Liberal, tímido y fanático de la Segunda Guerra Mundial. Alejandro Montero es uno de los socios menos conocidos de Celfin, pero es quien tendrá el rol más protagónico en la nueva estructura de BTG Pactual. Como miembro del comité estratégico del banco brasileño, su rol será clave para conducir a la compañía a las grandes ligas del mercado andino. ¿Quién es este personaje?

  • 14 marzo, 2012

Liberal, tímido y fanático de la Segunda Guerra Mundial. Alejandro Montero es uno de los socios menos conocidos de Celfin, pero es quien tendrá el rol más protagónico en la nueva estructura de BTG Pactual. Como miembro del comité estratégico del banco brasileño, su rol será clave para conducir a la compañía a las grandes ligas del mercado andino. ¿Quién es este personaje? Por Antonieta de la Fuente.

No es raro que varios días a la semana, a las 11 de la noche, el piso 19 del edificio de Apoquindo 3721, donde se ubican las oficinas de Celfin Capital, permanezca con las luces encendidas. Ahí está la oficina que Juan Andrés Camus comparte con Alejandro Montero. El noctámbulo es este último.

“Se puede quedar fácilmente hasta las doce de la noche trabajando, dice que es la hora en que su cabeza mejor funciona, pero es pésimo para madrugar”, comenta uno de sus compañeros en Celfin.

Y su cabeza está ahora concentrada en el nuevo desafío que se viene por delante: la fusión con BTG Pactual y su nuevo rol como parte del comité ejecutivo del banco brasileño. El martes de la semana pasada tuvo su debut en sociedad. Ese día, Alejandro Montero participó por primera vez de este “petit comité” que tiene entre sus objetivos nada menos que convertir a BTG Pactual en el mayor banco de inversión de la región andina. En este desafío, el rol que puede jugar el gerente general de Celfin es clave. Fue él quien lideró todo el proyecto de expansión del banco chileno en Perú, Colombia y Estados Unidos, y por eso su aporte es fundamental. “Brasil es tan grande que casi no conocen lo que pasa en el resto en el mundo… es fundamental alguien que sí conozca y que haya trabajado en este tema los pueda ayudar”, afirma un ejecutivo de Celfin.

Tímido, de pocas palabras y acostumbrado al bajo perfil, Alejandro Montero es el más enigmático de los socios de Celfin. Poco se sabe de este ejecutivo de 45 años, casado con Anita González y padre de cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres. Aunque es alto y de figura imponente, su rol hacia fuera pasa algo desapercibido frente a personajes más mediáticos como Jorge Errazuriz y Juan Andrés Camus. Distinto es dentro de Celfin, donde es quien lleva la batuta y es definido como el estratega de la compañía. Fue él quien contrató a McKinsey y trabajó codo a codo con la consultora para reorganizar el área de asset management y lograr duplicar los activos administrados a 2015. También fue quien asumió las primeras negociaciones con BTG Pactual con miras a la venta.

“Alejandro tomó esta compañía, que eran varias islas y las unificó en una misma cultura. La ordenó para generar sinergias en conjunto”, explica un colaborador.

De joven
Montero viene de una familia cosmopolita. Su madre es norteamericana. Por eso, en la casa de sus padres se hablaba en inglés. Además, sus dos hermanas están casadas con extranjeros: una con un francés y la otra con un belga.

Estudió en la Alianza Francesa, le gustaban los números y fue puntaje nacional en Matemáticas en la Prueba de Aptitud Académica. Pensó en estudiar matemáticas, pero finalmente optó por Ingeniería Comercial en la Universidad Católica.

Era más bien desordenado y estaba lejos de ser el mejor de la clase. Estudió para el examen de grado junto a Arturo Claro, socio de MBI Corredores de Bolsa, y Bernardo Larraín, ex gerente general de Colbún, quienes hasta el día de hoy son dos de sus mejores amigos. En esa época también conoció a quien hoy es su mujer. “Es una relación de toda una vida, empezaron a pololear a los 20 años”, recuerda un amigo.

Desde un principio, supo que lo suyo eran las finanzas. Además, tuvo buenos mentores.

