El emblemático boliche de Zapallar, que ha tenido sentado en sus sillas rojas a lo más granado del mundo político y empresarial de Chile, está con candado. La Municipalidad decidió llamar a licitación y después de 70 años el clan que comanda Ana Luisa Rojas tuvo que dejar de servir los tradicionales pisco sour y canapés de mariscos. Estas son las confesiones de un clásico. A puertas cerradas.

  • 2 mayo, 2011

 

El emblemático boliche de Zapallar, que ha tenido sentado en sus sillas rojas a lo más granado del mundo político y empresarial de Chile, está con candado. La Municipalidad decidió llamar a licitación y después de 70 años el clan que comanda Ana Luisa Rojas tuvo que dejar de servir los tradicionales pisco sour y canapés de mariscos. Estas son las confesiones de un clásico. A puertas cerradas. Por Carla Sánchez M.

 

"Toda una vida para terminar en esto”, se lamenta Aníbal Vera, mientras carga una caja sobre la camioneta. “Esta semana tenemos que sacar todo”, cuenta quien ha sido mozo por más de 40 años del clásico restaurante César, de Zapallar. Adentro, Ana Luisa Rojas, su jefa de toda la vida, revisa los últimos cachureos que se han acumulado en todos ese tiempo. De fondo suena una ranchera y sobre las sillas apiladas descansa una añosa foto en blanco y negro de Valparaíso. Una postal que no hace mucho decoraba algún muro del emblemático lugar de encuentro de los zapallarinos.

A sus 78 años, la señora Ana Luisa lamenta no poder ofrecernos algo para tomar. O los clásicos canapés de mariscos de antes de almuerzo. Para su pesar, el César ya no puede seguir funcionando. Se acabó la concesión que le otorgó la municipalidad hace 15 años, cuando ella decidió ampliar el negocio que había iniciado su padre y construir el restaurante que hoy conocemos. Tampoco fue posible obtener otra prórroga, como la que se le otorgó en 2010 y que le permitió atender hasta el mes que acaba de terminar.

“Mira, aquí está mi papá, el fundador del César”, comenta con la voz quebrada, mientras nos muestra una foto que saca de un sobre. La imagen es de César Augusto Rojas Araya. El mismo garzón del Gran Hotel al cual, en 1932, el alcalde Diego Sutil le propuso construir un quiosco para vender sandwiches y bebidas. Y le dijo que bueno. Poco a poco la estructura cubierta con totora empezó a crecer y se fueron sumando mesas. Y clientes. Cientos de ellos.

Desde los 13 años, Ana Luisa se involucró en el negocio familiar. Mientras ayudaba a su padre en la venta de bebidas, no perdía detalle de todo lo que pasaba en la playa. Sobre todo para el año nuevo, cuando la gente empingorotada de la época bajaba de traje largo a celebrar.

¿Quiénes han venido a comer al César? “Todo el mundo”, se apura en responder. “Aníbal, ¿Por qué no te sientas un ratito con nosotros para hacer memoria?”, le pregunta a su mano derecha, quien está sumergido en la mudanza.

Para empezar, la familia Piñera. “Don José, el padre del Presidente, era uno de nuestros clientes más queridos. Siempre alojaba en el hotel que teníamos al lado de la plaza y bajaba al restaurante a almorzar. Solía decirnos chiquillas, vengan a tomarse un café o un whiskicito conmigo. Era la maravilla, muy encantador”, recuerda Rojas. Desde la cocina, Aníbal, quien lo atendió muchas veces, retoma el relato: “había que calentarle el café con leche como 6 o 7 veces porque era tanta la gente a la que saludaba, que se le enfriaba todo el tiempo”.

Y el gusto del padre pasó a los hijos, pues asiduo al local eran Pablo Piñera, gerente general ejecutivo de BancoEstado, o Cristóbal, el hijo del Presidente, quien incluso fi rmó el libro para apoyar a la familia Rojas. Las historias son varias: por ejemplo, cuentan que el Negro cantó en el restaurante cuando volvió de sus años en Estados Unidos. “Vinieron todos, incluso el actual arzobispo emérito de la Serena, Bernardino Piñera. Los convidamos a alojar al hotel, fue súper simpático”, recuerda Ana Luisa.

