Eso de que la historia es cíclica lo saben al dedillo en Camanchaca. La pesquera de los empresarios Jorge Fernández y Francisco Cifuentes las ha vivido todas: endeudamiento, quiebra, recuperación, diversificación, alto crecimiento y otra vez endeudamiento y crisis. Pero sus dueños han sabido sobreponerse y, de seguro, la última de sus pesadillas –el virus ISA – muy pronto quedará en el olvido; sobre todo, tras la llegada de nuevos socios a la firma. Por Cristian Rivas Neira.

  • 2 diciembre, 2010

 

Eso de que la historia es cíclica lo saben al dedillo en Camanchaca. La pesquera de los empresarios Jorge Fernández y Francisco Cifuentes las ha vivido todas: endeudamiento, quiebra, recuperación, diversificación, alto crecimiento y otra vez endeudamiento y crisis. Pero sus dueños han sabido sobreponerse y, de seguro, la última de sus pesadillas –el virus ISA – muy pronto quedará en el olvido; sobre todo, tras la llegada de nuevos socios a la firma. Por Cristian Rivas Neira.

 

Jorge Fernández (72) camina por su oficina en uno de los tantos edificios del barrio El Golf, pensando en cómo quedaría mejor el retrato que nuestro fotógrafo está próximo a tomar. Su duda, en si sería más conveniente ponerse la chaqueta o permanecer tal y como está. Lo medita en voz alta y mira de reojo a su socio Francisco Cifuentes (66), como pidiéndole un consejo, aunque se nota que la decisión la tiene tomada, ya que dice que sería mejor que la gente lo vea así como anda, en camisa. En el fondo, lo que busca es transmitir aquello que más le enorgullece: que ha trabajado más de tres décadas, arremangado y con mucho esfuerzo para llevar a Camanchaca al sitial que hoy tiene como una de las principales empresas pesqueras del país.

El camino no ha sido fácil. Los primeros años estuvieron plagados de dificultades y aunque con el tiempo las superaron todas, justo en el momento en que la firma mostraba su peak en resultados, hace dos años, vino la más profunda de sus crisis, la del virus ISA, que derribó parte importante de los planes que venían desarrollando en el área de salmones.

Pero ambos socios no se permitieron fracasar, como muchos pensaron que sucedería con gran parte de las compañías salmoneras, que cargaban a cuestas un profundo endeudamiento y la muerte de todos sus peces a causa del problema sanitario. No, señor. A los inconvenientes había que ponerles el hombro, como siempre había sido, y salir lo más airosos posibles, porque sus vidas enteras estaban detrás de esta empresa.

Así es como llegaron al momento actual, con una compañía que está a punto de abrir el 30% de su propiedad a la bolsa – proceso en el que están siendo asesorados por Larraín Vial y BanChile/Citi–, para recaudar unos 250 millones de dólares que les permitirán navegar el convulsionado oleaje de los últimos años. Esos números dan para varios análisis porque, pese a que prefieren no hablar de valorizaciones, extrapolando los datos se puede concluir en que la pesquera que fundaron en mayo de 1980 vale hoy unos 800 millones de dólares. Con crisis y todo.

Martes 13

A leguas se nota que Jorge Fernández es enemigo de la figuración pública. Casi nunca se lo ha visto aparecer en los medios de comunicación ni en actividades abiertas, excepto cuando recibió el Premio Icare en la categoría “empresario”, hace poco más de cuatro años. En esa ocasión contó algunos pasajes de su historia personal de emprendimiento. Como que partió trabajando tempranamente para ayudar a su familia, luego de un revés financiero que enfrentó su padre en la agricultura. O como, tras algún tiempo archivando papeles en Zig-Zag, llegó a secretario en una fábrica de muebles.

Fue gracias a este último trabajo que vio la oportunidad de iniciarse como empresario en 1961, cuando instaló una tienda de muebles finos en Providencia con Los Leones. Aquí es donde entra en la historia su socio Francisco Cifuentes, abogado de profesión, que lo asesoró en varias materias y con quien finalmente se unió, varios años más tarde, en el proyecto pesquero.

Ellos no fundaron la empresa pesquera Camanchaca. Más bien, llegaron allí por circunstancias de la vida. A fines de los 60, un grupo de amigos invitó a Jorge Fernández a participar en una pequeña pesquera instalada en Tomé y que se dedicaba a la captura de langostinos. El compró el 5% de las acciones pensando que hacía el negocio de su vida. Lástima que algunos años después todo se viniera al suelo, cuando se decretó la veda de esta especie y la empresa no tuvo cómo sobrevivir, dado su alto endeudamiento.