Su primer trabajo fue en Investment Management Company, IMCO, la administradora de fondos de capital extranjero de Sergio Undurraga, que fue uno de los orígenes de lo que hoy es Moneda. Montero entró junto con Pablo Echeverría como analista de inversiones. Fueron tiempos de mucho aprendizaje y trabajo. IMCO fue la primera firma que manejó fondos de conversión de deuda externa en Chile. “En esa época casi no existían los sistemas y los fondos se valorizaban en planillas Excel. Eran millones de datos, unas sábanas con todas las operaciones y posiciones: todo bien manual, pega que hacíamos casi todos los fines de semana. Igual lo pasábamos muy bien”, asegura un compañero de trabajo de esa época.

Luego de poco más de un año decidió partir a Wharton para estudiar un MBA. Antonio Cruz, socio de IMCO, quien había estudiado en esa universidad, lo recomendó. También influyó en su decisión el hecho de que parte de la familia de su señora, entonces polola, vivía en Filadelfia.

A diferencia de sus compañeros de Wharton, Montero no participó de ninguno de los procesos de reclutamiento. Pese a haber

Cuando Jorge Errázuriz le ofreció trabajo en Celfin, la respuesta de Alejandro Montero fue: “sí, pero no quiero ser tu empleado, quiero ser tu socio”. Dicho y hecho.

entrado en la dean list, de los 5% mejores alumnos de su generación, no quería emplearse, sino tener algo propio. En mayo del 93 salió de Filadelfia y emprendió un viaje iniciático alrededor del mundo con un grupo de compañeros. Visitó Rusia y Europa del Este y luego se unió a Arturo Claro, con quien viajó por India y el sudeste asiático. Estaba en Tailandia cuando se quedó sin plata y tuvo que volver a Chile.

Llegó –literalmente– con cinco dólares en el bolsillo a la casa de sus padres. Pero la suerte estaba de su lado. Por esas casualidades de la vida, la misma noche de su regreso asistió a una comida en la que despedían a una de sus hermanas que partía de viaje, en la cual estaba Jorge Errazuriz. Ahí, el fundador de Celfin le ofreció trabajo y la respuesta de Montero fue: “sí, pero no quiero ser tu empleado, quiero ser tu socio”. Dicho y hecho.

Después de dos años de trabajar como gerente de estudios, área que tuvo que levantar él solo, puesto que en Celfin no estaba desarrollado el research, logró su objetivo. Él y su amigo Arturo Claro se transformaron en socios con el 10% cada uno.

A los pocos años Claro le vendió su parte. Actualmente Montero es dueño del 17% de Celfin.

En el camino también tuvo sus aventuras empresariales. Fue socio de la discoteque Ice, que estaba en Santo Domingo, Maitencillo y Pucón, negocio que dejó después de cinco años y “en el que perdió plata y quedó agotado”, recuerda un amigo.

Su gran pasión: la Segunda Guerra Mundial
No es un gran deportista. Dice que odia el gimnasio y que sólo va por orden del kinesiólogo. Disfruta mucho más de una buena comida que de un partido de fútbol. Sus amigos, entre los que se cuentan, además de Claro y Larraín, Leonidas Montes, Peter Meduña, Andrés Echeverría y Roberto Paiva, destacan que es un muy buen anfitrión. Es un sibarita de tomo y lomo. Su especialidad es la cocina chilena y le gustan mucho los asados. Con su señora organizan frecuentemente comidas en su casa, en San Damián, para agasajar a sus invitados; y cuando salen a comer prefieren el restaurante Miraolas.

También es amante de la ópera. Sus favoritas son Madama Butterfly y La Traviata y le gustan las antigüedades. Asiste a remates y colecciona pequeñas obras de arte.

Pero si hay algo que le quita el sueño a Montero es la Segunda Guerra Mundial. Desde que estaba en el colegio, cuando estudiaba la historia de Francia se obsesionó con el conflicto bélico, que según ha dicho a sus cercanos, “es la guerra mejor documentada que existe”. Su pasión lo ha llevado incluso a visitar campos de batalla, de concentración y lugares clave del conflicto como Normandía e incluso a seguir la campaña que hicieron los alemanes en Rusia. Y sus lecturas, por lo general, tienen relación con esa guerra.

