Son pocos los que quieren aparecer involucrados. Muchos han pedido que sus nombres no figuren en este reportaje. Y no es de extrañar, porque la historia que aquí contamos revela la existencia de obras falsificadas del destacado pintor chileno Jorge Tacla, radicado en Nueva York hace 30 años. Una trama en desarrollo, que intentamos desentrañar […]

  • 1 septiembre, 2012

Son pocos los que quieren aparecer involucrados. Muchos han pedido que sus nombres no figuren en este reportaje. Y no es de extrañar, porque la historia que aquí contamos revela la existencia de obras falsificadas del destacado pintor chileno Jorge Tacla, radicado en Nueva York hace 30 años. Una trama en desarrollo, que intentamos desentrañar de la mano del propio artista.

En el departamento de Tacla en Santiago hay dos de las pinturas falsas que ha logrado incautar. Las rescató hace poco de manos de un galerista que las había comprado como originales. Las pinturas son “copias indecentes, totalmente burdas”, dice el artista, para quien la materialidad de la factura y la tela ocupada son “miserables”. Sus molduras, que cuesta definir como marcos, caen en lo mismo.

-¿Cómo te encontraste por primera vez con una falsificación de tu obra?
-La primera vez fue hace unos tres años. Una antigua amiga me mostró en su teléfono la imagen de una obra supuestamente mía, que su hermano estaba adquiriendo. A esta obra le habían anexado un certificado de autenticidad firmado por una ex pareja mía. Inmediatamente me di cuenta de que era una obra falsa. No era una copia, era una obra de grandes dimensiones, con mi firma falsificada. En ese momento traté de averiguar el origen de esta falsificación, y no logré ninguna información, ya que el supuesto vendedor, C.G., era amigo del comprador y, además, una persona conocida en el circuito del arte en Santiago.

-¿Qué sentiste?
-Sentí una violación y al mismo tiempo impotencia, ya que en Chile las redes sociales pesan más que el plagio y el delito.

-¿Cuándo te volviste a encontrar con otra falsificación?
-Al poco tiempo apareció la imagen de otra pintura supuestamente mía. No tenía nada que ver con mi obra, pero sí con la falsificación de mi firma. Estaba siendo subastada en un remate de medio pelo. La foto salió publicada en El Mercurio, en un aviso de la galería. Supe de esto porque la obra falsificada la adquirió Alexis Azaar, un conocido mío. Lo más increíble es que aún la tiene en su casa, sabiendo que es falsa.

 

Nuevas evidencias

Desde aquella vez, Tacla no supo de otras falsificaciones. Pero en estos últimos dos meses han aparecido tres pinturas más. A diferencia de las dos anteriores, éstas son copias de obras suyas.

-¿Ves una similitud entre las firmas de las distintas falsificaciones?
-No. Tienen notorias diferencias.

-Entonces, estamos hablando de que puede haber más de un falsificador.
-De acuerdo a lo que he podido investigar, parece que esto es una mafia organizada.

-¿Cómo supiste de estas últimas falsificaciones?
-Afortunadamente, las personas que las adquirieron me contactaron para una opinión y verificación. Lamentablemente, después comprarlas.

-Entonces, fue fácil identificar al vendedor…
-Sí, fue fácil, pero a la vez el vendedor, Antonio Onetto, le echa la culpa a otra persona que se las vendió a él, un señor Juan Carlos Pino, y, finalmente, este segundo vendedor supuestamente las adquirió de una pintora que falleció, Patricia Figueroa… Siento que todos se están protegiendo las espaldas. Desde el primer momento que encaré esto, la reacción ha sido de culpar a otros para buscar la inocencia propia. Siento un deber moral en actuar denunciando esto, no sólo por el beneficio personal, sino también por el respeto que se merecen los derechos de autor de los artistas.

