Hay pocas voces disidentes: la campaña de Barack Obama es la mejor que se ha visto en el mundo contemporáneo. Pero más allá del marketing y la construcción de la marca, es posible extraer lecciones políticas sustantivas que adquieren enorme relevancia en el escenario chileno, después de digerir el resultado de las elecciones municipales recién pasadas y en la antesala de las presidenciales y parlamentarias del próximo año. Revisemos qué luces arroja el fenómeno Obama sobre lo que está ocurriendo en Chile y las transformaciones que deberían operar en cuanto a actitudes y estilos de hacer política.

  • 12 noviembre, 2008

Hay pocas voces disidentes: la campaña de Barack Obama es la mejor que se ha visto en el mundo contemporáneo. Pero más allá del marketing y la construcción de la marca, es posible extraer lecciones políticas sustantivas que adquieren enorme relevancia en el escenario chileno, después de digerir el resultado de las elecciones municipales recién pasadas y en la antesala de las presidenciales y parlamentarias del próximo año. Revisemos qué luces arroja el fenómeno Obama sobre lo que está ocurriendo en Chile y las transformaciones que deberían operar en cuanto a actitudes y estilos de hacer política. Por Cristóbal Bellolio.

Savia nueva: el mayor capital político de Obama fue la credibilidad que proyectó su imagen de renovación. Cualquier otro avezado demócrata podría haber hecho suya la bandera del cambio después de 8 años republicanos, pero nadie podría haber encarnado mejor la idea de algo realmente nuevo. A propósito de la falta de experiencia que se le achacaba, recuerdo al argentino León Giecco cuando cantaba “queremos ya un presidente joven que ame la vida y que enfrente la muerte… menos mal, que nunca la tenga, experiencia de robar, menos mal que nunca la tenga, experiencia de mentir”.

La frescura y la novedad fueron asociada a valentía y a pasión, no a ineptitud para el cargo. Lo mismo ocurre en casi todos los rincones del planeta, donde una generación que oscila entre los 40 y los 50 años está asumiendo la conducción de sus naciones. En esta frecuencia, podría resultar francamente impresentable que en Chile la Concertación decida a su candidato presidencial en una primaria con los mismos protagonistas que ya tuvo 15 años atrás, habiendo sido ambos presidentes e incluso candidatos senatoriales en 1989. Respecto a la última elección municipal, podríamos concluir que sí se produjo una cierta renovación, pero paradójicamente no vino de parte de la oferta de los partidos políticos (casi un 80% de los alcaldes en ejercicio fue a la reelección), sino de parte de la demanda del electorado (sólo se reeligió un 56,7% de los 275 alcaldes que buscaban un nuevo período), bajando sustantivamente la tasa de éxito en comparación a 2004.

La juventud importa: Obama le habló especialmente a una generación estereotipada por su apatía y desapego a la política. Los invitó a soñar en un proyecto colectivo y los tensionó lo suficiente. Los convenció de que su voz “podía hacer la diferencia”. Y fue tremendamente efectivo: los jóvenes se movilizaron, hicieron campaña, se inscribieron y votaron.

En nuestro país las nuevas generaciones no participan en las elecciones. Si en 1988 representaban un 36% del padrón, hoy llegan apenas al 7%. Sólo uno de cada cinco chilenos menores de 30 años está inscrito en los registros electorales. Es decir, su peso político ha disminuido dramáticamente. El círculo vicioso es evidente: los candidatos no le hablan a los jóvenes porque no votan y los jóvenes no votan porque los candidatos no orientan su discurso hacia ellos. Pero a nadie en la clase política parece inquietarle mucho el asunto. En la comodidad de sus asientos, los parlamentarios saben quiénes votan y prácticamente cómo votan en sus respectivos feudos. Nadie quiere agregarle incertidumbre al sistema.

Es curioso, en todo caso, que Sebastián Piñera haya retrocedido ante la UDI en materia de inscripción automática y voto voluntario, sabiendo que, de todos los precandidatos presidenciales, es él quien mayor sintonía tiene con el público juvenil. Parece bastante obvio que la Alianza necesita ventilar el padrón electoral, tomando en cuenta que el actual está envejecido y atado afectivamente al plebiscito del Sí y del No, que hasta ahora le ha dado siempre mayoría a la Concertación. En las pasadas elecciones municipales, RN fue el partido con menor presencia juvenil en las papeletas de votación: apenas un 4% de sus candidatos a alcaldes y concejales tenía menos de 35 años.

