Fueron 40 días y 40 noches entre enero y febrero en los que la abogada y directora de empresas se instaló en 10 comunas de la capital y se reunió con más de 430 personas, entre dirigentes sociales, alcaldes y juntas de vecinos. Su objetivo: lograr entender sin intermediarios desde dónde emanaba el conflicto social. Así nació Puente Social, una plataforma que busca instalar la dignidad en el core de las empresas.

  • 24 abril, 2020

Le faltaban respuestas. Tras el estallido social del 18 de octubre pasado, la directora de empresas y fundadora de la Red de Alta Dirección (RAD), Claudia Bobadilla, empezó a sentir un malestar. No físico, sino más bien espiritual y profesional, aclara. Los meses que siguieron al conflicto se leyó todos los papers y documentos que encontró sobre la desigualdad, siguió el debate en medios y redes sociales, miró encuestas. Pero no dio con lo que estaba buscando: comprender.
“Mi malestar tenía que ver con que me sentí imposibilitada de tener una comprensión más compleja de lo que estaba ocurriendo y si no tenía eso, era bien difícil que pudiera hacer algo”, explica.

Acostumbrada a realizar expediciones científicas y tecnológicas a centros de investigación en diferentes países, tras el estallido del 18 de octubre sintió que necesitaba nuevas herramientas, explorar nuevos territorios. Así nació Puente Social, una plataforma para apoyar a las organizaciones a entender el nuevo contexto social y reconectar a los ciudadanos con las comunidades. El 26 de diciembre decidió cancelar todos sus planes de vacaciones y proyectos pendientes y dedicarse a este nuevo desafío. Diseñó un programa que entre enero y febrero sumó un total de 40 días y 40 noches recorriendo diferentes comunas de la capital, en el que tuvo 92 encuentros con un total de 430 dirigentes sociales, juntas vecinales, emprendimientos locales, alcaldes, entre otros. Reunió a un equipo formado por ingenieros, arquitectos, fotógrafos, sicólogos, dramaturgos y abogados con trayectorias diversas y salieron a recorrer Independencia, Recoleta, Puente Alto, Renca, La Florida, Peñalolén, algunas zonas de Santiago Centro, Cerro Navia, La Granja y Maipú. “Nos quedamos cuatro días en cada comuna y alojamos donde hubiera disponibilidad. Una pensión, una casa que nos ofrecía alguna pieza, un motel –que en pleno estallido social estaban sin pasajeros–, Airbnb, donde pudiéramos. Además, trabajamos como equipo en las noches, conversando, haciendo análisis, y salíamos a comer con las personas que habíamos conocido en el día. Ahí se generó otro tipo de vínculos. Puedo decir que tengo 400 nuevos amigos”, cuenta Claudia. La mayoría de las reuniones se hicieron con personas cuyo ingreso promedio por hogar no superaba los 562 bruto mensuales, realidad en la que vive el 50% del país. Ahí, Claudia pudo ver cara a cara la fragilidad de un niño menor de diez años que llega del colegio y no tiene quién lo cuide hasta entrada la noche, cuando sus padres vuelven del trabajo; la realidad de la inmensa cantidad de adultos mayores postrados solos, que dependen de las organizaciones comunitarias para subsistir; la falta de áreas verdes, tan necesarias cuando existen condiciones de hacinamiento; el miedo que produce en la población las zonas tomadas por el narcotráfico y las pocas herramientas y recursos que tienen las municipalidades para hacer frente a estos desafíos, sumado a la pandemia por el coronavirus que enfrentamos hoy. Pero también se conmovió con el talento, la colaboración y la resiliencia. “Hay líderes sociales que llevan años trabajando los territorios, que conocen al dedillo las necesidades que tienen en sus comunas, que gozan de legitimidad social y que también trabajan muy bien y articuladamente con los municipios. Son líderes que cualquier organización quisiera, autogestión, eficiencia, calidad, y que con dos chauchas hacen proyectos con un tremendo impacto social”, dice.
Su objetivo ahora es llevar ese conocimiento y esa experiencia a la empresa. “Queremos instalar la dignidad de las personas en el core de las organizaciones como política de gobierno corporativo: en nuevas formas de relacionamiento con sus trabajadores, contratistas, clientes-ciudadanos y comunidades”. Y luego, en la segunda fase, agrega, “desarrollaremos e instalaremos en sus procesos la dignidad como indicador de gestión con KPIs para monitorearla y mejorarla”.
No es solo una idea romántica. Ya está trabajando en estas mediciones con directorios de compañías en Chile, Australia y Europa, y en la formación de futuros ingenieros, a través del programa Escuela de la Experiencia, en conjunto con la Facultad de Ingeniería de la Universidad Adolfo Ibáñez. Además, luego de que The Sidney Morning Herald publicara el fin de semana pasado una entrevista donde Claudia cuenta su experiencia, titulada “No solo ingresos: la dignidad como un bien social”, la directora de Enel Distribución, Cintac, CSIRO Chile y presidenta ejecutiva de Acceso TV, ha recibido numerosas llamadas y mails desde empresas en Estados Unidos, Europa, Australia y Chile para conversar y ver cómo pueden aportar a esta nueva mirada. “Yo les aconsejaría a todos quienes integran los gobiernos corporativos que se animen a hacer esta experiencia. No solo por un tema de transformación personal, puede ser aún más práctico, la transformación profesional, la apertura de oportunidades que van a tener y la sensibilidad para entender por dónde hay que guiar los destinos de las organizaciones, es totalmente distinta después de esta experiencia”, dice.

