El centro de gravedad de las decisiones políticas hoy está entre los 35 y los 50 años. Quedó atrás la época en que los jóvenes de 20 a 30 años eran gravitantes. Hay preocupación pero cero estrategia para re-encantar, como lo prueban el repertorio de candidatos y el círculo vicioso en que está atrapada la clase política.

 

  • 12 noviembre, 2008

 

El centro de gravedad de las decisiones políticas hoy está entre los 35 y los 50 años. Quedó atrás la época en que los jóvenes de 20 a 30 años eran gravitantes. Hay preocupación pero cero estrategia para re-encantar, como lo prueban el repertorio de candidatos y el círculo vicioso en que está atrapada la clase política. Por Elena Martínez.

En Chile, de cambio en el universo político, poco… más bien nada. A diferencia de lo sucedido en las elecciones presidenciales norteamericanas, en las que el sello fue una potente señal de renovación, en nuestro país los recientes comicios municipales ratificaron que la renovación es sólo una intención o, mejor dicho, una idea peregrina.

Las cifras y los hechos son elocuentes. En materia de decisiones y de dirigencias, los jóvenes cada vez son más marginales, y todo ello en un contexto de generalizada apatía, donde la participación va cuesta abajo.

Los rostros, además, se repiten una y otra vez, en una suerte de carrusel. De hecho, si se revisa la lista de los alcaldes elegidos en las últimas municipales, muchos se acaban de echar al bolsillo su tercer o cuarto período. ¡Y qué decir del tema presidencial! Allí los nombres que están sobre la mesa son los de ex presidentes, candidatos que ya probaron suerte en pasadas contiendas electorales y dirigentes de larga data en todo tipo de espacios públicos.

Por ello, guardando las obvias diferencias, se observa con interés lo ocurrido en Estados Unidos, porque allí emergieron fuerzas dignas de análisis frente a las elecciones parlamentarias y –en particular– para la presidencial en nuestro país.

Un punto de partida: la lectura es que Barack Obama, un rostro nuevo, ganó porque es fresco y porque representa la marca de éxito del país, el llamado “sueño americano”, lo que se potencia con una fuerte noción de cambio.

Segundo elemento: tuvo la inteligencia y la estrategia correcta para gatillar un aumento de la participación que fue, en definitiva, lo que marcó la diferencia con John McCain. En el caso chileno, este punto es dramático. Cada vez es mayor la cantidad de personas que optan por no votar, situación que se atribuye al nulo esfuerzo de recambio de los cuadros dirigentes nacionales.

Aquí, un dato que habla por sí solo: de los 8 millones 100 mil inscritos con posibilidad de sufragar, alrededor de un 16%, es decir, más de 1 millón, optó por no concurrir a las urnas. Y de esta cifra, unas 700 mil personas se excusaron de votar, en un fenómeno que –según el director del Servicio Electoral, Juan Ignacio García– resulta curioso, por cuanto, en la práctica, era más sencillo ir a sufragar que dar explicaciones.

El padrón electoral envejece a pasos agigantados. Es sabido que los más de 3 millones de no inscritos son básicamente jóvenes y que de los 200 mil chilenos que, cada año, alcanzan la edad necesaria para inscribirse, la mayoría opta por no hacerlo.

Pero los comicios del 26 de octubre lanzaron nuevas cifras sobre la mesa: apenas 46.045 personas del total de inscritos para las municipales pertenecen al grupo de 18 a 19 años, cerca del 10% de lo que representaban como grupo para el plebiscito de 1988 (409.109 personas).

Tomás Duvall, cientista político del Instituto Libertad, plantea que los contextos norteamericano y chileno están marcados por un hecho diferente: “en Chile sabemos quiénes son los electores y cuántos son. Los incentivos están puestos sobre esa parte. En cambio, el sistema americano, que es libre, motiva a los candidatos a convocar a los potenciales electores. Hay un factor de incertidumbre y de cómo los puedes atraer”.

El poder “cuarentón”

El centro de gravedad del padrón electoral chileno hoy está entre los 35 y los 50 años. Hace dos décadas estaba entre los 20 y los 30 años. No son los jóvenes los que están zanjando los resultados, realidad que difiere de la imagen de Chile como país joven e incluso es más fuerte que el ritmo que tiene el envejecimiento de la población. En otras palabras, no calza ni siquiera con la realidad demográfica del país.

