Es cierto, la política no es una actividad desarrollada precisamente por jóvenes. Sin embargo, ¿qué han hecho ellos para hacerse un espacio?

  • 27 mayo, 2009

 

El juego de las lágrimas juveniles tiene bastante de lloriqueo. Si, porque si bien la tullida dirigencia politica regente no les da espacios (muy por el contrario, se aferra con dientes y uñas a la sillita musical del poder), por las venas de muchos jovenes no parece estar corriendo sangre idealista, precisamente.

¿Cámo lo hicieron en el pasado las castas de jovenes que transversalmente lideraron procesos e instituciones de alto impacto nacional? ¿Qué ha cambiado en estos años? ¿Faltan idealismo y polarizacion? ¿Cuánto de lagrimeo y desidia hay en todo este reclamo por espacio en la cosa publica?

Jovenes de hoy y de ayer desmenuzan para Capital el tema; y esbozan como lo hicieron y cómo hacerlo ahora para que la savia nueva oxigene la politica.

 

 

 

 

1
¿Dónde está el divino tesoro?

Para decirlo en simple: los mayores no les creen a las nuevas generaciones y estas parecen darles la razón. Por Alejandro San Francisco.


Dicen que Vicente Huidobro era un poeta que extremaba los argumentos. En su Balance Patriótico de 1925, efectivamente, llegaba a decir lo siguiente en materia política: “que se vayan los viejos y que venga juventud limpia y fuerte, con los ojos iluminados de entusiasmo y de esperanza”. La situación ha cambiado radicalmente después de casi un siglo y la consigna parece ser “que se vayan los jóvenes”.

En las últimas semanas ha habido algún comentario positivo y complaciente hacia la incorporación de jóvenes figuras a los comandos de Eduardo Frei y Sebastián Piñera, candidatos con posibilidades de llegar a La Moneda. El coordinador del ex presidente tiene 27 años, mientras uno de los asesores del líder de la Coalición por el Cambio tiene 33. “¡Un notable cambio generacional en política!”, han comentado algunos, desbordando alegría por ver caras nuevas. Lo anterior más bien demuestra el conformismo que reina en torno a la participación juvenil –un cambio mental que se conforma con migajas– y que la política chilena está envejecida sin signos evidentes de transformación.

En materia de ministros de Estado, la marcha de la Patria Joven de Eduardo Frei Montalva se reflejó después en nombramientos de personas que apenas superaban los 30 años en carteras importantes: ese fue el caso de Andrés Zaldívar o el de Raúl Troncoso, por ejemplo. El presidente Salvador Allende siguió la misma tendencia, como lo reflejó al nombrar a Fernando Flores y a Sergio Bitar. El cambio radical que se produjo después de 1973 no significó una involución en este tema, sino que un avance todavía mayor en incorporar nuevas generaciones al gobierno: grandes cambios del período fueron promovidos por jóvenes como Miguel Kast, quien murió a los 35 años después de haber sido ministro en dos carteras y presidente del Banco Central; José Piñera encabezó reformas cruciales en minería y en temas laborales, en la misma época y a la misma edad. Hoy, en 2009, ningún ministro tiene menos de cuatro décadas, en una tendencia que ya se arrastra por algún tiempo.

En los partidos políticos es exactamente lo mismo. Eduardo Frei Montalva creó la Falange Nacional cuando tenía 27 años; Jaime Guzmán, el gremialismo cuando apenas superaba los 20, mientras Andrés Allamand abrió cauces con la Unión Nacional en 1983 y firmó el Acuerdo Nacional en 1985; las dos cosas, antes de cumplir los 30 años. Los tres debieron asumir responsabilidades, enfrentar críticas y problemas, trabajar intensamente y muchos de los frutos que recogieron fueron precisamente resultado de ese esfuerzo. ¿Y qué pasa hoy? Basta mirar la prensa para darse cuenta.

Si se analiza correctamente el problema, en el caso de los ministerios hay falta de confianza de los gobiernos hacia los jóvenes, mientras en materia política es falta de capacidad de los propios jóvenes para encabezar proyectos atractivos, novedosos, con visión de futuro. Si en el primer caso desde el Ejecutivo se les dice a los jóvenes que están para otras actividades pero no para ministros, en materia de política cotidiana son los jóvenes los que dicen que no participarán en las decisiones o bien que se sumarán a los proyectos ya existentes: no quieren crear algo nuevo y mejor. En el primer caso, los mayores no creen en las nuevas generaciones; en el segundo, los jóvenes parecen darles la razón. Si lo primero refleja desconfianza hacia la juventud, lo segundo es manifestación de una inaceptable desidia y falta de compromiso con Chile.

