La política del bingo no fue un exabrupto del ministro de Educación, sino más bien una confesión.

  • 24 julio, 2018

“¿Por qué de Santiago tengo que ir a arreglarle el techo a un gimnasio (de un colegio)?”, se cuestionó el ministro de Educación Gerardo Varela mientras leía su discurso a propósito del aniversario de Enseña Chile. La solución que entregó fue una innovadora política pública de financiamiento llamada “bingo”.

Su punto era que el Estado no puede hacerse cargo de todos los problemas y que haría falta un poco de iniciativa privada (aunque según el análisis de Varela pareciera que esto es algo que no ocurre muy a menudo). El ministro tiene identificada la raíz del problema: “Estos son los riesgos del asistencialismo”.

Más allá del tono despectivo e irónico, el ministro olvida un hecho básico: los establecimientos escolares públicos sí dependen del Estado.

Si el ministro hubiera consultado la evidencia, hubiese visto que si bien el 83% de la inversión en educación primaria y secundaria viene de fondos públicos, la cifra nos ubica a nueve puntos por debajo del promedio OCDE.

Como sea, el ya famoso bingo de Varela saca a la luz un tema estructural. El efecto corrosivo de la noción del Estado subsidiario. Este raro modelo franquista fue implementado en Chile y fue descrito por el académico de extrema derecha Bernardino Bravo Lira como un sistema en el que “en lugar de erigirse en único poder, llamado a regular desde arriba las actividades de los ciudadanos, se apela a la iniciativa de las personas y organizaciones intermedias”.

En otras palabras, la idea de la subsidiaridad se basa en que el Estado no debe hacer nada que el mercado, “la iniciativa de las personas y organizaciones”, pueda hacer mejor. Ahora, es obvio que el mercado es mucho más eficiente que el Estado en producir, por ejemplo, vino. Sin embargo, ahí surgen dos problemas. El primero es cómo conceptualizamos aquello que producimos. El vino, como producto, ¿es lo mismo que la educación como producto? Quienes creen que la educación es un bien de consumo quizás digan que sí, pero si la sociedad concibe la educación, la salud y otros servicios como derechos básicos, entonces la cosa cambia.

El segundo problema tiene que ver con el hecho que en Chile, desde la inclusión del concepto de subsidiaridad en la Constitución del ‘80, se ha dado vuelta la ecuación. No es lo mismo decir que el mercado se haga cargo de lo que el Estado no puede hacer, que sostener que como el mercado es más eficiente, es necesario quitarle recursos y poder al Estado.

Esa segunda forma de aplicar la subsidiaridad ha hecho que la mayoría de los apoderados chilenos prefieran matricular a sus hijos en colegios particulares subvencionados, ya que creen que los establecimientos públicos son peores. Desde luego, tienen menor financiamiento por estudiante. Por eso Chile es el país con la menor matrícula escolar pública de Latinoamérica, pese a que estudio tras estudio ha demostrado que el rendimiento de los estudiantes está más determinado por sus condiciones socioeconómicas que por el tipo de colegio al que asisten.

De esa forma, los dichos del ministro de Educación son la expresión más sincera y clara de una línea de pensamiento que ha permeado en la derecha chilena durante medio siglo. Varela demuestra por qué una buena parte de la derecha se equivoca cuando se autodenomina liberal, porque la subsidiaridad siempre fue puesta en contraposición, explícitamente, no solamente a las nociones tradicionales del estado de bienestar, sino incluso de fundamentos básicos del liberalismo de Rawls o Dworkin. Para los subsidiaristas como Varela, es inconcebible que el Estado cree las condiciones necesarias para asegurar oportunidades.

La política del bingo no fue un exabrupto, sino más bien una confesión. Después de todo, Varela ni siquiera se salió del libreto, ya que literalmente estaba leyendo un discurso. Mientras tanto, en la travesía por el desierto ideológico y programático de una izquierda dividida, Chile sigue teniendo una derecha apegada a nociones anticuadas y anti-liberales.

Con dos polos políticos estancados en el iliberalismo, pareciera que Chile se sacó el loto. O el bingo.