 

Los compradores

Alexis Azaar tiene alrededor de 75 años. Hace tres años se dirigió a una galería en Colón, a comprar una obra de Jorge Tacla. La fotografía de la pintura había salido en El Mercurio, en un aviso de remate. Según Alexis, en la galería le dijeron que la procedencia de esa pintura correspondía a una persona que trabajaba con Tacla haciendo bastidores, marcos y telas. El artista, le aseguraron, se la había dado en parte de pago. Pero el dueño de la galería no dice lo mismo. Según él, la procedencia es otra. Ya lo sabremos más adelante.

Al poco tiempo Alexis supo que el cuadro era falso. El mismo Tacla fue quien se lo comunicó. Pero Alexis no volvió a la galería ni a contactar al vendedor: “Para qué, si no me dio boleta, nada. No puedo reclamarle”.

-¿Y dónde está el cuadro ahora?
-Está en mi casa. Lo voy a guardar, qué puedo hacer. No me lo van a embargar, ¿no? ¿Acaso lo voy a botar? No. Y a mí me gusta el cuadro.

-Ah, le gusta…
-Sí, mucho (se queda callado unos segundos). Yo llego a pensar que el cuadro mío es verdadero. Pero él (Tacla) podría decir que es falso por el precio que yo pagué. Es muy raro todo.
Alexis me pregunta si hablé con un amigo suyo de iniciales D.V., quien también compró un cuadro de Tacla en la galería de Colón. Alexis le dio el dato. Al llamar a D.V. y preguntarle por la posibilidad de que el cuadro que había adquirido fuera falso, se limita a decir enojado, segundos antes de cortar el teléfono, que su cuadro es verdadero y que no da entrevistas.

 

Los galeristas

Más que una galería, parece un bazar. En el lugar no cabe un alfiler. Una mujer detrás de un escritorio me entrega un listado de las obras que ofrecen y sus precios. La variedad es infinita.

Le preguntamos por la obra falsa de Jorge Tacla que se vendió aquí, en McArt Gallery. Ella dice desconocer el tema. Se presenta como la señora del dueño. Le pregunto si todas las obras de la galería cuentan con certificación de autenticidad. Me dice que para ellos es imposible certificar todas las obras que reciben. Les costaría una fortuna. Explica que cuando tienen dudas, las rematan a un precio menor del que supuestamente valen. Pero a veces les ha ocurrido que pinturas que han vendido en muy poca plata, después resultan ser originales. Ahí se han querido morir, dice. Han perdido quizás cuánta plata. Pero de una obra falsa de Tacla no sabe nada.

En la tarde llamo al dueño, Michele Canale. Atiende el teléfono amablemente. Explica que él es una víctima y que posiblemente le van a echar la culpa de algo que él no hizo. Le digo que sólo quiero saber la procedencia del cuadro que le vendió a Alexis Azaar. Dice que fue una mujer de unos 27 años, pelo castaño, que llegó en un auto muy bonito –un Audi negro– a ofrecérselo. Que había sido un regalo de matrimonio y que ella se iba fuera del país. Del nombre de la mujer no se acuerda. Promete que lo va a buscar. Tiene que estar el registro.

Unos días más tarde lo vuelvo a llamar, pero dice que no ha tenido tiempo de buscar el nombre de la mujer. Que ahora que lo piensa bien, cuando supo que era un cuadro falsificado trató él mismo de ubicarla y no hubo caso. Da a entender que se trataba de una estafadora que no había dejado pista. Me dice que no voy a sacar nada. Que él está poniendo la cara y que lo van a acusar de sospechoso.

La vertiente Vitacura

Eduardo Lira es dueño de Latin American Art, una galería de arte ubicada en Nueva Costanera. Hace un par de meses le llegaron dos falsificaciones de Jorge Tacla. “Me las trajo una persona conocida. Dijo que venían de una artista que falleció. Por suerte Jorge está vivo. Le mandamos las fotos, nos dijo que eran falsas y a los diez días vino y se las llevó. Yo espero que él inicie alguna acción legal, porque los cuadros no se encontraron en la calle. Alguien los pintó”.