-¿Sentías que había un vacío desde los directorios para entender bien qué estaba pasando?
-Yo creo que lo que hemos tenido es un conocimiento importante, pero intermediado por algo, por una encuesta, un estudio o análisis. Pero el conocimiento directo de ir a instalarse en esos lugares, de quedarse a alojar ahí y de participar de las conversaciones, no estaba presente. Ahora me doy cuenta de que se transforma en algo, desde mi punto de vista, indispensable, no solo por la crisis social, sino que se hace aún más importante por esta pandemia global. Porque cuando uno comprende la realidad intermediada desde el relato de otro, que generalmente tampoco vive en esas comunas, la idea que tú tienes de esa realidad es parcial. Y cuando vas a los territorios y conversas y ves con tus ojos lo que las cifras dicen, hay una comprensión totalmente distinta. Realmente ahí uno entiende dónde las políticas públicas tienen que poner atención. Dónde está la oportunidad para el mundo privado de hacer trabajo colaborativo y conjunto con las comunidades. Cuáles son los códigos y contextos territoriales, cuál es el lenguaje y las sensibilidades, cuáles son las capacidades y talentos que uno descubre en las comunas y dónde están las fortalezas.

Los mitos

-¿Derribaste muchos mitos personales en esta experiencia?
-Antes de hacer esto, estaba bastante deprimida con lo del estallido social. Pero cuando me interné en las comunas, me generó optimismo y esperanza. Me di cuenta de que estando ahí uno detecta una disposición a trabajar en conjunto con la empresa total. Nadie nunca me dijo queremos que la empresa desaparezca, sí queremos a lo mejor un tipo de empresa distinta, una empresa consciente, una empresa conectada, que converse con nosotros. Se derribó una serie de mitos que, cuando no conoces esta realidad y no tienes estas conversaciones, parecen que fueran la realidad.
-¿Hay mucho prejuicio en el mundo empresarial respecto a mundos que no se conocen? ¿Hay mucho miedo?
-Lo digo desde mi propia experiencia. Yo también desconocía y todavía desconozco. Imagínate que me faltan 335 comunas, llevo solo 10. Y lo que ocurre es que cuando uno desconoce en ambos lados, en ambos extremos, tiene miedo. Son miedos desde el desconocimiento. La invitación es a conocer, porque ahí se derriba una serie de miedos y prejuicios, y aparece un terreno de encuentro y de posibilidades de construcción común.
-Y por el otro lado, ¿encontraste mucha resistencia en las conversaciones en las diferentes comunas?
-Cuando llegamos, nos miraban y decían “¿qué vienen a hacer ustedes aquí?”. Era como si hubieran llegado unos marcianos, sobre todo en el contexto en que estábamos. Yo les decía: “Tengo un profundo malestar, tuve mucha pena, no entendía, quiero entender, y por eso estoy aquí para conversar. Soy abogada, he trabajado toda mi vida en el mundo empresarial, valoro el mundo empresarial y me gusta”. Era una declaración muy honesta. Y me decían: “Ya po, conversemos”. Después de eso, nunca hubo una barrera. Eran conversaciones entre personas y he vuelto varias veces, a almorzar, a comer, nos whatsappeamos todo el día.
-¿Había mucha rabia?
-Creo que el estallido social fue una válvula de escape para esa rabia contenida. Pero yo diría que más que rabia, hay mucho malestar por los temas de abusos que todos conocemos, tanto del mundo político como del empresarial. Y te diría que, más profundamente, malestar y cierta tristeza por esta incapacidad que hemos tenido de establecer un trato, reconociendo la realidad del otro para construir lo que yo llamo la sociedad del buen vivir. Lo que más me impresionó es que detrás de las demandas de tipo económico, detrás de las fragilidades, lo que hay en la base de todo eso es una demanda por dignidad, por una forma de trato distinta. Cuando ves eso, aparecen oportunidades preciosas.

