Por Catalina Allendes E. “El 14 de septiembre de 1973 el almirante José Toribio Merino me citó, sin conocerme, al Ministerio de Defensa… después de dos horas de espera, abrió la puerta y dijo, soy el almirante Merino y espere hasta que venga el ministro de Economía porque usted va a ser su asesor… antes […]

  • 29 agosto, 2016

Por Catalina Allendes E.

francisco rosende

“El 14 de septiembre de 1973 el almirante José Toribio Merino me citó, sin conocerme, al Ministerio de Defensa… después de dos horas de espera, abrió la puerta y dijo, soy el almirante Merino y espere hasta que venga el ministro de Economía porque usted va a ser su asesor… antes que yo dijera nada, se fue. Al poco rato llegó el general Rolando González, el ministro”.

Así es como el economista Sergio de Castro relata su primer acercamiento al gobierno militar y, tras esa reunión, el aterrizaje definitivo de los Chicago boys al régimen.

En la saga Cita con la historia de la académica Patricia Arancibia, De Castro admite que antes de eso no había tenido relación con el mundo militar, pero reconoce que Merino conocía de sobra el trabajo que venía realizando con un cerrado grupo de economistas.

De hecho, Merino ya tenía en sus manos el Plan de recuperación económica que De Castro y cercanos habían elaborado ese año. El Ladrillo lo llamaron, estaban seguros de que su aplicación sería clave… Estaban aplicando la teoría aprendida en la Universidad de Chicago a los problemas de Chile.

El comienzo

Al alero del Centro de Estudios Socio Económicos (Cesec), que dirigía Emilio Sanfuentes y en pleno gobierno de la Unidad Popular, el grupo de académicos, todos de la Universidad Católica y posgraduados en Chicago, se reunieron para buscar una salida a la derrumbada economía (ver recuadro). Algo ya tenían esbozado desde 1970, cuando intentaron que Jorge Alessandri, entonces candidato presidencial, adoptara un radical programa económico. Pero fue demasiado revolucionario para el pensamiento de la época.

Según De Castro, Sanfuentes era el único que conocía la intención de Merino de contar con un plan económico, si es que las Fuerzas Armadas lograban derrocar a Allende. Así lo deja claro, por lo demás, en el prólogo de la única versión que se ha editado de El Ladrillo, hecha en 1992 por el Centro de Estudios Públicos (CEP) y en cuya biblioteca está la versión original escrita a máquina del programa.

“Uno de los miembros del grupo académico, sin que el resto lo supiéramos o siquiera sospecháramos, tenía contacto con los altos mandos de la Armada. Grande fue pues nuestra sorpresa cuando constatamos que la Junta poseía nuestro documento y lo contemplaba como de posible aplicación”, dice De Castro en ese libro.

El economista y ex ministro de Hacienda del régimen, Rolf Lüders, admitió a Capital incluso que cada vez le hace más sentido que la existencia de El Ladrillo fue clave para que los militares tomaran la decisión de derrocar a Allende.

“Los datos testimoniales que dispongo me hacen suponer que la existencia de un programa económico-social, como aquél que se plasmó en El Ladrillo, fue una condición necesaria para que se diera el pronunciamiento militar. Los militares, alejados de la sociedad civil desde la caída del primer gobierno de Carlos Ibáñez del Campo, no tenían el expertise necesario y no estaban dispuestos a embarcarse en una aventura”.

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Los números

En septiembre de 1973, la economía chilena había cuadruplicado el dinero circulante. Entre 1970 y 1973 la emisión de billetes había crecido 2.000%, o sea “no se podía sino esperar una hiperinflación como la que se estaba asentando y que se acercaba al 1.000%”, dice un economista que trabajó esos años en el Gobierno. De cada 100 pesos que se gastaban, 55 eran emitidos por el Banco Central o dicho de otro modo, el déficit fiscal era de 55%. El de las empresas públicas, la mayoría de ellas estatizadas o requisadas, superaba con creces esa cifra.

“El país se encontraba inserto en un ambiente de enormes desequilibrios macroeconómicos, al borde de la hiperinflación y con un agudo problema de estancamiento, el que se arrastraba por décadas”, recuerda el ex decano de Economía de la Universidad Católica y Master of Arts de Chicago, Francisco Rosende.

