, prácticamente renunció al mundo liberal y asumió su vocación conservadora. Me parece atractivo asistir a la articulación de ese proyecto político-intelectual, pensando también que eso deja espacio a que la opción presidencial liberal se perfile por fuera.

-¿ME-O tiene la mejor chance o finalmente se verá afectado por el caso SQM?

-Las encuestas lo siguen mostrando bien aspectado. Si eso se mantiene, la Nueva Mayoría tendrá poco espacio para ungir a otra figura. Pero el escenario es líquido y la fiscalía parece estar llena de sorpresas. ME-O involucrado en SQM es una cosa. ME-O formalizado es otra. Quién sabe, en una de esas la gente ya castigó lo que tenía que castigar (y Velasco se llevó la peor parte) y ahora las noticias de políticos investigados le entran por un oído y le salen por el otro.

-Algunos apostaron a que habría un punto de inflexión para Bachelet, al notar una leve mejoría en las encuestas. ¿Fue una ingenuidad?

-Cuando vas en caída libre y acercándote al mínimo respetable para un gobierno de coalición con una base de incondicionales militantes (digamos entre el 20 y el 25%), es lógico esperar un punto de inflexión cuando por ello se entiende algo tan modesto como detener la hemorragia. Si por punto de inflexión se entiende un momento en el cual se revierte una tendencia a la baja y se empieza a crecer sistemáticamente, eso no ha pasado y por cierto que me parece algo ingenuo pensarlo. No veo por qué habría de ocurrir. Parte de la baja del Gobierno se debe a que la población ha castigado severamente a la presidenta tras el caso Caval. Ese vínculo afectivo no se recupera fácilmente. Mi impresión es que algo se rompió en ese episodio y no hay cómo revivir los atributos de credibilidad de Bachelet, al menos no al punto original. Tampoco hay que subestimar los efectos de la desaceleración económica y el eventual aumento del desempleo. Cualquier eventual repunte estará condicionado por ese escenario.

-¿Piensas que Burgos ha demostrado un liderazgo torpe, adolescente, como han dicho sus críticos?

-Su situación no es cómoda. Supuestamente llegó para encarnar un giro al centro y la presidenta dice a renglón seguido que giro no habrá. Luego ha tenido episodios sufridos, como la marcha de los camioneros y la fallida confirmación de Rajevic como contralor. Necesita anotarse un triunfo para fortalecerse. Chutear la resolución del problema constitucional para el próximo gobierno tiene su huella, pero no es suficiente. En todo caso, ni torpe ni adolescente. Tomó un gabinete en crisis y la evaluación hay que hacerla con la perspectiva que da el tiempo.

-Hugo Herrera ha criticado la falta de reflexión intelectual en la derecha, su ensimismamiento, su lenguaje de secta, que la hace irrelevante. ¿Compartes esa crítica?

-Obviamente. La derecha ha sido un páramo más o menos desértico en esa área. Por varias razones. Históricamente, se ha dicho que se ha dedicado a defender intereses más que ideas. No estoy tan seguro de eso. Pero sí creo que 17 años de dictadura no fueron muy exigentes en términos de ejercitar el músculo de la persuasión argumental: las convicciones de la derecha se impusieron por la fuerza. Luego se las arreglaron para sobrevivir con poder de veto siendo minoría. Su generación dorada –los coroneles en la UDI y la Patrulla Juvenil en RN– se trasladó íntegramente al Congreso. Se convirtieron en políticos profesionales y en ninguna parte del mundo los políticos profesionales son, al mismo tiempo, grandes intelectuales. De hecho, pasamos del lavinismo de “los problemas reales de la gente” al piñerismo de “la nueva forma de gobernar”. Pero lo que está ocurriendo ahora con esta nueva generación –que justamente por estar fuera del ejercicio mismo del poder ha tenido tiempo para dedicarse a pensar– me parece muy interesante y alentador.

-El mismo Herrera ha dicho que no basta el discurso gerencial de Piñera. ¿Puede ser una opción en 2017 con esa propuesta o debe buscar un relato simbólico diferente?

-Tengo serias dudas de que a estas alturas del partido, un personaje como Sebastián Pinera vaya a cambiar mucho en ese sentido. Es cosa de revisar sus cuñas: está convencido de que Chile se va al despeñadero por culpa de la ideologización del debate. Es decir, no asume su propia posición ideológica y le da al término un sentido enteramente peyorativo. No tengo ninguna esperanza de un cambio al respecto. Lo veo incluso más conservador que antes, dispuesto a seguir apostando en lo que sabe que da resultado. Si la agenda se mueve definitivamente hacia seguridad ciudadana y crecimiento económico, entonces no tendrá muchas razones para cambiar de estrategia. Piñera es un hombre de respuestas y los intelectuales se devanean en las preguntas. Pero las elecciones no se ganan haciendo preguntas, y a Piñera sólo le interesa ganar. •••