El pintor peruano radicado en Chile presenta una nueva exposición en la galería Patricia Ready: un conjunto de lienzos de gran tamaño que hablan de cataclismos y naufragios, una mezcla inusual de caos y elegancia.

  • 3 septiembre, 2008

El pintor peruano radicado en Chile presenta una nueva exposición en la galería Patricia Ready: un conjunto de lienzos de gran tamaño que hablan de cataclismos y naufragios, una mezcla inusual de caos y elegancia. Por Marcelo Soto; fotos, Verónica Ortíz

Francisco Bustamante vive solo en una gran casa de Providencia. Son tres pisos de techos altos y grandes ventanales, en uno de los pocos barrios de verdad que quedan en Santiago.

El lugar, pese a que acaba de mudarse y aún hay maestros rondando, está decorado con un gusto exquisito, para nada recargado. En la primera planta está su taller: un amplio salón donde descansan enormes lienzos con visiones explosivas, inabarcables; desiertos que quedan después del desastre, restos de un naufragio personal. Un caos impecable.

Como dice el crítico de arte Justo Pastor Mellado, “las pinturas de Bustamante tienen una descreída elegancia; son un caso único en la escena local”. El académico se refiere a una cualidad difícil de definir en los cuadros de este artista peruano radicado en Chile, que exhibirá sus nuevos trabajos en la galería Patricia Ready desde la próxima semana.

Hay una armonía, un equilibrio en su obra, que en una primera mirada puede dar una idea equívoca de frialdad, de distancia. Sucede que, después de un rato de observar su trabajo, se advierten la oscuridad detrás de la luz, el desorden oculto en el aparente control.

Si vieron Apuntes del natural, el notable filme de Martin Scorsese incluido en Historias de Nueva York, recordarán popular ha creado en torno al artista contemporáneo: un tipo desaliñado, intenso, violento, irascible.

Bustamante poco tiene que ver con ese estereotipo. No obstante, lo han comparado muchas veces con el mismo Pollock, por lo monumental de sus cuadros, por el uso de manchas y capas de pinturas que se superponen hasta formar una textura alambicada. Al pintor, que me recibe en su taller una luminosa mañana de agosto, le hace gracia tal comentario: “es un honor, desde luego, pero no tango nada que ver”.

-¿Cómo llegaste a estos paisajes que parecen explosiones mentales o escombros de un desastre colosal?

-Son paisajes que de alguna manera están dentro de la naturaleza, pero cuya construcción es mental, surgida en el proceso interno del taller. Es un desorden que empieza como orden y se arma a partir de las luces y las sombras. Lo que resulta de ese proceso es que una persona al observar el cuadro puede intuir lo que hay detrás, que no necesariamente se ve. Pero algo hay.

1. El destete

Seguramente la parte más conocida del trabajo de Bustamante sean aquellas figuras arbóreas de grandes extensiones, donde el contraste del oro y el negro forma composiciones al mismo tiempo brillantes y oscuras. Así explica cómo llegó a estas imágenes, mientras bebe una cerveza en su taller: “empecé a trabajar el pan de oro hace unos diez años. Tal vez tiene que ver con que soy peruano y en Perú uno está muy expuesto a ver el dorado, en las iglesias, en el arte indígena. Fue una casualidad, pero con el oro descubrí un medio para iluminar mi trabajo, ya que estaba siempre dominado por el negro. Me di cuenta que el dorado se abrazaba muy bien con el negro y que de esa manera podía soltarme en mi oscuridad y en mi luminosidad. La figura del árbol, si me pongo a pensar, también tiene un origen en la niñez, en un árbol típico de Lima, bajo y ancho, con un pequeño tronco y ramajes que se esparcen hacia los lados, con un tipo de hoja muy finita, de modo que ves todo el entramado de ramas que se van afinando a medida que se van desperdigando”.

Conozco a Bustamante desde hace varios años y aunque es un tipo extremadamente amable y educado, siempre elegante, posee al mismo tiempo un lado oscuro, casi perverso, que aparece de forma latente en su obra. Basta revisar esas inquietantes cabezas humanas, parecidas a su propia silueta, pero recubiertas con fotografías de sexo explícito. Eran, por decir lo menos, perturbadoras.

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Bustamante, como dice Mellado, es un caso aislado en la plástica local. No se parece a nada ni tiene redes comunicantes con otros artistas. “Hoy los artistas contemporáneos están súper apoyados por la teoría; yo no tengo eso, lo mío es una reflexión bastante privada y personal. Mi trabajo es muy solitario. Y si esto cabe dentro de los contemporáneos o no, no me corresponde a mí decirlo”.

