¿Es posible medir algo como la felicidad? ¿Estamos de acuerdo en qué sea ella y en cuáles los caminos para conseguirla? ¿Estamos todos de acuerdo en que la felicidad es el objetivo principal de la vida humana?
Por Agustín Squella, Premio Nacional de Humanidades

  • 6 junio, 2019

Quizás haya que distinguir entre los miedos de los chilenos y los miedos de Chile. Por cierto que el miedo lo sienten las personas, los individuos, no los países, pero estos últimos, al menos entre sus elites, suelen también mostrarlos. Vean ustedes, por ejemplo, el temor con que hemos avanzado hacia tener una democracia en forma desde las primeras reformas a la Constitución de 1980, que tuvieron lugar en 1989 luego del plebiscito del año anterior. ¡Recién en 2005 se consiguió reformar esa Constitución para establecer la sumisión del poder militar al poder político y para eliminar la institución de los senadores designados y vitalicios, que constituían nada menos que el 20% del Senado de la República! Un temor que se mantiene hasta hoy, porque un importante sector del país no quiere oír hablar de una nueva Constitución. No digo que ese sector no quiera debatir acerca de una nueva Constitución, es que ni siquiera quiere oír hablar de algo semejante, en circunstancias de que la historia constitucional de Chile muestra que nunca hemos tenido una Constitución cuyo origen sea democrático. ¡Y van ya 209 años de vida independiente! En 2017, The Economist hizo un ranking de las democracias en el planeta y nuestro país no figuró en la primera categoría –democracias plenas o en forma–, sino en la segunda: democracias defectuosas, un lugar después de Costa Rica.

  Me concentro ahora en un punto de la encuesta de Capital: la felicidad. ¿Es posible medir algo como la felicidad? ¿Estamos de acuerdo en qué sea ella y en cuáles los caminos para conseguirla? ¿Estamos todos de acuerdo en que la felicidad es el objetivo principal de la vida humana? Esas preguntas me han hecho dudar siempre de las encuestas sobre la felicidad y, más aún, de los rankings de felicidad por países. ¡Pero si se hacen hasta canastas básicas de felicidad! Canastas en que estarían todos los bienes que todos necesitamos para ser felices. Si es así, yo pido que en mi canasta incluyan una jornada semanal en el hipódromo y que Santiago Wanderers de Valparaíso esté en Primera División.

   Hay otro problema con la pregunta por la felicidad. No es raro que la mayoría se declare feliz o muy feliz. ¿Pero lo será realmente? ¿Quién va a reconocerse infeliz o poco feliz ante un anónimo encuestador que lo detiene en la calle o le llama por teléfono? Es muy difícil admitir ante otros que no somos felices, o que somos poco felices, y ese factor infla las respuestas a favor de las alternativas “Feliz” o “Muy feliz”. Y pongamos atención al hecho de que muy a menudo aquellos que se declaran felices en alto número creen a su vez que la mayoría de las personas que conocen no son felices. ¿En qué quedamos entonces? ¿Feliz yo e infeliz la mayoría de las personas que conozco?

   Algo parecido ocurre con las encuestas sobre ateísmo. “Ateísmo” es una palabra dura y que conserva muy mala prensa, de manera que pocos que lo son lo admiten abiertamente. Además, algunos creen que ser creyente hace sujetos moralmente mejores que los que no creen en Dios –lo cual es un puro malentendido–, de manera que hay ahí otro obstáculo para reconocerse ateo. Muchos ateos, que saben que lo son, se declaran públicamente “agnósticos”, para así pasar piolas y no verse expuestos a la perplejidad y posible crítica de sus interlocutores. Hay mucho ateo que no ha salido del clóset, si ustedes quieren ponerlo de ese modo, y se refugian entonces en el agnosticismo. Esta última, con ser una posición posible y legítima, que consiste en decir que no es posible saber si Dios existe o no, se vuelve a veces el refugio de ateos timoratos que no quieren meterse en las patas de los caballos.

  Finalmente, me llama la atención que la encuesta muestre que el mayor grado de conflictividad en Chile se dé entre ricos y pobres. Me gustó que la encuesta utilizara esas dos palabras, porque el término “pobres” fue licuado hace ya décadas en “gente”, mientras que hoy los pobres han sido ascendidos por decreto a clase media. Clase media baja, por supuesto, para que no se vayan a creer el cuento completo. Esta conflictividad no es producto de la envidia hacia los ricos, sino de las muy agudas desigualdades que existen en las condiciones materiales de existencia de los individuos y las familias. Está por un lado la vida dulce de unos cuantos y la dura existencia de la mayoría.

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