A pesar de haberse llevado una sorpresa con el discurso de la presidenta el 21 de mayo, asegura que sigue habiendo razones fundadas para criticar y para continuar escéptico. Ve desprestigiado al Estado y a los políticos, y les recuerda a éstos que el mercado de la democracia puede ser muy cruel cuando se lo […]

  • 1 junio, 2007

A pesar de haberse llevado una sorpresa con el discurso de la presidenta el 21 de mayo, asegura que sigue habiendo razones fundadas para criticar y para continuar escéptico. Ve desprestigiado al Estado y a los políticos, y les recuerda a éstos que el mercado de la democracia puede ser muy cruel cuando se lo ignora.
Por Cony Stipicic H. Fotos, Enrique Stindt

Se define como un liberal escéptico y desconfiado. Parapetado tras el velo del pesimismo, no se identifica con los agoreros pesimistas que tanto acusa la presidenta Michelle Bachelet. Está ahí porque es un convencido de que, para funcionar, el país necesita crítica y debate. Y juega con ventaja: tiene una combinación de cartones que le permite mirar desde distintos ángulos. Leonidas Montes Lira es ingeniero civil industrial, doctor en economía, licenciado en filosofía y magister en ciencias políticas. Profesor full time de la Universidad Adolfo Ibáñez, miembro del consejo directivo del Centro de Estudios Públicos y uno de los tres integrantes del comité de autorregulación de la Bolsa de Comercio de Santiago, Montes reserva parte de su tiempo a las columnas de opinión y al análisis. En ellas mezcla la fría racionalidad de los números con la ética, la política, la historia y la moral. Una mezcla tremendamente atractiva que recuerda que lo público es mucho más que la mera declaratoria a la que nos tienen acostumbrados.

-¿Marcó un punto de inflexión el discurso presidencial del 21 de mayo?
-No creo que haya un quiebre, pero sí que el discurso fue bastante más prudente de lo que se esperaba. A pesar de todo, fue ponderado respecto de lo que será el gasto fiscal. Se sigue viendo responsabilidad, y eso va a ser positivo para el país. La baja de 0,5% en la regla del superávit estructural fue adecuada.

-¿Cuál era la amenaza previa?
-Yo era de aquellos parapetados detrás del velo del pesimismo y desde ahí tenía otras expectativas. Salvo el tema laboral, que a mi juicio fue bastante vago y ambiguo, lo demás me pareció sumamente sensato. Invertir en educación es una prioridad que todos reconocen.

-¿Se descorre el velo del pesimismo?
-Siempre es importante que haya agoreros del pesimismo. Cumplen un rol fundamental en la tarea de velar por las buenas prácticas dentro de las políticas públicas. La crítica de que el gobierno ha sido bastante autocomplaciente debido a la cantidad de años que lleva en el poder es cierta, por eso es bueno que haya debate y que se digan las cosas como son.

Ahora bien, tú adscribes a quienes confrontan la realidad con sentido crítico desde la academia y las columnas, pero la presidenta más bien alude a los que critican por oficio.
-Hay razones fundadas para criticar y para seguir siendo pesimista y escéptico en muchos aspectos. En el tema de la eficiencia del gasto sigue abierta una gran interrogante. Se han dado recurrentes pruebas de ineficiencia, descoordinación e incompetencia en muchas áreas del Estado.

-¿No temes a que se juegue con las expectativas por sacar provecho político?
-No. Yo creo que las expectativas respecto del país son favorables, no veo irrupciones o políticas populistas. Chile sigue siendo un país muy responsable y el discurso de la presidenta así lo fue. No tiene comparación, por ejemplo, con tres hitos anteriores, como el caso del decálogo para los ministros, su salida en pantalla junto a Alejandro Guillier para reprobar a Carabineros o su carta a El Mercurio. Esos tres casos me parecieron pésimamente mal diseñados desde el punto de vista político. En cambio, en el último mensaje se ve que hubo un razonamiento mucho más prudente. Este fue un año horrible y a mi juicio el mensaje ponderó distintas demandas, lo cual es bueno.

-¿Y le da aire a Bachelet?
-Es que el mismo programa de gobierno generó mucha ilusión, con esto del gobierno ciudadano y de mayores niveles de participación. Somos varios los que creemos que en Chile hay mucho por hacer en términos de accountability, alta dirección pública, administración de empresas públicas. Ahí queda un gran camino por recorrer, no obstante que hemos visto buenas iniciativas e intenciones. En un comienzo, a partir de la empatía y cercanía a la gente, el gobierno fue un poco iluso en muchos aspectos y ahora recién estamos cayendo en lo que es hacer política real.

