Cristián Larroulet, Jorge Schaulsohn y Joaquín Lavín: la Coalición por el Cambio en su primera actividad internacional. Una conversación sobre democracia y liberalismo con la protesta chavista de fondo.

 

  • 9 junio, 2009

 

El paradisíaco clima de Caracas se enrarece bajo las pasiones que despiertan el chavismo y su revolución bolivariana. Los medios de comunicación se convierten en trincheras y la población se pregunta cómo terminará toda esta vaina. En medio de este panorama, tres integrantes de la recién estrenada Coalición por el Cambio visitan la ciudad para hablar de consenso en un país dividido. Por Guillermo Turner, desde Caracas.

¿Cuándo comenzó el ascenso de la izquierda en la región?”, se pregunta José Natanson. Y el periodista argentino aventura una respuesta: “quizás todo partió el 4 de febrero de 1992, en Caracas, exactamente a las 10:30 de una radiante mañana de sol, cuando un militar corpulento y moreno, con la boina roja perfectamente terciada y un tono de voz firme y tranquilo, apareció ante las cámaras de televisión para instar a la rendición a sus compañeros golpistas”.

Hugo Chávez Frías explicó las razones por las que –“por ahora”– resultaba imposible derrocar a Carlos Andrés Pérez, pero ese minuto con doce segundos fue suficiente como para convertirlo en la aparente nueva esperanza para la desgastada democracia venezolana. Siete años más tarde, sucedería en el poder al presidente Rafael Caldera, tras vencer en los comicios electorales con un abrumador 56,20% de los votos.

“Yo voté por él, pero me arrepiento. Lo que más me molesta es que siento que insultó mi inteligencia”, comenta Henry, el chofer del auto que me transporta a la sede de Globovisión, el canal de televisión que por estos días concentra toda la furia del gobernante venezolano en contra de los medios de comunicación privados.

Probablemente, no es el único que se arrepiente. En el último plebiscito el rechazo a la reelección permanente de Chávez superó el 45%, mientras que varias de las alcaldías más importantes del país están ahora en manos opositoras. Henry forma parte de los 18.000 trabajadores de la estatal PDVSA que fueron exonerados a fines de 2002 por participar de la huelga que siguió al golpe que colocó al dirigente empresarial Pedro Carmona en la presidencia de la República por espacio de dos días. “Fue un error. Tomaron medidas altamente dictatoriales y eso no es admisible”, explica.

Epicentro de esa desventurada intervención cívico-militar fue la plaza de Altamira, en la alcaldía de Chacao, la misma que –coincidencias de la historia– hace un par de semanas volvió a ser testigo de las fuertes diferencias que dividen a la sociedad venezolana: decenas de manifestantes, de uno y otro lado, convocados frente al hotel Caracas Palace, a propósito de un encuentro de intelectuales liberales organizado por el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad (Cedice).

Mario Vargas Llosa y su hijo Alvaro, Jorge Quiroga, Ricardo López-Murphy, Jorge Castañeda y Enrique Krause integraron un elenco que provocó la indignación del mismo Chávez y del potente aparato comunicacional oficialista (“pseudos intelectuales”, los calificaría el conductor de La Hojilla, el polémico programa de Venezolana de Televisión que se encarga cada tarde de promover la imagen presidencial y denostar a la oposición). Chile
también estuvo representado en la ocasión, y de forma inédita: con la primera actividad internacional de la Coalición por el Cambio, con Joaquín Lavín, Cristián Larroulet y Jorge Schaulsohn entre los oradores (“dos joyitas pinochetistas” y un “socialista de los de ahora”, añadiría Tribuna Popular).

En todo caso, un escenario más que propicio para analizar los caminos de la Coalición, los logros de Chile en materia política y social y las dificultades que enfrenta el discurso liberal cuando se trata de ganar elecciones. “Estamos aquí porque hemos venido a respaldar al pueblo venezolano en su lucha por conservar la democracia”, dice Schaulsohn, con la música y los gritos de fondo que aporta el bullicioso grupo de manifestantes chavistas.

