Barack Obama está por cumplir 100 días al mando de la nación más poderosa del planeta. En lo que no hay dudas es que ha impuesto un sello propio.

  • 15 abril, 2009

 

La gestión del mandatario ha pasado desde la epifanía redentora al aterrizaje forzoso en la cruda realidad. Con altos y bajos, su primera centena al timón contabiliza desde episodios de franco patinaje a otros de tracción en las cuatro ruedas. Por Federico Willoughby Olivos.

El 29 de abril, Barack Obama cumplirá sus primeros 100 días como presidente y comandante en jefe de Estados Unidos. La fecha, que suele ser una anécdota para cualquier administración, aquí no lo es. Sucede que el demócrata, a diferencia de cualquiera de sus 43 antecesores (salvo Franklin Delano Roosevelt, que tuvo que lidiar con la Gran Depresión del 30), asumió un país en condiciones desastrosas. Y no exageramos, el 20 de enero pasado –fecha de asunción de Obama– Estados Unidos contaba con una recesión instalada; sufría con una crisis financiera de una complejidad nunca antes vista; mantenía una guerra en dos frentes que le había costado hasta el año pasado 850 mil millones de dólares; se había convertido en un caricatura diplomática sin ningún peso y, por si fuera poco, necesitaba con urgencia ser capaz de definirse en temas tan críticos como el medio ambiente y la dependencia energética si quería influir en las rondas diplomáticas VIP de este año.

Si en la administración de George W. Bush los primeros 100 días al mando no le importaron a nadie (gozaba de un superávit económico heredado de la era Clinton, en tanto que los ataques a las Torres Gemelas y la posterior “guerra contra el terror” todavía eran impensables), en el caso de Obama esa misma cantidad de días está siendo decisiva, ya que simplemente no contaba con el lujo del tiempo y su plataforma electoral se basó en prometer cambios que, de no cuajar en los primeros meses, iban a empezar a parecer utópicos.

Convengamos en que no partió mal. Salvo el juramento de asunción que tuvo que ser repetido en privado porque el original no se hizo bien, un atisbo de torpeza física al subir al helicóptero presidencial y una pequeña confusión geográfica en la gira a Canadá (donde partió un discurso saludando a Iowa en vez de Ottawa), el tipo ha demostrado que mantiene intacta esa asombrosa capacidad de marketing que lució en su campaña.

Es más, Obama, consciente de que su mayor fortaleza es la habilidad para navegar las aguas mediales, ha cristalizado una importante parte de su agenda al mantenerse en contacto con sus electores. Semanalmente se ha dirigido al país vía YouTube, fue el protagonista de un programa especial de Jay Leno, se dio el tiempo para aclararle al público de ESPN qué equipos a su juicio llegarían a la final del campeonato de basketball universitario (North Carolina y Louisville, por si le interesa a alguien) y ha promovido que la primera dama no le haga el quite a ninguna entrevista de alto perfil (fue portada de People y Vogue, además de participar en una comentada entrevista con Oprah, donde riendo desmintió rotundamente los rumores sobre un supuesto embarazo).

Y si la comunicación con el ciudadano americano ha sido prioritaria, también lo ha sido el diálogo con las autoridades mundiales. La apuesta de Obama en el tema de la diplomacia –tal como lo anunció durante su campaña– ha sido favorecer el acercamiento entre posturas. De partida, su primera entrevista televisada formal como presidente la hizo nada menos que a Al-Arabiya, una cadena árabe con sede en Dubai. Gesto al que se sumaron otros como: la orden ejecutiva, el día 2 de su mandato, de cerrar la base de Guantánamo, símbolo de los excesos de la administración Bush; la carta que mandó a los rusos proponiéndoles terminar con el programa de misiles de defensa a cambio de que ellos los ayudaran a desalentar los esfuerzos nucleares de Irán; la fijación del año 2011 como la fecha tope de salida de sus últimas tropas en Irak; el anuncio de más efectivos para Afganistán; el señalarle tanto a Irán como a Corea del Norte que si bien tienen las puertas abiertas al diálogo, si no cambian sus posturas van a tener problemas.