-¿Está aprendiendo a hacer política la presidenta?
-Todos están aprendiendo a hacer política: la presidenta, el ministro de Hacienda, el gabinete… Y eso es muy sano.

-¿Cómo sale parado Andrés Velasco después de meses duros?
-Creo que el discurso lo fortaleció a él y que él fortaleció al discurso. No veo gestos de debilidad en bajar el superávit, fue una decisión ponderada y creo que la mano de Velasco estuvo ahí. Además, la forma en que se va a implementar esta nueva agenda es un espaldarazo para él. En ese sentido yo creo que el ministro de Hacienda sale muy fortalecido, y a mí me parece muy bien que lo esté.{mospagebreak}

-En definitiva, ¿hay espacio para hablar de una recuperación de la confianza?
-Hay un cambio. La crispación existente, y que tenía fundamentos tanto en el ambiente político como ciudadano, se va a moderar. Ya pasó el período de alta marea. Pero será un proceso muy gradual, porque quedaron cuentas abiertas: el Transantiago tiene plazo hasta diciembre. La educación sigue siendo un tema muy debatido, tenemos un largo diálogo por delante y no existen consensos sobre el marco regulatorio, la selección ni el lucro. Queda mucho camino por andar. Vienen temas políticos complejos y, por otro lado, hay una oposición que va a estar mucho más preocupada, con justa razón, de fiscalizar lo que se está haciendo a nivel de gobierno.

-¿Qué oportunidades se le abren a la oposición?
-La oposición tiene un rol muy importante que jugar. Es cierto que a veces han estado crispados más de la cuenta, con ataques injustificados –por ejemplo– a la figura del ministro de Hacienda, dictadas por razones políticas y eso no tiene nada de malo. Pero creo que debe haber una oposición más proactiva. Si me preguntas qué es lo que le falta a la Alianza hoy día, yo creo que son las grandes ideas: el trabajo, la libertad individual, la responsabilidad individual. Son temas inherentes a una derecha liberal que se han perdido en medio del comidillo de peleas chicas. A la oposición le falta retomar esas grandes ideas y decir que pueden ser un aporte para el país, explicar por qué no es bueno que aumente el tamaño del Estado, decirle a las personas por qué es mejor que logren las cosas por sus propios medios y no esperar a que otros les resuelvan los problemas.

MERCADO DE LA DEMOCRACIA

-¿Está desprestigiada la “cosa pública”?
-El desprestigio del Estado es serio. Es muy importante que al servicio público lleguen los mejores y eso no está pasando. Cuando uno estudiaba en la universidad, tenía el modelo de un Hernán Büchi o un Miguel Kast. Ahora, la imagen de los funcionarios públicos ha ido decreciendo. Faltan los incentivos para que estén los mejores. La tradición en Inglaterra es que el mejor alumno vaya a trabajar al servicio público. Chile debiera dar un gran giro para volver a traer a la mejor gente. La Concertación ha ido fallando, y eso provoca desprestigio y menos eficiencia.

-¿Y la política?
-Existe desprestigio, pero yo quiero mirarlo desde una perspectiva positiva: la gente se está dando cuenta que los políticos actúan en base a sus propios intereses y es mucho más sano que sea así. Hoy existe una suerte de condena contra eso, pero lo cierto es que la política es perseguir el poder, esa es la definición primaria, y los políticos mantienen o aumentan su poder. Estamos recién aterrizando a la dura realidad.

Esa mirada, sin embargo, suena lapidaria. Si todos tratan de maximizar el poder, ¿quién se preocupa del bien común?
-Ahí entramos en la discusión de si atender al interés propio redunda o no en beneficio público. Ahora, no digo que todos sean animales políticos egoístas, hay que considerar que en la gran mayoría de los casos funcionan así, y eso no es ni malo ni bueno, es un juicio de hecho, no de valor.

-¿Y en ese mercado de la política quién gana?
-En Chile recién nos estamos dando cuenta de quiénes son verdaderos políticos profesionales y recién estamos aprendiendo a reconocer como actúa un buen político. Todavía nuestra clase dirigente no es suficientemente profesional, falta por avanzar, pero esa es la tendencia.

Un mercado funciona con consumidores, que son los electores. ¿Cuál es el producto que está dispuesto a comprar?
-Dependerá de sus preferencias. Muchas veces la utilidad de un político coincide con la de su representado.

-Definamos al buen profesional de la política.
-Es el que gana votos…

-Pero no puede ser solo eso. En el parlamento hay “máquinas de hacer votos” que no se condicen necesariamente con tu definición. ¿Qué más debe tener?
-Y la propia actividad de la política, el desempeño.

