La exposición del Instituto Cultural de Las Condes ilumina la trayectoria de uno de los artistas españoles de mayor gravitación en la historia chilena. Mientras estuvo en Chile, Fernando Alvarez de Sotomayor introdujo viento fresco en la plástica chilena. Fue un maestro, un renovador del gusto dominante y también un agente de provocación. 

  • 27 julio, 2007

 

La exposición del Instituto Cultural de Las Condes ilumina la trayectoria de uno de los artistas españoles de mayor gravitación en la historia chilena. Mientras estuvo en Chile, Fernando Alvarez de Sotomayor introdujo viento fresco en la plástica chilena. Fue un maestro, un renovador del gusto dominante y también un agente de provocación. Por Luisa Ulibarri.

 

Cuando mucho se habla y poco se vislumbra sobre los acontecimientos culturales cumbres de la celebración del próximo Bicentenario de Chile, la retrospectiva de Alvarez de Sotomayor y la Generación del 13 en el Instituto Cultural de Las Condes no puede ser más oportuna. Oportuna en eso que llaman hacer país, activar la memoria y recordar un legado centenario e imperecedero de confluencia entre creación artística e infraestructura cultural. Pudo haber sido azar, coincidencia, destino, ritmo de las cosas, o como quiera se llame. Pero el asunto es que en 1910 –año en que Chile tuvo cuatro presidentes– el país recibió su primer siglo de historia independiente con momentos fastos para el arte, su enseñanza y la museología en un esplendente y recién construido edificio del Museo Nacional de Bellas Artes, que se conserva hasta hoy.

 

Además, con una exposición universal que –junto a la producción de los artistas nacionales– trajo por primera vez 150 hispanas obras de calidad del viejo continente, otorgando dimensión internacional a la muestra y también una oportunidad a la generación de pintores de menores recursos o alcurnia que abandonaba el academicismo francés y se volcaba a una realidad popular de temas más nuestros. El grupo, denominado Generación del 13, fue liderado por Fernando Alvarez de Sotomayor, un exitoso artista gallego y monárquico de la Coruña contratado para enseñar por el gobierno de Pedro Montt en 1908. El artista fue, además, el decisivo gestor y artífice de la exposición internacional de 1910. Así se escribía parte de la historia y celebración cultural de nuestros cien años de vida republicana.

 

Para algunos estudiosos, como Pedro Zamorano Pérez, profesor chileno de la Universidad de Talca y doctorado en la Complutense de Madrid, estos hechos no fueron inocentes. A su juicio, la contratación de Alvarez de Sotomayor fue una necesidad diplomática y una urgencia cultural en la víspera de una efeméride que pedía a gritos “resituar la pintura nacional de tradición hispana” entre dos países que habían tenido más desencuentros que encuentros. Hasta entonces, mirábamos con devoción al neoclasicismo francés o a los modelos ingleses, alemanes e italianos. Pero de españoles, nada. Por otra parte, desde 1880 –cuando se había creado el primer Museo de Bellas Artes en el Partenón de Quinta Normal– el Estado chileno había determinado ser un decisivo “ordenador del campo cultural”, según el investigador Zamorano. “Hay que hablar de una primera transferencia, a comienzos del siglo XX, cuando el Estado de Chile contrata a Fernando Alvarez de Sotomayor para que se haga cargo de la Academia de Pintura, entre 1908 y 1915. Su efecto fue el reemplazo de una dependencia francesa retraída, por una afluencia informativa gallega que servirá de base para el primer movimiento de pintura criolla: la Generación del 13”, escribe el teórico Justo Pastor Mellado. “Se trataba de un realismo de fuertes rasgos sorollanos, alejados de la elegancia académica dominante, que valoraba por vez primera ceremonias y costumbres populares. El nacimiento del movimiento obrero chileno coincide con la aparición de las primeras capas de artistas plásticos de origen clase mediano ascendente. La capa más avanzada de estos artistas logra viajar a París en la década del 20; pero el inconsciente gallego les impidió comprender el alcance de las vanguardias”, concluye Mellado.

 

 

 

Retrato de Isabel Bunster

 

 

 

 

Es un hecho que el tono de la enseñanza fundacional de las artes en el siglo XIX –y el carácter oficial de nuestra primera Academia de Pinturase debía a que sus integrantes pertenecían a un círculo restringido de diplomáticos, autoridades y personas cultas y adineradas que viajaban a Europa, trayendo consigo una estética conservadora imbuida del romanticismo francés y prolífera en instituciones como la Sociedad Artística (1867), presidida por Pedro Lira, los salones anuales de pintura, la revista de Bellas Artes, el Consejo Superior de Letras y Bellas Artes y otras instancias que trajeron modelos, personas, copias y vaciados de yeso de esculturas europeas. Toda una parafernalia que significó la organización de muestras y la adopción de políticas donde el Estado tenía una fuerte y decisiva presencia.