No se trata de rupturas generacionales ni de frases grandilocuentes que jubilen a la generación actual. Muchos de los servidores públicos de hoy más notables y valiosos superan las cinco o seis décadas. Una política de calidad requiere a los mejores: hombres y mujeres, personas de distintas generaciones, de diferentes orígenes sociales y regionales, de ideas y formaciones también diversas. Para eso se necesita confiar en los jóvenes, pero también que ellos confíen en sí mismos. De lo contrario, en política, podríamos preguntarnos parafraseando a Rubén Darío: Juventud, divino tesoro, ¿te fuiste para no volver?

El autor es profesor de Historia de la facultad de Derecho de la Universidad Católica de Chile y director del IES, Instituto de Estudios de la Sociedad.

 

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2
Atreverse

Quienes esperan a que otros les concedan graciosamente espacios terminan relegados a la irrelevancia. Ojo, que el liderazgo no se conjuga con el lloriqueo. Por Andrés Allamand.


Qué tan efectivo es que los jóvenes tienen hoy cerrados los caminos para la participación política?

La sabiduría convencional (que a veces no es ni tan sabiduría ni tan convencional) parece haber sentenciado que existe una suerte de conspiración para cerrarles las puertas a los jóvenes. Es también un lugar común responsabilizar de tal situación a la clase política, a la dirigencia tradicional, a las herméticas estructuras de los partidos o, por último… al sistema binominal.

Es efectivo que las estructuras vinculadas al poder –en todas sus expresiones– no son particularmente permeables. Del mismo modo, es indudable que los fenómenos asociados al liderazgo tienden a perpetuarse y a levantar defensas contra todo aquello que perciben como amenaza.

Es una discusión abierta si esta situación es hoy distinta o igual a la que siempre ha imperado.

En todo caso, está claro que los jóvenes muestran un progresivo distanciamiento hacia la participación política y que las expresiones de rebeldía han cambiado del cielo a la tierra. En los 60 las manifestaciones juveniles de descontento político se expresaban en un extremo activismo: los jóvenes se tomaban –algunas veces, literalmente– las organizaciones políticas. La protesta era activa. A partir de los 90, el descontento juvenil asumió un rostro diametralmente opuesto al febril activismo: se tradujo en apatía y marginación. Y la manifestación más ostensible de descontento se expresó simbólicamente en la negativa a inscribirse en los registros electorales. La protesta se volvió pasiva.

Igualmente evidente es que en nada contribuyen a la renovación de los liderazgos los lamentos quejumbrosos de aquellos dirigentes que han vegetado décadas en los partidos y que reclaman porque nadie “les abre oportunidades”. Y tampoco parece abrir camino opinar desde la tribuna académica acerca de la falta de oportunidades, sin estar dispuesto a entrar a la cancha. En verdad, el liderazgo no se conjuga bien con el lloriqueo.

¿Es muy cerrado el sistema político chileno? Dos ejemplos a la mano revelan que es más poroso de lo que parece. José Antonio Kast logró imponer en la UDI –el más disciplinado partido de la política chilena– una tonificante competencia interna. Marco Enriquez-Ominami ha irrumpido con fuerza en el escenario y socavado irremediablemente la candidatura oficial de la Concertación.

La regla fundamental del liderazgo es atreverse. Hasta ahora, los que esperan que otros les concedan graciosamente espacios han terminado en la irrelevancia. Al revés, los que se han atrevido han tenido insospechado éxito.

El autor es senador de la República. Fue dirigente estudiantil y uno de los fundadores de RN.

 

 

 

3
Respeto al ritmo juvenil

Hay que respetar los ritmos con que los jovenes se hacen presentes en el debate publico. Por Camilo Escalona.


En mi opinión, el sistema binominal y el rol enorme que ha ido adquiriendo la ingerencia del dinero en la política agravan severamente las dificultades para la representación de los jóvenes menores de 30 años en el sistema político del país y, en particular, en el Congreso Nacional.

Ante esta realidad, propongo que se establezca un sistema de cuotas. Es decir, que un porcentaje de los diputados y senadores surja de un padrón juvenil. En consecuencia, que a las ideas relativas a la inclusión de mujeres y pueblos indígenas se incorpore el tema de la juventud en los diferentes análisis y presentación de propuestas.

