En el momento actual, donde ya se lanzan dardos al modelo de mercado, sorprende la convicción que ellos tienen sobre la fuerza del capitalismo y lo que la apertura al exterior ha significado para su país.

  • 16 octubre, 2008

 

En el momento actual, donde ya se lanzan dardos al modelo de mercado, sorprende la convicción que ellos tienen sobre la fuerza del capitalismo y lo que la apertura al exterior ha significado para su país. Por Cristián Larroulet, desde Beijing.

Hace cuatro años fui invitado por primera vez a China. Recuerdo que en esa oportunidad los 48 kilómetros de la principal avenida de Beijing –con seis pistas por lado, más dos de caletera y una ciclovía– estaban ocupados en un 70% por autos, mientras que el tercio restante correspondía a bicicletas y motos. Un amigo me contó que esa proporción era exactamente al revés cuando él había ido sólo 10 años atrás. Hoy, el número de automóviles que invaden las calles ocupa prácticamente el 90% de la ruta, al punto que durante las recientes olimpiadas, la circulación de vehículos se restringió a la mitad para bajar los elevados índices de contaminación. Algo similar se hizo en el sector de la construcción: sencillamente, se paró el trabajo durante dos meses y se envió a los obreros de vuelta a sus ciudades por ese lapso.

Acabo de regresar de ese país, después de pasar dos semanas en un singular viaje con un grupo de ex alumnos de MBA y otros programas de postgrado de la Universidad del Desarrollo. Un viaje con un profundo sentido emprendedor… pues, como nos dijo el decano de la facultad de Español de la Beijing Foreign Internacional Studies, éramos pioneros. Este fue el primer seminario que ellos destinaban a un grupo proveniente de una universidad de América latina.

De ahí que la experiencia de recorrer algunas de las principales ciudades de China, junto a casi 40 ejecutivos y empresarios jóvenes y conocer de primera mano, tuvo el sello del emprendimiento. Todos iban con los ojos muy abiertos en busca de nuevas oportunidades de negocios y de vida. Los intereses eran diversos. Uno de los integrantes del grupo, un marino MBA-UDD, se aprestaba a trasladarse a China con su familia a fines de este año, cuando se jubile, y andaba buscando una ciudad para desembarcar. Su objetivo principal: que sus hijos aprendan inglés y chino mandarín, dos herramientas que considera claves para que se desenvuelvan en el futuro. Un gerente partió a Chongquing, una ciudad industrial de 30 millones de habitantes, para contactarse con proveedores y tecnologías en el negocio de reciclado de residuos industriales. Un ejecutivo de una constructora buscaba proveedores más atractivos para su empresa. Un ingeniero que está terminando Derecho, su segunda carrera, recorrió las librerías buscando códigos en inglés para hacer su tesis en Derecho Comercial Comparado, con el objeto de prepararse para asesorar a los empresarios que se aventuren en esas tierras. Y así se podrían mencionar varios casos más.

China impacta y entusiasma. La visión que nos dieron diversos académicos, autoridades y algunos extranjeros vinculados al mundo de la economía sobre los cambios en el país resultó tremendamente enriquecedora. A diferencia de lo que pudiera pensarse, no se trató de exposiciones uniformes y “oficiales”, dictadas por la ortodoxia del Partido Comunista. Todo lo contrario. Hubo espacio a la crítica y a la revisión de la historia reciente… Mao y su larga marcha. Mao y su cruenta revolución cultural… Sin embargo, en el momento actual, cuando ya se lanzan dardos al modelo de mercado, sorprende la convicción que ellos tienen sobre la fuerza del capitalismo y lo que la apertura al exterior ha significado para su país. En 2035, China será la economía más grande del planeta en términos del tamaño de su PIB. Gran parte de esta explosión de crecimiento, que se empina en promedio al 10% anual durante los últimos 30 años, ha sido producto de las exportaciones, pero otro tanto se debe a un enorme salto en su productividad. Y en eso, tienen mucho espacio para aumentar aún. Ya hay una clase media emergente que alcanza a 400 millones de personas. Ellos tienen niveles de ingreso de unos 3.000 dólares mercado envidiable para cualquiera. Pero quedan otros 900 millones que se tienen que incorporar al progreso. Ahí están las oportunidades.