Otros datos para ampliar el análisis: -También hay una cuota de gente que no ha entrado al sistema en los últimos 20 años, y que extiende el rango de edad de los “marginales” del sistema por lo menos hasta los 38 años.

-Cuáles son los grupos etáreos menos participativos es algo que permanece en la nebulosa. No hay estadísticas. Nadie lo sabe. Esto, porque la inscripción es un proceso variado y hay muchas personas que se cambian. Habitualmente se dice que las últimas mesas son las más jóvenes, pero eso no es tan representativo. En los comicios recientes, unas 300 mil personas se cambiaron de inscripción.

-Ya frente a la urna, no hay mayores cambios. Los votos nulos se mantienen en el promedio histórico: entre 3 y 4%. Un dato de la causa es que en las pasadas municipales hubo una complejidad adicional: el voto de concejales, por cantidad de nombres y extensión, y que lógicamente se tradujo en que hubo más anulaciones de sufragios de concejales que de alcaldes.

Ante este panorama, resulta sorprendente que no haya una campaña de educación cívica en ciernes. No la hubo para las municipales y no hay presupuestos considerados, por ejemplo, para que el Servicio Electoral se dedique a atraer a los más jóvenes, si bien se han escuchado reiteradas peticiones al respecto. Una incongruencia, si se piensa que se invirtió hace años en dotar de juntas inscriptoras a todos los rincones del país. Hoy, mantener abiertas de lunes a sábado estos recintos para una demanda decreciente se traduce en costos altísimos.

Tal vez un camino –guardando, por cierto, las diferencias– sea apelar a métodos distintos, como lo que puso en marcha Obama en Estados Unidos, donde la captación de la gente se hizo por métodos innovadores y alejados de los sistemas clásicos, aspecto que, sin duda, influyó en el resultado. Un punto a considerar por los interesados en llegar a La Moneda el 2009, porque los expertos coinciden en que no basta con hablar de representar el cambio, sino de darle un contenido, aparte de hay que estar atentos a un punto: muchos nombres hoy inimaginables pueden sentirse tentados a competir como “cara nueva”, tal como Obama.

Alcaldes: las señales del electorado

La sintonía con la gente es uno de los factores claves para obtener buenos resultados en toda elección. Captar los temas y las preocupaciones del electorado es parte de la estrategia que el electo presidente de Estados Unidos usó con éxito, lo que también se pudo comprobar en el caso de algunos de los alcaldes elegidos durante los comicios de octubre en Chile.

Claudio Orrego (DC), en Peñalolén, y Alberto Undurraga (DC), en Maipú, son dos claros ejemplos de personajes políticos conectados con sus electorados y, en el caso puntual del edil de Peñalolén, hay otro elemento a considerar: el uso innovador de las nuevas tecnologías, hecho que –no hay discusión al respecto– ayudó considerablemente en la imagen que Obama “vendió” a sus votantes como representante del cambio.

Hubo otros casos en que si bien hubo apoyo del electorado, la población dio muestras de querer algunas modificaciones en aspectos específicos. Es el del alcalde reelecto de Vitacura, Raúl Torrealba (RN), quien si bien consiguió los sufragios necesarios para un cuarto período, vio mermada fuertemente su votación por la irrupción de Rodolfo Terrazas, dirigente del movimiento ciudadano “Salvemos Vitacura”.

¿Consecuencias? El edil debió revisar su decisión respecto de la edificación en altura. La lectura de lo ocurrido en Vitacura es que los votantes dieron una muestra clara de aspirar a una mayor participación, factor que modifica el escenario electoral habitual con la irrupción de un nuevo protagonista.

Emerge también en los comicios municipales la opción en numerosas comunas de apoyar figuras nuevas, fundamentalmente en lo que fue la elección de los alcaldes. En general, si se analizan las votaciones registradas, la gente optó por alternativas cuando se trataba de autoridades que habían permanecido muchos años en el cargo.

Hubo derrotas emblemáticas, como el caso del alcalde de Valparaíso, Aldo Cornejo (DC), quien obtuvo una gran votación en los comicios del 2004 y esta vez debió dar un paso al lado ante Jorge Castro (UDI). Lo mismo ocurrió en Conchalí, donde una figura absolutamente nueva, Rubén Malvoa (RN), desplazó a Carlos Sotolicchio (PPD).

El análisis apunta a que quedó en claro que los votantes tienden a “pasar la cuenta” a quienes han estado mucho tiempo en un cargo, ya que si no ven logros en un plazo que consideran razonable no hay estrategia que valga que les impida mirar las opciones.