Cada generación tiene su propia experiencia, singular e irrepetible, de modo que se deben respetar los ritmos con que los jóvenes de hoy se hacen presentes en el debate público.

Además, en algún tiempo más, al establecerse como definitivos y universales los sistemas digitalizados de comunicaciones sociales y personales, se cerrará la brecha que hoy existe, debido a que la nueva generación usa tales sistemas como algo natural; mientras que, en cambio, las generaciones anteriores mantienen su preferencia –no exclusiva pero predominantemente- hacia las maneras de leer, redactar, dialogar, etc, que conforman su conciencia social y que les acompañan desde que tienen memoria.

No creo que sea bueno el oportunismo. Es decir, condenar a los jóvenes cuando se está entre adultos, o adularlos cuando se les pide el voto. Hay momentos en que el ejercicio de halagar para congraciarse resulta penoso. Creo que ello sólo aumenta el deterioro de la política.

Sin embargo, asegurar institucionalmente la presencia de los jóvenes en el sistema político contribuiría a la profundización de la democracia y de una adecuada inclusión de sus intereses en las políticas públicas que se realizan en nuestro país.

El autor es senador y presidente del Partido Socialista. Fue dirigente estudiantil secundario en la década del 70.

 

 

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4
El derecho a lo propio

Aunque el idealismo y la polarizacion no sean las fuerzas motoras de hoy, los jovenes pueden hacerse un espacio en la cosa publica. Y si los partidos no son el ambito para ello, habrá que dar con nuevos referentes. Por Cristobal Bellolio B.


Hace unos meses el entonces ministro vocero Francisco Vidal se refirió a la diputada Karla Rubilar como “heredera política de la dictadura”. La parlamentaria en cuestión apenas se empina sobre los 30 años. Al igual que yo, nació en las postrimerías de los 70 y ni siquiera llegaba a la pubertad para el plebiscito de 1988. Me pregunto, entonces, si acaso mi generación está condenada, como quiere Vidal, a cargar con las mochilas emocionales de nuestros padres y abuelos.

Gran parte de la desafección de los jóvenes por la política, a mi juicio, encuentra su causa en la ajenidad del proceso. Existen una generación que recuperó la economía y otra que recuperó la democracia. Pedirle a un joven de 20 años que se sienta partícipe de la mística fundacional de la Concertación es absurdo, lo mismo que pretender que la Alianza satisfaga el requerimiento de renovación con los mismos que dominan el escenario desde hace dos décadas.

Existen, por supuesto, otros factores culturales e institucionales que ayudan a explicar el bajo compromiso político de las nuevas generaciones. A diferencia de los jóvenes idealistas de los 70, nosotros no vivimos la polarización ni la intensidad ideológica. El derrumbe del muro es apenas la premisa de ciertos consensos. El modelo de mercado acentúa, además, la toma de decisiones individuales, erosionando algunos vínculos colectivos. Si a esta realidad mundial le sumamos las barreras a la entrada que impone la clase política actual (la misma que estuvo excluida durante 17 años y que ahora no tiene intenciones de abandonar el poder), el panorama no resulta muy atractivo: el diseño electoral, desde la conformación del padrón hasta el sistema binominal, posee una lógica demasiado interesada en la estabilidad, sin tomar en cuenta el dinamismo que requieren las instituciones políticas y sin incentivos a la competencia ni al ingreso de nuevos actores.

¿Pero cuál es nuestro aporte sustantivo como generación? ¿Podemos llamar propio a lo que está ocurriendo en la política chilena? Estoy convencido de que cuando eso ocurra, la demanda por participación será mayor, ya que a fin de cuentas es una demanda tremendamente razonable por pertenencia.

Tenemos claro que nadie nos regalará los espacios. Hay que ganárselos en la cancha. Lo interesante es que adquiramos conciencia, como generación, de que las estructuras actuales no son eternas ni indiscutibles. Esto implica que, en la eventualidad de convencernos de que los partidos actuales no entregan las condiciones de pertenencia que buscamos, entonces hay que trabajar en la construcción de nuevos referentes en sintonía con las interrogantes del futuro.

El autor es académico de la escuela de Gobierno U. Adolfo Ibáñez y miembro del comité político de Independientes en Red.

 

 

 

5
Cinco nociones básicas para jóvenes líderes

Sin ideales y sin una carta de navegacion concreta y clara que convoque a los pares, no es posible ser eficaces. Por Sergio Bitar.


Urge que la demanda actual de participación de los más jóvenes, que buscan debatir y liderar cambios, se abra paso en Chile. A diferencia de las motivaciones de mi generación, hoy esas demandas son enormemente diversificadas, desde las causas locales hasta los grandes desafíos globales, redibujando los límites de la política.

