Sin pelos en la lengua reconoce que si hubiera sido ministro en febrero, no le habría dado luz verde al Transantiago. Simplemente “porque no estaba listo”. Cree en el liderazgo de la presidenta Bachelet, con quien dice tener mucho más en común de lo que parece. Acusa en parte al machismo por su baja popularidad, defiende a Andrés Velasco, descarta diferencias con el ministro del Interior y asume la triste realidad de la pérdida de la mayoría en el Senado.

  • 13 julio, 2007

Sin pelos en la lengua reconoce que si hubiera sido ministro en febrero, no le habría dado luz verde al Transantiago. Simplemente “porque no estaba listo”. Cree en el liderazgo de la presidenta Bachelet, con quien dice tener mucho más en común de lo que parece. Acusa en parte al machismo por su baja popularidad, defiende a Andrés Velasco, descarta diferencias con el ministro del Interior y asume la triste realidad de la pérdida de la mayoría en el Senado. Por Cony Stipicic H.; fotos, Enrique Stindt

No han sido días fáciles. De la pasividad que le trajo haber salido de la contingencia tras tres períodos parlamentarios exitosos y con las mejores calificaciones de sus pares, José Antonio Viera- Gallo cayó directo a la boca del lobo. Llegó a La Moneda cuando muchos reclamaban la ausencia de un panzer, como lo fue su gran amigo José Miguel Insulza. Los nostálgicos de ese estilo vieron en él al articulador que al gobierno le hacía falta. Dio el batatazo inicial con la aprobación del nuevo Contralor General de la República, pero a poco andar y, no sin alguna decepción, fue testigo directo de cómo el panorama comenzaba a desordenarse. Los díscolos se pusieron más díscolos e irrumpieron disidencias inesperadas. La pérdida del proyecto de depreciación acelerada fue solo el comienzo de una escalada que tuvo su climax con la negociación para conseguir los 290 millones de dólares que necesitaba para el Transantiago.

Hoy, a cien días de su llegada al gobierno, el titular de la Secretaría General de la Presidencia rescata la aprobación de esa iniciativa como un logro, aunque reconoce que costó más de lo esperado. El resto de las disputas, al lado de la relevancia de ese caso, las considera pequeñas, casi insignificantes, y todas solucionables. El punto es que en la pasada, sus bonos también bajaron, aunque eso no lo admite con tanta facilidad.

Hay una diferencia, aunque para el ministro resulte inconfesable, entre lo que creyó que podría hacer y el margen de acción que efectivamente ha tenido. “Una meta que yo me puse fue contribuir a que el gobierno fuese un interlocutor central del debate público nacional y tengo la impresión de que se ha cumplido. Antes, la agenda la ponía la oposición y ahora está determinada por las pautas del gobierno. En segundo lugar, una de mis metas era contribuir a que se produjera un despacho más expedito de las iniciativas legales del gobierno en el Parlamento, meta que se ha cumplido parcialmente”, dice justificando su accionar.

Solo asume como “fracaso importante” la depreciación acelerada, pero rápidamente se apura en enumerar “éxitos” variados: la agenda de probidad, la prórroga del fondo de estabilización del petróleo, los avances en la reforma previsional y el financiamiento del Transantiago.

-Su antecesora, Paulina Veloso, era muy estudiosa y cercana a la presidenta, pero nada de eso fue suficiente para sacar adelante este ministerio. Faltaba manejo político y se suponía que usted lo traía. Ya estando aquí, ¿diría que esa es condición suficiente?

-Lo que pasa es que la política tiene mucho de voluntad, mucho de capacidad, muchísimo de paciencia y un tanto de suerte. Entonces, es muy difícil juzgar a las personas en su labor porque se mezclan todos los factores. El actual cuadro parlamentario es bien distinto del que había cuando yo estaba en el Congreso. Actualmente hay una coalición donde existe, sobre todo en el Senado, una mayoría más bien numérica que real, donde hay múltiples expresiones de dispersión, aunque hay algunas bastantes consolidadas: el voto disidente de Adolfo Zaldívar y el fenómeno de Fernando Flores, que se retiró del PPD. Sin ellos, la Concertación pierde la mayoría. Y hay una oposición en la Cámara y en Senado más intransigente y un poco obstruccionista. Este Parlamento es un poco más difícil de pasar, es como un laberinto en el que hay que encontrar el camino para salir con los proyectos adelante.

