El director ejecutivo de Libertad y Desarrollo, Luis Larraín, está preocupado. Cree que la oposición ha “consentido” que se use la violencia como arma política. Dice que el gobierno debe abrirse a conversar, pero que no debe ceder a una Asamblea Constituyente. “Si Piñera entrega la oreja en todo, se habrá producido de facto el término de su período presidencial”, advierte. Sobre los empresarios y el aumento de salarios, se pregunta: “¿No se habían dado cuenta antes (que era necesario)?”

  • 7 noviembre, 2019

En redes sociales, Luis Larraín ha sido duro y categórico en estos días. Desmiente, corrige o se enfrenta con quienes opinan sobre algún tema de la álgida contingencia que atraviesa el país. Desde una de las salas de reuniones del Instituto Libertad y Desarrollo, que él dirige, su reflexión es más calmada, pero no menos descarnada.

Para este economista, las fuerzas de izquierda han usado la violencia como una herramienta política para alimentar un movimiento ciudadano que reclama y exige cambios de fondo. Para él, el gobierno debe abrirse al diálogo y no apostar al debilitamiento de las manifestaciones. Larraín cree que la debilidad de esta administración es anterior a ese viernes 18 de octubre.

Su apreciación es que ya se venía arrastrando una frustración ciudadana que se reflejaba en las encuestas y el problema, a su juicio, fue un deficiente manejo político de su equipo más cercano. Pero él cree que eso se empeoró cuando la crisis se desató. Por ejemplo, dice, el gobierno no supo explicar por qué decretó estado de excepción. “Fue una decisión acertada, pero no se dijo que era una anomalía. Esa fue una falla comunicacional muy grande, porque alimenta -sobre todo en gente que no conoce bien la historia- el decir: ‘Esto es lo mismo que el gobierno militar, están los milicos en la calle’”, señala en esta entrevista.

-En una mirada más panorámica de la crisis, ¿cuál es su diagnóstico? ¿Lo veía venir?

-Hay que ser cuidadoso y humilde. Nunca falta el campeoncito que dice: “Yo lo dije”. La verdad es que nadie lo dijo, al menos, con esta intensidad. Creo que una interpretación más sociológica, más holísitica, es difícil de tener todavía. Mi impresión es que el país venía con un sistema que funcionaba bien. Los incrementos en los ingresos fueron relativamente parejos entre los distintos estratos sociales, y como había un crecimiento económico importante, no se había producido una brecha tan grande entre las expectativas de la gente y las posibilidades de concretarlas.

-¿Era un malestar silencioso?

-Yo creo que es una acumulación. Si uno mira los números para atrás, llevamos cinco años en que ni el crecimiento ni las remuneraciones subían. Teníamos una expectativa de parte de la gente, de haberse subido a una especie de carro que andaba y de repente se quedó parado.

-¿Un frenazo?

-Claro, como que se trancó la máquina y al trancarse, quedaron vigentes las expectativas, las deudas, los gastos. Eso se fue acumulando. Y si uno mira lo que ha pasado todo este año con el apoyo al gobierno de Piñera, eso lo explica un poco.

-¿Lo explica en el sentido de que la gente se fue desacoplando del gobierno?

-Claro, fue bien rápida la caída. Y lo curioso es que, generalizadamente, la gente de la izquierda y de la derecha, empezó a desafectarse con este gobierno.

-¿Solo por la expectativa frustrada del crecimiento?

-Es que, básicamente, el gobierno de Piñera tenía tres promesas: seguridad ciudadana, crecimiento económico y la clase media. Claramente, en las dos primeras, falló. Y en el tema de la clase media fue muy lento. Don Patricio Aylwin decía que el mercado es cruel. Yo creo que la política es más cruel todavía.

-¿Por qué? No es la política, sino la gente la que salió a mostrar su descontento.

-Lo que digo es que no se puede acusar al gobierno de haber desconocido que había una pata que estaba fallando y que era la precariedad de la clase media, su vulnerabilidad. Para las familias, el tema de las pensiones y de la salud son muy angustiantes, y Piñera lo abordaba en su programa.

-¿No cree que hubo un mal diagnóstico?