Más allá de la novedad de los temas, según mi experiencia, para ser eficaces y no perder el rumbo las nuevas generaciones deberían guiarse por cinco nociones básicas:

Primero, colocar los valores en el centro de la motivación del grupo humano que se lidera. Sólo a partir de la solidez de los valores le otorgamos sentido a la acción. Los valores mueven corazones y cualquier cambio comienza allí. También, gracias a los valores superiores, nos sobreponemos a los fracasos y frustraciones propios de todo cambio.

Segundo, los valores deben traducirse en objetivos claros. No basta con buenas intenciones. Se requieren metas, con una visión que oriente un programa específico de acción.

Hasta este punto es donde llegan muchos. Los líderes de verdad van más allá.

Aquí surge la tercera noción, la que quizás es la más crucial: asumir un compromiso. No basta con valores y metas. El compromiso personal pone a prueba el temple, la disciplina, la persistencia y el sacrificio por lo que se cree. A este respecto, recuerdo las palabras de un sacerdote, que hasta hoy me orientan para tomar decisiones: “para dar frutos, hay que resistir el dolor de la poda”.

Asumido ese compromiso, un líder, un emprendedor de cambios sociales y políticos, debe ser eficaz. Para dar frutos, en tiempos razonables, es imprescindible dominar el terreno, prepararse bien en algo específico. Para las nuevas generaciones, en el contexto de una sociedad centrada en la innovación y el conocimiento, ello supone estudiar y manejarse muy bien en un campo de acción, con conocimientos técnicos que brinden sustentabilidad a las acciones emprendidas.

Por último, el quinto elemento, es el trabajo en equipo. No existe el líder solitario. La capacidad de crear movimientos, promover acciones en que converjan muchas personas, ojalá igualmente competentes y motivadas que el líder, es una garantía de que las transformaciones que se promueven irán más allá de la simple voluntad individual y se sustentarán en organizaciones e instituciones políticas y sociales sólidas.

 

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6
¿Si presidiera la FEUC?

En cuatro décadas el manual del dirigente universitario ha cambiado radicalmente. Por Miguel Angel Solar Silva.


Universidad para todos: mi viejo me dijo que “la universidad para todos” fue la consigna de los alumnos de la Técnica que mejor sintetizó la meta de la reforma universitaria de los 60. Hoy, cuando hay vacantes de educación superior que no se llenan, se podría decir que esa meta está cerca de cumplirse.

Todos universitarios: mis compañeros que están en el hospital haciendo el internado me cuentan que los paramédicos son tan importantes que quieren y deben ser universitarios; es decir, trabajadores que conocen la ciencia de los procesos de salud-enfermedad y así puedan innovar. Lo que digo de los paramédicos también se lo escucho a compañeros de otras escuelas. ¿Por qué? Porque la reforma de la empresa en esta sociedad del capital humano y el conocimiento requiere que todos tengan educación superior. Y si todos tenemos, la extensión de la educación universitaria pasó de moda. La gente no quiere oler el aroma de la cazuela, sino probar una buena presa.

El problema de la calidad: tenemos cada vez más “universidad para todos”, pero universidades “reguleque”. Y los estudiantes actuamos en consecuencia, haciendo largas huelgas, pues no nos importa perder clases porque muchas veces la docencia se reduce a lecturas de guías y guías. El aprendizaje práctico ligado al proceso productivo es mínimo y tardío y las evaluaciones no tienen interés formativo, sino punitivo. En síntesis, sentimos que pagamos un kilo de universidad y nos entregan medio kilo.
¿Y la investigación? Un médico de mi hospital me dijo que nunca había cambiado una conducta sobre la base de una investigación hecha en Chile. También veo que los académicos investigan puros medicamentos que las trasnacionales después nos venderán. ¿No tenemos preguntas propias?

Tenemos que luchar por que las unidades universitarias se articulen con la empresa, tanto en docencia como investigación para producir bienes de calidad, inmanentes y trascendentes, que los consumidores aprecien por buenos y baratos. La pelea es en el área chica, la unidad académica. Nada de leyes todavía, sino guerrilla curricular.

Gobierno universitario: las rectorías y decanatos son una corte de mandamases que no tienen que ver con mis problemas y aunque quisieran están lejos para apoyar mi compleja tarea. Además, son estructuras caras, más aún en las universidades públicas. A veces actúan como frenos de las iniciativas de las unidades, que son las únicas que pueden articular la universidad a la nueva empresa, base de su futura calidad.