El vale de los Matte

Si hay algo que ha caracterizado al César es su simpleza. Mesas rojas sobre las que descansan ceniceros de conchas y, de fondo, una insuperable vista. Algo que no ha cambiado en toda su historia, ni siquiera cuando Ana Luisa Rojas levantó el actual local, hace 15 años. ¿Por qué es tan famoso, entonces? “Por la atención y la buena comida”, se apresura a decir la jefa. “Es un lugar familiar. La gente nos conoce de años. Tanto que nos saludan de beso. No hay como tomarse un aperitivo al lado de la playa o sentarse en traje de baño a comer unos canapés”, agrega Aníbal. Otro ingrediente clave ha sido la confi anza. “El César es como estar en casa. Muchas veces los clientes te dicen no tengo plata y te fi rman un vale. Y vienen a pagar después”, confi esa Ana Luisa.

Esa tradición bien la conoce César Díaz, nieto del fundador. De hecho, cuenta que los Matte –que tienen casa cerca de la caleta– “todavía tienen unos vales pendientes, pero da lo mismo, sé que me los van a pagar después. El César es una casa: si no tienes plata en el momento pagas después, un privilegio que no dan en ninguna parte del mundo”, comenta César, quien solía ir a pescar con el actual ministro de Justicia, Felipe Bulnes, cuando eran niños. “Me pasaba a buscar con la cajita de pesca. Me invitaba a tomar té a su departamento y yo lo invitaba a comer al restaurante”, recuerda. Su madre complementa la historia: “al conejo Bulnes lo conozco desde los 7 años. Lo veo así crespito, sentado en el bar pidiendo bebidas y dulces”.

Verano o invierno. El César siempre tenía sus puertas abiertas. No importa si era lunes o sábado. Tampoco, que hubiera sólo una mesa ocupada. “Aquí han pasado un montón de copuchas, ha habido varias peleas, pero no se pueden contar”, comenta la dueña, haciendo gala al dicho al césar, lo que es del César.

“Una vez me llamó un senador en pleno invierno para preguntarme si tenía abierto. Eran como las 10 de la noche y llovía. Le dije que lo esperaba. Vino con su señora y después de cenar se fueron a la playa. Al día siguiente tuve que recoger los vasos que estaban botados en la arena”, recuerda entre risas el nieto del fundador, guardando la identidad del trasnochador honorable.

¿Por qué no a mí?

De platas, mejor ni hablar con la patrona. Lo suyo es la compra diaria de mercadería y asegurarse de que los clientes estén bien atendidos. No sabe cuánto facturó este año, ni tampoco el pasado. “No tengo idea, nunca he sabido, jamás he tenido plata, tampoco. En mi vida he hecho malos negocios. El César me permitía vivir”, dice. Es su hijo el que está a cargo de los números y el responsable de conseguir un socio capitalista para postular a la licitación. Junto a los arquitectos Camilo Ariztía y José García de la Huerta, clientes del lugar, trabaja en el diseño que exige la municipalidad. La idea, anota el hijo, es hacer remodelaciones en los baños y la cocina –entre otros arreglos–, pero siempre manteniendo su clásica estructura. El trabajo implicaría una inversión de unos 50 millones de pesos.

Mientras él ve las lucas y los planos, madre se ha concentrado en conseguir el apoyo de las principales familias del balneario. “Cuento con el respaldo de todos los veraneantes: los Eyzaguirre, los Letelier, los Ovalle, los Del Villar, don Gabriel Valdés, un montón de gente importante”, señala con sus manos llenas de joyas, mientras muestra el libro en el que ha reunido más de 700 firmas.

Sin embargo, sabe que tampoco tiene el camino muy fácil, pues son varios los que tienen echado el ojo a este privilegiado lugar de la costa vip chilena y podrían ir a la licitación. Por ahora, al menos, está claro que enfrentará la competencia de Jorge Valdés, un garzón que Ana Luisa trajo hace un par de años de Viña, quien se unió al empresario Rodrigo Danús para ir a la contienda.

Pero la esperanza no la ha perdido. Y mientras desarman mesas y siguen cargando cajas, ella está confiada. “Voy a recuperarlo. Como dijo el alcalde, esto depende de la comunidad. Y si todos ellos están conmigo y voy a hacer bien las cosas, ¿por qué no me lo van a dar a mí?”