Por Marcelo Soto Fotos: Julio Donoso Si Andrés Allamand tuviera que resumir en una palabra el mensaje que quiere darles a los empresarios –y a los líderes de su sector– sería: “¡Atinen!”. El senador piensa que “hay que sentar las bases para un nuevo período de progreso”, encrucijada en la cual la centroderecha no puede […]

  • 16 mayo, 2014

Por Marcelo Soto
Fotos: Julio Donoso

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Si Andrés Allamand tuviera que resumir en una palabra el mensaje que quiere darles a los empresarios –y a los líderes de su sector– sería: “¡Atinen!”. El senador piensa que “hay que sentar las bases para un nuevo período de progreso”, encrucijada en la cual la centroderecha no puede seguir al margen. “Hemos llegado tarde a todos los debates y por eso nuestra posibilidad de influir es mínima. Al defender el statu quo lo que logras es quedarte en la vereda”.

El dirigente de Renovación Nacional explica que Chile enfrenta un “nuevo ciclo” (sí, tal como afirma Bachelet), un proceso de ajustes y transformaciones en las relaciones entre empresas y sociedad, instituciones y personas, movimientos y partidos. Puede que Allamand comparta parte del diagnóstico de la actual Mandataria, pero para nada el tratamiento. Las medicinas de la Presidenta le parecen, en muchos casos, fatales.

“El país está efectivamente en un nuevo ciclo. Y eso requiere un esfuerzo de adaptación generalizado, y no hay duda de que uno de los actores que con mayor intensidad tiene que adaptarse a los nuevos tiempos es el empresariado. El país bruscamente ha asumido (quizá tardíamente) que el crecimiento no es suficiente. Durante los últimos 25 años, Chile tuvo como un objetivo casi único subir el PIB. Pero las altas tasas fueron escondiendo fenómenos sociales, que de alguna manera han ido teniendo un efecto racimo, una de cuyas expresiones es la desigualdad. Se trata del tema de mayor gravitación hoy en el debate político y social”, explica.

-Siendo una bandera del oficialismo, ¿qué puede aportar la derecha en esa discusión?
-Es muy anacrónico plantear que la desigualdad es un tema de la izquierda, y el crecimiento, de la derecha. Desde hace mucho tiempo hay estudios que reflejan que las sociedades que tienen grados menores de desigualdad tienden a crecer más rápido. Por lo tanto, igualdad y crecimiento van juntos. Nadie puede quedarse con sólo una parte. Dicho en simple, si la derecha sigue ignorando la desigualdad y aferrada al crecimiento, se equivoca. Y si la izquierda, solamente mira la desigualdad y se olvida del crecimiento, falla igual.

-¿Hace alguna autocrítica?
-Sí, y vale para todo el sector. Durante algún período pensamos que el crecimiento iba a ser tan eficaz para derrotar la pobreza como para disminuir la desigualdad. La verdad es que resultó muy eficiente para lo primero, y muy ineficiente para lo segundo. Por supuesto, las recetas de la centroderecha para enfrentar este problema son muy distintas a las de la izquierda. La receta fundamental de la izquierda es más Estado, más tributos, más intervención. La nuestra debería ser más emprendimiento, más competencia, más formación de capital humano.

-¿Por qué llegaron tarde al debate?
-Tenemos que asumir que, especialmente durante los últimos cinco años, no generamos una propuesta para abordar este tema. Y desde el punto de vista empresarial, hay que decir las cosas por su nombre: la desigualdad fue simplemente ignorada.

 

CHILE ACTUAL

-Los gremios productivos han salido a criticar con mucha fuerza la reforma tributaria. ¿Apoya la idea de legislar, pese a que en la Alianza parece ser ya mayoritario el rechazo?
-Yo voy a votar a favor de legislar, porque creo que votar en contra es dar una señal completamente errónea. Es como decir: “mire, no estoy siquiera dispuesto a analizar la necesidad de una mayor recaudación o mejoramientos en el sistema tributario”. Desde el punto de vista empresarial, hay que ver otros aspectos que son importantes. Si uno mira con objetividad diversas esferas de la vida en sociedad, a la conclusión que debe llegar es que iniciativas privadas de gran valor se han visto desprestigiadas ante la opinión pública por abusos que perjudican a las personas.