-¿Cuál fue su mandato al llegar?

-Contribuir a mejorar la calidad de la política. La presidenta veía que el país estaba económicamente bien, que las políticas sociales estaban muy bien orientadas, como quedó demostrado con la encuesta Casen, y que los problemas que estaba viviendo el país tenían que ver más bien con la política. Un primer punto era recuperar la capacidad del gobierno de interlocutar con todos los actores de la sociedad, y eso se ha conseguido.

-¿Hay algo que lo tenga a usted medio frustrado?

-A mí me gustaría que hubiera una coalición más leal con su gobierno y una oposición más dialogante. Es malo para el país que las fuerzas principales que confluyen en el Parlamento no tengan como eje principal el proyecto de país que entre todos deben empujar, cada uno con su énfasis.

-Si para usted este escenario es distinto del que vivió en el Parlamento, para la presidenta debe estar resultando insospechado, entonces.

-Ella tiene una larga militancia política, con experiencia de vida partidaria y conoce los conflictos. Nada de esto le es extraño. Si puso el acento en el gobierno ciudadano justamente fue porque se dio cuenta de las dificultades del mundo de los partidos. Su convicción es que la legitimidad del gobierno se encuentra en la gente y no en el pequeño mundo de los partidos. Ella no está sorprendida. Lo que sí creo es que, al igual que yo, no comprende el tono del debate. Parece increíble que estando en una situación expectante en América latina, habiendo avanzado tanto en el camino del desarrollo, la calidad de la política se deteriore. No vaya a ser que por esas circunstancias perdamos la gran oportunidad de dar los saltos necesarios para alcanzar el desarrollo. No vaya a ser que quedemos en la mitad del camino. No por culpa de la economía o de la gente que trabaja y emprende, sino a raíz de una vida pública que no da cuenta de la necesaria gobernabilidad que requiere el país.

-Usted pertenece a un grupo que estuvo marginado de la instalación de este gobierno, aparentemente por razones estratégicas. Cuando usted llegó su relación con la presidenta partió de cero. ¿Cómo ha sido el proceso de construcción de confianzas?

-Yo llegué a La Moneda con el espíritu de contribuir a resolver problemas. Estoy para servir a la presidenta, al proyecto que encarna y a la Concertación que sustenta su gobierno. En ese sentido, yo tengo la relación normal que un ministro del área política tiene que tener con la presidenta, o sea, yo sigo sus criterios e instrucciones. Ahora yo tengo su confi anza, por algo estoy aquí, y estaré aquí mientras la mantenga y sea útil para su gestión.

-¿Cómo es la relación de un ministro político con la presidenta?

-La relación que hay entre un superior y un subordinado que trata de impulsar su gestión de gobierno.

-Se dice que la presidenta es algo desconfiada y que impone muchas vallas. ¿Ha logrado saltarlas?

-Yo siento una relación muy cómoda con ella. Nunca he tenido un conflicto ni he sido reprochado por ella. He cumplido sus instrucciones: estoy para eso, no para ponerle dificultades.

-Usted es un político de línea más tradicional y ella algo más alternativa. ¿Esa mezcla funciona bien?

-Es que yo no sé si soy tan tradicional ni ella tan alternativa. La presidenta es una dirigente política de toda una vida, aunque llegó por el apoyo ciudadano al gobierno, llevaba una vida entera en el Partido Socialista. Fue asesora y luego ministra de Salud y Defensa, tiene su propia trayectoria. Tal vez sin conocernos y siendo ella menor que yo, hemos tenido una cierta vida paralela. Ella fue exiliada en Berlín, yo en Roma; ella de joven participaba en la Juventud Socialista apoyando el gobierno de Allende y yo trabajaba como subsecretario de Justicia; ella luchó por la democracia y yo también; ella trabajaba en un organismo no gubernamental de ayuda a los niños de retornados y perseguidos, y mi madre era la tesorera de esa organización. Ambos trabajamos por el No en el plebiscito y colaboramos con los gobiernos anteriores. O sea, hay un cierto paralelismo de trayectoria, sin que necesariamente eso signifique que hayamos sido de un mismo grupo. No somos personas tan extrañas.

