¿Aburrido del turismo empaquetado? Pruebe una experiencia alternativa y purificadora: a Santiago de Compostela, como un peregrino más, montado en bicicleta y por una de las rutas menos frecuentada. Son más de 800 kilómetros, pero el esfuerzo vale la pena, como lo comprobó Capital. 

  • 4 abril, 2008

 

¿Aburrido del turismo empaquetado? Pruebe una experiencia alternativa y purificadora: a Santiago de Compostela, como un peregrino más, montado en bicicleta y por una de las rutas menos frecuentada. Son más de 800 kilómetros, pero el esfuerzo vale la pena, como lo comprobó Capital. Por Miriam González Tamayo; fotos, Koldo Blanco y Miriam González.

 

Todos los caminos llevan a Santiago, y hay tantos caminos como caminantes. Así dicen los peregrinos y tienen razón, porque rutas para llegar a Santiago de Compostela, en la comunidad de Galicia, hay varias. La más popular es el Camino Francés, pero siempre vale la pena probar las alternativas, que pueden ser la Ruta de la Plata, la Ruta del Norte y el Camino Aragonés, como lo hicimos nosotros montados en nuestras bicicletas.

 

Esto de pedalear no nace exclusivamente de un afán deportivo, de ahorro o de aventura. Para obtener la codiciada Compostela, el pergamino que se entrega al término del viaje y que certifica la absolución de los pecados para los cristianos, la exigencia es clara: al menos los últimos 100 kilómetros de la ruta deben concretarse caminando, cabalgando o en bicicleta.

 

Nosotros iniciamos nuestro viaje en la estación de Canfranc, ubicada en pleno corazón de los Pirineos, en la aragonesa Huesca, donde comienza este menos frecuentado Camino Aragonés. A 845 kilómetros de Santiago y premunidos del distintivo de los peregrinos (conchas de vieiras –ostiones– que cuelgan del cuello o llevan en sus pertenencias) comenzamos un viaje que completaríamos en trece días.

 

Para empezar, un sendero pedregoso que va descendiendo por los faldeos del Pirineo. Ubicarse es sencillo; basta seguir las flechas amarillas que acompañan todo el viaje, ya sea pintadas en rocas, en árboles o levantadas con un montón de piedras.

 

Durante este tramo se avanza en solitario por los caminos y carreteras de las sierras prepirenaicas de Navarra. Para descansar un rato y conocer: el Monasterio de Leyre, aunque sea necesario desviarse de la ruta principal y tomar la carretera para recorrer los cuatro kilómetros de ascenso hasta el monasterio; esfuerzo compensado por el hermoso paisaje y por lo bien conservado del edificio, que aún acoge a los monjes.

 

Timbramos nuestras credenciales de peregrinos, para recordar la visita, y continuamos hasta uno de los hitos del camino: Eunate y su iglesia octogonal atribuida a la orden del Temple. Una construcción perfecta y sencilla en su interior, en el que acoge una simple capilla. A pocos kilómetros, el Puente la Reina donde se unen el Camino Aragonés con el Camino Francés. A partir de este hito, ambas rutas se integran.

 

Nos encontramos en pleno Valle del Ebro, con más lugares para visitar: el Monasterio de Irache y la Fuente del Vino, donde –por supuesto– no falta el viajero que rellena su cantimplora con el vino que emana de la mismísima fuente.

 

Y si quedó corto, no se preocupe, porque pronto iniciará el ingreso a la tierra del vino, La Rioja. Una recomendación, fruto de la experiencia: es conveniente salir muy temprano para avanzar los trayectos más largos durante la mañana, evitando así las altas temperaturas del mediodía y la tarde. Así lo hicimos nosotros para llegar pronto a Logroño donde, además de visitar la Catedral y la Iglesia de Santiago, reparamos y ajustamos los cambios de las bicicletas, que ya habían recorrido unos nada despreciables 230 kilómetros.

 

 

 

La Sierra del Duero

 

 

Atravesamos la Sierra del Duero (La Rioja) en un solo día, pasando la noche en un pequeño poblado de Castilla y León: Azafra, donde según muchos peregrinos está el mejor albergue municipal del camino, totalmente equipado, cómodo, seguro y limpio y a un costo de sólo 4 euros.