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Por ejemplo: si hoy tenemos un nivel de educación arriba del promedio de los países de la OCDE, eso se debe al enorme aporte que han efectuado universidades privadas. Pero ese aporte se ve desmejorado porque es evidente que muchas universidades no han respetado la ley y han sido entidades que han lucrado. ¿Quién puede decir hoy que en el sistema universitario chileno no ha habido lucro durante los últimos años?

-¿Y en el plano laboral?
-Uno también puede mirar y decir: la modernización, diversificación y flexibilidad de la organización empresarial ha sido una de las claves para que nuestras empresas sean más competitivas, pero la actual discusión sobre el multirut apunta a que muchos de esos elementos se utilizaron precisamente para configurar escenarios que terminaron afectando los derechos de los trabajadores. Lo que estoy diciendo es que los empresarios deben mirar con otros ojos las actividades de los últimos 25 años. Ver que algunas iniciativas han sido extraordinariamente positivas, pero que simultáneamente han tenido lastres que son muy potentes.

-¿No funcionó la autorregulación?
-Francamente, creo que las industrias chilenas no se autorregulan. Analicemos dos áreas, de un enorme impacto político, como son las Isapres y las AFP: hasta hace muy poco, ambas industrias eran extraordinariamente refractarias a cualquier cambio. Sin embargo, hoy hay vientos de cambio y eso ha generado fricciones al interior de esas mismas industrias. En el ámbito de la salud, hay varias Isapres que señalan que no se puede continuar haciendo diferencia ni por sexo ni por edad. Y que, en definitiva, ello no resulta razonable.

En el ámbito de las AFP, vemos diversas propuestas de la industria que habrían sido inimaginables hace algunos años. Que José Antonio Guzmán, al momento de terminar su mandato en Hábitat, señale que las AFP tienen que estar en la idea de devolver a sus afiliados parte de las comisiones cuando los retornos de las inversiones son negativos, son efectos impensados.

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En este nuevo paisaje político, el hecho fundamental es que las empresas asuman que el crecimiento no es suficiente, y que al mismo tiempo reconozcan que hay ciertos cambios que deberían ellas mismas haber impulsado más que retardado. Si hay algo que ha afectado a las AFP e Isapres, es ni más ni menos que esta actitud extraordinariamente negativa frente a cualquier modificación.

-¿Observa algo parecido en los grandes sectores de la economía, como la minería?
-Efectivamente. No hay duda de que la minería ha hecho enormes contribuciones al país, tanto la estatal, como la privada. Pero también es evidente que las prácticas ambientales de la industria minera en Chile necesitan cambios profundos. Yo he sido muy crítico del proyecto Andina 244, que en pocas palabras significa transformar la actual Andina en una Chuquicamata multiplicada por dos, afectando glaciares, dañando las cuencas de los ríos Aconcagua, Mapocho y Maipo, e impactando las napas subterráneas de la comuna de Til Til, que tienen altos niveles de contaminación, ni qué decir el aire. Andina 244 va a ser un proyecto, desde el punto de vista de la opinión pública y de su impacto, tan polémico como HidroAysén.

-¿Un nuevo HidroAysén?
-Ése es mi convencimiento. Es un proyecto que va a sufrir enormes cuestionamientos. El estándar ambiental de Codelco en Andina 244 no lo hace viable. Éste es un debate que va a adquirir temperatura en julio, cuando Codelco deba contestar las adendas en el proceso de calificación ambiental; no tengo dudas de que va a generar un cuestionamiento respecto del funcionamiento de la minería en su conjunto en Chile y, por cierto, del cuidado de los glaciares.

-¿Es necesario un acuerdo social diferente?
-Lo que estamos viviendo es un proceso de ajuste. Lo importante es que ese proceso no implique retroceso respecto de lo que el país ha hecho en las últimas tres décadas. Hay que sentar las bases para un nuevo período de progreso. Estamos en un momento global de ajustes, entre las empresas y la sociedad, entre los movimientos sociales y las expresiones políticas, entre las instituciones y las personas.

-¿Le preocupa la retroexcavadora?
-Si uno mira Chile en la lógica de los últimos 30 años, hay mucho que preservar y muchas cosas que mejorar, pero la clave es que aquello que haya que arreglar no sea al costo de destruir aquello que nos ha permitido llegar al punto donde estamos. El statu quo en ningún campo de la sociedad es hoy día una opción. Por lo tanto, ésta es una sociedad que se está moviendo hacia transformaciones profundas. Y ojo: esto no es solamente económico, sino también político y cultural.