De abajo hacia arriba: no se trata sólo de nuevas tecnologías o de navegar por Internet. La Política 2.0 es un nuevo paradigma de comunicación y acción. El discurso ya no es unidireccional, donde el candidato habla y el elector escucha. Obama demostró que en la red la conversación es horizontal, dinámica y sin jerarquías. Esto no sólo potenció sus atributos de cercanía y autenticidad, sino que además posibilitó la creación de comunidades virtuales y presenciales que articularon la campaña desde las propias bases. El marketing viral, a través de sitios como youtube o facebook, fue sencillamente demoledor ante la incapacidad de los republicanos de adaptarse a la nueva lógica. En Inglaterra, en cambio, fueron los conservadores de David Cameron los que dieron el primer golpe.

La recomendación para Chile es que los partidos aprendan a perder el control de las campañas, ya que el mensaje siempre es mejor recibido cuando no tiene sabor a manipulación. Lamentablemente, las iniciativas digitales que se montaron para las municipales fueron desaprovechadas por los candidatos de todos los colores políticos, salvo muy contadas y honrosas excepciones.

 

 

La humildad paga: un año y medio atrás nadie apostaba por Obama. Era la tercera carta después de Hillary Clinton y John Edwards. Y se impuso contra todos los pronósticos. Generó una espiral de entusiasmo que se transformó en un vendaval incontenible, pero en ningún momento se dejó llevar por la soberbia. Nunca enfrentó la elección como carrera corrida.

Contrasta lo anterior con la mueca socarrona de nuestro ministro vocero Francisco Vidal augurando una goleada “4 a 0” a favor de la Concertación en las municipales (que terminó prácticamente en empate 2 a 2), y con el tono de las campañas de los ex ministros Jaime Ravinet en Santiago y Alvaro García en Cerro Navia. El primero pensó que su sola estampa bastaría para alcanzar la victoria, y cuando se vio complicado llegó a declarar: “ganar, aunque sea por un voto, sería muy importante para mí”. Craso error: en esto nunca se trata de lo importante para el candidato, sino de lo importante para la gente. Obama insistió hasta el cansancio en este punto: “esto no se trata de mí, se trata de ustedes”. Por el contrario, Pablo Zalaquett se autodenominó “el Fabián Orellana” de la elección municipal, un chico que aparece de la nada e inyecta esperanza a todo un pueblo. En síntesis, el entusiasmo y las ganas derrotan a la majestuosidad y a la arrogancia de quienes se sienten superiores. El consejo es evitar una guerra mundial de egos en la próxima presidencial.

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Compartir la responsabilidad: probablemente influenciado por el modelo de liderazgo que se enseña en Harvard, Obama entendió que su rol era básicamente inspirar un cambio, pero jamás se comprometió a llevarlo a cabo por sí solo. Lo repitió en el discurso de la victoria: para llegar donde queremos, es necesario que todos cambiemos nuestras conductas e incluso nuestra mentalidad: no podemos esperar que las soluciones vengan desde la autoridad, ya que todos somos responsables del éxito de esta empresa.

No vaciló en exigir a los ciudadanos norteamericanos un “renovado espíritu de servicio, sacrificio, patriotismo y responsabilidad”, con un interesante acento en “volver a preocuparse de los otros”.

En relación a los difíciles desafíos que enfrenta actualmente Estados Unidos (donde sobresale la crisis financiera y la guerra en medio oriente), Obama entiende que el verdadero líder no oculta los problemas sino que los pone sobre la mesa con total honestidad, generando ambientes contenedores para su discusión. ¿Cuántos políticos en Chile podrían asumir esta posición? Muy pocos, ya que electoralmente se trata de una estrategia riesgosa. La demagogia y el populismo son salidas fáciles. Más aun, en este país estamos acostumbrados a que ni los políticos asuman sus propias responsabilidades.

Dotar de sentido histórico: otra lección magistral de Obama fue convertir su campaña en una cruzada épica, galopando al encuentro del destino. En sucesivas ocasiones habló de iniciar un nuevo capítulo en la historia de Estados Unidos, así como también de un “momento decisivo” para torcer el curso de la historia y abrir una etapa diferente con protagonistas distintos. En Chile, la última gesta política que se recuerda con romanticismo es la recuperación de la democracia. En estos 20 años nació y se desarrolló toda una nueva generación de chilenos que se siente completamente ajena a la mística fundacional de la Concertación. Sencillamente no es posible pedirles que compartan el fuego original, que hasta en sus próceres comienza a apagarse de tanto caminar por los pasillos del poder. La Alianza tiene la oportunidad de configurar un relato potente dirigido especialmente a aquellos que no cargan con la mochila emocional de los partidarios de Allende o de Pinochet. Su candidato presidencial debe convencerlos de que se trata de “su” tiempo para “tomarse” Chile. No lo logrará si recurre a los mismos de siempre. La recomendación puede sonar cruel, pero se hace urgente jubilar a muchos que siguen identificados con etapas históricas pasadas.

