Pocas semanas después de haber sido liberada por la DINA en 1975, la madre de Michelle Bachelet -que siempre rompió moldes- viajó a prestar testimonio a México, Cuba y la URSS. En este pasaje, parte de una biografía inédita, se relata su tránsito de estudiante de arqueología a activista incansable por los derechos humanos 

Por: Rocío Montes

  • 3 julio, 2020

Ángela Jeria fue invitada a Ciudad de México, donde se llevó a cabo la Tercera Sesión de la Comisión Internacional de Investigación de los Crímenes de la Junta Militar en Chile, entre el 18 y el 21 de febrero de 1975. Dentro del movimiento de solidaridad con Chile que había comenzado a conformarse en diferentes lugares del mundo después del Golpe, este encuentro era de crucial importancia.

La primera sesión se había llevado a cabo en Helsinki, entre el 21 y el 24 de marzo de 1974. La segunda en Copenhague, en junio de ese mismo año. La tercera fue la del Distrito Federal mexicano, donde llegó Ángela para dar su testimonio como víctima de la dictadura, a pocas semanas de haber sido liberada de Villa Grimaldi y Cuatro Álamos. En este encuentro de la Comisión, el único que se desarrolló en territorio latinoamericano, participaron cerca de 140 personas de la izquierda mundial y chilena en el exilio. Había profesionales y dirigentes de todos los continentes. Entre la cuarentena de chilenos que asistieron estaba Hortensia Bussi, viuda de Salvador Allende, el excanciller Clodomiro Almeyda, el secretario general del PS Carlos Altamirano, el escritor y miembro de la Comisión Política del PC Volodia Teitelboim, el dirigente del MAPU-Obrero Campesino José Miguel Insulza, el embajador en Chile de la UP Armando Uribe, el dirigente socialista Jorge Arrate, el excanciller Orlando Letelier, el dirigente de la Izquierda Cristiana Luis Maira…

En esta reunión en el DF, a diferencia de las dos anteriores, por primera vez se habló de la existencia de detenidos desaparecidos. Los relatos de los sobrevivientes estremecieron a la audiencia.

Ángela subió al estrado y, sin leer, contó en extenso lo que había vivido en los centros de tortura. En esa época, la estudiante de arqueología todavía sentía el nerviosismo de hablar en público: no estaba acostumbrada. Sentía miedo y, en ocasiones, hasta se quedaba en blanco. “El viernes 10 de enero de 1975…”, comenzó diciendo la viuda del general, en referencia a la fecha en que fue detenida junto a su hija por la DINA.

El escritor Julio Cortázar, en su intervención ante los asistentes, declaró luego su conmoción con los relatos:

“Quizá haya sido en la sesión de esta mañana que la Comisión y el público que asiste a sus trabajos, han podido ver de cerca los últimos límites de la ignominia y el horror. El ejemplo clásico por excelencia del infierno, el de Dante Alighieri, se vuelve casi anodino ante esta acumulación de maldad, cobardía y vileza, que son los componentes básicos de la crueldad. Porque, aunque releamos en su totalidad el infierno de Dante, jamás encontraremos que en él se torture a un niño en presencia de sus padres. La imaginación del Dante era la de un perfecto sádico, y sin embargo no alcanzó a llegar a eso”.

En esos tres días en que Ángela estrenaba su papel público, conversó con decenas de personas. Con el paso de los años olvidó si estuvo con Gabriel García Márquez, que también participó en ese encuentro en México, pero no las anécdotas que marcaron algunas de las jornadas que eran esencialmente serias y trágicas. Junto a Moy de Tohá, la viuda del exministro de Allende José Tohá, Ángela se reía al divisarse en la lista de invitados. La primera aparecía con su nombre, Victoria Morales, y la segunda como Ángela Jeria. Les provocaba mucha gracia que, sin los apellidos de sus esposos al lado, nadie las identificara.

Nunca antes había estado en México y, hasta ese momento, no conocía personalmente a la mayoría de los invitados chilenos al encuentro. En aquellos días de invierno en el DF, el vicepresidente del PRI la invitó a comer a su casa junto a Teitelboim, un personaje relevante del Gobierno de la UP con el que la viuda de Bachelet nunca había compartido. El escritor comunista estaba junto a su hijo Claudio, de 27 años. “¿Podría conversar con él? No conoce a nadie aquí”, le pidió el padre a Ángela, que se dedicó a charlar con el joven Doctor en Física buena parte de la velada. La casa era impresionante: antigua y con estilo tradicional mexicano, tenía una especie de noria en el comedor. Cuando Ángela y Claudio fueron a recorrerla, les impresionó ver la biblioteca inmensa: había varios libros con el mismo título, pero en diferentes ediciones.

Pero el viaje se prolongó más de la cuenta. Mientras su hija Michelle permanecía en Australia junto a su hermano Alberto -al que llamaban Betingo-, la delegación cubana y soviética invitaron a la viuda de Bachelet a continuar su gira y entregar su testimonio en reuniones similares en La Habana y Moscú. Ángela comenzó entonces un período marcado por los aeropuertos, las charlas y los encuentros con la resistencia y los movimientos de solidaridad con Chile.

Ángela tampoco había estado nunca en La Habana, donde llegó junto a la comitiva cubana y a otros dirigentes de la izquierda chilena, como el presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Concepción, Antonio Leal. El momento en que tuvo que entregar su testimonio, su caso fue presentado por el general de la Fuerza Aérea de Chile, Sergio Poblete, que había estado detenido con su marido en la Academia de Guerra de Aviación (AGA) después del Golpe de Estado.

Hasta entonces, Ángela se había mostrado fuerte y jamás se había quebrado. Luego de ser liberada de los centros de tortura, había tenido que mostrarse entera ante Michelle y su hijo y, posteriormente, en las dos primeras conferencias ante la comunidad internacional. Pero en el avión que la trasladaba desde Cuba a la Unión Soviética sucedió lo que había evitado durante toda su vida y, sobre todo, desde la salida de Villa Grimaldi y Cuatro Álamos: mostrar sus sentimientos en público. Las azafatas habían servido ron cubano, un grupo folklórico chileno cantaba las canciones de protesta y la viuda de Bachelet comenzó a llorar sin consuelo posible. Al lado suyo estaba Antonio Leal, quien no encontraba la forma de ayudar a Ángela. Nunca había llorado de esa forma en sus 48 años de vida y, con el desahogo profundo, su blusa quedó empapada.

La llegada a la URSS fue, al menos, tragicómica. Debido a los problemas con la visibilidad, el avión no pudo aterrizar en Moscú, donde se iba a desarrollar el encuentro, y tuvo que desviarse hacia San Petersburgo. Ángela y la delegación chilena se alojaron algunas noches en un hotel hasta que las condiciones del clima mejoraron. De camino al aeropuerto para embarcarse a la capital, se trasladó en un taxi junto a Leal. “Usted no se preocupe con el idioma. Le daré las instrucciones al conductor, porque hablo alemán”, le ofreció el sociólogo y Ángela se confió. El taxista, sin embargo, al parecer solamente hablaba ruso y los transportó hacia el extremo opuesto. Los dejó en una especie de aeródromo donde no había absolutamente nada, solamente una torre de control a lo lejos. Pero para llegar a la edificación, los chilenos tuvieron que caminar un buen trayecto y cruzar unas rejas de alambre de púa. A Ángela, entonces, le dio un ataque de risa:

–“Qué horror, qué horror. La esposa de un general de la Fuerza Aérea de Chile que tenga que cruzar de esta forma”, decía mientras intentaba no pincharse con los alambres y apenas podía hablar con las carcajadas.