-¿Hay alguna manera de identificar a la gente que está detrás?
-Si me preguntas si yo sé quién falsificó los cuadros, no. ¿Dónde los venden? Sí.

-¿Quién le trajo los cuadros de Jorge Tacla?
-Para estos efectos se conoce como “un busquilla”. Busca cuadros, va a diferentes casas, y yo he hecho varios negocios con él.
Lira no quiere dar su nombre para no perjudicarlo. Sólo me dice que estudió Arte en la Universidad de Chile y que ha vendido cuadros “verdaderos a mucha gente conocida”. Agrega: “los artistas lo conocen. Lo que pasa es que a él le metieron un gol. Él trajo el cuadro para acá y nosotros por suerte tenemos relación con los artistas y nos dimos cuenta. La mala fe parte del que falsifica un cuadro y encuentra un tonto que lo trata de mover y venderlo. Ése es el problema. A mí me ha tocado ver gente que compra cuadros falsos, que los guardan o los cuelgan, pero de ahí a iniciar una acción legal, nadie se atreve”.

-¿Qué piensa de esa actitud pasiva de quienes han sido estafados?
-Esto nos afecta a todos. No es un problema de plata solamente, es un problema de fe, del mercado. Yo quiero que mis clientes compren a ojos cerrados conmigo. Y si algún día me equivoco, voy a responder.

 

La opinión de Tomás Andreu

Dueño de la galería Animal, Tomás Andreu representa parte de la obra de Jorge Tacla en Chile. Supo de las falsificaciones sólo hace unos días. Le escribo por mail:

-Dos personas que tuvieron en sus manos falsificaciones de Tacla, declararon que antes de venderlas te consultaron sobre su autenticidad. Han dicho que las certificaste como verdaderas. ¿Qué dices al respecto?
-Yo no he certificado ninguna obra de Tacla que no esté en mi galería. Sólo certifico las obras de Tacla que mi galería vende, de las cuales conozco su origen: el propio artista.

-¿Qué opinas de la falsificación de obras de un pintor de tanto prestigio?
-He visto muchas falsificaciones de artistas ya muertos. Falsificar a uno como Jorge Tacla, que se encuentra en plena producción, es algo muy grave. Significa que los falsificadores comenzaron a actuar en completa impunidad.

 

Los dealers

Paula –la vamos a llamar así– es una mujer de unos 50 años. Rubia y muy delgada. Jeans y chaqueta de cuero. La voz ronca. Nos juntamos en el Drugstore. Hace unos 25 años estuvo relacionada sentimentalmente con Jorge Tacla. No por mucho tiempo.

Actualmente se dedica a comprar y vender arte. Antes que nada, advierte que no quiere dar su nombre, que para ella esto es muy delicado. Tiene miedo: “Como yo no hice nada en el minuto, que ahora salga el nombre de estos tipos y mi nombre…, no vaya a ser cosa que al final sea peor para mí, y me demanden ellos por estar hablando y no tener la evidencia”. Con esa condición es que cuenta su historia.

A principios de 2011 la llamó una persona de iniciales A.Y. Una persona dedicada a vender arte. “Yo compro y vendo obras hace muchos años, soy como dealer”, dice. “A.Y. me ubicó para que hiciéramos cosas juntos. Pero siempre lo encontré como raro, como tránsfuga”.

-¿Por qué?
-Por su actitud. Era muy grupiento. Nunca hice negocios con él, menos mal. Este personaje trabajaba con C.G., que es dentista. A él le gusta el arte, apadrina a los artistas, les compra sus obras, actúa como mecenas.

Paula habla sin parar. Cuenta que un día la llamó A.Y. para pedirle que determinara la veracidad de una obra de Tacla que quería vender. Ella le dijo que no podía “hacer un testimonio ni un certificado de que si es un original o no, porque yo no tengo esa autoría”. Pero a continuación le cuenta a A.Y. que conoce la obra de Tacla perfectamente. “La conozco porque estuve con él y además a través de los años he seguido su trabajo. Puedo ver el cuadro y te voy a decir altiro si es o no Tacla, es lo único que te puedo decir”. A.Y. le llevó una foto. “Entonces me lo muestra, yo lo miro y le digo: Esto no es Tacla”.

