Es bueno ir asumiendo que los chilenos tenemos fama de hablar el peor castellano del mundo. Y que por Internet los norteamericanos se pasan el dato de no venir a Chile a aprender español porque después no les van a entender en ningún otro lado. Y okey, quizás no pronunciamos como los peruanos y colombianos pero no hablamos tan pero tan, tan mal… ¿o sí?

  • 10 diciembre, 2008

 

Es bueno ir asumiendo que los chilenos tenemos fama de hablar el peor castellano del mundo. Y que por Internet los norteamericanos se pasan el dato de no venir a Chile a aprender español porque después no les van a entender en ningún otro
lado. Y okey, quizás no pronunciamos como los peruanos y colombianos pero no hablamos tan pero tan, tan mal… ¿o sí? Por Federico Willoughby Olivos.

 

Hace poco, y con motivo del anuncio del retiro de Marcelo Salas del fútbol, el trasandino Marcelo Gallardo contó cómo habían sido los primeros días del “Matador” en River Plate. El mediocampista, además de alabar la calidad humana de Salas, contó la siguiente anécdota: “en un comienzo a Marcelo no se le entendía bien lo que hablaba, así que los compañeros de River me pedían que yo les tradujera sus palabras al castellano”. Lo curioso del asunto es que ese Salas, el de 1994, el que salió campeón con la U, nunca tuvo ese problema en Chile. Hasta donde uno recuerda, se paseó por decenas de programas de televisión, fue a varias radios y dio cientos de entrevistas y todos le entendimos perfecto.

Y aunque es cierto que el problema puntual que tuvo Salas al otro lado de la cordillera no tendría por qué definir si la calidad de nuestro idioma hablado es buena o mala, la verdad sea dicha; el relato de Gallardo confirma algo que los norteamericanos parecen saber hace mucho tiempo: que nuestro español es demasiado deficiente. No por nada, el 16 de septiembre de este año, en la página Web de Lonely Planet, un tipo contó que venía a Santiago por tres meses a estudiar español, y en vez de datos, recibió al menos cinco advertencias (de sus propios compatriotas) de que estaba cometiendo un tremendo error. “Yo no estudiaría jamás en Chile, el español de ese país tiene la peor pronunciación de todos los países hispano parlantes”; “sí, el peor español del continente”; “cortan las palabras a la mitad, usan demasiados modismos para hablar”; “el español que usan ya es difícil de entender para los argentinos o los peruanos, imagínate lo que debe ser para alguien que no sabe nada de castellano”. Esas fueron algunas de las respuestas… Para ser honestos, nadie en su sano juicio se atrevería a refutarlas.

Pero eso no es todo. Para más remate, en Internet está dando vueltas un chiste (bien malo) que dice: “¿conocen algún argentino humilde?, ¿un mexicano buen mozo?, ¿un colombiano honrado?, ¿un chileno bien hablado?”.

Entonces, si a Salas no le entienden los argentinos, si los americanos se recomiendan no venir a Chile y si además unos chistositos andan comparando nuestro manejo del idioma con la supuesta humildad del argentino, igual es como para pensar que quizás no hablamos tan bien…


¿Los peores del mundo?

José Luis Samaniego, decano de la facultad de Letras de la Universidad Católica, miembro y secretario de la Academia Chilena de la Lengua, es una de las personas que más sabe sobre el uso del idioma en Chile; y cuando le preguntamos si efectivamente hablábamos el peor español del mundo, fue enfático: “En Chile, como asimismo en todos los países, hay gente que habla muy bien, gente que habla regular y que gente que habla mal. Eso sí, tenemos dos características que son particularmente graves. La primera tiene que ver con la pobreza de nuestro léxico. Nos batimos con un número bastante reducido de términos y usamos unos pocos comodines para hablar. Todo es la cosa, el hueveo, la huevada. Y con esas muletillas evitamos decir el término que corresponde a aquello que queremos hacer referencia. La segunda característica es la pronunciación. No sólo no pronunciamos la “s” final, sino que en general articulamos las palabras de forma poco clara y nadie nos entiende”.

Y esa falta de articulación y léxico suele quedar en evidencia cuando nos escuchan en el extranjero. No por nada, después del estreno de la película Taxi para 3 en España, los ibéricos acuñaron el término “se entiende menos que a tres chilenos en un taxi”.

“Uno de nuestros grandes vicios es la dificultad que tenemos para terminar las conjugaciones verbales. Se han vuelto demasiado común los estai, los querí, los podí, los tení…” señala Haydée Correa, profesora de castellano, estudiosa de la lengua y autora del libro Dudas e incorrecciones de nuestro idioma.

Pero hay miradas positivas. El escritor Antonio Gil, si bien concuerda completamente con esa “pereza” para articular bien y decir las palabras correspondientes, sostiene que en ciertos sub-mundos nacionales hay lenguajes bastante ricos. “En el mundo de los delincuentes hay un lenguaje más lleno de significantes y más lleno de sentido que, por ejemplo, en el mundo de los jóvenes universitarios. Y es lógico. En esos mundos, tal como en el de los marinos o el de los pescadores, existe la necesidad de denominar con precisión, y con matices, las cosas, entre otras razones, porque hay que ser mucho más preciso en las instrucciones para robar una casa, o pilotear un avión, que para llegar a un asado”.

