La crisis subprime no es la única ni la principal amenaza para el crecimiento mundial. Una explosiva combinación de factores ha generado una crisis alimentaria que tiene a los grandes países consumidores con las luces de alerta encendidas. Si buena parte del auge económico global se sustenta en los países asiáticos, entonces la falta de alimentos y el alza de precios se vuelven un riesgo mundial.

  • 14 mayo, 2008

 

La crisis subprime no es la única ni la principal amenaza para el crecimiento mundial. Una explosiva combinación de factores ha generado una crisis alimentaria que tiene a los grandes países consumidores con las luces de alerta encendidas. Si buena parte del auge económico global se sustenta en los países asiáticos, entonces la falta de alimentos y el alza de precios se vuelven un riesgo mundial.

 

 

 

No cabe duda. Este año ha puesto a prueba los conocimientos de historia económica de los expertos mundiales. Primero fue la crisis de los mercados financieros, en un contexto de inflación en alza y desempleo creciente, que recordó la década de la estanflación en Estados Unidos. Ahora, ante el aumento global en los precios de los alimentos –75% desde sus mínimos de 2000 y 20% sólo en 2007–, asoma un fantasma más lejano: Thomas Malthus.

El economista inglés adquirió notoriedad en 1798 al plantear su teoría de que la población humana crece en progresión geométrica, mientras que los medios de subsistencia lo hacen en progresión aritmética, lo que implica que en algún momento los recursos serán insuficientes para la supervivencia.

¿Llegaremos a ese punto? La catástrofe maltusiana parece difícil de concebir en el mundo actual, con tecnologías de producción tan efi cientes como masivas… pero igual la crisis alimentaria tiene de cabeza a buena parte de los gobiernos; en particular, a los de naciones asiáticas (con grandes poblaciones y alto consumo per cápita de cereales, producto estrella en cuanto a alzas de precios mundiales).

La agencia de las Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentos (FAO) considera esta crisis como una amenaza para la estabilidad mundial. El presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, dijo la semana pasada en México que el déficit mundial de alimentos continuará hasta 2015, con los altos precios actuales de los granos, y descartó que se puedan recuperar los niveles de 2004. Zoellick consideró urgente que todos los países modifiquen sus políticas de producción de alimentos, con el fin de garantizar el suministro de los granos básicos a las poblaciones.

Países tan distintos como Venezuela y Rusia establecieron controles de precios sobre alimentos básicos a fines del año pasado. En Haití, Egipto y una treintena de países, las protestas causadas por el precio de los alimentos, ahora inaccesibles para muchas personas en el mundo en desarrollo, han provocado muertes y obligado a los gobiernos a tomar medidas de alivio temporal.

 

 

 

 

Causas y consecuencias

 

 

¿Cómo llegamos a esta situación? ¿Es posible que estamos hablando de seguridad alimentaria y hambrunas, ya bien entrado el siglo XXI y luego de años de crecimiento económico global sostenido?

Como siempre ocurre en el libre mercado, oferta y demanda explican el alza en los precios. Por el lado de los consumidores, la clave ha sido el fuerte crecimiento de los requerimientos desde los mercados emergentes, que a su vez se han visto impulsados por el aumento en los ingresos de esos países. Al mismo tiempo, se ha registrado una serie de inconvenientes en mercados productores claves, desde sequías hasta enfermedades, que han mermado la oferta.

Por lo general, precios desatados en los alimentos reflejan escasez causada por malas cosechas. Los inventarios se agotan a medida que todos comen lo que resta del año anterior. Este año, las cosechas fueron malas en lugares como Australia, donde la sequía disminuyó la producción de trigo por segundo año consecutivo. Y los inventarios de cereales, como porcentaje de la producción, están en mínimos récord.