Paula toma unos sorbos de su cortado y continúa: “Pasó como un mes y me llama un amigo, Felipe”. Felipe –quien pidió no aparecer mencionado con su verdadero nombre– le cuenta a Paula que le están ofreciendo una pintura de Tacla y que en su reverso hay pegado un papel: un certificado de autenticidad firmado por ella. Era el mismo cuadro de la foto que le había mostrado A.Y.

-¿Fue pura coincidencia el que te enteraras del cuadro falso y del certificado?
-Menos mal que le llegó a Felipe y no a otro personaje que no me conocía, porque no me habría llamado. Habrían comprado el cuadro falso, con mi testimonio, con mi firma. O sea, me hubiera metido en un tete.

 

Una clínica en El Golf

La secretaria de C.G. me informa que él no quiere hablar con la revista. Hay sólo una manera de traspasar esta barrera. Voy hasta la clínica dental junto a Jorge Tacla. Ubicada en El Golf, ocupa un segundo piso de un edificio pequeño. A medida que comenzamos a subir la escalera empiezan a aparecer esculturas y pinturas por todas partes. Jorge Tacla pregunta por C.G. La secretaria a su vez pregunta quién lo busca. El dentista está con un paciente, pero le va a avisar. Al poco rato reaparece la secretaria: “¿Usted está seguro que conoce al doctor? Porque él dice que no lo recuerda”. “Ya se acordará”, contesta Tacla.

Nos sentamos en un sillón de cuero negro. Tacla se fija en la mesa frente a nosotros. Hay otra igual más allá. Ambas son copia del diseño del artista japonés Noguchi. De pronto se acerca un hombre un tanto desgarbado vestido de blanco. Usa anteojos de marco de color.

Tacla le pregunta sobre el cuadro falsificado que él le quiso vender a Felipe. Dice que él no sabe nada, que no quiere saber nada del asunto, que terminó peleado con todos, que ya no compra arte, que el mercado es un asco. Que si vende algo lo hace en Argentina. Después comienzan a aparecer los detalles. Dice que el cuadro falsificado se lo trajo A.Y., a quien presenta como íntimo amigo de la mujer que fue pareja de Tacla. Dice que ellos dos trabajaban juntos, que el cuadro falso venía con la autentificación de ella. “Tu ex”, le dice a Tacla. No sabe cómo ubicar a A.Y. Sólo menciona que está en Punta Arenas, que se fue a trabajar de guardabosques, arrancando de demandas en su contra.

Mientras Jorge Tacla le habla sobre su intención de proteger su obra, el dentista le dice que finalmente qué le importa, si el mercado de su obra está afuera. En el extranjero. Tacla ha vuelto a fijar la mirada en las dos mesas. Le pregunta al dentista por su origen. “Son de un japonés”, afirma. “Noguchi”, responde Tacla. “Sí, las compré en Barcelona. Me costaron 1.800 euros cada una”. “Pero son falsas, te estafaron. Son mucho más bonitas las verdaderas”, termina diciéndole el artista mientras baja la escalera.
En definitiva, el dentista, como todos los anteriores, se declara como otra víctima. Esta vez de A.Y. y de la ex pareja de Tacla.

 

El restaurador

Juan Carlos estudió museología y después dos años restauración en México. Trabajó en el Bellas Artes hasta la segunda administración de Nemesio Antúnez. Después se retiró. Dice que “fue un mal paso”:

-Yo tenía mucha clientela. Después fueron bajando los clientes. Una institución como esa da respaldo. Ahora ya voy a cumplir 60 años, así es que restauro las cosas que me gustan y nada más.

Nos recibe en su casa en Pedro de Valdivia Norte. Unos minutos antes me junto afuera con otro periodista de Capital que me acompaña. Acaba de llover y es uno de los pocos días del año que se respira aire limpio en Santiago.

