“Vivimos una etapa de mucho desconcierto, sobre todo para las elites. De cómo hacerse cargo de una mutación muy profunda de la sociedad chilena, que creo que no ha sido bien leída desde la diversidad que tiene un país como el nuestro. Y creo que esa falta de lectura compartida se expresa en la incapacidad […]

  • 12 noviembre, 2015

marcelo-diaz

“Vivimos una etapa de mucho desconcierto, sobre todo para las elites. De cómo hacerse cargo de una mutación muy profunda de la sociedad chilena, que creo que no ha sido bien leída desde la diversidad que tiene un país como el nuestro. Y creo que esa falta de lectura compartida se expresa en la incapacidad de construir una base respecto de la cual poder administrar las diferencias de mirada y enfoques de los caminos que Chile tiene que seguir en materia de desarrollo.

Esa base compartida estuvo. Y voy a atreverme a hacer juicios bastante claros sobre algunas cosas, si no, no tiene mucho sentido que esté acá, pero es mi mirada y seguro que no todos la van a compartir. Pero esa base, a veces forzada por el marco constitucional, institucional y también por la disposición de fuerzas en el Parlamento, nos proporcionó una cierta línea común de cómo enfrentar las decisiones sobre los caminos del desarrollo de Chile en los últimos 25 años. Pero fue una conducción muy instalada en la elite, con poco diálogo y participación ciudadana, con una sociedad civil doblemente pasiva. Primero, porque veníamos saliendo de una dictadura y, segundo, porque el país gozaba de un crecimiento económico que se traducía en una elevación significativa del bienestar de la población. Y al mismo tiempo, por esas razones les endosaba la responsabilidad de la conducción de los asuntos públicos a los líderes, cualquiera que éstos fueran, ya sea en la política, en la empresa o a los referentes morales o líderes religiosos. Era la elite la que condujo Chile en los últimos 25 años.

Pero también, fue ese propio desarrollo el que generó las condiciones de un tipo de sociedad distinta. Y como no estábamos preparamos para ese cambio, las propuestas sobre la estrategia de desarrollo se hicieron más divergentes. Y no hemos sido capaces de leer de una manera muy nítida qué es lo que hay. Hay una interpretación, que algunos sostenemos, es una corriente de malestar que subyace a la sociedad chilena y que tiene que ver con la insatisfacción del tipo de sociedad y el modelo de desarrollo que hemos construido. La otra visión es que ese malestar, más bien tiene que ver con querer profundizar la incorporación a ese desarrollo que Carlos Peña llamaría demonización capitalista. Y creo que esa falta de lectura compartida respecto de esa afirmación de fondo es lo que hace que haya más ruido respecto de los caminos de políticas públicas que tenemos que seguir.

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Y además, hoy hay más divorcio respecto de cuestiones donde antes éramos capaces de tener diálogos más convergentes. Las reformas que hemos impulsado como gobierno, han generado más disenso, más ruido y más divergencias que otras que se realizaron en gobiernos de la Concertación y que alcanzaron el mismo nivel de debate público y polémica, pero que, debido probablemente a la composición del Parlamento que es clave en este tipo de cosas, aseguraba que quien tenía la minoría, podía tener más control respecto del resultado final.

Hoy, hay muchas políticas públicas que no requieren de un quórum tan elevado. Se agotó esa base común de comprensión respecto de las opciones en juego que Chile tuvo desde el retorno de la democracia. Y en este período no hemos sido capaces de construir esa línea básica de aproximación a los desafíos de Chile, sino que tampoco hemos sido capaces de comprender el mar de fondo que discurre en la sociedad.

Y diría que aquí hay que hacer una diferencia, porque lo razonable que uno podría esperar de una sociedad que avanza y se desarrolla, cuyos niveles educativos, sus ingresos y su acceso a la información aumentan, es que se potencie una cierta dinámica de descreimiento de los ciudadanos respecto de quienes tienen responsabilidades públicas. Nos parece algo normal y razonable de esperar, sin embargo, a eso nosotros le agregamos una fractura mayor en términos de confianza, que se agrava por las irregularidades de financiamiento a la política, por los casos de colusión y por los hechos que han involucrado a la Iglesia en actos de pedofilia.

A partir de lo anterior, hay algunas afirmaciones esenciales que hacer. Primero, si ésta es una mirada compartida y todos coincidimos que hay una crisis de confianza severa, también debe ser una responsabilidad compartida el resolverla, y así acortar esa brecha que hoy distancia a ciudadanos de instituciones. Tenemos una impresión de que ésta es una crisis que puede, de no ser enfrentada como corresponde, que si se maladministra y no se enfrenta adecuadamente, derivar en mayores niveles de inestabilidad política y social e institucional. No es un riesgo del que estemos exentos.

Con todo, Chile tiene solvencia institucional. La gente sigue creyendo en la ley, pero quiere que cada uno cumpla con la ley. Hay un respeto a la norma básica de convivencia que es la ley, pero también a las instituciones. Tenemos instituciones debilitadas, algunas cuestionadas, pero no vivimos una crisis institucional. Pero no estamos inoculados frente a ese virus. Y por tanto, la responsabilidad de hacerse cargo de esa crisis de confianza debiese ser asumida por todos.