Pero esa situación no es tan profunda ni mundial. Como resalta un análisis reciente de The Economist, lo más notable del actual brote de “agfl ación” es que los precios récord no se están registrando en momentos de escasez sino de abundan cia. Según cifras del International Grains Council, la cosecha total de cereales para la temporada 2007/08 será de unos 1.669 millones de toneladas, 94 millones de toneladas más que el año pasado y probablemente una de las mayores registradas. Que una cosecha abundante no sea suficiente para aliviar los precios deja en evidencia que algo pasa con la demanda de cereales.

Siempre se consideró que los requerimientos por cereales para consumo humano estaban atados al crecimiento de la población. El consumo de carne, menos necesaria para la supervivencia, va de la mano con la expansión económica, y el PIB global creció a tasas superiores al 4% anual por los cinco últimos años.

Los mayores ingresos en India y China han permitido a cientos de millones de personas acceder a la carne y a otros alimentos. En 1985, un consumidor chino promedio comía 20 kilos de carne al año y ahora come más de 50. Suponiendo que la demanda china esté por saciarse, hay otros que vienen detrás: en los países en desarrollo, en general, el consumo de cereales ha sido plano desde 1980, pero la demanda por carne se ha duplicado. Los agricultores ahora dan unos 200 a 250 millones de toneladas más de éstos a sus animales que hace 20 años. Ese puro incremento representa una parte significativa de la cosecha mundial de cereales: se necesitan tres kilos de cereales para producir un kilo de cerdo y ocho, para un kilo de vacuno. Pero el cambio en la dieta ha sido lento –un inexorable 1% a 2% anual desde 1980–, por lo que tampoco es suficiente para explicar las dramáticas variaciones de los precios en el último año.

Entonces, aparecen los biocombustibles; en particular, el etanol de maíz que se produce en Estados Unidos. En 2000, unos 15 millones de toneladas de maíz estadounidense se convertían en etanol y es probable que la cifra alcance las 85 millones de toneladas este año. Estados Unidos es lejos el mayor exportador de maíz del mundo, pero ahora usa más de su cosecha en la producción de etanol que lo que vende al extranjero. El etanol también tiene algo de responsabilidad por el alza en los precios de otros cultivos y alimentos. En parte, porque el maíz se usa para alimentar a los animales, ahora más caros. En parte, porque los agricultores estadounidenses decidieron sacar ventaja del auge de los biocombustibles y salieron a plantar maíz este año en tierras que antes se destinaban a otros cultivos. En 2007, la declinación en los inventarios –a raíz de un consumo superior a la producción– fue de unos 50 millones de toneladas; para 2008, se espera que sea de 12 millones.

 

LAS CIFRAS DE LA CRISIS

En 2007, el índice de la FAO de precios de los alimentos promedió 157: una subida del 23% respecto a 2006, y del 34% respecto a 2005.



En el caso de los cereales, el índice promedió 172 en 2007, cifra también muy superior a la media anual de 2006, que fue de 126.



Para los precios internacionales de los productos lácteos, el indicador promedió 295, un 83% por encima del valor de diciembre de 2006.



Los valores de la carne promediaron 121,5 puntos en 2007, más del 5% por encima del promedio anual de 2006.

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Pero el incremento del monto de maíz estadounidense que va a etanol fue de unos 30 millones de toneladas. Entonces, la demanda del programa estadounidense de etanol por sí sola representó casi la mitad de la demanda insatisfecha global de cereales el año pasado. Sin ese programa, lo más probable es que los precios no hubieran subido como lo han hecho. Según datos del Banco Mundial, se necesitan unos 240 kilos de maíz, cantidad sufi ciente para alimentar a una persona durante un año, para producir 100 litros de etanol, que apenas llenan el estanque de un vehículo todoterreno. No resulta sorprendente que el ministro de Finanzas de India dijera que convertir cultivos alimenticios en biocombustibles era un “crimen contra la humanidad”. Unos conducen, otros padecen hambre y desnutrición.

El programa de etanol estadounidense cuenta con más de 200 subsidios diferentes, además de un arancel de 54 centavos por galón sobre el etanol importado, lo que deja fuera al producido de manera más eficiente por Brasil a partir de la caña de azúcar.