En esos años la economía se basaba en la sustitución de importaciones, en proteger la producción nacional con aranceles de hasta 700%, y todas las fichas estaban puestas en el cobre y los excedentes que generaba para subsidiar precios y ayuda social.

El inicio del shock

Aunque la llegada de los Chicago boys se notó tímidamente al principio, no fue hasta 1975, tras una violenta caída de 45% en los términos de intercambio, cuando la junta dio el vamos a El Ladrillo.

Desde distintos frentes, Jorge Cauas en Hacienda, Sergio de Castro en Economía y Pablo Baraona en el Banco Central, empujaron las medidas. Francisco Rosende plantea que fue clave “establecer con claridad un diagnóstico para luego proponer soluciones”.

Según De Castro, no fue fácil convencer a las autoridades de que la aplicación de El Ladrillo en su totalidad era la única vía para salir de una vez por todas del estancamiento que se venía gestando en Chile desde hace décadas. En eso los ayudó la visita del profesor de Chicago, Milton Friedman, y la mítica reunión que sostuvo con Pinochet, donde le expuso los dos caminos que tenía: avanzar lento en las reformas con riesgo de que el paciente muriera en el camino o realizar una política de shock.

Pero los Chicago boys no eran los únicos a los que oían los militares. “La mayoría de las opiniones decía que había que reconstruir lo que existía antes de la Unidad Popular, mantener el esquema de la sustitución de importaciones. Nosotros pensábamos que eso era lo que había producido el estancamiento y estábamos en total desacuerdo, hubo una fuerte discusión”, sostiene De Castro en Cita con la Historia.

¿Por qué se optó por El Ladrillo? “Mi impresión es que la junta se decidió por él porque era un documento que se había escrito con tiempo y con mucha argumentación (…) Eso es a lo que apeló el juicio analítico de la junta”, sostiene en esa entrevista De Castro (ver recuadro).

Lo que se hizo

Lo que tenían claro los Chicago boys era que las cosas más difíciles había que hacerlas rápido y al inicio del programa. Por eso es que una de las primeras medidas fue liberalizar los precios, devaluar la moneda y bajar los aranceles, en ese orden.

En simple, con esos tres pasos se liberalizó y abrió la economía al mundo, obligando de paso a los empresarios a producir en Chile sólo aquello en lo que fueran competitivos. “Explicarle a un empresario que le convenía perder la protección (…) y que no sabría a cuál precio podría vender, era una tarea imposible. Yo diría que si no el ciento, casi el ciento por ciento de los empresarios estuvo en contra. Pero como ni los empresarios conocían a los militares ni los militares a los empresarios, nadie fue a decir esto es una locura”, explicó Sergio de Castro a la historiadora Patricia Arancibia.

Rolf Lüders, eso sí, advierte que “inicialmente el programa de reformas gozó de amplio apoyo empresarial, aunque muy luego se hizo evidente que una parte de la industria, muy protegida y por ende muy ineficiente, probablemente iba a desaparecer. Surgieron entonces algunas voces industriales firmemente opuestas a la liberalización comercial, aduciendo a que en ninguna parte del mundo existían aranceles de importación bajos y parejos. No obstante, gran parte del empresariado más emblemático siguió apoyando las reformas hasta la crisis de 1982-83. Puede haber influido mucho en ello el hecho de que la mayoría de los empresarios del momento habían participado en los 60 en un curso organizado por Sofofa dictado por profesores de la UC, entre ellos De Castro”.

En 1975, el producto interno bruto (PIB) real cayó 12,9% y el desempleo se empinaba por el 15%. De un índice 100 en 197, los términos de intercambio cayeron a 55, según datos de un paper de Juan Andrés Fontaine. Todo, por un fuerte deterioro del precio del cobre a nivel internacional y una inesperada alza del petróleo, lo que provocó un desbarajuste total en la balanza de pagos.

