Esa generación de líderes europeos que creía en la urgencia de la unificación está desapareciendo, y entre los propios ciudadanos el fantasma de las viejas guerras ya no es capaz de justificar los grandes sacrificios que se requieren hoy. Angela Merkel y Nicolas Sarkozy, al centro de la discusión. Por Renato García Jiménez.

  • 8 septiembre, 2011

Esa generación de líderes europeos que creía en la urgencia de la unificación está desapareciendo, y entre los propios ciudadanos el fantasma de las viejas guerras ya no es capaz de justificar los grandes sacrificios que se requieren hoy. Angela Merkel y Nicolas Sarkozy, al centro de la discusión. Por Renato García Jiménez.

En 1984, bajo una lluvia torrencial, el presidente francés Francois Mitterrand, y el canciller alemán Helmut Kohl, se estrecharon las manos en Verdún, el campo de batalla donde 300 mil soldados de ambos países murieron durante la Primera Guerra Mundial. Ese simple gesto fue un paso clave en la creación de la Unión Europea.

Para Kohl, considerado el arquitecto de la unión monetaria del euro, la integración del continente no era sólo un plan para impulsar el crecimiento y convertir al bloque en una potencia económica. Era la mejor manera de garantizar que nunca más habría otra guerra en la región. Como millones de europeos, ambos líderes vivieron en carne propia los horrores del conflicto. Durante su infancia, Kohl fue miembro de las brigadas que retiraban los escombros tras los bombardeos aliados. Mitterrand, fue prisionero de guerra de los nazis y escapó para unirse a la resistencia.

Esa generación de líderes europeos que creía en la urgencia de la unificación está desapareciendo, y entre los propios ciudadanos, la amenaza de una nueva confrontación ya no parece un argumento capaz de justificar los grandes sacrificios. Según una reciente encuesta, 59% de los alemanes está en contra de usar el dinero de los contribuyentes para evitar el colapso de alguna de las economías del bloque, “incluso si eso fuera necesario para mantener la zona euro intacta”. Y entre los franceses, 47% de los encuestados piensa igual.

Ese es, al menos en parte, uno de los problemas tras la actual crisis que vive Europa. Muchos economistas y expertos ven con angustia que las autoridades están reaccionando con excesiva demora y advierten que si no se toman medidas urgentes, después podría ser demasiado tarde. El colapso de la unión monetaria, que hace un año hubiera parecido un escenario absurdo, de a poco se ha ido asomando como una amenaza.

Esta pasividad de las autoridades resulta particularmente grave en el caso de Alemania y Francia, los dos pilares de la eurozona. La canciller alemana, Angela Merkel, que tiene un título en física y química cuántica, ha defendido en público su enfoque intencionalmente cauteloso. “Soy una persona que sólo saca conclusiones tras verificar y analizar los resultados”, dijo durante una conferencia de prensa en mayo. Merkel opina que la solución a la crisis se encontrará a través de pequeñas soluciones progresivas. “No creo que la salida esté en una gran medida única”, aseguró. Pese a su estilo más enérgico e impulsivo, su par francés, Nicolas Sarkozy, tampoco ha demostrado mayor urgencia en su respuesta.

“Por supuesto que el tema de la guerra ya no es un asunto inminente en Europa, pero si se tiene una cita con la historia, como Merkel y Sarkozy ciertamente la tienen en este difícil momento, hay que pensar en estos temas de largo plazo. Y mi preocupación es que ninguna de ambos ha demostrado tener una noción muy clara sobre esta responsabilidad y un compromiso para llevar a Europa hacia una dirección de mayor integración”, advirtió Jan Techau, director de Carnegie Endowment for International Peace, en Bruselas. “Eso es algo típico de esta generación, pero en el caso de los líderes europeos se debe pedir un poco más”, agregó.

Cuestión de piel

La gobernante alemana y su par francés están lejos de compartir esa afinidad que unía a sus predecesores. Todo lo contrario, la falta de sintonía entre ambos es uno de los factores que, según los expertos, ha dificultado encontrar una solución a la crisis.

Un funcionario estadounidense comentó con asombro que las diferencias en sus personalidades eran “como el agua y el fuego”, según un documento filtrado a través de Wikileaks. Durante la cumbre del G8, en mayo, un diplomático alemán dijo a los medios que no existe suficiente comunicación entre ambos y que Merkel no comprende bien la idiosincrasia de los franceses, según declaraciones reproducidas por Bloomberg.