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Usted no lo diga

Identificados los dos mayores síntomas de nuestro “mal hablar” (falta de léxico y una mala pronunciación) queda averiguar las causas. La primera que aflora tiene su origen en la historia. Chile, a diferencia de esos polos de buena pronunciación y riqueza de palabras que son Perú y Colombia, nunca fue un virreinato. A nosotros sólo nos alcanzó para una capitanía general, algo que hasta el día de hoy nos pesa porque, salvo contadas excepciones, Chile fue básicamente una tierra de soldados y campesinos, un lugar donde las elites intelectuales españolas no se asomaron ni por si acaso, lo que nos condenó a un español más directo, tosco y con mucho menos sofisticación que los que se pueden encontrar en Lima y Bogotá.

Otra de las causas es la poca densidad cultural que existe en nuestra sociedad. “Si el profesor de castellano empieza la reunión de padres diciendo Papitos y mamitas, decirles que estamos muy contentos…; si las autoridades de gobierno hablan de la píldora del día después, en vez del día siguiente; y si un gerente no es capaz de estructurar en palabras un argumento simple sin mirar en todo momento su PowerPoint, ¿Qué se puede esperar?”, se queja con justa razón la editora de Ediciones B y columnista de Artes & Letras de El Mercurio, Andrea Palet.

Además, a todos esos factores hay que sumarle el apocamiento propio de nuestra sociedad. Castigamos socialmente a las personas que intenta hablar como corresponde: si uno habla bien, pronuncia las eses y se preocupa de ocupar un buen vocabulario, más que una felicitación, seguro que lo que va lograr es que lo tilden de siútico o estirado.

“No podemos introducir cambios fuertes en cómo hablamos porque si una persona empieza a leer muy marcadamente las eses finales hace el ridículo. Va pasar por una persona falsa, y además de medio pelo, tratando de ser lo que no es”, aclara José Samaniego.

Lo mismo opina Antonio Gil: “hay una especie de ironía permanente del bien hablar. Si tú te pones a ver quién habla bien, aparece como referente el Profesor Bandera que es un personaje patético, o Campusano. Hay una extraña relación entre el bien hablar y el ser relamido, rebuscado o falso”.

“La penalización por tratar de completar las frases, de dejar de aspirar algunas consonantes puede conducir al exilio social. Un ejemplo insólito: hasta hace no mucho en ciertos círculos hablar de “cine” era algo parecido al crimen. En su lugar, lo correcto era decir “teatro”, pronunciándolo de una manera que reemplazaba el diptongo “ea” por una “i” y la “tr” por un sonido arrastrado, entre anglosajón y mapuche. Cuando se trataba del arte de la representación dramática y no de la proyección de películas se DEBÍA decir “teatro-teatro”, si lo que se pretendía era ser mirado con respeto. La norma poco tiene que ver con el castellano castizo y bien articulado y más con la acción imitativa y evocadora de un pasado agrario y estamental. La lengua que usamos, nuestra incapacidad de armar oraciones de corrido con sujeto, predicado y sentido está secuestrada por nuestra propia historia de obediencia, miedo y castigo”, profundiza el autor del multi-ventas Siútico, Oscar Contardo.


El anti-idioma

Hasta aquí, las cosas no parecen muy auspiciosas, y hasta un poco ridículas. No sólo hablamos mal, sino que nos da verguenza hablar bien, pronunciar las eses y usar las palabras que corresponden. Entonces, ¿no sería mejor acaso sincerarse con el mundo?, ¿quizás cerrar las fronteras a los estudiantes que vienen a aprender el español?, ¿agregar un “se habla mal” en las campañas de difusión de la imagen país?

¿Es para tanto?

“Es cierto que nuestra pronunciación es pobre, pero también hay que asumir que los chilenos tenemos toda una fantasía en cuanto a que en Perú y Colombia se habla mejor que en Chile. Cuando los escuchamos hablar, nos quedamos sorprendidos por lo bien que articulan, por la forma en que pronuncian tanto todos los sonidos finales. Y sí, hablan distinto, pero hablan como quizás tenemos nosotros en la cabeza la idea de cómo
sería hablar mejor. Pero eso tiene que ver con una fantasía en el imaginario del chileno medio”, argumenta Samaniego.

Y quizás, todas nuestras limitaciones lingusticas en lo formal pueden terminar siendo una ventaja. No por nada Chile se jacta de ser un país de poetas.

“El chileno tiene un lenguaje económico, no hablamos mejor porque con esa flojera nos entendemos. Pero esa misma precariedad, esa disminución en el idioma, hace que muchas veces la poesía chilena sea brillante. La anti-poesía de Parra es la muerte prácticamente de cualquier clase de adorno. El chileno puede carecer de la retórica del peruano o de los niveles de diplomacia elegante del mexicano, pero mucha de nuestra poesía tiene una poda perfecta, ya que es carente de cualquier exceso retórico”, sostiene el crítico literario y autor del recién editado Cien libros chilenos, Alvaro Bisama.

Es buen punto, quizás estamos exagerando. Hablamos mal, pero no somos lo peor. O como me respondieron de la Academia de la Lengua Peruana cuando les consulté sobre el tema: “don Federico, no sea tan optimista con los peruanos y los colombianos ni tan pesimista con los chilenos. En todas partes se cuecen habas”.

Habrá que creerles.