¿Por dentro o por fuera?: sería demasiado sostener que Obama es un outsider. Si bien es cierto que su postulación no fue maquinada desde los salones de Washington y que es probable que el establishment demócrata prefiriera otras alternativas, no podemos desconocer que compitió dentro del sistema, representando a una de las dos fuerzas políticas tradicionales en la historia de Estados Unidos. Desde este punto de vista, su fortaleza electoral no viene de su independencia partidista. Por ello, es importante leer bien los resultados municipales.

Un sistema mayoritario permite que los candidatos independientes participen en igualdad de condiciones y con las mismas posibilidades de resultar electos que aquellos que representan a partidos políticos, lo que ocurrió precisamente en la elección de alcaldes, donde los que corrieron fuera de pacto alcanzaron un porcentaje superior al 10,2% de la votación nacional, conquistando 40 alcaldías. Fue distinto en el caso de los concejales, donde los candidatos independientes fuera de pacto apenas llegaron al 1,59%, debido en parte a la lógica del sistema proporcional que beneficia a los candidatos que corren dentro de las listas.

Las proyecciones para el próximo año no pueden perder de vista ese detalle. El sistema binominal es un obstáculo prácticamente infranqueable para los quijotes de la política. Correr por fuera es casi un suicidio electoral. Pero eso no significa que no puedan afectar el resultado. Una aventura como la de Terrazas en Vitacura podría poner en riesgo el doblaje de la Alianza en el distrito 23. Casos similares pueden replicarse a lo largo de Chile.

Sobre los presidenciables, resulta evidente que no pueden actuar como meros representantes de un partido o de una coalición. Su desafío es abrir las fronteras no sólo hacia los votantes históricos del rival, sino hacia grupos que no se sienten identificados con los conglomerados tradicionales. Las categorías clásicas de izquierda o derecha ya no funcionan como predictores absolutos del voto.

En resumen, hay material político suficiente para procesar y articular. No faltarán los oportunistas que tratarán de asociar las lecciones de Obama con sus propios proyectos, en todo el espectro del arco iris. La gran mayoría tendría que nacer de nuevo para hacerlo en forma convincente.

 

 

El autor es abogado y cientista político. Director de Estudios de Independientes en Red y profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez.

 

 

El problema de las expectativas

Aunque se nos olvide, Chile ya vivió un proceso electoral con características similares a las que rodearon la elección de Obama. En efecto, Michelle Bachelet fue la primera mujer elegida presidenta, su campaña se centró en su historia personal asociada a la historia reciente de nuestro país y apeló a participación ciudadana como eje de su discurso. Y aun siendo muy difícil presentarse como una carta de cambio después de 16 años de gobiernos de las Concertación, supo encarnar cierta renovación dentro de la continuidad.

Lo que vino después es historia conocida. Las expectativas que generó no pudieron ser satisfechas. El “gobierno ciudadano” ha tenido poquísimas expresiones concretas y las caras nuevas del comienzo fueron rápidamente reemplazadas por los conocidos de siempre. Las promesas fueron sustancialmente frustradas, lo que explica el ánimo político de nuestros días.

A la luz de las esperanzas creadas, el peso que recae sobre Barack Obama puede ser agobiante. Al respecto, una reflexión: es probable que el error político de Bachelet haya sido tomar sobre sus hombros la responsabilidad de cumplir con cada una de las expectativas que se formaron en torno al cuarto gobierno de la Concertación. Obama, en cambio, ha sabido calibrar y morigerar la ansiedad. En su discurso de la victoria volvió a repetirlo: los cambios no llegarán en un año y quizás tampoco en un período presidencial y para que éstos se produzcan, es cada ciudadano el que tiene que aportar su granito de arena. Advirtió que el camino estaría plagado de dificultades y “partidas en falso”, pero por lo mismo se comprometió a escuchar “especialmente cuando no estemos de acuerdo”.

Por lo demás, Obama ya frustró expectativas en la propia campaña, cuando se refirió a las espinudas cuestiones raciales que generalmente desatan pasiones a lado y lado. En dichas oportunidades no regaló frases para la galería ni se aseguró quedar bien con un sector en particular. que capaz de hacer los matices respectivos y finalmente convenció al electorado a traspasar la capa más superficial del problema. No estamos acostumbrados a una estatura política semejante en Chile