El boom

Con todos estos cambios, a partir de 1977 el crecimiento del país superaba el 6% y aunque el desempleo no lograba bajar del 20% (gatillado por el cierre de empresas y la reducción del Estado), los demás indicadores mostraban signos positivos. El boom le llamaron a esa época.

“El programa comenzó a mostrar resultados favorables hacia fines de 1975. La posición de la balanza de pagos mejoró y la inflación comenzó a disminuir. A mediados de 1976, el Banco Central anunció una revaluación de 10% del peso, decisión que señalaba claramente que la crisis había sido superada”, advierte Juan Andrés Fontaine en un ensayo.

Éstos son los datos de ese análisis: entre 1976 y 1981, el PIB real creció a una tasa anual de 6,6% y las exportaciones lo hicieron al 10,7% anual en términos de volumen. La inflación, que en 1975 alcanzaba a un 370% anual, disminuyó hasta llegar a 33% en 1979 y a 9% en 1981 como consecuencia de la persistente disciplina fiscal y monetaria. Los salarios reales aumentaron a un promedio anual de 12,4%. La deuda externa también bajó de un nivel equivalente a tres veces las exportaciones en 1975, a 1,6% en 1979 y posteriormente comenzó a crecer a pasos agigantados debido al endeudamiento privado.

La crisis del 82

Un tremendo paréntesis en la implementación del modelo que aún perdura y que ha sido imitado por los países de la región, fue la crisis de 1982, cuando el endeudamiento de las empresas y la alta exposición del sistema financiero terminaron por provocar una de las crisis más importantes de la economía chilena.

El dólar fijo a $39, decretado por Sergio de Castro, que tras el Ministerio de Economía pasó a Hacienda, dio paso a una devaluación que provocó la quiebra de un importante grupo de empresas que fueron fuertemente expuestas a la divisa.

Rolf Lüders recuerda así los sucesos: “El alto endeudamiento de fines de los 70, origen de la crisis de comienzos de los 80, se explica principalmente por el reciclaje de los petrodólares, que encontraron en América Latina uno de los pocos lugares en que podían ser colocados. Las buenas políticas económicas de Chile hicieron a este país uno de los preferidos de la banca extranjera. Dada la fijación cambiaria y la inflación que el país siguió teniendo a pesar de esa fijación, el PIB y los salarios en dólares crecieron vertiginosamente, con lo que el aumento del endeudamiento, una buena parte en dólares, parecía normal. Todo esto cambió bruscamente cuando se desató la crisis y el PIB y los salarios, expresados en dólares, se desplomaron, no así el valor de la deuda”.

Todo esto, por lo demás, en el contexto internacional en que la Reserva Federal de Estados Unidos elevó fuertemente las tasas de interés y contrajo la cantidad de dinero, provocando una severa recesión en ese país. Junto con ello, vino, una vez más, una caída del precio del cobre y alza del petróleo.

En esos años en América Latina se hablaba de la década pérdida, pero en Chile, “guiado por los mismos principios de El Ladrillo”, explica un economista que fue parte del gobierno militar, logró sacar la economía adelante, y tras el paréntesis de la crisis de 1982, en 1984 pudo retomar tasas de crecimiento de 6% anuales. Todo lo anterior, con una fuerte crisis de desempleo y de salarios. Descontento social, una dura represión, violaciones a los DDHH y  niveles de pobreza que bordeaban el 30%.

Lo que queda

Pese a la fuerte incertidumbre empresarial y las demandas sociales que se generaron tras el triunfo del No y luego de la llegada de Patricio Aylwin a La Moneda, el primer ministro de Hacienda de la Concertación, Alejandro Foxley (DC), continuó por la misma senda de lo planteado por El Ladrillo. Igual camino tomaron Aninat (DC), Nicolás Eyzaguirre (PPD), Andrés Velasco y, hasta ahora, Alberto Arenas (PS).

Los trece puntos centrales del texto siguen vigentes en la economía chilena, dicen los expertos: política de descentralización, de comercio exterior, de precios; política monetaria y fiscal, tributaria, de mercado de capitales, de previsión y seguridad social; política de redistribución del ingreso; aspectos económico sociales de la política educacional; política de inversiones extranjeras, para el área social; agraria e industrial.