-No. El cargo se lo hago a la clase política y a todos los que estamos en esto. Los gobiernos y las oposiciones se enfrascan en discusiones y no miran para afuera. El 99,5% de la población no entiende de qué se trata la reintegración. Es un tema de especialistas dentro de los especialistas. La discusión política toma mucho tiempo y mientras tanto, en la calle, hay una situación angustiante para muchos hogares.

-¿Es la crítica de la desconexión entre la elite y la ciudadanía?

-Es que la autocrítica la debe hacer el sistema político porque no está procesando adecuadamente las urgencias de la población. Y esto se exacerba, obviamente, porque hay un gobierno con un sistema presidencial y sin mayoría en el Congreso.

-Eso podría explicar la insatisfacción, pero ¿explica la rabia?

-Hay distintas cosas en la ciudadanía. Por un lado, hay terrorismo. Lo que pasó en las estaciones del metro y en algunos supermercados fueron actos terroristas planeados profesionalmente. Por otro lado, está el vandalismo y el pillaje. Y después está la protesta política, que fue masiva y que no tiene que ver con lo anterior. Pero un cargo que yo le hago a la oposición es que permite que lo otro continúe… Son como círculos que se retroalimentan.

-Más explícitamente, ¿qué quiere decir?

-Que si tú haces marchas todas las semanas, no permites que la ciudad se normalice, entonces tienes una estrategia que incluye la paralización de la ciudad. Y a pesar de que lo nieguen, incluye la violencia. No es efectiva esa estrategia si no hay violencia.

-Pero en las marchas no hay una sola bandera política. Nadie es dueño de este movimiento.

-Efectivamente, la mayoría de las marchas son pacíficas. Es gente que quiere protestar, que quiere hacer visible su molestia, pero no está por paralizar la ciudad. Pero evidentemente hay grupos que no quieren una ciudad normal. Eso es violencia.

-¿Cuál es su sospecha? ¿Grupos inorgánicos? ¿Partidos políticos?

-El Partido Comunista y una parte del Frente Amplio, desde el primer día plantearon esto como una estrategia de subversión. Al segundo día, los comunistas pidieron la salida de Piñera. Eso es subversión de aquí a la quebrada del ají. Pero hay otro punto: y es que la estrategia de paralizar el país ha sido consentida por la oposición en general. Eso es muy grave, y se lo reprocho a personas bien intencionadas, que están en política hace bastante tiempo, que habitualmente no actúan así, pero que esta vez se cebaron.

-¿Se cebaron de qué? ¿Para qué?

-Porque vieron una oportunidad.

-¿Cuál?

-Algunos vieron una oportunidad para sacar al presidente de la República antes que termine su mandato.

-¿Pero qué ganan con eso?

-Yo no juzgo el qué ganan con eso, yo veo los hechos. Ellos han llamado a que se vaya el presidente de la República. Eso es gravísimo.

-También hay una contraparte que es el gobierno. Muchos sostienen que no ha actuado con la destreza que la situación ameritaba. ¿Cómo lo ve?

-Te diría que antes del 18 de octubre, este gobierno ya había mostrado debilidades políticas muy importantes.

-¿Cuáles?

-Estábamos sin conducción política, con apariciones episódicas del Presidente y muchas de ellas con errores evidentes que demuestran la ansiedad de alguien que no tiene un equipo. Puede ser que él no empoderó a su equipo o que las personas que estaban ahí no estaban en condiciones de ejercer, como es el caso del ex ministro Andrés Chadwick. El resultado es que no había un equipo político.

-¿Y el equipo económico?

-Al equipo económico se le puede acusar de complaciente. Si uno miraba las cifras, no veía cómo íbamos a converger en la promesa de tiempos mejores y de mayor crecimiento económico. ¿Y qué pasó? La gente empezó a no creer lo que decía el gobierno. Así que, claramente, había algo que no estaba funcionando bien.

-También se han levantado críticas a Cristián Larroulet, alguien muy cercano a Libertad y Desarrollo, en el sentido de que no leyó políticamente bien y que le faltó calle.