-¿Qué cambio cultural importante aprecia en el país?
-Hace 5 años, cuando planteé que era necesario avanzar hacia las uniones civiles para parejas homosexuales y heterosexuales se generó en la centroderecha una batahola monumental. En las últimas elecciones, todas las candidaturas de la centroderecha incorporaron el Acuerdo de Vida en Pareja (AVP) en sus plataformas. Durante el gobierno anterior perdimos cinco años para realmente haber avanzado en una transformación social y cultural de gran envergadura. ¿Quién puede plantear hoy que el statu quo es posible? Las opciones son muy simples: matrimonio homosexual o unión civil. Pero aquéllos que plantearon que éste era un tema inexistente o, como alguien señaló, que le importaba a poca gente, simplemente están al margen del debate.

-¿Ha cambiado su postura?
-No. Soy partidario de las uniones civiles y no soy partidario del matrimonio homosexual.

-Quizá por el mismo hecho de defender el statu quo, el debate ha ido más lejos y ya se considera que el AVP es insuficiente.
-Eso será parte de la discusión. Pero los que sostenían que no había que hacer nada ahora están absolutamente en la vereda del debate. Y esto también es una autocrítica, una autocrítica que debiera hacerse la centroderecha en su conjunto, porque al final parte de nuestro retroceso electoral tiene que ver porque llegamos a los temas tarde y con poca convicción.

-¿Por ejemplo?
-Nosotros deberíamos haber dado un paso hacia la modificación del sistema binominal hace bastante tiempo. Los esfuerzos que se hicieron en ese sentido, entre RN y la DC fueron muy positivos, pero se torpedearon desde el propio Gobierno de Piñera y la UDI. Hoy no hay duda de que el país va a avanzar hacia un sistema electoral distinto. Como llegamos al debate tarde, nuestra posibilidad de influir en un sistema mejor, que mantenga los rasgos de proporcionalidad, pero también el carácter mayoritario que es indispensable para que un sistema presidencial funcione, disminuye. Hoy hay menos fuerza para hacer valer esa posición.

-¿Le faltó a la derecha ponerse a tono con los tiempos?
-No fuimos asertivos en generar propuestas para aquellos temas que están hoy arriba de la mesa. Deberíamos haber sido mucho más propositivos en materias de combate a la desigualdad, deberíamos haber tenido mayor convicción interna en términos de los cambios políticos y también culturales. Como no lo hemos hecho con la suficiente fuerza, llegamos tarde y en consecuencia, con menor influencia.

 

LA MADRE DE LAS BATALLAS

-En el tema educacional, por ejemplo, se escuchan más reacciones corporativas que propuestas de parte de la Alianza.
-Este debate es distinto, porque lo que el Gobierno plantea, lejos de significar un avance, va a significar un grave retroceso. Por eso uno tiene que saber distinguir con claridad, cuáles son aquellos temas en que es importante formular planteamientos que impliquen una adaptabilidad razonable, y cuáles son aquéllos en que es muy importante defender con convicción los principios. No hay dos opiniones en términos que la prioridad del mejoramiento del sistema educacional debe estar centrada en las etapas tempranas, en el parvulario. Sin embargo, el Gobierno ha resuelto lo opuesto: partir por la gratuidad universitaria. En educación general, el Gobierno también se equivoca, porque todo su énfasis está puesto en la particular subvencionada, en circunstancias que los verdaderos problemas están en la municipal, estatal.

-Uno de los nudos está en el financiamiento compartido. ¿Usted lo defiende?
-Esta verdadera cruzada contra el financiamiento compartido es muy poco razonable. El sistema educacional chileno tiene problemas de segregación, pero el culpable no es el financiamiento compartido. Al revés, el debate refleja una ambigüedad conceptual enorme.

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Todos coinciden en que la riqueza de un sistema educacional tiene que ver con la variedad de proyectos educativos. Y también en que los padres deben involucrarse activamente en el proceso educativo. El financiamiento compartido es un instrumento eficaz para ambas cosas. Sin embargo, contrariamente a esa visión, el Gobierno quiere terminar con ese mecanismo. Y también aparece obsesionado con terminar con los procesos de admisión por mérito del Instituto Nacional y otros liceos de excelencia.

