“Estamos viviendo las secuelas de un gran error de diagnóstico de los cambios de nuestra sociedad, tanto en la política como en la empresa, instituciones clave en la estabilidad de la sociedad. Un 30% de la población de Chile dejó la pobreza y eso es importante, porque la desigualdad no es visible para la pobreza. […]

  • 12 noviembre, 2015

osar-guillermo

“Estamos viviendo las secuelas de un gran error de diagnóstico de los cambios de nuestra sociedad, tanto en la política como en la empresa, instituciones clave en la estabilidad de la sociedad.

Un 30% de la población de Chile dejó la pobreza y eso es importante, porque la desigualdad no es visible para la pobreza. La desigualdad comienza cuando se acceden a la tarjeta de crédito, a la universidad, al auto. Es el propio desarrollo de la sociedad lo que va generando demandas de situaciones nuevas.

La empresa y la política erraron en comprender el país que habíamos provocado. Y cuando se yerra en el diagnóstico, lo más probable es que se yerre en la respuesta. El desprestigio de la empresa y la política tienen que ver con eso. Escándalos ha habido desde que ha existido la política y eso no ha significado el desplome de la autoridad y la elite.

La empresa, y voy a partir por ella, no entendió que el cambio significaba un país más transparente para todos y no solamente para las elites. La sociedad digital hizo más transparente todo y la empresa no fue capaz de anticipar la emergencia de esta clase media más informada, más interconectada, con ansias de seguir avanzando y con un pánico de volver atrás. Y eso obligaba a cambiar la empresa tal como era.

La política también vivió una mezcla entre sus errores y cultura para desembarcar en la realidad. En 2011 no fuimos capaces de entender bien las movilizaciones. Lo peor fue con el movimiento estudiantil, pero hubo otras, como las ambientales. Los estudiantes fueron sólo punta de la lanza de un movimiento social y familiar de esta clase media emergente que, en el fondo, entendía que la educación era un factor clave de movilidad y que los aranceles los estaban ahogando como familia.

En eso se creyó ver un ‘cambio de modelo’, en algunos casos con entusiasmo, otros con temor, cuando en realidad, lo que estaban reclamando era un espacio mayor de la realidad.

Y déjenme hablar de los factores ideológicos del error de diagnóstico. La derecha, por lo menos en su concepción, debe superar que no tiene respuesta para la demanda de desigualdad. En su lógica, considera que ésta tiene un cierto tufo izquierdista y que las llamadas ‘demandas valóricas’ son pecaminosas. Y ésos son factores de incomunicación con la realidad.

En el caso de la centroizquierda, creyó ver una radicalización ideológica en lo que estaba pasando en la sociedad. Su wishful thinking fue que el pueblo comprendió las razones de su ideología ancestral, en vez de tratar de entender.

 

Decisiones equivocadas

Las chapucerías de la reforma educacional y tributaria, y también la baja ejecución presupuestaria, habla de que el Gobierno no tiene la temperatura en las prioridades en las que fijó sus grandes consignas, sobre las cuales levantó expectativas en la población. Lo peor es que, parte de la falla es por incomprensión de cómo funciona la realidad.

Sinceramente, el Gobierno, y Arenas incluido, creyeron que quedarse con el ahorro de la inversión privada del FUT no iba a tener muchas consecuencias y, por eso, cuando se desploma la inversión privada, el Gobierno se alarma, porque no era lo que quería. Aquí hay un tema de incomunicaciones entre las lógicas de funcionamiento de la política y del mundo empresarial, que están avanzando con decisiones equivocadas desde el punto de vista de la realidad.

Los escándalos de Caval y SQM, así como la colusión del papel, sólo lo han agravado. El rechazo a las reformas tributaria y educacional venía de antes de Caval, y la desconfianza, la creencia y la sospecha sobre los abusos de las empresas, son una cuestión que estaba antes de la Papelera.