La ética del encuentro

Claudia confiesa que no todo fue fácil y que hubo mucho aprendizaje en esos cuarenta días. “Uno tiende a pensar que el lenguaje siempre es el mismo y de repente ciertas expresiones no son bien recibidas. Y me tocó un tema muy fuerte. En una de las primeras reuniones, dije: ‘Yo siempre he hecho expediciones’. Cuando hablamos de expediciones en el mundo científico y tecnológico, tiene un sentido positivo. Pero cuando se lo dije a un médico de un Cesfam, me dijo molesto: ‘¿Crees que soy un objeto de observación?’. Le pedí perdón y me dio mucha pena hacerlo sentir mal. Ahí entendí que en un contexto donde la confianza es de las cuestiones que más débiles tenemos como sociedad, errores de ese tipo pueden arruinar el vínculo sin retorno”, relata.
A partir de ahí, cuenta, el equipo empezó a trabajar en una metodología que bautizaron como la “ética del encuentro”.
-¿En qué consiste esa metodología?
-Tiene varios pilares. Uno es refundar el vínculo asumiendo la desconexión social y estuctural que tenemos. Después es aprender códigos de vinculación en contextos territoriales, por ejemplo, reunirnos con las personas en sus contextos, un pasaje, un cerro, una cancha de fútbol. También escuchar a la persona en vez de defender posiciones en el rol de representantes, reconocer al otro en su dignidad y diseñar éticamente los encuentros desde una relación no transaccional. Creo que ahí hay una clave para el futuro del mundo corporativo en su trabajo con comunidades: establecer relaciones transaccionales es muy pobre. Normalmente, las relaciones humanas están hechas para generar valor, pero partir con la disposición de la transacción es un error. Debe existir un interés honesto y genuino de querer conversar y conectarnos, para, desde ahí, entender qué queremos hacer en conjunto.
-¿En qué etapa están hoy con Puente Social?
-Ya tenemos la metodología diseñada y estamos empezando a armar un programa para formación en ética del encuentro, claves de reconexión y nuevas prácticas de gobierno corporativo. Tenía organizadas reuniones con directorios la última semana de marzo, pero el coronavirus puso otras prioridades, así que estamos actualizando lo observado en el contexto de la pandemia. Esta semana me tocó hacer una clase en un programa de gobierno corporativo, estamos trabajando en la construcción de un libro y con la UAI, en el programa de Escuela de la Experiencia.
-Hoy, el coronavirus está poniendo aún más en evidencia las enormes brechas sociales. ¿Cómo se puede avanzar en este contexto?
-Yo creo que si, a partir de octubre tuvimos una primera mirada de realidad de lo que significaba la inequidad, la pandemia vino solamente a decirnos que esto es aún más prioritario de resolver de lo que creíamos. Lo que yo espero es que algunas muestras que hemos visto en la gestión de la pandemia, como tener mayor capacidad de diálogo y de encuentro –que no se vio en el estallido–, sea la tónica que nos permita realmente decidir cuáles son las prioridades. Y las tenemos que resolver porque, sin sostenibilidad social, y más que eso, sin dignidad para todas las personas, va a ser muy difícil que podamos construir una sociedad del buen vivir, que permita, además, el desarrollo sostenible del mundo empresarial.