-En el PS, usted es de los renovados y la presidenta de la Nueva Izquierda. O sea, en términos ideológicos, tienen algunas diferencias.

-Pero yo conocí mucho a su padre en el gobierno de Allende y conocí mucho a su madre en el exilio, mujer por la cual tengo una gran admiración.

-Lo ideológico no es irrelevante. Se dice que la presidenta vive en un choque permanente entre el pragmatismo político, reflejado en ministros como Andrés Velasco, Cortázar, Bitrán y usted mismo, y –del otro lado– alguien como Osvaldo Andrade, más cercano a ella en planteamientos de fondo.

-Yo creo que ella ha asumido muy cabalmente la renovación del pensamiento socialista. Su staff está muy ligado a lo que se llama el nuevo progresismo. Si uno lee su discurso, ella siempre guarda un muy claro equilibrio entre la necesidad del progreso económico con un mercado abierto a la globalización y, al mismo tiempo, la protección social, las políticas públicas a favor de los más necesitados. Es una ecuación que en la base está bastante más cerca del nuevo laborismo inglés, por ejemplo, que del socialismo francés. Yo creo que también hay un cierto esquematismo cuando se dice que la presidenta pertenece a un ala muy tradicional del PS. Yo creo que no, ella viene y pertenece a un cierto mundo del PS, pero ha asumido muy en plenitud las exigencias de la renovación.

El teatro de la política

-¿Al llegar encontró un gabinete muy inclinado a los dictados de Hacienda?

-Yo no puedo hablar de lo que había antes. En general, el equipo político tiene un criterio bastante uniforme. Ahora bien, evidentemente, cada persona viene con su historia, con sus vidas, con sus ideas, pero hay un trasfondo común que es muy fuerte. De Andrés Velasco sedice mucho que es un liberal, pero no hay que olvidar que él se crió en una familia radical, que fue exiliado en los Estados Unidos, que vivió el rigor de la persecución a su padre y que dentro del mundo liberal, él tiene una fuerte vocación social. Entonces, las fronteras ideológicas se diluyen en matrices comunes muy fuertes. En ese sentido, están dadas todas las condiciones para que haya un equipo afiatado, aunque obviamente en algunas materias es natural que haya opiniones distintas, matices, pero lo importante es que al final se tome una decisión.

-Ministro, debe haber sido una verdadera inyección de adrenalina haber aprobado al inicio de su gestión al nuevo contralor. Entonces se escribió que usted había llegado a ordenar la casa. Pero inmediatamente después la máquina empezó a trancarse. Y usted es de los que aparece al debe, como ha escrito el columnista Patricio Navia.

-Yo no sé por qué él tiene una mirada tan crítica sobre muchas de las cosas que yo hago, pero, bueno, está en su derecho, dice que es el mejor columnista de Chile.

-¿No le preocupa terminar como Andrés Zaldívar, sobre quien había muchas expectativas por su capacidad negociadora y se fue casi por la ventana?

-Claramente, el grado de realización de las cosas depende del ambiente donde uno se mueva. Por eso digo que en la política infl uye también la suerte. Si el clima está enrarecido, es muy difícil poner orden. Pero siempre después de una tormenta sale el sol. La política no termina nunca, es como una obra de teatro donde nunca cae el telón.

-Usted llegó a La Moneda con fama de buen negociador y con buenas relaciones con la derecha. A diferencia del ministro del Interior, ¿usted cree que es ahí donde hay que buscar los votos que le faltan al gobierno?

