“Me llamo Carolina y trátame de tú”, se presenta esta religiosa alemana, respetada y admirada por el mundo político y empresarial. A punta de esfuerzo, levantó la fundación Cristo Vive, que capacita a más de mil jóvenes al año y da salud a cerca de 20 mil pobladores, además de jardín infantil, entre otras gracias. Este sí que es modelo de negocios. Por Catalina Allendes E.; fotos, Verónica Ortíz.

  • 17 julio, 2011

 

“Me llamo Carolina y trátame de tú”, se presenta esta religiosa alemana, respetada y admirada por el mundo político y empresarial. A punta de esfuerzo, levantó la fundación Cristo Vive, que capacita a más de mil jóvenes al año y da salud a cerca de 20 mil pobladores, además de jardín infantil, entre otras gracias. Este sí que es modelo de negocios. Por Catalina Allendes E.; fotos, Verónica Ortíz.

 

Karoline Mayer Holfbeck es monja y alemana, pero en la población de Recoleta donde vive eso es sólo un detalle. Le dicen “mamá”, “madre”, “hermana”. O simplemente, Carolina. Así le gusta a ella. Y que la traten de tú. No hay espacio para los usted.

En su casa, en Eichstät, no querían que fuera monja. Su mamá le decía que era muy alegre, traviesa y sociable. Además de buenamoza. Pero ella quiso ser misionera, igual. Después de todo, cuenta, su madre también se había rebelado por amor. “Se casó con mi padre, que era obrero y ella era la hija del alcalde. Es decir, fuera de su estatus social. Pero fue una alianza de amor y tuvo que esperar cinco años para poder casarse”, recuerda hoy instalada en la población Quinta Bella, de la zona norte de Santiago. Porque no llegó ni a la India ni a China a misionar –como soñaba de niña–, sino que la congregación que la recibió a los 21 años, las Siervas del Espíritu Santo –perteneciente al Verbo Divino– la mandó derechito al sur del mundo.

De eso han pasado ya varias décadas y miles de historias.

La monja Mayer sí que se las trae. Con gran fuerza y trabajo, creó la Fundación Cristo Vive, que hoy inserta en el mercado laboral a mil jóvenes al año y tiene alianzas con más de 400 empresas, para darles empleo. Les otorga salud a cerca de 20 mil pobladores y educación pre escolar a otros miles de niños de escasos recursos. Su modelo es admirado entre los emprendedores sociales. Y ya se extendió a Perú y Bolivia.

Trabaja silenciosamente, sin marketing ni publicidad, pero no hay ministro de Salud o del Trabajo de las últimas décadas que no la haya recibido. “No se me ha escapado ninguno”, dice medio en serio medio en broma, mientras abre esos tremendos ojos azules que acompañan a su pelo cano.

Encantadora, no tiene empacho en pedir ayuda donde sea. Por ejemplo, su amistad con Mercedes Echenique de Larraín, una conspicua colaboradora de de la iglesia católica en la zona, conocida como la tía Pin, la llevó a codearse con políticos y artistas que hasta el día de hoy le han abierto puertas.

Los ex presidentes Patricio Aylwin, Eduardo Frei, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet visitaron su fundación cuando eran gobernantes. Con Sebastián Piñera aún no se reúne, pero ya lo hizo con la ministra del Trabajo, Evelyn Matthei.

A todos los ha abordado para hablarles de su proyecto, que ya suma dos escuelas de oficios, dos jardines infantiles, un centro para discapacitados, un policlínico, un centro de salud familiar (el primero en Chile) y otro de rehabilitación para drogadictos.

En total, tiene más de 400 trabajadores, en su mayoría provenientes de las mismas poblaciones donde ella se mueve. Ninguno gana menos que el sueldo ético que propusieron los obispos de Chile –300 mil pesos, brutos– y maneja recursos que superan los 3.000 millones de pesos. Públicos y privados. ¿Su objetivo, todos estos años? La promoción social, económica y cultural. Todo, desde la necesidad de los pobladores, a los que bien conoce viviendo desde hace 43 años entre ellos. “A mí la pobreza no me da ningún placer. Hay gente que puede usarla como bandera de lucha, pero yo, que no vengo de la pobreza, no tengo ese resentimiento antirricos. Lo mío es amor a los más postergados”, confiesa con su acento alemán. “Estoy segura de que si el país invierte en sus jóvenes a tiempo, Chile cambiará como nadie puede siquiera soñarlo. Conozco a los jóvenes y la angustia de sus padres por no poder sacarlos adelante. Cómo no va a ser posible hacer algo que realmente les pueda ayudar a cambiar sus vidas”, se pregunta.

En eso está ella hace rato.

Hace pocos días llegó de Europa. Viajó a exponer sobre el trabajo que desarrolla en Chile, Bolivia y Perú, invitada como emprendedora social.