“Ellos no hacen una buena pareja, no son amigos y ciertamente no son tan cercanos como lo eran Kohl y Mitterrand, pero tampoco tienen una enemistad o antipatía, y en los últimos años han aprendido a trabajar juntos. Desafortunadamente, en la actual situación eso ya no es suficiente, porque ahora se requieren una visión común y una perspectiva de más largo plazo, y eso no está en sus mentes. Ellos se están enfocando sólo en administrar el día a día”, opinó Techau.

Dudas de fe

La imagen de Kohl y Mitterrand actuando unidos está impresa en la retina de los europeos. Merkel y Sarkozy no tendrán nunca esa relación.

La crisis europea ha entrado en una fase de aletargamiento, pero pocos creen que lo peor ya haya pasado. La única razón por la que los gobiernos de Italia y España, por ejemplo, han podido seguir financiándose en las últimas semanas es porque el Banco Central Europeo accedió a regañadientes a comprar sus bonos. Pero eso bien podría cambiar; sobre todo luego de que el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, se arrepintierade aplicar un ajuste fiscal más estricto, como había prometido, y abandonó sus planes de subir los impuestos a los más ricos.

El rendimiento de los bonos italianos; es decir, la recompensa que los inversionistas están exigiendo a Roma a cambio de arriesgarse a prestarles dinero, aumentó el viernes pasado por décimo día consecutivo y alcanzó su nivel más alto desde el 8 de agosto, justamente la fecha en que el Banco Central Europeo aceptó respaldar sus bonos. Y la subida se produce precisamente cuando Berlusconi necesita recursos frescos para pagar compromisos por 46 mil millones de euros (66 mil millones de dólares), que vencen este mes.

A eso se suma, además, que tras largas negociaciones los gobiernos europeos aún no se pueden poner de acuerdo sobre los detalles de un segundo plan de rescate para Grecia, y las autoridades nacionales enfrentan divisiones internas que dificultan un acercamiento.

El principal temor de los inversionistas es que las finanzas de la mayoría de los gobiernos europeos no son suficientemente sólidas y que algún evento, como la quiebra de Grecia, pudiera arrastrar a toda la región. Ni siquiera la deuda de París se salva realmente de las dudas. Por eso, la única salida es que las mayores economías de Europa, y particularmente Alemania, que a ojos de los inversionistas es el único refugio seguro que queda, demuestren que están firmemente comprometidas con evitar un derrumbe a como dé lugar y que, si hace falta, estén dispuestas a garantizar la deuda de sus vecinos con sus propias reservas.

Pero, pese a las declaraciones públicas de unidad, los mercados y los analistas no creen que ese sea el caso. Cuando las señales de contagio se extendían alarmantemente hacia España e Italia, en julio, Merkel inexplicablemente puso en duda su participación en una cumbre de emergencia de líderes europeos, y tuvo que intervenir el gobernante francés para convencerla de asistir.

Un mes después, tras una cita en París el 16 de agosto, ambos mandatarios anunciaron un plan de contingencia. Pero sus alcances fueron limitados y los observadores nuevamente se sintieron decepcionados. Sarkozy rechazó ampliar el fondo de rescate europeo. Este es un factor clave, porque los 440 mil millones de euros (633 mil millones de dólares) actualmente autorizados en el fondo alcanzan fácilmente para sacar de apuros a un país pequeño, como Grecia o Portugal, pero no servirían de nada si la crisis termina arrastrando a Italia o a España, tercera y cuarta economías de la región. Mientras no exista esa red de protección, el nerviosismo de los inversionistas seguirá haciendo tambalear a los mercados cada cierto tiempo.

El presidente francés también rechazó la idea de crear un “eurobono”, un título común denominado en euros y garantizado por el bloque en su conjunto, con el cual todos los gobiernos de la eurozona podrían financiarse a la misma tasa de interés y en las mismas condiciones. El Centro para la Reforma de Europa, un instituto privado con base en Londres y considerado uno de los principales defensores de la integración monetaria, ha argumentado que mientras los 17 países de la eurozona sigan teniendo sus propios mercados de bonos separados, será imposible evitar el contagio.

Pero para el presidente Sarkozy aún es demasiado pronto para dar ese paso. “Podemos imaginar que algún día existirán los eurobonos, pero eso será al final del proceso de integración europea, no al comienzo”, declaró. “Los eurobonos pueden ser el resultado del proceso de integración, no el preludio”.