-Yo creo que la prensa contribuye mucho a crear etiquetas. Las dos cosas son compatibles. No me puedo imaginar que uno pueda llegar a algún acuerdo con la oposición si no está de acuerdo primero toda la Concertación, y Belisario pensaba lo mismo: tener al oficialismo primero y después ver si se obtenían votos de la Alianza. La prensa busca simplificar las cosas y hay mucho de andar descubriendo cómo se toman las decisiones en el palacio. Eso a veces hace que se realcen diferencias que después son muy menores, porque Belisario y yo trabajamos para sacar adelante el mismo proyecto.

-¿Qué cree usted que hay que hacer en adelante: insistir en consolidar la mayoría concertacionista en el Senado o ir a buscar votos a la Alianza?

-Tenemos que partir de nuestros votos y después llegar a acuerdos o con el senador Fernando Flores, que tiene una larga trayectoria común con nosotros y un ideario bastante compartido, o bien con la oposición.

-¿Y Adolfo Zaldívar?

-Supongo que su disidencia no va a ser permanente. El es un senador de la DC y de la coalición, que ha votado algunas veces en forma diferente, pero no creo que vaya a hacerlo siempre así.

-¿Cómo interpreta las disidencias?

-Es muy difícil tratar de explicar el por qué se han ido produciendo en distintos partidos fenómenos de esa naturaleza. En algunos se ha agudizado hasta llegar al quiebre o marginación, como fue el caso de Flores y Schaulsohn en el PPD; en otros, la disidencia permanece al interior, como es el caso de la DC; y en otros hay una disidencia exacerbada, pero que no se traduce al momento del voto, como puede ser el caso de Alejandro Navarro en el PS. Ahora, esto pasa quizás porque la sociedad en la que vivimos es mucho más compleja de la que había cuando comenzó la transición. La anterior estaba muy ordenada en torno a ciertos ejes, que no son los actuales. Ahora vivimos en un mundo conectado en red, con múltiples y nuevos protagonistas, con mayor movilidad social. En este escenario, los esquemas muy ordenados tienden a resquebrajarse. Es muy difícil representar a la sociedad hoy día. Por ejemplo, el senador Zaldívar insiste mucho en representar a los sectores medios; el senador Navarro, al mundo ecologista, alternativo. Bueno, son formas de tratar de expresar a una sociedad más compleja.

-¿Y la política está representando bien esos intereses más diversos?
-No, y yo creo que eso es culpa de los partidos, del sistema electoral que es muy cerrado y excluye a las minorías, y de los medios, que si bien son como la plaza pública, no reflejan la diversidad.

-A propósito del desorden en la Concertación, ¿los presidentes de los partidos están siendo muy marcados por sus agendas personales?
-No, yo creo que son muy buenos presidentes. Es una fortuna para este gobierno tener a estos cuatros presidentes de partido y creo que a ellos también les cuesta mucho ejercer su dirección, su capacidad de conducción dentro de este mar proceloso que es la política hoy día, pero ejercen sus liderazgos y cumplen su función muy bien.

-Definamos la relación que hay entre gobierno y Concertación.
-La Concertación es una coalición que sustenta al gobierno y no co-gobierna. Los partidos son más permanentes que el gobierno, pero éste es el que dirige al país, no son los partidos.

-¿Y se está entendiendo bien esa relación para ambos lados?
-Digamos que siempre puede ser mejor, pero creo que bastante bien. Más allá de la esquina

-El Transantiago aparecerá en los libros de historia como el gran ejemplo de las malas políticas públicas. ¿Usted siendo parte del equipo político en febrero, lo hubiera inaugurado?
-No, porque no estaba preparado. No había el número de buses necesarios, no estaba la tecnología que debía haber puesto el AFT y los bancos, no estaban las inversiones en infraestructura y los contratos que se firmaron en ese momento no eran adecuados.

