Tras la publicación de su informe sobre Venezuela, en el que aseguró que el gobierno de Maduro “ha cometido numerosas violaciones de los derechos humanos”, la ex presidenta partió de vacaciones con su hija a Italia. A la distancia, ha monitoreado el impacto que generó el documento: “La reacción del PC es algo que no les va a poder perdonar jamás”, indica un amigo. Sobre las voces que hablan de una posible “Bachelet 3”, sus cercanos lo descartan: estaría mas cerca de la Secretaría General de la ONU que de un nuevo período presidencial.
Por María José Gutiérrez, desde Ginebra, y María José López
Ilustración: Ignacio Schiefelbein

  • 18 julio, 2019

El jueves 4 de julio, apenas la Oficina de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH) hizo público su informe sobre Venezuela, Michelle Bachelet se dirigió a su oficina en el Palacio Wilson, en Ginebra, a redactar un “brief” para la presentación que haría ante el consejo de DD.HH. del organismo y la posterior conferencia de prensa programada para el día siguiente. El viernes, luego de cumplir con esta agenda, y sin comentar una palabra con su equipo sobre las reacciones que generó en Chile el informe, se retiró al departamento que arrienda en el barrio Paquis a preparar su maleta.

El sábado tomó un tren a Venecia para reunirse con su hija menor, Sofía Henríquez, y su pareja, el vocalista de la banda Villa Cariño, Max Vivar, y días después partieron juntos a Florencia y Roma. Su idea era, sobre todo, desconectarse, tras dos semanas intensas que comenzaron con su visita a Venezuela entre el 19 y 21 de junio pasado.

El lunes, la ex mandataria regresó a Suiza y partió el mismo día a Nueva York para participar en el High Level Political Forum.

En la elaboración del informe, Bachelet trabajó con un grupo de cinco personas de la oficina: Amanda Flores, Alicia Londoño, José María Arana, Carmen Domínguez y Carlos de la Torre. Este último se quedó en Caracas como parte del compromiso del gobierno de Nicolás Maduro de aceptar dos oficiales de derechos humanos de la ONU de forma permanente. El nombre del otro comisionado que se radicará allá está aún por confirmar.

Algunos de este equipo pertenecieron al grupo de “avanzada” que viajó a Venezuela en marzo durante once días para preparar la visita de Bachelet. “Ellos tuvieron que pedir lo que la Alta Comisionada iba a negociar con el régimen”, señala una fuente de la ONU. Son ocho condiciones, entre ellas, la liberación de presos políticos, tener un programa de visitas de procedimientos especiales y la autorización para visitar todas las instalaciones de los presos, además de la aceptación de los dos oficiales de derechos humanos.

“El anterior comisionado no había podido entrar a Venezuela porque el gobierno de Nicolás Maduro no se lo permitió. A ella sí porque tuvo una actitud distinta de buscar alguna modalidad con el régimen para poder hacerlo. Y el mérito de ser ex presidenta que conocía a Maduro la ayudó”, asegura el ex canciller de Chile Heraldo Muñoz.

 

El caso más difícil

Quince reuniones en un día y doce en el otro, es lo que llevó a cabo Michelle Bachelet en su visita a Venezuela. “Fue muy duro”, aseguran en su entorno, pese a que la Alta Comisionada no se encontró con ninguna sorpresa en el camino: la información se conocía, solo había que corroborarla personalmente.

El viaje se planificó “desde el día uno” que asumió en el máximo cargo de la ACNUDH, hace diez meses. “El mandato que tenía era investigar lo que estaba pasando. Es la situación más complicada que tiene la oficina en América Latina. No solo por los derechos humanos, sino también por las migraciones que ha generado y que están impactando a toda la región”, asegura una fuente relacionada al organismo internacional.

La mayor preocupación de la ex presidenta sobre el impacto que pudiera generar el informe era la reacción del Grupo de Lima, la instancia que se estableció a mediados de 2017, cuando se reunieron 14 países latinoamericanos en la capital peruana con el objeto de buscar una salida pacífica a la crisis en Venezuela. “Le inquietaba que el informe pudiera incitar una intervención violenta en el país”, explica una persona que conoce de cerca a la ex mandataria. “Por eso, si te fijas, cuando termina su discurso, ella dice que sigue apostando por el diálogo”, agrega.