Entonces, parte la historia oficial de la nueva Camanchaca. Los socios originales estaban decididos a aceptar la quiebra y terminar con la compañía, pero Fernández no estaba de acuerdo. Conversó con Cifuentes una vez más y analizaron todas las posibilidades, hasta que un día, mientras almorzaban en Talcahuano, dieron con la salida al ver pasar un barco cargado de jurel para la fabricación de harina de pescado: tenían que convertir la compañía a este otro segmento productivo.

Lo primero que hicieron fue pedir a sus socios que renunciaran a sus acciones, a cambio de que ellos se hicieran cargo de toda la deuda y que sumaba unos 3 millones de dólares de la época. Esto no les pareció mal a sus socios, considerando que cada uno de ellos era aval de estos pasivos.

Saltada la primera valla, vino la parte más complicada: ver de dónde sacarían los recursos para poner en marcha sus planes. Juntos llegaron a Santiago y se pusieron a conversar con los bancos, hasta que fueron oídos en el Chile. “Les explicamos la situación y les dijimos que necesitábamos un millón de dólares de ese tiempo, que era mucha plata. Después de mucho negociar, el banco nos prestó ese dinero en efectivo. Era una maleta llena de billetes, porque la compañía ni siquiera tenía una cuenta corriente, así que tuve que llevarlo muy sujeto en el viaje de ida al sur”, recuerda Cifuentes, que se hizo cargo del 23% de la nueva empresa de la que es hasta hoy gerente general. El otro 77% quedó en manos de Fernández, que ha sido presidente de la firma desde esos días.

La fecha en que el banco les prestó los recursos quedó muy grabada en el recuerdo de ambos: el martes 13 de mayo de 1980. Por eso es que para ellos los días 13 no tienen esa connotación negativa de la que todos los supersticiosos huyen.

De novedad a hazmerreír

Con el dinero conseguido se echaron a la tarea de sacar adelante la nueva compañía. Lo primero que hicieron fue pagar los sueldos de sus empleados, a los que ya adeudaban tres meses, y luego cancelaron algunas cuentas pendientes de distintos insumos. El dinero no les alcanzó para mucho, de modo que otra vez tuvieron que partir al banco, que nuevamente les facilitó recursos para comprar el primer barco pesquero.

Se trató de una embarcación peruana, con una capacidad de 350 toneladas, tres veces más que el tamaño de los barcos que tenían. Lo bautizaron como Collén –como el río que pasaba a un costado de sus instalaciones de entonces en la VIII Región– y hasta hoy día lo siguen usando, aunque en sus operaciones de Iquique.

El comienzo fue nefasto. Todas las expectativas que tenían puestas en la nave casi se van al fondo del mar con la primera pesca y, de ser toda una novedad para la época, por sus dimensiones, el buque se transformó en el hazmerreír de todos, pues apenas logró capturar 54 peces.

Fue necesario cambiar las redes y al capitán (por uno chileno) para que el segundo viaje se transformara en la carta de triunfo. Y lo hicieron, porque la embarcación regresó completamente llena de pescados y la planta harinera que habían arrendado estuvo más de una semana procesando la captura.

Tan bien les fue en los años siguientes, que para el 83 ya habían adquirido un total de cinco barcos de mayor emplazamiento. Todos, peruanos. A fines de ese año transformaron su propia planta en una para producir harina de pescado, y al año siguiente vino la compra de una nueva nave, esta vez europea. En el 84 ya habían logrado facturar 10 millones de dólares al año, cifra que a comienzos de los 90 se quintuplicó, gracias a que se volcaron al cultivo de salmones y, luego, al de ostiones y abalones. Eso, sin mencionar que adquirieron una decena de empresas en los distintos rubros.

Así fue como llegaron al nuevo siglo: completamente diversificados y transformados en la primera exportadora de productos del mar chilena, con una facturación que en 2008 superó los 400 millones de dólares.

Otra vez en crisis

La convulsión sanitaria provocada por el virus ISA sobre toda la industria salmonera los pilló totalmente desprevenidos. Como a todos, en verdad. Fernández y Cifuentes explican que para ellos fue particularmente difícil, porque acababan de finalizar un plan de inversiones por 200 millones de dólares sólo en el área de salmones.

Con esos recursos habían alcanzado un peak de producción en torno a las 50 mil toneladas y esperaban seguir creciendo raudamente en los años siguientes. Ya eran el tercer productor nacional (detrás de AquaChile y Marine Harvest) y todo se les escapaba de las manos.