 

El próximo objetivo

 

Pero volvamos a Globovisión. Ubicadas en la zona de Alta Florida, en Caracas, unas instalaciones para nada fastuosas y extremadamente protegidas. Las murallas fueron elevadas para evitar las molotov. Rayados en sus paredes dan cuenta de que estamos ante el icono de la división venezolana. “¿Cómo funciona eso de la ley de acceso a la información?”, me pregunta William Echeverría, presidente del Colegio Nacional de Periodistas de Venezuela y conductor de un espacio de entrevistas. Se impresiona ante el alcance de la nueva normativa vigente en Chile. “Acá intentamos conocer el sueldo de los diputados pero se nos dijo que era información estratégica”, añade.

Chávez amenaza con cerrar el canal, tal como lo hizo hace exactamente dos años cuando negó la renovación de concesión a RCTV. Paralelamente, las autoridades se esfuerzan en demostrar los supuestos negocios irregulares del presidente de Globovisión, Guillermo Zuloaga. Lo acusan de triangular automóviles para venderlos a un precio mayor del sugerido por los organismos centrales. Zuloaga dice que se defenderá en tribunales, pero da lo mismo, en La Hojilla ya lo bautizaron de mafioso.

RCTV ahora transmite por cable y la penetración de la TV pagada se ha triplicado en menos de dos años. Globovisión también podría terminar integrando la grilla privada. Por eso el gobierno patrocina un proyecto que le permitiría regular esos contenidos y hacer responsable a las cableoperadoras por lo que comercialicen. Conseguir su aprobación no le será difícil. El oficialismo controla la Asamblea Nacional, luego de que la oposición optara por
abstenerse de participar en las elecciones legislativas (una decisión que hoy sus líderes lamentan).

Dicho sea de paso, no es el único proyecto que divide y mantiene alerta a los venezolanos. También está el que quita a los padres la patria potestad de sus hijos a partir de los 3 años. “La patria potestad de las personas menores de 20 años de edad será ejercida por el Estado”, dice la iniciativa legal. Y añade: “todo menor de edad permanecerá al cuidado de sus padres hasta tanto cumpla la edad de 3 años, pasados los cuales deberá ser confiado para su educación física y mental así como para capacidad cívica, a la Organización de Círculos Infantiles”. Obviamente, un organismo fiscal.

 

El ejemplo chileno

 

Las opciones de la oposición venezolana son, a todas luces, limitadas. Quizás si el precio del petróleo hubiese continuado su caída habría provocado el derrumbe del estado de regalías impuesto por Chávez. Con el precio de la bencina más bajo del mundo (en torno a los 0,0045 dólares el litro de 95 octanos) y una merma en su capacidad productiva, PDVSA ha perdido fuerza como la “vaca lechera” del gobierno central, pero aún parece capaz de sostener a la revolución bolivariana.

Curioso, esto del culto a Bolívar. Un graffiti en la calle lo coloca en medio de La Última Cena, como apóstol en compañía del Che Guevara, Marx, Mao, Lenin y otros notables de la historia socialista. Pero fue el mismo libertador el que en 1815 advirtió que “nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo al mismo ciudadano en el poder”. En 2012, Chávez completará trece años como presidente y todo indica que no le hace el quite a una nueva reelección.

Así las cosas, la poco estructurada oposición venezolana mira con envidia el proceso que llevó a la Concertación chilena a reemplazar al gobierno militar. Les atraen la capacidad de lograr acuerdos más allá de las diferencias individuales, así como la posibilidad de llegar al poder de forma pacífica. Antonio Ledezma, el alcalde metropolitano de Caracas (elegido democráticamente, pero coartado en sus atribuciones por medidas del propio Chávez), lo explica: “el modelo chileno es un espejo para mirar. Cuando uno lee el capítulo que ustedes han escrito, encuentra muchas semejanzas, hasta en los pleitos para decidir quién hablaba en la tribuna o las desavenencias triviales para ver quién se sentaba en la primera fila. Esos escollos deben colocarse de lado, para dar preeminencia a lo medular, que es poder concatenar un esfuerzo que tenga objetivo y metas definitivas”.