Ambos, lo que hacen es precipitar y detonar una situación peor. Al final, esa política que practicaba el tráfico de influencias con el mundo privado y el que Penta financiara a la UDI, eran una cosa que estaba en el sentido común, pero que SQM, presidido por el yerno de Pinochet, fuera el que financiaba el comando de Bachelet, es muy fuerte, ¡yo se los digo, es muy fuerte! Lo que hacen estos escándalos es terminar de derribar la credibilidad de ambas.

En eso, la política perdió un capital enorme, porque la desconfianza que había antes fue endosada a la figura de la presidenta, que asumió con dos tercios de aprobación, y hoy en Palacio se alegran porque subió a 28% en las últimas encuestas.

Por su parte, la ideología empresarial ha limitado su capacidad de prever y reaccionar. El empresariado chileno está marcado por los traumas de la reforma agraria de Frei y la acción de la Unidad Popular (UP), y por eso, la dictadura fue vista como su salvadora y como la que instauró el mercado y dignificó su rol. Eso está en el corazón de los empresarios.

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Esto interactuó con una cultura de los Chicago Boys, que ponía como su justificación, la maximización de utilidades, sin otra consideración ética. Creo que el exitismo, el poco escrúpulo y el alto consumo, están muy extendidos y son algo que hay que considerar cuando uno analiza cosas como mensajes secretos en partes de matrimonios, reuniones en compañías de bomberos o tirar computadores al canal San Carlos.

El tema ético en la formación de ejecutivos y empresarios dependía estrictamente de una cosa individual. Tengo la impresión de que ahora, el empresariado empieza a cuestionarse algunos paradigmas agotados y en las empresas también hay un cambio cultural. Cuando se hicieron evidentes desigualdades, abusos, colusiones, la empresa no tuvo la capacidad cultural para prever y anticipar a esos cambios.

Ahora tenemos cosas que hacer. Tengo la impresión de que en política y empresa necesitan un proyecto en común, porque los que había se han agotado o han dejado de existir. Yo creo que la UP, la dictadura y la Concertación fueron un proyecto de futuro. Y, a partir de entonces, no hemos tenido un proyecto futuro.

En el caso de la Nueva Mayoría, su ‘programismo’ ayuda a entender mejor de qué hablamos. No es posible construir un proyecto con ojos cerrados como se hizo con el programa de gobierno. Tampoco hay un proyecto de futuro como coalición. Lo que hay es un proyecto electoral, que es distinto, pero no algo que se prolongue más allá.

 

¿Y qué es lo que hay que hacer?

Hay ser crítico con nosotros mismos y hacer una discusión transversal. No sentir que la discusión es una especie de traición, sino que hay que hacerlo porque estamos en un problema como país.

Hay que pensar a partir de las mayorías, que no existen como eran antes, son mucho más diversas.

En el corazón social del país, la desigualdad es un gran clamor y hay que darle respuesta. Sin una reforma que promueva la educación, la protección, la movilidad social, no puede existir un proyecto. Lo peor que podría hacer el mundo empresarial es oponerse a las reformas.

Creo que viene una tajante ruptura de confianza entre la política y las empresas, que no sé si se va a lograr superar ahora. Habrá que esperar a 2018 o después, y hay un problema porque, en el fondo, no sé si se puede retrasar el crecimiento de un país.

Tampoco hay proyecto de futuro sólo basado en el mercado. Una de la peores herencias dejada a las actuales generaciones por los últimos 25 años, es el “mercantilismo” de la sociedad actual, y su mayor factor es la privatización de la política, entendida como la preocupación por la carrera o por el destino personal, y eso es demasiado evidente.

El cambio de la política es, por lo dicho, condición sine qua non de un proyecto de futuro, y crea cosas como el cabildo de la probidad, pero tiene que cambiar la resistencia a los partidos. Si sólo se le aplicara a los políticos las normas que ellos mismos establecieron a las empresas para asegurar su comportamiento, la política estaría en otro estándar. Si hubiera algo de eso, yo estoy seguro de que sería distinto. •••