-El segundo piso está en La Moneda. No está en la calle. Por lo tanto, yo diría que no es su rol tener las antenas puestas ahí. Es difícil que alguien que está en La Moneda 24/7 pueda tener el pulso de lo que está ocurriendo. Por ahora, no hay datos duros como para afirmar “esto fue lo que ocurrió”. Pero sí se puede decir que el conjunto del gobierno tuvo una desconexión con la ciudadanía.

-Señala que no había buen manejo político, pero los mnistros más importantes tenían mucha experiencia. ¿Cómo se entiende?

-Este problema atacó el flanco más débil del gobierno, que era la toma de decisiones políticas. O sea, en los peores días de la protesta, cuando comenzó, hubo cerca de 10 horas en que no hubo ninguna vocería. Estaba quedando la escoba en el país y el gobierno no estaba. Eso tiene que ver con la conducción política.

-Convengamos que Andrés Chadwick y Cecilia Pérez llevaban décadas en política…

-Sí, yo sé, ¿pero tú crees que Chadwick es el mismo Chadwick de hace dos años atrás? ¿O Cecilia Pérez? No eran los mismos. Yo creo que Chadwick nunca se recuperó, humanamente, de la muerte de Camilo Catrillanca.

-¿Y Piñera? Viene estando en política desde los 90…

-Sí, también lo sé, pero no todos los días ocurren cosas como esta. No es fácil. Menos si no tienes un equipo de apoyo que sea contraparte. Desgraciadamente, el presidente tiene la costumbre de gobernar con la gente que conoce y se priva de tener opiniones distintas, de gente que le discuta, que le hable de igual a igual en términos intelectuales.

-¿Tiene temor de que Piñera pueda no terminar su mandato?

-Sí y no. Sí, porque los adversarios políticos que están determinados a que ello ocurra, tienen mucha capacidad de acción. Vienen haciendo esto desde que eran chiquititos, desde la mamadera, y saben hacerlo. Pero, además, un joven que está en la calle no sabe que institucionalmente es muy distinto decir “fuera Chadwick” que “fuera Piñera”. El único antecedente que tenemos fue Salvador Allende. A ese nivel de crisis te acercas, cuando estás presionando para que no termine su período. El presidente de la República no puede caer. Esa no es la falla del gobierno, sino que una falla de la democracia.

-¿Y cómo se sostiene Sebastián Piñera en estas circunstancias?

-Perdona, pero déjame decirte antes por qué no creo que suceda. Por la resiliencia y el cuero duro que tiene Piñera, él va a terminar su mandato. Uno le puede hacer críticas, pero nadie le puede decir que es cobarde y que no toma los desafíos. Piñera tiene más resiliencia y valentía que la gran mayoría de los políticos chilenos. Por lo tanto, él va a tratar de sacar esta cuestión adelante como sea.

El fantasma constituyente

-Parte del petitorio ciudadano es una nueva Constitución. Un porcentaje importante pide Asamblea Constituyente…

-La estrategia para llegar a una Asamblea Constituyente me parece totalmente ilegítima. Es legítimo cambiar la Constitución, pero es ilegítima la fórmula de la Asamblea Constituyente. No está en nuestra institucionalidad. El capítulo 15 de la Constitución establece que el poder constituyente es el Congreso.

-Para descomprimir, ¿el gobierno no debiera acceder?

-No, porque es completamente ilegítimo y, por tanto, el gobierno no se puede prestar a eso. Eso es muy distinto a cambiar la Constitución. Dada la magnitud de lo que está ocurriendo, no te puedes cerrar absolutamente, estoy de acuerdo con eso.

-La gente pide cambios estructurales y considera que eso pasa por tener una nueva Constitución. ¿Será que sienten que se requiere un cambio total de las reglas del juego, incluido el modelo?

-En ninguna parte de la Constitución se habla del modelo. Es muy peligroso que la gente se mueva en torno a mitos, porque la frustración puede ser muy grande. Puedes cambiar las cosas que la gente quiere en materia de pensiones, en salud, en educación, como lo hizo Bachelet, pero sin cambiar la Constitución. Entonces, ¿qué es lo que yo me temo? Que la Constitución sea como la nueva gallina de los huevos de oro. Y la frustración puede ser mayor porque, la verdad, es que con cambiar la Constitución nadie va a ser más pobre ni más rico.