No es lo único, en todo caso, que esperan de Chile. Los dirigentes opositores venezolanos, los mismos que en el pasado auxiliaron a parte importante de los exiliados políticos del régimen de Pinochet, se sienten ahora abandonados. “Hemos estado ayunos de una solidaridad oportuna y digo eso porque no queremos palmaditas de pésame. Porque después de que se derrumbe la democracia y se termine de liquidar el sistema de libertades, nada ganamos con que nos manden un cablegrama diciendo que lamentan mucho la muerte de la democracia venezolana. Queremos una solidaridad oportuna, como también Venezuela la puso al servicio de los países y pueblos que eran víctimas de la acechanza de regímenes totalitarios”, añade Ledezma.

-¿Sienten que en Chile no se les está devolviendo la mano?

-“Sentimos que la mano no está tan cerca en el horizonte como debería asomarse”.

Al mismo Jorge Schaulsohn le sorprende: “lo que llama la atención no es que estemos nosotros aquí, es que no haya nadie de la Concertación”.

 

 

Venezuela y la nueva UP

 

Opina Schaulsohn: “la tensión en Venezuela es calcada de la que existía en Chile entre el año 70 y el 73. Uno percibe la misma polarización, la gente muy politizada, una odiosidad a flor de piel, intolerancia y ambiente confrontacional. No hay amistad cívica en Venezuela, como tampoco la había en Chile en ese momento”.

Coincide Lavín: “a uno le recuerda el Chile ideologizado del pasado, cuando la política era el único tema y la sociedad estaba fracturada y esa fractura llegaba incluso al interior de las familias, al almuerzo de los domingos. En Chile vivimos eso y sabemos que no termina bien. Hoy la política es diferente. Uno puede tener alguna discrepancia, pero siempre respetando dos principios: nunca hacer ataques personales y mantener la amistad cívica”.

Ratifica Larroulet: “para los chilenos hoy no hay clara conciencia del proceso que está viviendo Venezuela y es bueno para ilustrárselos que se asemeje con el ambiente que existía en la época de la UP. Vargas Llosa dijo en el seminario que este país va camino a una dictadura como la cubana. Estoy seguro de que los chilenos no se lo imaginan, pero esa es la realidad”.

-¿No hay responsabilidad compartida en la generación de las condiciones que propiciaron la irrupción de Chávez?

-Lavín: “en esto de las responsabilidades compartidas hay que ser justos. Chávez llegó por algo. La sociedad venezolana venía viviendo problemas de antes, que probablemente tenían que ver con el desprestigio de los actores políticos, con la corrupción, con que a lo mejor la gente más preparada de Venezuela no se dedicó al servicio público. Todo ello posibilitó la llegada de una persona como Chávez”.

– Schaulsohn: “pero hay un problema más de fondo y es que el sistema democrático, que es un juego de mayorías y minorías, no está hecho para que la mayoría le pueda cambiar el sexo al país porque tiene 15% o 20% más que su contraparte. Por eso en el mundo lo único que funciona y es compatible con la democracia es el socialismo evolutivo, el socialismo democrático. Pero un proyecto de socialismo revolucionario, como el de Chávez, como en el que también derivó la Unidad Popular, termina chocando con la democracia”.

 

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-A propósito de la comparación con nuestro país, la oposición venezolana reclama por el pasivo rol del gobierno y los políticos chilenos frente a su situación interna.

-Schaulsohn: “la única solución que tiene el conflicto político y social que hay en Venezuela es a través de una intervención, en el buen sentido de la palabra, de la comunidad internacional. No en el sentido de decir a los venezolanos cómo deben administrar su economía, porque ese es un asunto absolutamente interno. Pero sí en trazar una raya que no se puede cruzar y que tiene que ver con el respeto de los valores fundamentales de la democracia, de las reglas del sistema democrático, del Estado de derecho y de los derechos humanos. Y si la comunidad internacional no lo hace –y con eso quiero decir América latina, Estados Unidos, la Unión Europea– la democracia se va a terminar en Venezuela”.