-Usted mismo estudió en el Lastarria, ¿qué le parece esa idea?
-El Instituto Nacional (IN) tiene un sistema de admisión totalmente por mérito: en su proceso no hay un milímetro de espacio para la discriminación política, ideológica, religiosa, o para las consideraciones económicas. Lo que hace la diferencia es precisamente el conocimiento y el esfuerzo de los alumnos. ¿A quién se le ocurrió que el mayor problema que tenía la educación pública chilena estaba en el mejor colegio público del país? Es francamente absurdo y revela una tremenda falta de foco. Cuando se dice que de ahora en adelante al IN se va a postular por orden de llegada o a través de una tómbola, lo que se está diciendo a los estudiantes es que da lo mismo esforzarse o no, quemarse las pestañas o no: el mérito vale cero. Ésa es una muy mala señal para el sistema y, como rebote, para el país.

-Una propuesta de Sylvia Eyzguirre, del CEP, da por perdida, en cierta forma, la discusión por el copago y, ante esa realidad, plantea una eliminación gradual.
-Yo creo que ésta es una batalla que hay que dar y, por último, perderla con las botas puestas. Voy a reivindicar siempre el derecho de los padres a contribuir para una mejor educación para sus hijos. Al mismo tiempo creo –y Sylvia realiza aportes en esa dirección– que es perfectamente posible disminuir los factores de segregación en los colegios.

-¿Cuando habla de no a la gratuidad, a qué segmentos se refiere? ¿Un padre que gana un millón de pesos y tiene tres hijos en la universidad, debería pagar?
-La centroderecha sostiene que no debiéramos avanzar en esta etapa de nuestro desarrollo hacia una gratuidad más allá del 60% y la Nueva Mayoría (NM) dice que los próximos cuatro años debemos avanzar hasta el 70%. Por lo tanto, de aquí a cuatro años estamos discutiendo el 10%. El problema se viene con el restante 30%.

-Pero allí hay muchas diferencias de ingresos…
-La NM dice que hay que avanzar hasta el 100% en seis años. Lo que la NM no se da cuenta es que darle gratuidad universitaria al 10% más rico vale lo mismo que darle gratuidad al 60% menos acomodado. Entonces, ese 10% es extraordinariamente regresivo en términos de los recursos disponibles. Lo que yo planteo es gratuidad hasta el 60%, y para el 40% restante, un sistema de crédito con interés rebajado, con pago contingente al ingreso nunca superior al 10%, y con un plazo de término de 15 años. La clave de este mecanismo es la contingencia del ingreso, porque logra equiparar la mochila de un estudiante de Ingeniería Comercial o de un profesor o de un sociólogo o de un artista. Ninguno paga más del 10% del ingreso que obtiene. Al mismo tiempo, si la obligación se extingue en 15 años, no se transforma en una mochila eterna.

-Los estudiantes lo ven como un derecho.
-Si Chile tuviera el ingreso per cápita de Luxemburgo, quizá ahí la discusión no existiría. Pero no tenemos esos ingresos. Y tenemos niveles de desigualdad mucho mayores que cualquier sociedad europea. Por lo tanto, el sistema que planteo lo que logra es gratuidad para el que la necesita y un sistema de crédito para el 40% restante que nadie puede sostener que es una mochila inabordable. ¿O alguien me va a decir que no puede destinar el 10% del ingreso para pagar su universidad? No me parece. •••

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BACHELET, PIÑERA Y LOS OTROS

A Allamand lo han desahuciado políticamente varias veces, pero siempre se las arregla para resurgir. Ahora se ve fuerte y decidido, para nada magullado luego de que sus críticas a Piñera, por la derrota electoral de la derecha, levantaran una polvareda y una seguidilla de acusaciones en su contra. La más suave de todas: que había perdido la brújula. La más dura: haber sido desleal –y otros epítetos– con el Gobierno del que formó parte.
Pero el abogado se ríe del episodio y se latea cuando le preguntamos por su actual relación con Piñera. “No quiero hablar más de él”, recalca, algo fastidiado pero sin perder el humor.

De los primeros meses de Bachelet dice que está cometiendo el mismo error del anterior Gobierno: mal manejo de expectativas. “Esa frase de que en 20 días avanzamos más que en 20 años fue nefasta. Y lo mismo le puede empezar a cobrar la cuenta al actual Gobierno. El Congreso, por una cuestión casi física, es incapaz de llevar a cabo tantas reformas, tan importantes, en apenas cuatro años”.