 

Alvarez de Sotomayor fue invitado oficial a hacer clases y dirigir una Escuela de Arte en Chile durante dos períodos y, en el más fiel sentido del anglicismo, fue the right man in the right place. Recién casado, trajo consigo sus primeras pinturas nacidas de sus estudios académicos entre Madrid y Roma –tan valoradas como premiadas en España– y que no se vendieron demasiado bien sino hasta mediados de 1900 en Europa. Pero el Estado chileno estaba como nunca con las pilas puestas y decidido a renovar su tradición cultural, por lo que la invitación a enseñar en nuestro país con buen sueldo cayó como anillo al dedo del pintor. A su estilo de enseñanza clásica y depurada, aprendida en las ciudades donde estudió varios años, Alvarez de Sotomayor agregó efectivamente la tendencia hispánica de Joaquín Sorolla, que enfatiza la composición y el valor de escenas costumbristas casi espontáneas: comedores, fiestas regadas, los motivos populares cargados de melancolía, juegos de luz y sombra, colores aprendidos de Franz Hals en los países nórdicos, luminismo levantino y empastes de una fuerza y vigor extraordinarios.

 

Si bien conservador desde el nacimiento hasta su muerte –fue monárquico, franquista, retratista de las cortes y de los más poderosos uniformados y autoridades nacionalistas como Franco, Calvo Sotelo, Perón y su mujer Evita– la pasión de Alvarez por la pintura, su devoción por la enseñanza, así como sus habilidades de gestor de grandiosas exposiciones (además de la de 1910 en Chile recuperó desde Ginebra la colección de obras del Museo del Prado en los tiempos de guerra civil), lo convirtieron en un peculiar renovador. Y eso le valió el reconocimiento de moros y cristianos quienes – mientras mostraban reserva frente a su conservadurismo decimonónico– admiraron su incuestionable maestría pictórica y vocación institucional.

 

En un comentario muy de su época, el crítico chileno Nathanael Yáñez Silva habla del maestro gallego en un artículo de Las Ultimas Noticias de 1945. Distingue en nuestra pintura distintas épocas en función de los rasgos de la producción y de la conducta de nuestros pintores. Reconoce –entre otras– la época de Monvoisin, la de Lira y la Alvarez de Sotomayor. Para Yáñez Silva esta última constituye un verdadero renacimiento. “Cuando llegó Sotomayor a nuestro país se pintaba como lo hacía Lira, con los escapes de un Correa, un Rebolledo o un Valenzuela Llanos. El maestro español predicaba con el ejemplo y, para empezar, colgaba en el Salón de 1908 esa obra maestra del retrato de Alfredo Helsby a quien le atribuye cara de Cristo resignado.

 

 

 

Pareja de campesinos gallegos

Los espíritus de nuestros jóvenes se inflamaban de deseo de pintar así. ¡Qué clases aquellas! Cuando algún alumno dudaba en una relación de valores, yo veía volar un pañuelo blanco que iba a caer sobre una estatua, para así probar el maestro una relación de blancos… y empezaron a aparecer locos de entusiasmo un Ezequiel Plaza, un Gordon, los hermanos Lobo, los hermanos Vergara, el melancólico Bertrix y muchos otros que pronto conoceréis en una exposición que Puerto de Marsella, Pedro Luna El pintor bohemio, Ezequiel Plaza La Vega, Arturo Gordon se va a abrir en la sala Chile del Museo de Bellas Artes, que supieron de las pinceladas sedosas del maestro. Ya no recuerdo una época más vibrante y de trabajo más entusiasta”, señala Yáñez Silva. Si bien detestaba las vanguardias y se inmolaba ante la tradición, Alvarez de Sotomayor integró en la pintura las mutaciones atmosféricas y pictóricas, pero también los motivos simples como los pescadores y el sol valenciano, las imágenes del hispanismo, el cotidiano criollo y la chilenidad que sus antecesores chilenos –Lira, Valenzuela Llanos y Juan Francisco González– habían esbozado. Estas imágenes cautivaron a jóvenes alumnos de una anónima clase media como Plaza, Gordon, Rebolledo y todos los que Nathanael Yáñez cita en las lecciones del maestro español como Generación del 13, Generación Centenaria, Generación Trágica y, al decir de Pablo Neruda, Heroica Capitanía de Pintores. Muchos de ellos están representados en la actual exposición de Las Condes, instituto cuyas esmeradas y documentadas retrospectivas suelen ser –desde hace más de tres décadas– un ritual y un encuentro decisivo con la memoria e historia del arte visual chileno.