-Lavín: “en Chile no existe conciencia de lo que realmente está pasando en Venezuela. Yo no tenía idea. Conocemos a Chávez a través de los medios de comunicación y nos parece un personaje hasta simpático, carismático, con muchas habilidades comunicacionales, pero lo que realmente está ocurriendo al interior del país es desconocido. Acá uno de se da cuenta de cómo las políticas sociales y económicas han ido asfixiando las libertades de todo tipo. Y ese proceso avanza a una velocidad que en Chile no imaginamos”.

-Schaulsohn: “dentro de la comunidad internacional los que están especialmente en deuda con la democracia venezolana son aquellos países que tienen gobiernos denominados progresistas: Chile, Argentina y Brasil, que han tenido una actitud muy indiferente frente a los atropellos que está cometiendo el gobierno venezolano en materia de libertades públicas. Casi cómplices. Y para países que han sufrido en carne propia los abusos de los derechos humanos, eso es inaceptable. Chile tiene un papel que jugar y no lo hace. Eso, al final, es una marca negra en nuestra política exterior”.

 

 

Concertación para el siglo XXI

 

Schaulsohn, Larroulet y Lavín llegaron juntos a Caracas. El ex candidato presidencial cuenta que recibió en el aeropuerto la advertencia de abstenerse de formular comentarios políticos, tal como antes le había ocurrido al mismo Vargas Llosa. En definitiva, la mejor publicidad a la que podían aspirar los organizadores del encuentro liberal.

Más desapercibida pasó la trascendencia de ver a este trío actuando en conjunto. La Coalición por el Cambio en su primera actividad internacional y un ex diputado de la Concertación exponiendo en un seminario que auspiciaban instituciones tan reconocidamente liberales como el instituto CATO y la Fundación Atlas. “Lo que está pasando en Venezuela es que ese concepto básico de la democracia –que gobierna una mayoría con respeto de la minoría– está en peligro. Por eso tiene mucho valor que estemos aquí un grupo de personas que viene de orígenes distintos, pero que hoy estamos en un proyecto común”.

El comentario es de Cristián Larroulet y sirve de base para que el ex diputado PPD aborde los objetivos de esta nueva alianza tras la candidatura de Sebastián Piñera. “Para mí, la Coalición por el Cambio es la Concertación para el siglo XXI. La base de nuestro acuerdo es un programa de gobierno que vamos a implementar si ganamos la elección. Tal como ocurrió en su momento con la Concertación, no hicimos que los integrantes de la Coalición dejen de pensar como pensamos. Es una convergencia que se construye sobre la base del respeto de nuestras diferencias”.

Prosigue: “llevamos casi 20 años de gobierno de la Concertación. El 96% o más de las leyes en el Congreso se han aprobado con los votos de la Concertación y la Alianza por Chile. Son muy pocas las iniciativas de trascendencia en materia económica, social y política que han sido votadas de forma dividida. Más que una redefinición de los fundamentos de la política económica, el principal problema de nuestro país tiene que ver con la gestión del aparato público. Ahí están la corrupción, el apitutamiento, la cooptación del aparato público para pagar favores políticos, la ineficiencia. ¿Cuál es el principal opositor que ha tenido siempre la Concertación? El mismo partido con el cual está haciendo un pacto parlamentario: el Partido Comunista”.

 

Cuestión de estereotipos

 

Mientras conversamos en el restaurante del Caracas Palace se escuchan de fondo los infatigables cánticos de la protesta chavista en plena plaza Altamira. También, la transmisión con altoparlantes de una nueva emisión del programa Aló presidente sirve para calentar el ambiente. “Me importa un comino lo que diga el mundo”, dice el comandante y exige la actuación de la Corte Suprema para que intervenga las operaciones de Globovisión, “o tendré que actuar yo”.

Es la segunda emisión de una maratón de Aló presidente anunciada por el mismo Chávez. La estadística confirma la afición del mandatario por las pantallas: 1.877 cadenas nacionales desde que asumió el mando, equivalentes a 50 días sin interrupción. ¿Duración? 88 minutos en promedio, con un record de 7 horas en enero. ¿Audiencia? La caída del encendido en estos episodios varía entre el 10% y el 40%. De paso, tiene a las estaciones privadas con serios problemas económicos. “Las cadenas se avisan a último minuto, no tenemos conocimiento de cuánto durarán y, obviamente, no podemos emitir publicidad”, comenta un ejecutivo de TV.