En los pasillos del mundo político, una de las especulaciones favoritas del último tiempo es definir cuán fuerte se mantiene el ministro de Hacienda, Alberto Arenas, ante la avalancha de cuestionamientos que ha recibido su proyecto tributario. Allamand no cree que su continuidad esté en duda, pero reconoce que hay una sensación térmica compleja.

-¿Cómo evalúa la instalación de Bachelet?
-Tiene el mismo pecado original que Piñera. Una inflación desatada de expectativas. Se le puede aplicar aquello de quien mucho abarca, poco aprieta. Tiene prioridades que no cuadran. No hay que ser premio Nobel para darse cuenta de que si el retorno esperado de la reforma tributaria son 8.200 millones de dólares, y ya tenemos comprometido entre 4 mil a 5 mil millones de dólares para educación universitaria gratuita, la diferencia no da para todo lo demás que está anunciado en educación general, en pensiones, en regionalización, en equilibrios macroeconómicos.

-¿Le ha sorprendido la gestión de Nicolás Eyzaguirre?
-Desde el punto de vista formal, no hay duda de que hay una gran diferencia entre el estilo de Eyzaguirre y el estilo Arenas. Aunque por esto ha sido criticado, Eyzaguirre se ha tomado el tiempo de hablar con los distintos actores. Pero al final no va a poder dejar a todo el mundo contento. El primer paso, que es la propuesta del interventor para las universidades, es deficiente desde el punto de vista técnico. Es un muy mal proyecto.

-¿Cree que Arenas podría ser el primer ministro de Hacienda de la democracia que no termine voluntariamente su mandato?
-La Presidenta Bachelet va a respaldar a su ministro. No creo que se vaya a producir una circunstancia como la que ocurrió durante su primer gobierno, en que Andrés Zaldívar duró 100 días como ministro del Interior, francamente no visualizo esa posibilidad. Lo que sí creo es que Arenas debe cambiar. No puede seguir con su intransigencia, con su nula receptividad a escuchar opiniones. En el diseño político, el ministro de Hacienda debiera ser un factor de apaciguamiento, moderación, pero aquí se ve lo contrario. No soy capaz de imaginar ningún ministro de Hacienda de todos los gobiernos de la Concertación dando un visto bueno a un video como el que Arenas visó para apoyar la reforma. En un mundo globalizado, Hacienda debe cuidar mucho más sus palabras que el ministro del Interior. Siento que esto está invertido, porque Peñailillo, que está muy bien elegido, sí es dialogante.

-Ricardo Solari dijo que Piñera estaba en la pole position de la derecha para 2017. ¿Tiene intenciones de competirle ese lugar?
-No tengo duda de que el ex Presidente Piñera está trabajando activamente para estar y mantenerse en esa pole position. Pero es completamente absurdo, cuando la derecha tiene que articularse, recomponerse, ajustarse doctrinaria, programática y estatutariamente, estar poniendo hoy día el tema presidencial por delante. Yo he señalado claramente que no estoy en esa carrera. Pero también sé que aunque lo diga mil veces, siempre va a haber una incógnita al respecto.

-¿Mantiene su crítica sobre Piñera como culpable de la derrota?
-Nunca planteé una crítica personal, no obstante de lo que he sido objeto es de una diatriba de descalificaciones personales. Yo dije que a partir del lamentable resultado de la elección presidencial y parlamentaria, la centroderecha debía efectuar un proceso de autocrítica, revisión y sobre todo repensar aquellas cosas que habían estado muy mal. Ese proceso no se dio como debía haberse dado y hoy nuestra tarea fundamental es hacer una buena oposición.

-¿Qué responde a quienes lo acusan de deslealtad?
-Me tienen absolutamente sin cuidado. Hicieron lo mismo durante la última campaña parlamentaria y obtuve un gran triunfo en la circunscripción más grande del país y la más compleja para la centroderecha.

-¿Su relación con Piñera está rota?
-Tenemos diferencias de diagnóstico, pero eso no se expresa en el plano personal.

-¿Siguen en contacto, hablan?
-(Risas) Esto parece una cuestión de ex polola… Olvídate.