Toco el timbre de la casa de Juan Carlos. Pasan unos minutos y no abren. Por más que intentamos divisar algo adentro, las ventanas están tapadas con cortinas de totora. Lo llamo al celular y le digo que estamos afuera. Nos explica que abajo no escucha el timbre. Abre la puerta cerrada con llave, nos hace pasar y vuelve a cerrar con llave. Una cicatriz cruza su rostro. La casa parece deshabitada. Apenas entramos, nos hace bajar por una escalera cubierta por una alfombra.

Es una habitación apenas iluminada que a un costado tiene un pequeño escritorio con vasijas llenas de pinceles. Nos ofrece asiento y dice algo así como aquí es donde recibo a mis clientes y les doy con un cuadro en la cabeza. Se ríe, y nosotros lo acompañamos en la risa. Le digo que no le queremos quitar mucho tiempo. “Ni yo el de ustedes”… Entonces le pido que hable de los cuadros falsificados de Jorge Tacla:

-Esos cuadros los compré el 2005-2006. A una pintora que se llama Patricia Figueroa.

-¿Eran dos?

-No. Eran cinco. Tres de Jorge Tacla. Yo en ese tiempo no sabía quién era, pero me parecieron atractivos. Los tenía aquí, apilados. La gente que viene para acá viene por arte antiguo, tradicional. Un día vino Antonio Onetto, siempre viene. Se fijó en esos cuadros. Me dijo que él me los podía vender. Se llevó uno. Él es merchant. Yo ya sabía quién era Jorge Tacla. Me había encontrado con un libro de Tacla. Y vi obras y había cosas iguales, según yo, a ésas. Entonces Antonio dijo me voy a llevar uno y se lo llevó al galerista Eduardo Lira.

Como a la semana y media, Juan Carlos cuenta que Antonio volvió a buscar los otros dos cuadros, ya que había vendido el primero después de que, según él, Tomás Andreu ratificara su autoría.

-Ahora no hay cómo saber dónde Patricia Figueroa consiguió esas pinturas, si está muerta…
-Sí, yo me enteré ahora de que estaba muerta. Me contó Antonio. Yo le hice un certificado por el tercer cuadro. De procedencia. “Este cuadro fue comprado por mí el año 2005 a la señorita Patricia Figueroa…” y todo eso. Lo que hice fue dar un certificado de procedencia, no de autenticidad. Yo soy profesor de legislación proteccionista del patrimonio cultural y algo sé sobre falsificaciones.

-¿Le ha tocado ver otros casos?
-He estado en dos juicios por clientes míos que han comprado cuadros falsos. La verdad es que los jueces se sienten bien ignorantes al respecto. No hallan qué hacer. Al final lo único que hicieron fue que el señor devolviera la plata…

-Hay harta falsificación dando vueltas…
-Hay mucha gente que admira a un pintor y lo copia. Lo copia quizás para aprender o para tener un cuadro y decir que es del pintor.

-¿Le han pedido alguna vez que autentifique alguna obra?
-A cada rato. A veces me pierdo, pero de pintura tradicional entiendo un poco. Yo distingo claramente un González falso, aunque sea muy parecido. Pero un Tacla falso de un original… nunca he visto un original. Yo pensé que había visto tres, pero no he visto ni uno.

Juan Carlos ofrece toda su colaboración en la investigación de este caso. También un café, pero no, es hora de partir.
Antonio Onetto no quiso hablar con Capital. Dijo, en un primer momento, que él ya sabía que los cuadros que había vendido a Lira eran falsos y que iba a devolverle la plata, que estaba en eso, pero que por ahora no tenía “ni uno”.

En estos días, Jorge Tacla interpuso una denuncia ante la PDI. El caso está en manos de la policía. En el transcurso de esta investigación no supimos de ningún otro artista chileno que haya denunciado antes una falsificación. Tacla, al parecer, es el primero que toma acciones frente a la falsificación de obras de arte en Chile. •••