 

El origen

Otra afirmación importante que hacer es destacar cuáles son las fuentes de esa desconfianza. Y quiero atreverme a señalar cinco. Primero, la desigualdad, los privilegios, los abusos. Eso es algo que está entrando muy profundamente en el juicio ciudadano respecto del país que hemos construido, un país donde los privilegios, los abusos y la desigualdad, campean. Uno puede estar en desacuerdo con ese juicio, pero yo tengo la impresión de que está profundamente instalado entre los ciudadanos.

Segunda fuente: la falta de sinceridad. Es decir, la idea de que predomina es el engaño, la mentira, la opacidad. Y en una sociedad que se vuelve crecientemente más transparente, esta idea de la administración de los asuntos públicos desde los discursos, hasta los lugares y momentos de tomas de decisión, generan profunda desconfianza. La sociedad nos pide hoy transparencia, Por ejemplo, está este acercamiento de los parlamentarios a los candidatos a fiscales. Unos pueden decir, entonces, cómo los van a conocer si no se reúnen con ellos. Pero el modo como se hacen las cosas puede asegurar mayores niveles de transparencia, o afirmar esta idea del engaño y la opacidad en la toma de decisiones.

Una tercera fuente: una crítica ciudadana muy severa a la competencia de la elite. A su capacidad y eficiencia, es decir, un juicio de incompetencia en sus responsabilidades públicas.

Cuarto: la falta de responsabilidad. Responsabilidad significa cumplir lo prometido, no prometer lo que no se pueda cumplir, hacerse cargo de las dificultares de manera temprana, decir no cuando no se puede y compensar la falta o el daño. Esto aplica para todos, no sólo para el Gobierno. Porque en la política la palabra da para todo y cuando se desvirtúa el valor de la palabra, lo que hay a la vuelta de la esquina es el populismo. Y si algo de lo que tampoco estamos inoculados, pero que transversalmente renegamos es del populismo. No es un buen camino ni para Chile ni para el país. Chile ha sido capaz de progresar porque ha sido un país serio y queremos que esa seriedad se mantenga. Y esto lo vinculo a nuestro consejo de gabinete del estadio San Jorge que tuvo que ver con eso, con decir a la gente de frente, estamos en condiciones de hacer esto, pero no asumir toda la responsabilidad de que hoy hay menos plata. Porque no basta decir eso. Habría sido un acto fallido de nuestra parte, si hubiéramos explicado esta nueva hoja de ruta, con mayor gradualidad, con mayor serenidad de los cambios que estamos impulsando, si sólo lo hubiésemos explicado en función de la menor disponibilidad de recursos o del panorama económico. También había un juicio de la propia capacidad de gestión del Gobierno y del sistema político de acoger tanta reforma en tan poco tiempo.

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Y quinto, la incapacidad de llegar a acuerdos por el bien de Chile, que en algún minuto fue el sello distintivo de la democracia chilena. Yo tengo el juicio de que ese modelo se agotó, porque era un modelo de acuerdos dominados por la dinámica del veto. Los acuerdos eran posibles en la medida de que aquél que tenía la llave del acuerdo lo permitía. No eran acuerdos construidos sobre la base de que cada uno pusiera de su parte para buscar el entendimiento y sobre esa base resolver el punto planteado. Y la ciudadanía no espera, a mi juicio, la reposición de esa lógica de los acuerdos, sino una nueva generación de capacidad de entendimiento y alcanzar acuerdos por el bien del país.

Nosotros escuchamos a opositores y partidarios. Y escuchar no significa aceptar sin más el punto de vista del otro, sino procurar recoger esa perspectiva. Para eso estamos disponibles como gobierno, pero creo que es una necesidad del país.

 

El proceso constituyente

Y aquí pensamos que el proceso constituyente tiene esa virtud. Nosotros arrastramos desde hace 35 años un disenso constitucional. Y creemos que tenemos una oportunidad histórica para que ese proceso constituyente nos permita arribar a una nueva constitución donde sean los ciudadanos quienes decidan en el juego democrático, la orientación más liberal o más socialdemócrata a partir de un texto que nos recoja y reconozca a todos.

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Además de ese objetivo, este proceso constituyente es una oportunidad única para encarar un proceso de restauración de confianza que va a ser largo y difícil. Los estudios de opinión más diversos que se han hecho estos días, muestran el alto nivel de adhesión que tiene el proceso constituyente. Y creo que es porque la gente ve aquí la oportunidad de ser parte y protagonista de esta constitución del futuro.
Podemos hacer bien un proceso constituyente que permita llegar a una constitución que nos cobije a todos. Vamos a plantear nuestras ideas y tiene que haber un debate importante de contenido. Hay, creo yo, muchos más puntos de convergencias que de divergencias en puntos medulares de lo que dice tener esa constitución. Y en aquéllos en los que no tenemos acuerdos habrá que debatirlos democrática y libremente.

Creo que es obvio que una nueva constitución no resuelve todos los problemas, pero nos da un marco y nos permite discutir incluso cosas que transversalmente tienen opiniones a favor y en contra.

Sentimos que un proceso de discusión de una nueva constitución es una oportunidad para un debate de futuro y de construir, de manera republicana y con sentido de Estado, un proceso que nos permita encontrarnos con los ciudadanos”. •••