Para Lüders, incluso, la economía real ha ido mucho más lejos que el programa que se desarrolló en 1973. “El Ladrillo se escribió después de varias décadas de creciente proteccionismo e intervención del Estado (…) A pesar de que se presenta más que un programa, como un ideal y aboga por una ruptura radical con el orden económico y social existente en 1973, fue inevitable que sus autores se vieran restringidos en sus planteamientos por la factibilidad de implementar el programa en la práctica. En la realidad, luego se dieron las posibilidades de avanzar más allá del programa y acercarse al ideal de una economía social de mercado”.

Francisco Rosende coincide en que “algunos aspectos se han profundizado, como la apertura al exterior y el desarrollo de los esquemas de concesiones, por ejemplo”. Claro que pone una alerta en los cambios que se han propuesto en materia tributaria, educacional y laboral el último año, pues, dice, “hay un evidente movimiento en la dirección opuesta a lo planteado en El Ladrillo”.

Rosende teme que estos cambios dañen el dinamismo de la economía. “Fue nuestra historia tras la Gran Depresión, una vez que se fueron manifestando los signos de pérdida de dinamismo de la economía chilena, la tendencia fue intensificar la medicina de más gobierno y más regulación, en vez de revertir el rumbo. Ése es un riesgo que no se puede desestimar”, sostiene. •••

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Modelo en dictadura

¿Habría sido posible aplicar el programa económico de El Ladrillo en democracia?

“En esa época en que la ideología imperante era otra y las prácticas de la economía estaban alejadas de lo que todos conocían, pienso que habría sido muy difícil implementarlos sin un régimen autoritario”, advierte el economista Rolf Lüders.

Francisco Rosende admite, en todo caso, que “algunos países de Europa Oriental hicieron reformas tan drásticas como las chilenas tras el colapso del comunismo”, pero reconoce que “en el Chile de 1973, la crisis iba mucho más allá de la economía, lo que requería de reformas que abarcaran lo institucional y lo político, lo que era más difícil de lograr en un contexto democrático”, sostiene.

El profesor Arnold Harberger afirma a Capital “que el modelo chileno ha sido imitado durante décadas por gobiernos elegidos democráticamente e incluso por los sucesivos gobiernos de la Concertación… Dígame cuál de las medidas de El Ladrillo pueden ser consideradas antidemocráticas”.

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Las reuniones de Suecia 286

Fue el fallecido Emilio Sanfuentes Vergara quien volvió a reunir al grupo que había esbozado un programa para la candidatura de Jorge Alessandri en 1970. Lo integraron inicialmente además de De Castro, Pablo Baraona, Manuel Cruzat y Sergio Undurraga. A poco andar, sumaron a las reuniones que realizaban en el Cesec, en Suecia 286, la misma casa que habita hoy la UDI, Juan Braun, Rodrigo Mujica, Álvaro Bardón, Juan Carlos Méndez, Juan Villarzú, José Luis Zavala y Andrés Sanfuentes. Al final se integraron también José Luis Federici, Ernesto Silva, Enrique Tassara y Julio Vildósola.

Sanfuentes tenía fuertes vínculos con Roberto Kelly y Hernán Cubillos, ambos miembros de la entonces cofradía náutica, y cercanos a Merino.

“Comenzamos a un tranco corto, a medida que había tiempo, a tranco cansino. Hasta que después del paro de octubre de 1972, Emilio Sanfuentes nos dijo: tenemos que acelerar la marcha absolutamente ¿Y por qué? Porque estuvo a punto de producirse un pronunciamiento ahora”. Se refería al almirante Merino, que era el segundo hombre de la Armada, quien habría dicho: “Yo no me moveré mientras no sepa qué hacer”. Eso aceleró la marcha. Y lo que era una junta los días lunes a las 7 de la tarde, comenzó a ser mucho más intenso. Y se parió El Ladrillo. Ya un mes antes del pronunciamiento comenzaron a producirse papeles que iban a Valparaíso y la verdad es que yo no entendía por qué tanta prisa, pero así fueron las cosas”, es el testimonio de Pablo Baraona publicado por Diario Financiero en 2013 en un especial a 40 años del golpe militar.