En teoría, lo que un gobierno ordena puede echarse atrás. Pero eso parece improbable con los precios actuales del petróleo, que predispone a promover combustibles alternativos. A la larga, nuevas tecnologías dejarán atrás al etanol. Pero falta mucho para eso.

El petróleo, cuyo precio superó los 120 dólares por barril y que, según Goldman Sachs, podría llegar a unos 200 dólares, es el factor que más influye en la economía agrícola, ya que incrementa el precio a lo largo de toda la cadena de producción y distribución. En India, la demanda por camellos ha aumentado de modo notable debido al costo cada vez mayor del combustible para tractores.

 

 

 

Hablemos de riesgos…

 

 

Las alzas en los precios afectan más a las poblaciones desposeídas. El Programa Mundial de Alimentos, principal proveedor de asistencia alimentaria, dice que el costo de sus operaciones se ha incrementado en más de 50% en los cinco últimos años y que subirá otro 30% en los próximos dos. Tiene un défi cit de financiamiento de 755 millones de dólares, como consecuencia del alza en los cereales, y ya ha empezado a recortar algunos de sus programas en África.

Gary Becker, premio Nobel de economía y académico en la Universidad de Chicago, señala que si los precios de la comida suben 30%, reducen los estándares de vida en los países ricos en casi 3%, pero en más de 20% en los más pobres. Casi mil millones de personas viven con 1 dólar por día. Si el costo de su comida sube 20% (y en muchos lugares los aumentos han sido superiores), unos 100 millones de personas caerán en la miseria absoluta. Y eso echará por tierra todos los avances de los últimos años contra la pobreza en muchos países. Como los mercados de alimentos están revueltos, la agitación civil aumenta. Como el comercio y la apertura están amenazados, la crisis puede ser un desafío para la globalización.

Se espera que en algún momento los países BRIC (Brasil, Rusia, China e India), se conviertan en un motor de la economía global. Pero difícilmente podrán hacerlo si no resuelven necesidades tan básicas como alimentar a sus poblaciones.

En China e India, pese a los enormes avances y asombrosas tasas de crecimiento, la desigualdad y la pobreza se mantienen. En ambos países el desarrollo ha sido disparejo, con localidades florecientes y otras que no se han beneficiado de igual manera. China tiene 21% de la población del mundo pero sólo 9% de las tierras cultivables y muy pocos recursos hídricos. El año pasado importó el 60% de su consumo de soya. Aunque es un pequeño exportador neto de arroz y casi autosuficiente en trigo, es incapaz de producir suficiente comida para la ganadería.

Ahora mismo, Beijing estudia un plan para otorgar incentivos a compañías chinas para que compren tierras cultivables en el exterior, en particular en América del Sur y África, con el objetivo de garantizar el abastecimiento de alimentos en el país oriental. Si se aprueba, el plan podría enfrentar una intensa oposición en el extranjero, debido a los cada vez más altos precios de los alimentos en todo el mundo y a los temores ligados a la deforestación.

Países ricos en petróleo, pero pobres en alimentos, estudian planes similares. Libia sostiene conversaciones con Ucrania para cultivar trigo en la ex república soviética, mientras que Arabia Saudita anunció que invertirá en proyectos agrícolas y ganaderos en el extranjero para garantizar el abastecimiento de alimentos y controlar los precios de las materias primas.

 

 

 

 

 

 

… y de soluciones

 

En Medio Oriente, Egipto gastará este año unos 2.400 millones de dólares en pan subsidiado –para lo cual el gobierno ordenó al Ejército que opere panaderías–, frente a los 820 millones del año pasado. La FAO estima que la cuenta por cereales de toda la región sumará 22.600 millones de dólares este año, un alza de 40% sobre 2007. Desde 2000, se ha elevado casi 170%. La crisis pende más fuerte sobre Medio Oriente y el Norte de África, la región del mundo más dependiente de las importaciones de alimentos básicos.