El problema de la equidad: muchos compañeros no tienen plata para vivir y estudiar al mismo tiempo; otros, sí. A los primeros, certificados por municipios, debemos financiarles su profesionalización en instituciones de educación superior; las que elijan y donde sean aceptados. Además, chao PSU y AFI.

Médico que en 1967 dirigió la toma de la casa central de la Universidad Católica y que inició la reforma universitaria. Hoy está radicado en Temuco.

 

 

 

 

1a persona
El compañero Bowen


Menudo desafio tiene el jefe de campaña de Frei, nada menos que poder ganarle a la Concertacion. Por Federico Willoughby Olivos.


Se siente, se siente, Frei presidente”. Dígalo en voz alta. “Se siente, se siente, Frei presidente”. Ahora grítelo. “¡Se siente, se siente, Frei presidente!”. Siga repitiendo mientras agita el brazo hacia el cielo y lidera, en plena subida Ecuador en Valparaíso, a una treintena de jóvenes que acaban de reunirse con usted en lo que fue su primera actividad regional a cargo del comando de Frei.

Ahora piense (sin dejar de gritar): ¿se siente cómodo?, ¿le sale natural?, ¿le gusta hacerlo? Si su respuesta es negativa, descuide: no es fácil. El propio Sebastian Bowen cuando lo hizo, hace un par de semanas, se puso rojo y algo nervioso. Es cierto, al poco andar se metió en la dinámica y fue uno más, y hasta lideró los gritos; pero que le costó, le costó.

Y es que Bowen, a diferencia del mundo concertacionista con el que tiene que trabajar, no es un político. Va camino a convertirse en uno, pero sus fortalezas, los ítems por los cuales Tironi y Cía. lo eligieron son: no tener militancia, su experiencia en temas sociales, capacidad ejecutiva y juventud para inyectar a la Concertación.

Pero todos esos puntos fuertes no evitan que a Bowen le cueste habitar en el mundo político/concertacionista. Una pequeña muestra: ese mismo sábado, un poco antes de los gritos ya mencionados, en el que fue el primer discurso de la mañana, un delegado del Partido Socialista dijo: “compañeros, sé que están preocupados por las elecciones que vienen, está en juego nuestra presencia en el aparato público… nuestras pegas”, y lo señaló con genuina preocupación. Y no era el único inquieto. En el lugar había unas 60 personas, de distintos partidos pero casi todos con trabajo en el aparato público.

De hecho, más tarde, en el almuerzo que Bowen tuvo con una selección de los jóvenes de la reunión, la preocupación de éstos se repartió entre: a) lo conveniente que sería tener un Estado como el mexicano que les pagara para dedicarse a la vida pública y b) lo inoportuna de la Ley de Transparencia, que obliga a publicar cuánto ganan los miembros del aparato público.

Y ojo, Bowen en esa parte del almuerzo sólo escuchó, no se hizo parte de los afanes “reinvidicadores” de los compañeros de mesa. Pero más tarde, volviendo en el auto a Santiago, me confidenció que una de sus mayores motivaciones para estar metido en lo que está es lograr que más profesionales entren a la política. Una idea que se podría definir como “una nueva política a cargo de gente menos política”. Básicamente, un futuro donde los gobiernos (y las oposiciones) estén compuestos por los mejores profesionales, gente que no necesariamente tenga que trabajar en el aparato público pero que tenga ganas de mejorar las cosas.

Y claro, es lo que nos gustaría a todos. El problema está en que uno empieza a creerle a Bowen, a pensar que sí, que de repente igual se puede y… ¡zaz! se aparece otra vez el mundo político/concertacionista. En este caso, una actividad de la DC en la Universidad Católica de Valparaíso. Nunca quedó muy claro de qué se trató, salvo que estuvo llena de largos y aburridos discursos que Bowen, como le corresponde, aguantó estoicamente pero que igual al terminar lo dejaron con dudas respecto a si había sido un buena inversión de tiempo. La cita dejó en evidencia, una vez más en el día, lo poco moderno que puede ser un partido (cuesta creer que algún joven gastaría 3 horas de su sábado en escuchar a Eduardo Abedrapo, uno de los oradores) y de paso, lo sacrificada que va ser para Bowen esta campaña. Es indudable que es un tipo capaz, y quizás ahí su problema: hacerle entender a la Concertación que para ganar se necesita más que un “se siente, se siente, Frei presidente”.