Relaciones peligrosas

Las relaciones entre Alemania y Francia nunca han resultado sencillas. Hasta ahora eso no había amenazado al proyecto de integración europea, pero en una coyuntura crítica, como la actual, se está convirtiendo en un factor relevante.

Aparte de su tradicional rivalidad, se trata de dos economías muy diferentes, con distintos modelos de desarrollo y filosofías económicas. Alemania es una economía enfocada en las exportaciones, con una base industrial muy poderosa, que ha consolidado un elevado nivel de productividad gracias a que en los últimos años ha aplicado un duro proceso de reformas.

El desarrollo de Francia, en cambio, está más enfocado hacia adentro, volcado mayoritariamente en los sectores de consumo y servicio, y ve a la competencia extranjera con recelo. En el ámbito fiscal, la estricta disciplina de Berlín contrasta con los problemas que París arrastra desde hace muchos años.

Pero también entre sus líderes se percibe una amplia brecha. “Las relaciones entre Merkel y Sarkozy han sido frías desde hace bastante tiempo porque los dos tienen personalidades muy distintas, con ambiciones y estilos de liderazgo muy diferentes. Eso ha dificultado las cosas”, explica Fredrik Erixon, director y cofundador del Centro Europeo de Política Económica Internacional (ECIPE, por sus siglas en inglés), con sede en Bruselas. “Si los líderes políticos no confían entre sí y creen que mantienen agendas ocultas, que existen motivos distintos por los que están tratando de hacer las cosas, será increíblemente difícil encontrar soluciones a la crisis”.

Ambos gobernantes están tratando de llevar a la eurozona en direcciones opuestas, o al menos diferentes. Merkel es partidaria de más restricciones fiscales a los miembros de la unión monetaria, un tratamiento mucho más duro para los países que requieran ayuda y obligarlos a ceder, al menos en parte, su soberanía fiscal. Además, pretende que los denominados “frenos fiscales” sean consagrados a nivel de la constitución. La canciller es extremadamente escéptica ante cualquier intervención a través de los bancos centrales.

Sarkozy, en cambio, es partidario de una centralización mucho mayor y soluciones federalistas, como unificar el manejo fiscal. Además, defiende políticas monetarias más expansivas y planes de estímulo. Un enfoque mucho más “keynesiano” en general. También está abierto a soluciones menos ortodoxas, como planes de relajamiento cuantitativo, similares que ha aplicado la Reserva Federal de Estados Unidos, y se opone a incorporar los frenos fiscales en la constitución.

“Cuando Sarkozy y Merkel se reúnen para buscar soluciones comunes, se produce una batalla entre estas dos filosofías distintas sobre la dirección que debe tomar la eurozona en general”, ilustra Erixon.

Pese al predominio económico de Alemania como la mayor potencia de Europa, el mandatario galo ha logrado anotarse un par de triunfos en estas batallas. No sólo consiguió “arrastrar” a Merkel a regañadientes hasta la cumbre de emergencia, en julio, sino que también la convenció de renunciar a su exigencia de establecer un mecanismo automático para imponer sanciones a los países que violen las reglas del déficit, como pedía la canciller. Además, logró que su colega desistiera de obligar a los tenedores de bonos privados a financiar parte del paquete de rescate para Grecia.

Los disciplinados alemanes, con justa razón probablemente, están indignados con aquellos socios que han descuidado las finanzas públicas, y se resisten a rescatarlos con el dinero de sus impuestos. Según un reciente sondeo de Bloomberg, 48% de la población quiere expulsar de la eurozona a los griegos, a los que en realidad no deberían haber permitido ingresar, en primer lugar.

Pero, también es cierto que, como potencia exportadora, Alemania es la economía de la zona euro que más se ha beneficiado de los periodos de estabilidad que produjo la moneda común. El enorme superávit comercial del que tanto se enorgullecen sus líderes y los problemas de exceso de endeudamiento de sus vecinos son sólo dos caras de una misma moneda. “En los buenos tiempos, Alemania fue la economía que más se benefició del euro, y por eso, ahora, en los momentos difíciles, es la que tiene la mayor responsabilidad. Merkel lo ha dicho públicamente, pero no lo ha enfatizado lo suficiente, y ese es su principal error”, reflexiona Techau.