Por años, la premisa fue exportar hidrocarburos para pagar las exportaciones de carbohidratos. Pero con el crecimiento en la población y el alza de los precios, esa política es insostenible. Ya hubo protestas en Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Yemen, donde los precios han subido 60% en un año. En Pakistán, el gobierno anunció una reducción general del gasto para fi nanciar los mayores subsidios a los alimentos y la energía. Turquía adoptó una postura similar.

El Banco Asiático de Desarrollo advirtió que la crisis provocada por el aumento en el precio de los alimentos podría hacer retroceder los avances logrados en el continente en el combate contra la pobreza.

“La época de los alimentos baratos quizás se acabó”, señaló el presidente del banco, Haruhiko Kuroda, en el comienzo de la asamblea anual de la institución. En Asia viven dos terceras partes de los pobres de todo el mundo. Cerca de 1.700 millones de personas ganan 2 dólares al día o menos.

Pero cuando se trata de una crisis global, las soluciones deben ser globales. Las cosechas sólo pueden aumentar si se destina más tierra al cultivo o si los rendimientos suben. Esto puede ocurrir con bastante rapidez. Los productores respondieron con entusiasmo a las señales de precios, sembrando más de los cereales mejor cotizados. Pero los sistemas agrícolas del mundo industrializado son tan descabellados que a los agricultores con frecuencia se les ha pagado para no cultivar. Recién este año la Unión Europa suspendió la disposición de su política agrícola común que obligaba a no plantar en 10% de la tierra cultivable.

Por otra parte, las respuestas inmediatas de muchos gobiernos al alza en los precios ha sido prohibir las exportaciones e imponer controles de precios. Es cierto que los gobiernos deben ir en ayuda de los más pobres, pero vale la pena preguntarse si no resulta más efectivo que lo hagan entregando subsidios en dinero que suplan el mayor costo, antes que vedar el acceso a mejores precios a los productores, los mismo que incentivarían una mayor producción. Además, al suspender las exportaciones crean una carencia artificial, lo que hace subir aún más los precios.

En Francia (¿dónde más?) se ha vuelto a hablar de autosuficiencia. El ministro de Agricultura francés, Michel Barnier, planteó que Africa y América latina deberían adoptar sus propias versiones de la política agrícola común para responder a la demanda de alimentos formando bloques agrícolas regionales autosufi cientes, financiados con recursos desviados de la asistencia al desarrollo. Barnier rechaza que el sistema de subsidios y barreras al comercio de la UE tenga algo que ver con la subida en los precios. “Lo que vemos en el mundo es consecuencia de demasiado liberalismo libremercadista”, dijo a Financial Times. “No podemos dejar la alimentación de la gente a merced del mercado. Necesitamos una política pública, un medio para intervenir y estabilizar”.

Al revés, otros plantean que ahora es el momento de abandonar subsidios y abrir mercados. Dominique Strauss- Kahn, director ejecutivo del Fondo Monetario Internacional, planteó hace unos días que “a menos que actuemos ahora, el mundo enfrentará una espiral de restricciones comerciales, precios más altos por alimentos básicos y hambrunas”. Strauss-Kahn considera que “la política agrícola debe cambiar” y que “completar la ronda Doha jugaría un papel crítico en este sentido, ya que reduciría las barreras comerciales y las distorsiones y alentaría el comercio agrícola”.

El economista Jeffrey Sachs –defensor desde hace unos años de las causas humanitarias y ambientalistas– dijo al Parlamento Europeo que la UE debería proporcionar asistencia estructural a los agricultores en países pobres, en lugar de sólo enviarles ayuda de emergencia. La meta debería ser respaldarlos en la búsqueda de mayores rendimientos y con ello, más alimento.

Destinar enormes extensiones de tierra a la producción de biocombustibles tenía sentido hace algunos años, cuando había muchos alimentos y costaban poco dinero, según Sachs, pero no ahora, cuando los alimentos son cada vez más caros y el hambre se extiende.