-¿Hasta dónde puede ser cruel el mercado de la democracia?
-El mercado es cruel cuando alguien no entiende cómo funciona o cuando se lo ignora. El desprestigio que está sufriendo la política es que nos estamos dando cuenta de que los políticos están luchando por maximizar sus utilidades, que muchas veces son las de sus representados pero en otras ocasiones, no. Y es entonces cuando caen en el desprestigio y no los eligen nuevamente. Si alguien rompe las reglas del juego porque hizo algo que no es adecuado va a recibir una pena y el electorado lo va a castigar.

-Tú has dicho que, según la definición de Keynes, Sebastián Piñera es un especulador más que un empresario. ¿Eso lo hace un buen profesional de la política?
-Según la definición de Keynes es un especulador, pero lo importante en el caso de Piñera es que conoce el sentido de la oportunidad, y eso lo hace un político excepcional.

-Pero eso también le trae costos.
-Ahí habría un problema de tácticas y estrategias, pero si se mira lo que ha hecho, es bastante notable.{mospagebreak}

EN LOS LAURELES

¿En qué se refleja la complacencia en el plano político?
-Los políticos hoy tienen mucho poder y lo difícil es conciliar los intereses de todos ellos. Con este factor ha tenido problemas hasta el propio gobierno. Lo que no podemos aguantar es que los políticos trasciendan las buenas prácticas. Yo creo que deben tener contrapesos y es importante que no se escuden en la posición que tienen dentro de la sociedad. Por eso es importante la crítica y el velo del pesimismo.

-¿Y la complacencia en lo económico?
-A Chile le faltan las grandes reformas. Ya pasaron hace mucho tiempo. Vamos con la ola y falta atrevimiento, todo es muy gradual.

-¿Habrá temor a algo?
-Es posible que en los años 80 fuese más fácil hacer reformas. Hoy hay más barreras de entrada o externalidades que complican. Pero sigo pensando que estamos sentados en los laureles de nuestra reputación y va a llegar el momento en que otros nos van a pasar.

-¿Nos vamos a quedar atrás si no hacemos qué cosas?
-Educación, la gran reforma está atrasada en diez años por lo menos y lo que se ha hecho no se ha hecho bien. Existen rubros en los que aún hay miedo a la competencia, y ésta debe promoverse en todo ámbito. La reforma previsional ha sido lenta. Faltan reformas de impuestos y también laborales. Se debe estimular el emprendimiento y la innovación sin que tengamos que contar con el apoyo del Estado: faltan los incentivos correctos para que sean los propios agentes los que generen la diferencia. Un ejemplo simple: ¿por qué Chile no es el centro financiero de la región? No se entiende, esto pudo pasar hace diez años, pero faltó atrevimiento, osadía.

-Pero los chilenos no somos ni atrevidos ni osados. Tú recordabas en una columna que Andrés Bello decía que somos dóciles e inmorales. Y considerando cómo somos los chilenos, ¿cuál crees que es el Estado que nos conviene?
-El mejor Estado es un Estado eficiente, donde estén las reglas claras para todos y con accountability. Chile tiene el gran desafío de lograrlo. En la actualidad, las grandes rendiciones de cuenta son después de que se destapan los escándalos, y no debería ser así.

-¿Y qué haces con la gente que está acostumbrada a un Estado paternalista?
-Hay que volver a los grandes principios de la responsabilidad individual y la libertad. Esos temas que se han perdido se pueden traspasar a través de la educación. La tradición anglosajona forma a los niños hablando desde pequeños en términos económicos, inculcándoles el sentido de mérito, de la competencia de acuerdo a las reglas del juego, de jugar sin hacer zancadillas; el premio al trabajo y el mérito. Acá funciona mucho la idea de bypasear. Falta algo de moral y buenas costumbres en el país y esa es otra bandera que la derecha puede tomar. Y los políticos deben ser el mejor ejemplo de eso.

 

{mospagebreak}LAS EMPRESAS Y EL FINANCIAMIENTO DE LAS CAMPAÑAS

Leonidas Montes cree que la prohibición a las empresas de contribuir a las campañas politicas genera más distorsiones que beneficios para la transparencia ciudadana.

-La presidenta volvió a instalar su consigna de que las empresas no votan y que por lo mismo no deben participar del financiamiento de campañas…

-El eslogan de que las empresas no votan estaba en el programa de gobierno. Puede que haya intenciones políticas detrás de esta idea, aunque también puede que sea una creencia sincera. Ahora bien, yo creo que las empresas sí tienen que votar. Si lo prohíbes vas a incentivar el mercado negro en la política, vas a generar corrupción y maletines con plata. Es mejor permitir que financien y discutamos si lo deben hacer con transparencia o no, si debe o no saberse a quién le dieron dinero. ¿Por qué una empresa financia la ópera y no la política? No hay una cuestión filosófica en la prohibición de hacerlo.