Llegó contenta, la monjita. No sólo porque con su pasión cautivó al público empresarial del encuentro organizado por la Cámara de Comercio Latinoamericana en Suiza, sino porque sabe que este tipo de exposiciones –a las que es invitada constantemente– le asegura su trabajo en Chile. ”Nunca he tenido que viajar para pedir plata, pero cuando nos conocen siempre hay una actitud solidaria”, cuenta con una ancha sonrisa.

El viaje también le permitió visitar Alemania, hasta donde acompañó al director del Sence, José Miguel Berguño, a varias de las reuniones que él sostuvo para –a sugerencia de la hermana– conocer el modelo de capacitación en aplicación allí.

Mi lucha

Hoy la lucha de Karoline Mayer es profesionalizar la capacitación de jóvenes en Chile. A fines de los noventa logró que el Sence concediera recursos para capacitación a instituciones sin fines de lucro, como la suya; pero ahora quiere que esos estudios sean reconocidos por el ministerio de Educación y que el Estado eleve las platas destinadas a este tipo de formación. “Nuestro Chile necesita dignificar la formación de oficios”, es su lema.

En la Escuela de Formación Profesional en Oficios de Cristo Vive se enseñan 14 labores altamente demandas por el mercado –como enfermería, electricidad, mueblería industrial, áreas verdes, mecánica, gastronomía y administración–, pero la hermana tiene identificadas otras 70 que también se necesitan.

“Este es un proyecto súper rentable para superar la pobreza. Hemos peleado con todos los gobiernos para que nos financien mil horas de capacitación anuales, no sólo las 500 que tenemos actualmente”, señala.

Y para su petitorio se apoya en resultados concretos. Cita un estudio de la Fundación Andes que sostiene que “nuestros alumnos pueden obtener un salario que supera en 60% al de sus pares sin oficio”.

La religiosa cree que aquí debería producirse una revolución total: “50 mil jóvenes desertan de la educación cada año. Algo hay que hacer con ellos. Cómo no va a ser posible que a partir de 8º básico les podamos ofrecer cursos de especialidad con reconocimiento del Estado. Muchos jóvenes no tienen la capacidad cognitiva para llegar a cuarto medio”, plantea.

Su propuesta concreta es que haya carreras profesionales de oficios reconocidas por el Estado. “Aquí falta que quienes salgan al mercado tengan buenos cimientos. Nuestros alumnos que cursaron entre 8º básico y 4º medio tienen conocimientos equivalentes a niños de 6º básico en lenguaje, y 5º básico en matemáticas. Eso no puede seguir pasando”.

Aguerrida

La salud ha sido otro de las preocupaciones de esta religiosa. Durante el gobierno de Patricio Aylwin no paró hasta que el ministro de Salud de la época, Jorge Jiménez, aprobara la implementación de un modelo de asistencia de salud estatal en manos de privados sin fines de lucro.

“Empezamos en una mediagua y hoy tenemos el primer Centro de Salud Familiar del país, que atiende a 22.300 personas”, cuenta emocionada; más, cuando recuerda que por años mantuvo colgado un letrero escrito por ella que decía: Compañeros, no lleguen antes de las 8 am porque no serán atendidos. Hermana Carolina.

“Llegaban a las 5 de la mañana, hacían cola afuera muertos de frío, y tardamos dos años en que confiaran en que todos serían atendidos. Hoy es un éxito. Todos los pacientes tienen un equipo de cabecera con el que se atienden”.

Su gran problema, obviamente, son los recursos. El Estado le entrega 4 mil pesos mensuales por paciente y eso no le alcanza para retener a los buenos médicos y dar más continuidad a la atención de las personas.

Servir desde un trabajo “eficiente, creativo y apasionado” ha sido la ley de esta monja aguerrida, que tras el golpe militar renunció al Verbo Divino y formó una pequeña congregación llamada Comunidad de Jesús. Hoy son cuatro religiosas en Chile, 14 en Bolivia y 2 en Perú.

“Vivir la vida de pobladora es duro. Cuesta mucho. Necesitas una decisión profunda, un llamado de Jesús, y en Chile no ha llamado a más”, se ríe Carolina. A sus 68 años, con ojotas y llena de energía.

Aterrizaje en Perú y Bolivia
Fue en agosto de 1999 cuando se constituyó legalmente Fundación Cristo Vive en Bolivia; y en 2003, en Perú.

La hermana Carolina veía que en esos países las necesidades no eran muy distintas a las de los chilenos… y se decidió a cruzar las fronteras.

En el pueblo Bella Vista, en las cercanías de Cochabamba, Cristo Vive imparte educación en oficios a más de 200 jóvenes. También tiene un jardín infantil, un policlínico y otorga becas de estudios a jóvenes quechuas.

En Cusco, Perú, montó un lugar de acogida para mujeres abusadas sexualmente y ofrece asistencia legal a campesinos presos. También tienen un jardín infantil.