 

A partir de ese momento nos adentramos en un paisaje totalmente distinto, marcado por grandes y extensas llanuras, donde prima el cultivo de cereales y se concentran los mayores hitos arquitectónicos y religiosos del camino, como son Santo Domingo de la Calzada, con su catedral románica, y el antiguo hospital de peregrinos. En el interior de la iglesia yacen los restos del Santo y se ubican en su honor, una gallina y un gallo blancos. Dato relevante porque, según la tradición, el peregrino, que escuche el canto del gallo tendrá buena suerte. Más adelante, atravesando los Montes de Oca, hallamos el sepulcro de San Juan de Ortega, Abad discípulo de Santo Domingo y hospitalario. Fenomenal la hospedería, atendida por José María Alonso, famoso tanto por su hospitalidad como por sus sopas de ajo.

 

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Una de las ciudades más importantes del camino es Burgos, que llegó a contar con más de 30 hospitales de peregrinos. Atravesamos la ciudad llegando a la puerta de Santa María, una de las doce que formaban parte de la muralla medieval que rodeaba a la ciudad, siendo actualmente la antesala para visitar una de las representaciones más logradas del arte gótico: la Catedral de Burgos. Iniciada en 1221 sobre un edificio románico, cuenta con innumerables obras de arte barroco y renacentista, además de tener un claustro y un museo; este último, con una gran colección que incluye documentos históricos, como el archivo de don Rodrigo Díaz, El Cid, en el que hereda sus tierras a su esposa Doña Jimena. Ambos yacen enterrados en la capilla mayor de la Catedral.

 

 

 

Monasterios

 

 

Seguimos la ruta que nos lleva por los verdes parajes de Burgos hasta Castrogeriz, donde pasaremos por debajo del arco ojival perteneciente a los restos del Convento y Hospital de San Antón, de la orden de los Antonianos. Los frailes fueron célebres por sanar y dar protección a los peregrinos utilizando la Tau (escapulario con la forma de la letra T). Continuamos por la ruta y durante un gran trayecto iremos en paralelo al canal de Castilla hasta Fromista, donde hallaremos una de las más bellas iglesias románicas, la de San Martín. Desde acá continuamos por los campos, pasando por pequeños ciudades y poblados, hasta llegar a la entrada de Sahagún, donde nos encontramos con el desaparecido monasterio de San Benito, de la orden de Cluny.

 

El camino prosigue por lo que podríamos llamar una estepa cerealista, pasando por Burgo Ranero, Reniegos, Mansilla de las Mulas hasta León, donde conviene llegar temprano para disfrutar de los atractivos de esta ciudad que conserva, en gran parte, las murallas medievales que la hicieron famosa. Imposible no visitar su Catedral, una edificación gótica célebre por su conjunto de vitrales que ocupan 1.800 m2, y considerados uno de los mejores en su tipo. Las vidrieras dan un hermoso juego de luz en un día soleado; sobre todo, si es a primera hora de la mañana o al atardecer. Lo lamentable es llegar en un día nublado, porque nada de esto se podrá apreciar a cabalidad. Lo sabemos, porque así nos ocurrió. Para descasar y recuperar energías, nada mejor que visitar el Barrio Húmedo donde se encuentra gran diversidad de platos y tapas: ideal para almorzar.

 

 

 

Cruz de Ferro

 

 

A partir de ese momento, nos adentramos en un nuevo paisaje con mayor variedad, atravesando –casi a diario– una comarca nueva. La ruta prosigue en carretera por los campos leoneses que nos llevan hasta Hospital de Orbigo, que se destaca por poseer el más espectacular de los puentes medievales, aunque de sus ocho grandes arcos se mantienen en pie solamente cuatro y el arranque de otro. Este puente es conocido, además, porque en 1434 se libró aquí el célebre Paso Honroso, donde el caballero Suero de Quiñones –como demostración a su amada– decidió batirse a duelo con otros caballeros hasta romper 300 lanzas.

 

Proseguimos por la ruta casi en paralelo a la carretera hasta Astorga, e ingresamos a la comarca de la maragatería, que evoca en cierta forma las desoladas tierras aragonesas desde las cuales emprendimos el viaje. En este punto se nos une otra ruta, la Vía de la Plata, procedente de Andalucía.

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En Astorga destacan la Catedral, con sus tres estilos: gótico, renacentista y barroco; y el palacio episcopal, obra de Antonio Gaudí. La jornada continúa rumbo a la conquista de la Cruz de Ferro, para lo cual cruzamos los poblados maragatos de Castrillo de los Polvazares, El Ganso, Rabanal del Camino y Foncebadón, donde podemos disfrutar del encanto de sus calles empedradas, iglesia con espadañas, casas con techumbres de retama y paja (casas teitadas), y experimentamos algo del vivir maragato, una población aislada y endogámica.