Su estilo, dicen funcionarios de “la casa” –como llaman a la sede de Ginebra–, es totalmente opuesto al de su antecesor, Zeid Ra’ad al-Hussein. El diplomático jordano se ganó la enemistad del gobierno venezolano por sus críticas constantes al régimen, que nunca le permitió el ingreso al país. Tampoco tuvo una relación cercana con el secretario general de la ONU, António Guterres, quien nombró en su reemplazo a Bachelet: ambos se conocieron en Nueva York, cuando la ex presidenta se desempeñaba como líder de ONU Mujeres y el portugués, como Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.

Pero además de Venezuela, la situación de Nicaragua y el acuerdo de paz de Colombia son prioridades para el equipo. Así como la realidad de Myanmar, Siria, Libia y Sudán. La oficina tiene además cinco temas en la mira a nivel global: la situación de los migrantes y refugiados; el cambio climático; la desigualdad; el impacto de las nuevas tecnologías y la equidad de género.

“Bachelet también va a tener que estar encima del tema de Filipinas”, dice el ex embajador Juan Gabriel Valdés. Esto, pues la semana pasada el Consejo de Derechos Humanos de la ONU decidió aumentar  la presión sobre ese país por los excesos de su guerra contra las drogas y aprobó una resolución que encarga a la Alta Comisionada hacer un seguimiento de la situación y preparar un informe al respecto. Esta resolución fue votada a favor por 18 Estados, 14 votos en contra y 15 abstenciones. En este grupo estaba Chile.

Su vida en Ginebra

El 1 de septiembre de 2018, Michelle Bachelet aterrizó en Ginebra, Suiza. Se instaló en un departamento de una pieza, un baño, comedor abierto y vista al lago, ubicado a cinco minutos a pie del Palacio Wilson, sede de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Hasta allí llega caminando todos los días sola –sin escoltas– alrededor de las 8 de la mañana y se queda hasta pasadas las 7.30 de la tarde. Quienes conocen el barrio aseguran que no es donde están las mejores casas –generalmente ubicadas en las afueras de la ciudad–, pero que gran parte de los funcionarios del organismo optan por vivir en ese lugar por la comodidad de la cercanía.

Con ella, en el segundo piso, trabaja su front office o gabinete, que está conformado por doce personas. De ellas, solo una, Carmen Domínguez, es chilena, y llegó ahí por Bachelet (ver recuadro). El resto arribó con comisionados anteriores. En el organismo trabajan 1.300 personas –la mayoría mujeres–, que se dividen entre Ginebra, Nueva York y las oficinas regionales. Cuatro de ellos son de Chile.

La ex presidenta no tiene auto –cuando necesita el fin de semana, arrienda uno–, pero cuenta con un chofer que la lleva al aeropuerto y a las reuniones fuera de la ONU. La mayoría de los encuentros se llevan a cabo en su despacho, donde llega con cuaderno y lápiz pasta para tomar apuntes, siempre acompañada de Domínguez, además del responsable del país o del área a tratar en la reunión. Gran parte del tiempo lo destina también a firmar documentos y cada tarde recibe en su escritorio una carpeta con todos los temas que va a ver al día siguiente, que es preparada por dos secretarias: la que está a cargo de su agenda en Suiza y la que le prepara los viajes.

De lunes a viernes almuerza en su escritorio comida traída de locales cercanos o baja al primer piso, donde está el casino. Los fines de semana, cuando está en la ciudad, le gusta pasear, vitrinear –aunque ha dicho que tiene menos tiempo del que quisiera para hacerlo–, leer, cocinar y visitar mercados. Al último que fue, es al de quesos. Dicen que está cómoda con su estilo más casual para vestirse –sin traje de dos piezas– y la forma en que lleva el pelo, más suelto y relajado que en La Moneda.

Casi todas las semanas viaja fuera de Suiza, aunque sea por dos días, y cada seis semanas visita NY, donde se encuentra la oficina central de la ONU. Allí arrienda un departamento por Airbnb en el barrio de East River. El 19 de mayo llegó a esa ciudad invitada a la U. de Columbia, para dar un discurso en la ceremonia de graduación de los estudiantes de la Escuela de Políticas Públicas. Ahí, la ex mandataria contó episodios de su juventud  y trayectoria política. Después de eso fue a comer con Juan Gabriel Valdés, profesor de la institución, a un restaurante italiano cerca de la ONU, donde conversó largamente con él y Carmen Domínguez.