Los manifestantes de la plaza Altamira distribuyen panfletos para desacreditar a los expositores del seminario. “Ideólogo del fascismo en América latina, vocero de la derecha internacional, peón del imperio norteamericano”, dice el currículo de Mario Vargas Llosa. Derechista, impulsor del capitalismo y otras tantas generalidades le atribuyen a Jorge Quiroga. Panfleto en mano, el ex presidente de Bolivia me comenta que no le parece un insulto.
A la mesa que compartimos con Lavín, Larroulet y Schaulsohn se acerca un joven venezolano. “Perdón, pero escuché su conversación y quiero agradecerles que hayan viajado hasta mi país”. Se llama Luis Eduardo Martínez y formó parte del movimiento estudiantil que en 2007 se levantó en contra del cierre de RCTV. “Lo más organizado y serio en lo que a movilización anti Chávez se refiere”, me comenta una diplomática extranjera asistente al encuentro.

Salimos a la calle para tomar fotografías. Los representantes de la Coalición por el Cambio, frente a frente, con los manifestantes chavistas. “Imperialistas”, les gritan. La temperatura se va elevando, al punto que unos angustiados guardias nos piden que volvamos al hotel. “Ustedes son unos provocadores”, dice en broma Enrique Krause.
¿Problema de popularidad? “Lo que ocurre es que hay una gran caricatura del mundo liberal”, responde a Capital el propio Vargas Llosa.

 

-¿Pueden las ideas liberales ganar elecciones populares?

-Lavín: “una cosa es el lenguaje y otra, la realidad. Si miras América latina, las ideas de la libertad política y económica están presentes. Quizás, y esta es una opinión muy personal, a las ideas de la libertad o a la centro derecha latinoamericana les ha faltado abrazar más la causa social, el combate a la pobreza y la desigualdad. En las sociedades latinoamericanas existe esta impresión de la gente: derecha son los ricos y defiende a los empresarios, mientras que izquierda son los pobres y defiende a los trabajadores. Esa barrera mental se insertó en la cultura latinoamericana por décadas y, aunque cueste, hay que romperla. En países como Chile esa barrera se ha roto”.

En opinión del ahora candidato a senador por la V Región, el mejor ejemplo de ese cambio en nuestro país lo representa la propia Coalición. “Se trata del primer intento serio de algo que muchos antes calificábamos como un sueño: que los alineamientos políticos del pasado, que tenían que ver con el Sí y el No a algo que ocurrió hace 35 años, definitivamente se rompieran”.

 

Aquí también hay revoluciones

Hugo Chávez contó en una entrevista que a mediados de los años 80 propuso incorporar el concepto revolución al movimiento que lideraba al interior del Ejército venezolano. “Lo que perseguíamos era eso: una revolución, una transformación política, social, económica y cultural inspirada en el planteamiento de Bolívar”.

Otra vereda. Otra óptica. Otro objetivo. Pero Lavín también estima que el país requiere una revolución: “Chile está en una encrucijada en el sentido que durante todos estos años, y por razones obvias, ha privilegiado la estabilidad. El sistema binominal apunta a eso, el período presidencial de cuatro años apunta a eso, toda la institucionalidad chilena está diseñada para dar estabilidad. Y eso tiene un problema, porque a veces dificulta la innovación, la audacia, la posibilidad de grandes cambios y yo siento que hoy Chile no sólo necesita un cambio en gestión, sino que necesita pequeñas o grandes revoluciones al interior de ciertos sectores. Por ejemplo, en el plano educacional, en modernización del Estado, en descentralización. También una revolución política, en ideas, caras, en renovación”.
A su juicio, algo de eso ya está ocurriendo. “Que una persona como Marco Enríquez proponga privatizar el 5% de empresas públicas es nuevo. Chile requiere una legislación, por ejemplo, respecto al sistema de primarias. Estas revoluciones requieren una masa crítica que, creo, se está generando. Estamos viviendo el comienzo de una nueva época”.