Por eso, tras un difícil lapso 2009 y 2010, en que el grueso de sus ingresos por 255 millones de dólares venía de la pesca y los otros cultivos, decidieron paralizar completamente la producción de salmones y echarse a la tarea de resolver el intrincado puzzle en que se encontraban. Así fue como se supo que estaban negociando parte de la propiedad del área de salmones; donde incluso conversaron con el grupo Luksic, cosa que no funcionó por diferencias en la valorización.

El camino siguió entonces con la idea de la apertura bursátil en marcha, la que les permitirá mantener una parte mayoritaria de la compañía y allegar una cantidad importante de recursos para recuperar el terreno perdido. Porque, claro, la confianza en que esto remontará en el mediano plazo siempre ha estado.

De los 250 millones de dólares que vendrán por la apertura, 100 pasarán directamente a cubrir parte de los 280 millones que adeudan actualmente. El resto se usará para poner en marcha nuevos centros de cultivo, pues sumarán 19 a los 27 que tenían funcionando, con el objetivo de incrementar la producción de salmones en un 20% respecto a los mejores tiempos; es decir, alcanzar en el mediano plazo unas 60 mil toneladas. El resto de los recursos será destinado a la compra de alimento para los peces, porque estos animales tardan aproximadamente un año y medio en alcanzar la maduración requerida para la cosecha.

Fernández dice que el ordenamiento sanitario que se le está dando al sector, con barrios que producirán y descansarán al mismo tiempo, es una herramienta de seguridad para la recuperación de la salmonicultura chilena. Por eso, ve muchas oportunidades; sobre todo, considerando que la demanda actual está por encima de la producción, tras la caída que experimentó Chile como segundo productor mundial (de 700 mil a 500 mil toneladas anuales) y la decisión de Noruega –el primero– de no continuar entregando concesiones ahora que alcanzaba el millón de toneladas de producción anual.

“No me atrevo a hacer un pronóstico muy exacto, pero la tendencia es que crezcamos más en salmones. Creo que esa área va a pasar a ser el 60% de nuestra facturación de aquí a unos cuatro años. Pero es difícil saber, porque estará muy ligado a lo que ocurra con los precios, que se han mantenido altos ahora por la menor producción chilena”, explica Cifuentes.

Pese al difícil momento, y aunque esperaban alguna vez ceder parte de la propiedad al mercado, ambos socios se muestran orgullosos de lo que han construido y del equipo que los apoya, en el que ya hay tres hijos de Fernández en distintos cargos ejecutivos. Sentencian que la clave del éxito de Camanchaca está en la perseverancia… y la historia parece darles la razón.

Pesca revuelta
Una lid en la que habrá bastantes batallas en los próximos años es la pesca, donde Camanchaca ocupa un sitial importante, sólo detrás de Corpesca, ligada al grupo Angelini. Primero, por lo que sucederá con las cuotas para 2010, donde se está proponiendo disminuirlas casi a la mitad; y luego, con la ley que sucederá a la que caduca en 2012 y que constituye la fuente de las grandes inversiones que hizo el sector durante la década pasada.

Camanchaca tiene operaciones a lo largo del país, con cuotas de captura en torno al 17% del jurel en el norte y del 10% de esa especie en el sur, la que dedica en gran parte a la producción de harina y aceite de pescado.

Puntualmente, este año la pesca se ha movido en aguas turbulentas. Sobre todo, en el sur, tras el terremoto. Fernández cuenta que en los días posteriores al tsunami desapareció una gran parte de los peces en el mar, lo que llevó a que las empresas no pudieran este año cumplir el total de las cuotas asignadas. Por eso, advierte que no hay que tener en cuenta los datos de este año para establecer las capturas del próximo, sino más bien mirar lo que pasó en 2009, cuando todo fue más normal.

Para lo que se establezca como ley de pesca a partir de 2012, estos empresarios no son partidarios de que se dictamine una licitación de los derechos porque, dicen, esto no se ha aplicado en ninguno de los grandes países pesqueros del mundo. Además, sostienen que el sistema actual de asignación de cuotas ha resultado muy beneficioso para el desarrollo de la industria en Chile, considerando que se redujeron las altas y desordenadas capturas de hace dos décadas, se mejoraron las exportaciones y se desplegaron millonarias inversiones.

Creen que el modelo actual serviría para mantener ordenada una industria que crecientemente está volcándose a la producción de mayor valor, orientada al consumo humano.