“Ella está extraordinariamente volcada en su trabajo en Naciones Unidas. Desde Chile se tiene la percepción de que solo debe velar por América Latina, pero está a cargo de la defensa de derechos humanos en África, China, en distintas partes de Europa”, indica Valdés.

Incógnita

Aunque Bachelet tiene buenas relaciones con su equipo, lo cierto, dicen sus cercanos, es que se siente sola: echa de menos a su familia y amigos. Eso sí, enfatizan, su trabajo es exigente y el horario también. De hecho, cuando le preguntan detalles sobre su vida en Ginebra, ella responde medio en broma: “Los aviones son mi hogar”. “Está viajando todo el tiempo. Por ejemplo, después de que comimos en Nueva York voló a México, y luego de eso, a Berlín. No es que esté gozando la vida en Suiza”, señala Valdés.

De todas formas, con Chile mantiene contacto fluido. Desde que asumió como Alta Comisionada de los DD.HH., ha viajado solo dos veces, como “NN”, a sus tierras: una para la Navidad y otra a fines de mayo. Llegó a Santiago el jueves 30 en el mismo avión que venía Arturo Vidal, quien por esos días comenzaba el entrenamiento previo a la Copa América. Aquí, la ex presidenta alojó en su casa en calle Julia Bernstein y se reunió principalmente con familiares y cercanos, como sus ex ministros Francisco Vidal y Nicolás Eyzaguirre; la abogada y ex asesora de gobierno, Ana Lya Uriarte; su amiga Estela Ortiz, entre otros. “Tuvimos una reunión privada entre amigos. Ella está contenta, satisfecha por lo que está haciendo. No hablamos ni de trabajo, ni de política”, asegura Vidal.

Quienes estuvieron al tanto de la visita cuentan que uno de los principales motivos por los que vino fue para ver a su madre, Ángela Jeria, y a sus hijas, la antropóloga Francisca Dávalos y la sicóloga Sofía Henríquez. Esta última ha asumido un rol clave en el clan Bachelet: la menor de la familia es la que organiza los encuentros con los nietos de la ex presidenta –hijos de Sebastián Dávalos y Natalia Compagnon–, quienes viven a pasos de su casa en La Reina. Sofía, aunque ya no vive ahí sino con su pareja, también se preocupa de los temas domésticos y de que cuando su madre venga a Chile, todo esté ok. Además, visita en forma constante a Jeria, lo que tranquiliza a Bachelet.

La ex mandataria mantiene contacto con quienes fueron sus asesores cercanos durante su gobierno; el sociólogo Pedro Güell, ex director de Políticas Públicas y actual profesor de la UAH; Haydeé Rojas, ex jefa de comunicaciones; y Valentina Quiroga, ex subsecretaria de Educación y directora de fundación Horizonte Ciudadano, organización creada por Bachelet. También tiene relación estrecha con el abogado y consejero del CDE, Carlos Mackenney, y su mujer, Victoria Bertrán.

La ex presidenta volverá a Chile para la COP25, evento sobre el medioambiente organizado por la ONU, que se realizará entre el 2 y el 13 de diciembre.

¿Sorpresa?

El episodio lo recuerda el ex canciller chileno, Heraldo Muñoz. Fue en junio de 2016, cuando junto a la entonces presidenta Michelle Bachelet viajó a Cuba para la firma del acuerdo de paz entre Colombia y las FARC. “La acompañé a una reunión con Nicolás Maduro, en la que ella le ofreció ayuda para enviar un cargamento con los medicamentos que fueran más requeridos en los hospitales. Y Maduro le dijo que no faltaba nada, que era una campaña de la derecha y un infundio del imperialismo. La presidenta se alejó y me dijo: ‘Uno no puede ayudar a alguien que no reconoce que tiene un problema’. Pero ella estaba preocupada de la situación en Venezuela”, dice el ex ministro.

Según cuentan miembros del círculo cercano de Bachelet, a la ex presidenta le ha llamado la atención la sorpresa que provocó en algunos sectores la dureza del documento que realizó sobre el país de Maduro. “¿Qué creían? ¿Qué sería blanda? Eso es no saber quién es Michelle Bachelet”, dice un ex asesor de La Moneda.