 

En Foncebadón disfrutamos de una energizante sopa de ajo servida en jarra de greda y del cocido maragato, un contundente plato de carnes. Pero era necesario, porque lo que venía por delante era la ascensión al alto del Foncebadón, donde se alza la Cruz de Ferro a 1.510 metros: una sencilla y pequeña cruz que se eleva sobre un montículo de piedras, que ya en la época de los romanos era sitio de culto al dios Mercurio. La tradición, que cumplimos, dice que se debe colocar una piedra como ofrenda.

 

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A dos kilómetros de distancia, se encuentra el poblado de Majarín, donde reside un grupo de hospitaleros que se autoproclaman templarios, pero que más bien nos dió la impresión de un mercadillo de recuerdos.

 

Desde acá se inicia un serpenteante descenso que nos dirige a Ponferrada, sede del deslumbrante castillo de los templarios, en el casco antiguo de la ciudad. Retomamos, luego, la carretera de llenos por el Bierzo, zona montañosa que nos exigirá un mayor esfuerzo, para arribar a Villafranca del Bierzo, célebre en el camino por su iglesia de Santiago, con su Puerta del Perdón. Si está agotado, aquí hay una forma de poner término adelantado al viaje, porque la tradición dice que al cruzar la puerta, recibirá las indulgencias compostelanas el peregrino que, por enfermedad, se vea imposibilitado de continuar. El único detalle es que la última vez que se abrió fue en 1965, a un peregrino francés.

 

 

 

La verde Galicia

 

 

Dejamos atrás Castilla y León y entramos a Galicia, donde iniciamos un ascenso que nos llevará hasta una de las “joyas del camino”, el poblado de O Cebreiro, monumento etnológico que destaca por sus casas típicas: las Pallozas. Desde aquí nos enfrentamos a uno de los últimos retos del camino, el ascenso al alto del Poio, a 1.337 metros, el que logramos conquistar tras 20 kilómetros y que celebramos con una copa de vino en el bar que se ubica en plena cumbre.

 

Lo que viene a continuación es el sueño del ciclista: un extenso descenso hasta Triacastela y luego al monasterio de San Julián de Samos, todavía regido por monjes benedictinos y que dan albergue gratuito a los peregrinos, privilegiando a los caminantes.

 

A tan sólo 115 kilómetros de Santiago está Sarriá, lugar donde la mayoría de los peregrinos inician el camino, ya que corresponde a la distancia mínima que se pide para obtener la Compostela. Desde este momento el camino se convierte casi en una peregrinación colectiva. Cruzamos el río Miño y llegamos a Portomarin, poblado que, debido a una inundación, trasladó su asentamiento original, incluida la iglesia San Nicolás, que fue desplazada piedra por piedra al actual lugar.

 

Las tierras de Galicia se asemejan mucho al sur de Chile en vegetación y clima; predomina el verde y separa un poblado de otro. La recta final para llegar a Compostela está compuesta por Lavacolla y el Monte de Gozo. En Lavacolla los peregrinos solían asearse antes de ir al Santuario y desde aquí se iniciaba una carrera hasta el Monte de Gozo, el cual hoy en día es lugar de descanso y registro fotográfico, por estar a sólo cuatro kilómetros de Santiago.

 

 

 

Santiago: el final del camino

 

 

El fin de nuestro camino es coronado cuando entramos a la plaza del Obradoiro, donde contemplamos la Catedral de Santiago de Compostela, emplazamiento en que se habrían descubierto los restos del Santo a principios del Siglo IX. La Catedral, iniciada en estilo románico, tardó 150 años en construirse. Destacan la fachada del Obradoiro, la de la Azabachería y el majestuoso Pórtico de la Gloria.

 

La edificación muestra la presencia de Santiago en sus diversas facetas como Santo, Peregrino y Matamoros. En su interior se puede visitar la tumba que contiene los restos del Santo. Quienes tengan la suerte de peregrinar para el año del Jacobeo podrán presenciar uno de los símbolos del templo: el Botafumeiro, un gran incensario que recorre desde las alturas el crucero, como lo hiciese un péndulo. En el pasado, hacía las veces de ambientador para combatir o anular el mal olor de la muchedumbre de peregrinos. Los jacobeos podrán ingresar al templo por la puerta Santa o del Perdón, que se abre el año del jubileo, el cual recae cuando el 25 de julio es domingo; o sea, en 2010.

 

Completamos así los 845 kilómetros. Las bicicletas muestran los efectos de las largas jornadas. Muchos recuerdos y amistades dejamos en el camino. Nos queda todavía una fila extensa de peregrinos, pero al final recibimos nuestra recompensa: la tan anhelada Compostela. Pruebe usted también. Sin agencias de viajes, sin tours empaquetados.