Sus conocimientos de las estrategias seguidas por los soldados de ambos bandos no son solamente pasatiempos para este ejecutivo, sino que las utiliza como herramientas a la hora de evaluar los próximos pasos del banco que comanda. “No es raro que, en la mitad de una reunión, Alejandro ponga ejemplos de cómo los alemanes atacaron tal ciudad o las diferencias entre la guerra y la guerrilla”, constata un colaborador del ingeniero. Por eso no es raro que en Celfin algunos le apoden el pánzer –el famoso tanque alemán de la Segunda Guerra Mundial–, sobrenombre que calza medio a medio con su personalidad y su figura.

Aunque trabaja largas horas, intenta pasar el mayor tiempo con su familia. Va a dejar a sus hijos al colegio y cuando puede los pasa a buscar y almuerza con ellos. Los hombres están en el Nido de Águilas y una de las mujeres en el Villa María, porque la otra sólo tiene un año.

Con su mujer viajan mucho juntos. De hecho, cada vez que puede ella lo acompaña a las reuniones de negocios fuera del país. Así fue como estrechó lazos con Horst Paulmann. El dueño de Cencosud tiene una relación cercana con Montero y su señora luego de un viaje en el que compartieron juntos en Brasil. Aunque ya se conocían desde antes: el ejecutivo estuvo detrás de la salida a bolsa de la empresa del elefante en 2004.

También acompaña a su señora en sus salidas. Sin ir más lejos, fue con ella al Festival de Viña último a ver a Luis Miguel.

El impredecible
Aunque es el gerente general de la compañía y parte importante de su día a día es gestionar las diferentes áreas del banco, a Montero no le gustan las tareas administrativas. Lo suyo son la adrenalina de la bolsa, las jugadas arriesgadas y las salidas sorpresivas. De hecho, fue uno de los artífices de dos de las movidas más recordadas de la trayectoria de Celfin: el paquete de Colbún que le arrebataron a Deutsche en 2001 y el libro paralelo con el que terminaron adjudicándose el 20% de CCU en 2004.

“Es muy creativo y un verdadero estratega. Cuando todos dicen que la solución es ir al sur, Alejandro dice que hay que ir al norte. Y por lo general, termina teniendo la razón”, comenta un ejecutivo del banco.

Quienes trabajan con él dicen que nunca se sabe qué pasa por su cabeza. “Puede escucharte atento durante media hora mientras le expones una idea, sin decir nada. Y al final te dice genial, hagámoslo, o no, no me parece, pero no te da ninguna pista para saber qué piensa hasta que terminas de hablar”, revela un ejecutivo de Celfin.

También es de los que llegan a una reunión y mientras todos hablan de abrir un nuevo fondo o sobre cómo estructurar un aumento

Fue socio de la discoteque Ice, que estaba en Santo Domingo, Maitencillo y Pucón, negocio que dejó después de cinco años, y “en el que perdió plata y quedó agotado”, recuerda un amigo. 

de capital, de repente interrumpe para proponer una remodelación del piso. “Es impredecible, nunca sabes cómo va a reaccionar”, agrega este ejecutivo.

Montero es un hombre liberal. Votó por Piñera y se siente parte de la centroderecha, aunque la política no es lo suyo. A sus cercanos ha confidenciado que uno de sus principales logros dentro de Celfin es haber logrado implantar una cultura de la diversidad, donde conviven personas con diferente manera de pensar y muchos extranjeros.

Es meticuloso y perseverante. “Cuando se enfoca en algo es terco, lo saca hasta el final. La internacionalización que hemos tenido no se hubiera concretado si él no hubiera sido el gerente general… sin ofender al resto”, puntualiza un miembro del banco de inversiones.

Es una persona querida dentro de la empresa, aunque su personalidad reservada pone nervioso a más de alguno y es extremadamente exigente en los resultados. Y aunque siempre está pendiente de todo, sus colaboradores destacan que confía en el trabajo del resto. “Se preocupa de poner a personas que le den confianza… y deja hacer. Recién al final, cuando las cosas están hechas, entrega su opinión y hace sus aportes”, destaca una persona que trabaja con él. Así ocurrió por ejemplo con la campaña publicitaria de la firma: Montero fue quien contribuyó con la frase We are sudamerican brokers.