 

Notable trabajo, no obstante que, según ellos, en la actualidad “conseguir obras de coleccionistas como antaño es cada día más difícil”. El problema se agudiza también porque el Estado chileno no pone mucho de su parte –en vísperas del Bicentenario– para agenciar obras maestras de nuestros pintores. Ni hablar de instituir un fondo de adquisición de obras de arte chileno para nuestro presente y para la posteridad, como se hace en otros países hace rato. En la entonces naciente Generación del 13, se dice que hubo diversificación en la impronta pictórica de los artistas, en diferentes formas y matices. Por ejemplo, Arturo Gordon asumió la línea goyesca en los temas populares. Los enfocó crudamente y con ciertos trazos de crítica social; retomó con enorme dignidad ritos como la cueca y el velorio a través de una nobleza plástica única y en sus obras a menudo el tema pareció ser una excusa para llenar formas con manchas sabiamente enlazadas en una nueva luminosidad que reivindicó tonos muy vivos. Pedro Luna habría enfatizado la utilización del pigmento como materia plástica, aplicado en gruesas capas de relieves y surcos, los que actuaron en forma independiente del color. Benito Rebolledo pudo haber pertenecido a la Generación del 13, pero su realismo de cromatismo vigoroso y luminoso lo situaron en el Grupo Naturalista.

 

Genuino representante de esa generación fue Ezequiel Plaza, el mejor alumno de Alvarez de Sotomayor con sus cuadros En la taberna y Pintor bohemio, exhibidos y galardonados en la exposición internacional de 1910. Se cuenta que el maestro no quiso otorgarle el primer premio pues era muy joven y “todavía le quedaba mucho camino para superarse”.

 

Si bien esta Generación del 13 fue uno de los legados de Alvarez de Sotomayor en sus dos períodos en Chile, tanto su esquema de docencia como la impronta que impuso en la dirección de nuestra Escuela de Bellas Artes permearon muy fuertemente la historia de la pintura chilena en la primera mitad del siglo XX. El artista, por otra parte, nunca dejó de retratar a personajes de sociedad tanto en Chile como en la corte de España, así como estampar las imágenes de su natal Ferriol en Galicia, que lo inscribieran como un artista de fuste en la pintura española desde su regreso de Chile, en 1915. Entre los retratos chilenos destacan los de Luisa Mendeville de Valdés e Isabel Bunster de Sánchez, ambos, lienzos monumentales y verdaderos alardes de refinamiento, composición audaz y ritmo, color y volumen, donde sus modelos parecían ser familiares de la corte triunfante de la restauración borbónica.

 

Poco después de regresar a España, país al que siempre quiso volver pues era la “tierra vivida en mi juventud y que tantos recuerdos ha dejado en mi memoria”, según cuenta Nathanael Yáñez Silva, Alvarez de Sotomayor fue director del Museo del Prado (1922-1931) y miembro ilustre de la Academia de Pintura San Fernando en Madrid, lugares de los cuales se alejó en los años de la Guerra Civil española, del Frente Popular y de la República. De Chile nunca se olvidaría. “Verá usted –le diría a Yáñez Silva, en octubre de 1944– “vea lo que son las cosas.

 

Yo que tanto he vivido, yo que he sido tantas cosas, hasta alcalde de La Coruña, considero mi época en Chile como un periodo de excepción, como el momento de mi vida en que Dios nos ha facilitado hacer un trabajo fecundo, casi histórico dentro, naturalmente, del marco de las Bellas Artes”.

 

La declaración de la República sorprendió a Alvarez de Sotomayor en Inglaterra, donde era admirado por sus retratos y donde existía una nada desestimable clientela. “Todas las grandes pinacotecas particulares fueron puestas a su disposición, y nobles como lord Wellington, lord Reversake, el conde Spencer y otros aristócratas británicos dueños de colecciones de arte pictórico lo invitaron a visitar sus colecciones” informa el libro antológico sobre el pintor español editado por la Fundación Pedro Barrié de la Maza. Su renuncia a los cargos oficiales a partir de 1931 develó su perfil político antes ignorado y de ahí para adelante, Alvarez de Sotomayor se zambulló en la tranquilidad de su patria gallega, aquietando además una sensibilidad más que golpeada por el advenimiento de las vanguardias artísticas, pero colaborando de múltiples maneras con las fuerzas nacionalistas.

 

Antes de finalizada la guerra civil, se le ofreció nuevamente la dirección del Prado, tarea que retomó hasta su muerte, en 1960. También participó en la dirección de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Sin duda, su polémica relación con el franquismo le cerró decisivas puertas –pero no todas– en la naciente República española y en los países donde su obra fue conocida. En febrero de 1976, gran parte de las pinturas decisivas de Alvarez de Sotomayor realizadas tanto en España como en Chile, llegaron en gloria y majestad al Palacio de Velázquez de Madrid, auspiciadas por las cancillerías de España y Chile. Ahí, bajo la bendición de Juan Carlos I –nieto de Alfonso XIII, de cuya corte borbónica el pintor gallego había sido el gran retratista– se exhibieron obras prestadas por colecciones de ambos países, y decisivas en el legado pictórico del artista. Entre otras, Comida de bodas en Bergantiños considerada una de las piezas cumbres de la pintura hispana y cuya hermana muy similar se encuentra en la colección del Museo Nacional de Bellas Artes en Chile; el célebre retrato de Alfredo Helsby exhibido en ésa y en la actual muestra de Las Condes; Abuela y nietos (1916), perteneciente al Museo Español de Arte Contemporáneo y Fiesta gallega (1917), uno de los leitmotiv de la obra y trayectoria de este gallego tan monárquico como transgresor.