A nadie le hizo gracia que el nuevo Monopoly incitara a prácticas corruptas de manera tan explícita. Y menos considerando que el juego está orientado a niños desde los ocho años, edad en la que están en proceso de formación y comprensión acerca de lo que es bueno y malo.
Por Susana Sierra, directora ejecutiva de BH Compliance.

  • 10 octubre, 2018

Me hizo ruido desde el primer minuto en que vi su publicidad. Frases como “El juego donde el más tramposo gana”, “Las nuevas tarjetas te permitirán hacer trampa” y “Pero cuidado si te pillan ¡Vas esposado a la cárcel!” me hicieron reflexionar en la evolución negativa que ha tenido el juego: ayer asociado con educación financiera y compraventa de propiedades; hoy validando el engaño y la trampa. Me refiero al Monopoly y su edición para tramposos.

Preocupada, comenté la situación y la percepción fue unánime: a nadie le hizo gracia que el nuevo Monopoly incitara a prácticas corruptas de manera tan explícita. Y menos considerando que  el juego está orientado a niños desde los ocho años, edad en la que están en proceso de formación y comprensión acerca de lo que es bueno y malo, con cerebros sedientos de información y nuevos conocimientos, que absorben mucho más de lo que son capaces de procesar.

No es que por jugar un niño se vaya a convertir en un tramposo, pero definitivamente algo le quedará.

Lo más sorprendente de toda esta historia es que Hasbro, la empresa que creó la edición del juego, dice que lo inventaron porque se dieron cuenta que el 50% de quienes lo jugaban hacían trampa, de lo que uno deduce que quisieron “normalizar” las prácticas corruptas. Con los casos de corrupción que han salido a la luz pública, ¿cuántas veces nos hemos encontrado con respuestas como: “Así funcionan las cosas acá” o “todos lo hacen así”,justificando su actuar? No porque un porcentaje importante adhiera a conductas que dejen entrever corrupción quiere decir que se puede validar. Ahí cobra protagonismo el actuar de la ciudadanía que puede rechazar o no este tipo de prácticas. No porque algunos elijan la trampa es el ejemplo que todos deben seguir.

No caigamos en el simplismo. No olvidemos que muchas veces han sido justamente esos pequeños actos “inocentes” los que nos han terminado llevando por el camino del mal. Mi intención, al prender una luz amarilla con este juego, no es pecar de alarmista ni ver fuego donde no lo hay. Es transmitirles la importancia que tiene para la vida hacer las cosas bien. El Monopoly no es más que una caricatura.

Llegó la hora: Hagámonos cargo de la corrupción, basta de tapar el sol con un dedo.