-¿Y cómo se sale de esta crisis?

-Con diálogo político y proponiendo a la ciudadanía cambios en las materias más acuciantes, que son pensiones, salud, salarios. Pero ese camino no pasa por Asamblea Constituyente.

-Pareciera que la ciudadanía no lo está viendo así. Las últimas encuestas muestran un apoyo mayoritario al cambio constitucional. Esa es la expectativa.

-Aquí hay una apuesta muy peligrosa. La gente ha estado dispuesta a que sigan las manifestaciones, sin que le guste la violencia. Y las apoya porque cree en esa promesa de que todo va a cambiar. Pero eso no es así. Y lo que está pasando en materia económica, con las pymes, con los trabajos de la gente, es muy preocupante. ¿Qué va a pasar con la inversión? Yo te aseguro que mientras esté el fantasma de la Asamblea Constituyente vivo, aquí en Chile no se va a invertir un puto peso. Lo repito: no hay un puto peso de inversión mientras no se acabe el fantasma de la Asamblea Constituyente. Y uso esa palabra porque ya la han usado otros…

-Algunos intelectuales de centroizquierda dicen que temen que el gobierno esté apostando al debilitamiento del movimiento y no haga cambios de fondo. ¿Es un riesgo?

-Efectivamente, el gobierno no tiene hoy día la fortaleza suficiente para apostar simplemente a que se debilite el movimiento. Por lo tanto, tiene que abrirse el diálogo político. Sin embargo, tampoco se puede claudicar, porque si Piñera entrega la oreja en todos los temas, se podría producir de facto el término de su período presidencial. Y es muy peligroso tener dos años de política sin un presidente. Detrás de eso, creo que está la ilegítima pretensión de tener un presidente de facto y que se termine el gobierno para que las condiciones las ponga la calle, o la calle azuzada por ciertos políticos.

La elite

-¿Considera que la desigualdad es la gran herida de Chile, como dijo Beatriz Sánchez?

-No, yo constato cosas. Por ejemplo, que el Índice de Gini en Chile ha caído 6 puntos desde el año 2000 hasta ahora. Eso es mucho. Entonces, se dicen cosas, como este es el país más desigual del mundo, y resulta que en Latinoamérica hay ocho países que tienen el Gini más alto que nosotros.

-Pero uno de los últimos informes de la OCDE hablaba de la desigualdad en Chile como un factor…

-Sí, es un tema. Lo que pasa es por qué el estallido sucede ahora y no cinco años antes, dos años antes, o tres años antes, que había más desigualdad.

-¿Cree que tiene que ver con que es un gobierno de derecha?

-Yo creo que sí, y porque la izquierda usa la violencia como método político, lo cual es ilegítimo. Todas las quejas que tú podrías hacerle a este gobierno, yo te podría decir que hace cuatro o cinco años era peor.

-También hay un tema con la elite, como un símbolo de privilegios. ¿Le resulta un reclamo real?

-Yo creo que hay rabia contra la elite. Y la verdad es que la mayor parte de los que estamos en la elite no sufrimos los problemas que sí sufre la mayoría de la gente. Te hablo de no llegar con los sueldos a fin de mes, de tener un hijo que está enfermo y no lo puedes atender porque no tienes hora. Todo eso es verdad.

-Varios empresarios se adelantaron diciendo que están dispuestos a hacer cambios, como Andrónico Luksic y Alfonso Swett. ¿Leyeron más rápido que el gobierno lo que estaba en juego?

-A lo mejor tienen susto. Yo no puedo creer que alguien se dé cuenta tan rápidamente de las cosas, y que antes no se haya notado lo que pasaba.

-¿No cree esa reacción de los empresarios?

-No es que no les crea, pero cuando dicen “hay que pagar más sueldo”, me pregunto: ¿y no se habían dado cuenta de eso antes? Es súper evidente que una persona con 300 mil pesos no puede vivir. Por eso le doy tanta importancia al tema de la desconexión con las personas que te rodean. No creo en conversiones súbitas. Esta es una cuestión de conciencia, de estar realmente preocupado y atento de lo que les pasa a otras personas.