Interrumpe Schaulsohn: “déjame decirte por qué me cabrié con la Concertación”, “porque dejó de tener discurso para el mundo emprendedor y se transformó en una coalición política asistencialista. Y ese ha sido el sello del gobierno de Michelle Bachelet: repartir lo que construimos en tiempos de vacas gordas, pero no crear un ambiente que promueva el emprendimiento. Si sumas a ello un Estado ineficiente, la combinación no augura un futuro muy promisorio, salvo que se produzca un cambio. Por eso la Coalición es importante y por eso la Concertación no debe seguir gobernando. La Concertación está obsesionada con los viejos y tiene muy poco que decir a los jóvenes”.
Caminos revolucionarios con distintos destinos. “No hay duda alguna de que la deriva del gobierno venezolano lo acerca cada vez más a una dictadura comunista”, dice Mario Vargas Llosa a las cerca de 800 personas que repletan el foro de Cedice. El público aplaude de pie. Afuera, La Hojilla acusa a la oposición de tener que “importar” intelecto ante la falta de exponentes internos. Los medios de comunicación convertidos en trincheras y la más completa falta de diálogo y respeto mínimo entre las partes. ¿En qué terminará esto?

 

 

 

Mario Vargas Llosa
“¿No es maravilloso que en Chile no importe quién gane las elecciones?”

“No entiendo, la verdad. Es un tipo de intimidación que si en algún país es inaceptable es en la tierra de Bolívar, desde donde salieron los ejércitos a luchar por la libertad de América latina”. Mario Vargas Llosa, el escritor y ex candidato presidencial peruano, no parece molesto ni exaltado. Soportó un buen tiempo de espera en el aeropuerto de Caracas, mientras los guardias revisaban sus objetos personales y le advertían sobre los límites de su actuar en el país. “No creo que esto contribuya a mejorar la imagen de Venezuela en el mundo. Más bien, estos gestos confirman los temores que hay entre la comunidad democrática sobre la libertad en Venezuela”.

Los panfletos chavistas lo califican como el “vocero de la derecha internacional”. Es parte de la “caricatura” que afecta al liberalismo, responde el autor de Conversación en la Catedral.

-El liberalismo ha tenido un problema con los economistas, que han llegado a sostener que todo el problema social se reduce a la libertad de mercado. Esa es una aberración monstruosa. Una negación de la gran tradición liberal. Los liberales siempre han creído en valores, en ideas, como fuente de toda gran transformación social. Adam Smith, el padre del liberalismo, fue un profesor de moral. Cuando uno lee a los clásicos del liberalismo, todos son grandes moralistas, con una enorme preocupación por los valores éticos, por la consistencia ética de las conductas.

-A propósito de Venezuela, ¿no debería Chile asumir un rol más activo en defensa de la democracia y los derechos de las personas?

-Debería, debería. Lo que pasa es que yo creo que Chile ya despegó. En cierto sentido, Chile ya no forma parte de América latina. Está mucho más cerca del primer mundo que del tercero.

-Pero el vecindario también importa.

-Sí, ojala se preocuparan, pero lo que ha ocurrido es eso. Los chilenos tienen un tipo de preocupaciones que ya no son las del resto de América latina. Chile ha despegado. Tiene unos consensos que no hay en ninguna parte de la región, sobre un modelo político y un modelo económico, y esos consensos son los que le han dado a Chile el dinamismo que está detrás de su notable progreso. ¿No es maravilloso que en América latina podamos decir de un país como Chile que no importa quién gane las elecciones? ¿Qué es lo que va a cambiar? Quizás cosas pequeñitas, pero lo fundamental no cambiará y eso es lo que les ha dado el progreso que tienen. Y eso, hasta ahora, no se ha podido decir nunca de ningún otro país latinoamericano. Creíamos en el pasado que se podía decir de Uruguay, pero no era verdad. En el caso de Chile, en cambio, creo que es verdad. Si me preguntan sobre un país que, a mi juicio, ya no va a dar marcha atrás, yo respondería: Chile. Puede haber cambios, pero en lo fundamental –la cultura democrática- ya rompieron el punto de no regreso y eso es lo mejor que se puede decir de un país.