 

 

 

 

 

La nueva exposición, titulada Ejercicios de Luz y Sombra, surge luego de un bloqueo que sufrió el artista al terminar su anterior exhibición. “Tiene que ver con la necesidad de parar un momento hace 4 años y tratar de empezar algo nuevo, generar algo distinto. La base de mi trabajo es el pan de oro, y aún no estoy interesado en dejarlo. Pero me sentí abrumado con respecto a los comentarios de la gente, que siempre pedía cierto tipo de trabajo: las imágenes arbóreas y las líneas y los pastos. Esos cuadros gustaron mucho y fue muy positivo para mí, comercialmente. No me quejo, todo lo contrario, pero eso mismo generó el cuestionarse si lo que estaba haciendo realmente era mi proceso natural o ya me estaba dejando influenciar por lo que las personas querían. Ese conflicto duró un buen tiempo”.

Tratando de buscar nuevos aires, Bustamante viajó a Sudáfrica, donde estuvo siete meses. Pero el bloqueo continuaba. “Allí tuve un taller y pinté muy poco, fue súper seco en términos de trabajo creativo, fue terrible. Hay pocas sensaciones peores que estar trabajando y que no haya un resultado, y sentirte vacío, sin saber por dónde ir. Cuando volví Chile, en septiembre de 2006, comencé a pintar, a retomar la marcha. Buena parte de lo que voy a mostrar ahora es el resultado de esa crisis. Es algo que siempre me ha pasado, tengo temporadas importantes de sequía, de vacío creativo y es algo que no deja de asustarte. Pero esos mismo vacíos son cosas que están pasando dentro”.

Al mismo tiempo, esta nueva exposición representa una especie de adultez, de maduración en la carrera de Bustamante, cuyas anteriores muestras solían estar cargadas de una impronta familiar, muy íntima, casi impúdica. “En Yo madre, mi última exhibición, trabajé con fotos del matrimonio de mis padres; collages con pintura, pan de oro, aceites y barnices. Mi madre había muerto poco antes y pensé que sería un buen momento para mostrarlo. Algo parecido pasó en mi primera exposición, que se llamaba Sí, padre, en el Montecarmelo. Mi padre había fallecido hace dos meses. Había una influencia personal fuerte y de cierta forma no me podía destetar. Pero en este trabajo nuevo ya no hay esa carga, es una investigación libre del dolor, de la enfermedad, de la muerte”.

En algunos de sus cuadros se alcanza a percibir esta transición: laberintos negros que dan paso al color. “Siento que fue un proceso no muy agradable, con algo de rabia e insatisfacción, características que llevo muy dentro, hay un trabajo de color nuevo, pese a que el negro siempre es dominante. Me interesa meterme agresivamente
en el color”.

La forma de trabajo de Bustamante comienza con un fondo de pan de oro, o pan de plata: “a partir de eso, empiezo a trabajar algunos lienzos de manera horizontal, porque necesito manchar en el suelo. Trabajo no solamente con óleo, también con aceite, agua y se generan ciertas manchas que necesitan secarse horizontalmente. Después cuando levanto la tela, empiezo a componer, a ver lo que hay, por donde se puede armar, y buena parte de eso está en el color negro”.

Otra serie de su trabajo son lienzos cubiertos con resina, sobre una capa de pan de oro y óleo sobre tela. “La resina es como un baño de agua, brillante y mojado, que voy rayando con un tenedor, un cuchillo o un clavo. De ese modo se genera un espacio donde no hay una figura reconocible, pero a la vez pudiese haber miles. Es cosa de detenerse a observar, y ver qué es lo que se forma”.

2. Esplendor americano

Francisco Bustamante llegó a Chile en 1981, cuando tenía 8 años. Su padre, miembro de una familia de larga trayectoria política en su país, incluido un presidente de la República –abuelo del pintor–, fue designado como embajador de Perú en un difícil momento en las relaciones entre Santiago y Lima, tras los vientos de guerra de fines de los 70. Radicado en la capital chilena desde entonces, Bustamante me cuenta que varios de sus hermanos se han nacionalizado, pero él no ha podido. “Resulta que como viajo tanto, no cumplo el requisito de tener cinco años seguidos viviendo en Chile”.

-¿Tuviste problemas para adaptarte cuando llegaste a Santiago?

-No, ninguno. Mis compañeros me decían cholo, pero a mí no me molestaba. Hoy me siento chileno, aunque siempre voy a amar al Perú y siempre será mi patria. Pero mis hermanos y mis amigos –que son mi familia– están todos aquí y aquí voy a quedarme.

En la casa del pintor hay muchos objetos que hablan de su familia, de un pasado de esplendor: viejas fotografías, antiguos muebles, un comedor para veinte personas, figuras religiosas doradas… Los rastros de un mundo que ya no existe. Como explica la analista Francesca Lombardo en un ensayo sobre la obra de Bustamante, esta especie de arqueología también se observa en sus grandes telas, que “parecen frisos, restos de muros que sobrevivieron a cataclismos; señales o restos vetustos abismados por el tiempo… La maleza ha crecido entre las junturas y manchas de hongos reverdecen los dorados; a veces hilillos de sangre coagulada, oscura y venosa se niegan a partir”.