-¿Y entiende la determinación que se adoptó?
-Tengo un gran signo de interrogación…

-Pero a estas alturas ya lo tiene que haber aclarado…
-No. Yo creo que el Transantiago es el primer gran traspié del esquema público privado en Chile. Hubo un cierto error colectivo. Por cierto, como dijo la presidenta, hay responsabilidad del gobierno de Lagos y del actual, pero también de las empresas, de los cuatro principales bancos del país. Pero si yo hubiera estado aquí, me hubiera opuesto. Ahora, ¿por qué se hizo? Indagarlo sería más bien fruto de una tesis de universidad americana. Sin embargo, quiero decir que están dadas todas las condiciones para que el sistema funcione bien. Creo que ha mejorado y le tengo mucha fe al plan Cortázar.

-El Transantiago es la gran preocupación que tiene La Moneda…
-A corto plazo, porque la preocupación de más de largo plazo es la energía…

-Hablemos de las prioridades de mediano plazo.
-Si la economía sigue creciendo, la energía es la gran prioridad. Debemos definir nuestra estrategia energética y mandar la señal al mercado. Y creo que tenemos que aprovechar la energía hidroeléctrica de la cual tenemos abundancia, principalmente en la zona sur del país. Yo soy partidario de que se hagan las represas. Habrá que ver cuáles y cómo. A corto plazo tenemos que apostar al carbón y al GNL y dar un impulso fuerte a la energía alternativa, aunque siempre será solo marginal. Y al final habrá que analizar el informe de la comisión sobre energía nuclear, para ver si Chile puede embarcarse en esa materia, como Argentina y Brasil.
-La energía no estaba al comienzo entre las prioridades, como tampoco la educación. ¿Hubo mal olfato para definir los temas relevantes?
-La agenda gubernamental se ha enriquecido, porque al comienzo sí estaba el sistema de protección social: la protección de la maternidad, la protección del niño desde la sala cuna, la reforma de la calidad de la educación, el incremento del plan Auge y la reforma previsional. Se está montando un sistema en que la sociedad le tiende la mano a la persona en el momento en que es más débil, sin reproducir los vicios del Estado de Bienestar clásico europeo, que ha demostrado sus limitaciones. Junto con la protección social, la educación y la energía, otro gran desafío de la economía chilena es la productividad y la innovación.

-¿Este gobierno se atreverá con la flexibilidad laboral?
-Yo lo llamaría de otra manera. Ese nombre ya está quemado. Creo que se podría legislar sobre jornadas especiales de trabajo. No veo inconvenientes, el problema es que, con este pretexto, termináramos precarizando el trabajo que hay.

-¿Cuánto cree usted en la fórmula que dice que la economía en buen estado implica un gobierno bien evaluado?
-Hay coincidencias entre las tablas de crecimiento económico y popularidad en los gobiernos. Pero no hay que olvidar que no es algo automático, porque cada vez más la gente piensa que el crecimiento es también obra de su esfuerzo y lo que le piden al Estado es que haya políticas que favorezcan su trabajo. Entonces, pudiera llegar a ocurrir que se vea en el país crecimiento económico y crítica a la política.

-Es lo que está pasando hoy. Estamos creciendo, pero la popularidad de la presidenta es baja.
-La popularidad de la presidenta está en rangos normales. Como en todo, la política es también un misterio. Es un arte, no una ciencia. Si fuera una ciencia exacta entonces uno diría, bueno, si la economía sube tanto quiere decir que la popularidad del gobierno tiene que ser de tanto. Es un factor esencial pero no determinante.

-¿No le preocupa que la gente no confíe en las capacidades de la presidenta, según las encuestas? Ella tiene mayor reconocimiento en atributos de personalidad, no en los racionales.
-No lo veo así. Yo he ido analizando todas las encuestas y veo que la presidenta tiene bastante liderazgo. Lo que pasa es que tal vez hay un segmento de la elite del país que es más crítico porque es de oposición o que está influido por el machismo. Cosas que no se dirían jamás de un presidente hombre pueden decirse de una presidenta mujer. Hay una cultura machista en el fondo de la sociedad que es ancestral y por mucho que hayamos avanzado, me parece que respecto de la mujer se es más exigente que respecto del hombre, y eso es muy injusto.