China es también un lugar de contrastes. En Beijing, por ejemplo, asombran la infraestructura vial y edificaciones de gran talla como la recién inaugurada Torre de la Televisión; sin embargo, el agua que sale de la llave no se puede beber porque no es potable. En Shangai, si no fuera por los ideogramas en los letreros, uno podría pensar que está en pleno Nueva York, pues decenas de modernos rascacielos con pantallas gigantes muestran avisos publicitarios durante todo el día. Pero la otra cara de la moneda, en este puerto cosmopolita, son extensos barrios con deterioradas viviendas donde se ve a la gente cocinando o lavándose en la calle. El hotel donde nos alojamos, perteneciente a una cadena norteamericana, es uno de los pocos edificios nuevos en el sector donde está construido, un barrio bastante inhóspito, al lado de una estación de tren. Pero levantarlo ahí fue una decisión meditada. El terreno era más barato y muy pronto desaparecerán las pobres viviendas que lo cercan. Todo el suelo sigue siendo de propiedad del Estado y pronto se levantará ahí un nuevo conjunto habitacional que le cambiará el rostro al sector.

La visión que nos dieron los chilenos que trabajan en Shangai fue igualmente reveladora. Hablaron sin anestesia sobre las dificultades de hacer negocios en China, partiendo por la barrera del idioma. Los chinos no hablan inglés ni menos español. Entonces, cualquier posibilidad de entendimiento pasa por encontrar un muy buen “socio” o “empleado” local que ayude a comunicarse y a entender la cultura. Pues no se trata de llegar y cerrar un trato. Hay todo un ceremonial que requiere invertir tiempo para establecer relaciones de largo aliento. Otro punto muy relevante es que, pese a lo que se pudiera creer, China no es Beijing. China son muchos países distintos. Cada provincia tiene importantes grados de autonomía y, por lo mismo, muchas veces el contacto relevante son las autoridades locales, no los máximos jerarcas de la burocracia del Partido Comunista.

Paralelo al seminario, mi agenda contempló reuniones con autoridades de centros de estudios y universidades; entre ellas, las de Fudan y de Tsinhua, una de las más importantes de China. Como es de suponer, en estos encuentros la crisis financiera fue uno de los temas recurrentes. Están preocupados respecto a cómo les va a afectar la tormenta, y tienen motivos para ello. Las exportaciones son la base de su economía y, además, son los principales prestamistas de Estados Unidos. Han financiado el déficit norteamericano. La teoría del desacople que han postulado algunos no se sostiene. No hay escape posible. Lo más probable es que crecerán menos en 2009 y 2010 de lo que están acostumbrados. La duda es de cuánto menos será.

Una duda válida para ellos y para nosotros. China es nuestro principal socio comercial. Y una menor actividad se va a reflejar en nuestras exportaciones, pues detrás del aumento del precio de los commodities entre 2004 y 2008 ha estado el gigante amarillo. Y esa demanda tieneque ver con la etapa de producción en que están inmersos. Por ejemplo, para fabricar los radiadores de los autos necesitan cobre y para la urbanización de las ciudades, del metal rojo. De ahí que den cuenta de la mitad de la demanda de cobre en el mundo en los últimos 50 años.

En todo caso, cualquiera sean los efectos de la crisis, los chinos sí tienen las cosas muy claras. Para ellos no hay vuelta atrás en el camino elegido para llegar al desarrollo. Crecer fuerte sigue siendo su principal objetivo. Sin duda, una consideración a tener en cuenta para nuestra economía.