Además, no podemos olvidar que tuvo la inteligencia de nombrar a Hillary Clinton como secretaria de Estado, a quien le tomó poco tiempo demostrar que su experiencia política va ser decisiva, como lo explicitó con el mea culpa que hizo en México en torno a la responsabilidad de Estados Unidos en los carteles de la droga.

Okey, sumando y restando, en sus primeros días a cargo el presidente Obama parece estar sacando una buena nota en su relación con el mundo. Pero ojo, que uno de sus grandes retos al asumir era el manejo de la crisis económica…

El verdadero desafío

Está claro que el mayor dolor de cabeza del nuevo presidente, y el lugar desde el cual se va medir su eventual éxito o fracaso, era, es y será la economía.

Estados Unidos y el mundo necesitan desesperadamente que Obama encuentre luego la forma de salir de la crisis. Y el asunto no le ha sido fácil en estos poco más de 3 meses. De partida, el principal encargado del asunto, el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, ha dejado bastante que desear en su desempeño inicial. Sus cercanos aseguran que es un tipo brillante, de sólidos conocimientos y la mejor persona en la que el presidente pudo haber confiado para un cargo tan delicado, pero lo cierto es que ha generado bastantes –demasiadas– críticas por su incapacidad para armar una oración en público, convencer a una multitud o defender un argumento.

Eso, por mencionar sólo cuestiones formales, ya que en el fondo también ha sido descuerado.

Pocos olvidan el desastroso anuncio del esperado plan de salvataje que hiciera a principios de febrero, el que se suponía iniciaría la recuperación económica. El plan fue un fiasco, era demasiado ambicioso (ambiguo, en realidad) y no ahondó en lo más importante: explicar la manera en que el Estado pensaba hacer desaparecer los activos tóxicos. Y pese a que Geithner contó con cerca de un mes para redactarlo, simplemente no dio el ancho y, más que ayudar, sólo provocó que el Dow Jones cayera en más de 381 puntos y se instalara la fuerte sensación de que el equipo económico de Obama no estaba a la altura.

Fue recién el 23 de marzo, cuando Geithner aclaró la manera en que pensaba deshacerse de los activos tóxicos, que el mercado volvió a creer en la capacidad del presidente y su equipo para abordar los retos económicos. Ese día la bolsa empezó a mostrar cierta confianza y a subir algunos puntos. Aunque no tantos como para dar por terminada la tormenta.

Algunos porotos extra se anotó la dupla Obama-Geithner unos días más tarde, cuando tras la reunión del G20 los líderes del mundo (comandados por el primer ministro inglés Gordon Brown) se comprometieron a inyectar 1.1 billones (millones de millones) a la economía mundial a través del Fondo Monetario Internacional y, segundo, con la aprobación del ambicioso presupuesto 2010 que Barack Obama presentó al Congreso. La aceptación de este último, que no fue fácil y no contó con ningún voto republicano, era clave para que Obama siguiera adelante con el doble desafío de generar estímulos para la economía y, además, poder tener fondos para cumplir con las bases de su campaña.

En fin, así las cosas, lo que queda es que el día 101 Obama pueda sentarse y sentirse un poco más tranquilo. Aunque no mucho, porque le queda un largo camino por delante. A su haber se podría decir que en los tiempos que corren es un logro haber aguantado sin mayores descalabros estos primeros 100 días; no obstante, todavía su mayor deuda es demostrar que en el fondo su gobierno, sus políticas y su equipo pueden lograr más que su popularidad. No va a ser fácil, pero ya se ha hecho. Ochenta años antes, y en condiciones parecidas, sin ir más lejos, lo hizo un tal Delano Roosevelt.