“El gobierno de Venezuela ha cometido numerosas violaciones de los derechos humanos”, concluye el informe. “Nunca dudé que ella hiciera un análisis completo y extraordinariamente firme. Cualquiera que la conoce, sabe que sería así”, indica Juan Gabriel Valdés. “Es un tapaboca para parte de la derecha, que nunca creyó en un informe lapidario de Michelle para Maduro”, agrega Vidal.

Quienes pensaban que el documento que elaboraría la ex mandataria sería más bien “tibio” argumentan que durante su gobierno no hubo un cuestionamiento oficial al régimen, y que en sus  primeros meses en la ONU tampoco se refirió al asunto. En su entorno la defienden. Aseguran que esos temas se los encargaba a Heraldo Muñoz pues a su parecer no correspondía que la presidenta criticara públicamente a otro país. Agregan que una muestra de su oposición al presidente venezolano fue no organizar visita de Estado a ese país y, por su parte, haber recibido a la mujer de Leopoldo López en La Moneda y a asilados políticos. Algo similar hizo con el presidente de EE.UU. “Ella claramente no es partidaria de Donald Trump. No se reunió con él mientras fue presidenta, pero tampoco salió a criticarlo en público”, ejemplifica un ex colaborador.

La ex mandataria ha seguido de cerca los comentarios que se han generado post informe tanto a favor como en contra. Desde su entorno le hacen llegar las principales opiniones de líderes de todos los sectores políticos, la temperatura del país y, cuentan, a ella le interesó saber principalmente cómo se lo tomaba la izquierda. “La reacción del PC es algo que no les va a poder perdonar jamás”, indica un amigo. “El Partido Comunista está equivocado en esto. Porque si el informe lo hace una persona que es de izquierda, que vivió en carne propia la violación a los derechos humanos, le da más peso específico a este asunto”, agrega Vidal.

¿Chile o la ONU?

Al igual como ocurrió cuando estaba en ONU Mujeres en Nueva York, son varios los que en su sector la han empezado a sondear para un nuevo período presidencial.

En esto, sus cercanos son enfáticos: “Ella lo tiene completamente descartado. No tiene la menor voluntad de hacer lo que le están pidiendo. Se sufre harto”, dice Francisco Vidal.

“La presidenta no está ni ahí con volver. Prefiere hacer carrera en el organismo internacional”, dice una amiga. Y agrega: “Ella creó ONU Mujeres. Por algo el secretario general le ofrece este puesto”. Son varios los que no descartan que pueda transformarse en Secretaria General de la ONU, en tres años más, cuando termine el período de António Guterres.

Cuando le preguntan si va a volver a La Moneda, ella responde: “No, muchas gracias. Ya hice mi servicio militar”.

Carmen Domínguez: la asesora clave

Aunque todos se refieren a ella como la jefa de gabinete de Michelle Bachelet, Carmen Domínguez (55) es en realidad asesora en la región de las Américas de la Alta Comisionada y está a cargo de las comunicaciones. Diplomática de carrera, Domínguez iba a ser destinada a Nueva Delhi como embajadora, cuando recibió en agosto la llamada de la ex mandataria pidiéndole que la acompañe a Ginebra. Antes de decirle que sí, conversó la decisión con el agente Alberto van Klaveren, quien dicen que es su mentor.

Domínguez es máster en Derecho Económico Internacional por la U. de Warwick y máster en Administración Pública en Harvard. Fue miembro del equipo negociador del TLC con EE.UU., Corea y del acuerdo con la UE. Además, trabajó cinco años en Washington en el área económica de la embajada de Chile, cuatro en la misión ante la OMC y cinco entre la embajada en Perú y la OCDE. Fue asesora de Soledad Alvear en Cancillería y durante el gobierno de Bachelet se desempeñó en la Dirección de Planificación del Ministerio de RR.EE., para luego asumir como embajadora alterna de Chile ante las Naciones Unidas hasta mayo de 2018. No conoció a Bachelet hasta su segundo gobierno, cuando acompañó en todos los viajes a Heraldo Muñoz. Ahí se estrechó la relación entre ambas.

Domínguez es feminista, runner, y en la práctica, opera como mano derecha de Bachelet en Ginebra. Se encarga de los discursos, la acompaña a gran parte de los viajes y –aunque por coincidencia, asegura una persona que la conoce– vive en el mismo edificio de la ex presidenta en Suiza.