El ministro del Trabajo reconoce que ha sido complejo abordar el proyecto de reducción de jornada de 45 a 40 horas impulsado por Camila Vallejo y Karol Cariola. “No es fácil enfrentar el populismo y la demagogia”, dice. Y frente a quienes dicen que ha sido la diputada comunista la que ha puesto la música en este debate, él responde: “No importa quién pone la música si la música es mala”.

  • 26 septiembre, 2019

Han sido meses difíciles para el ministro Nicolás Monckeberg. Pareciera que la agenda laboral se le hubiera ido de las manos con la presentación del proyecto de reducción de jornada de 40 horas. Ha sido una batalla dura en lo comunicacional y también en lo político. El gobierno no tiene mayoría en el Congreso para detener la iniciativa impulsada por las diputadas comunistas Camila Vallejo y Karol Cariola. Pero además porque se instaló un clima de opinión pública a favor de bajar las horas de trabajo. Así las cosas, uno de los caminos que le va quedando al gobierno es impugnar el proyecto declarándolo inconstitucional. La batalla recién comienza.

-A usted le ha tocado enfrentar uno de los proyectos que tiene aristas políticas, económicas y sociales. ¿Cuál es su estrategia para abordar esta discusión?

-Creo que a estas alturas, a nivel técnico, no hay dos opiniones: cualquier análisis en profundidad, muestra que el proyecto del PC de rebajar la jornada a 35 o 37 horas, es un mal proyecto. Por tanto, aquí se requiere una discusión mucho más profunda y seria de la que se ha hecho.

-¿Pero cuál es la estrategia para enfrentar ante la ciudadanía esta discusión, que tiene mucho de comunicacional?

-Lo más importante es hacer todo el despliegue comunicacional que sea necesario para que se diga la verdad y no se siga engañando a los trabajadores. Nadie puede pretender decir, ni menos asegurar, que con este proyecto no van a bajar los sueldos de los trabajadores. Todos sabemos que no se va a pagar lo mismo si alguien que hoy tiene una jornada de 45 horas –de una pequeña o mediana empresa– pasa a tener 35 horas. Esa es la verdad. Y estoy seguro de que cuando la ciudadanía conozca los efectos reales de este proyecto, va a empezar a tomar distancia. De hecho, eso ya está sucediendo.

-¿Ese debate, de alguna manera, no está hecho ya?

-Nosotros vamos a impulsar decididamente una profundización del debate tanto en el Congreso como en la sociedad. Pondremos todos los elementos arriba de la mesa porque aquí se está jugando con el sueldo y el empleo de muchos trabajadores. Yo respeto a Camila Vallejo y a Karol Cariola, que quieren promover festivales de las 40 horas. Pero mi misión como ministro no es promover festivales, sino que estudios que garanticen que ninguna rebaja de jornada se haga a costa del empleo ni menos implique una disminución de sueldos.

-¿Declarar inconstitucional el proyecto cierra el debate o lo abre?

-Aquí no se trata de una opción. Tenemos la obligación de reclamar la inconstitucionalidad del proyecto. Todo país serio tiene que hacer respetar las reglas de la legalidad y la Constitución. Y si permitimos que un grupo de parlamentarios, del partido que sea, se arroguen facultades y competencias que no tienen, sentamos un precedente gravísimo para Chile.

-Frente a una opinión pública que percibe que ese proyecto es a su favor, ¿no es una mala estrategia echar mano a la inconstitucionalidad? Es como un argumento lejano, ¿no?

-Esto va más allá de cualquier estrategia comunicacional. Es una obligación legal para cualquier gobierno. Es muy serio cuando las autoridades empiezan a arrogarse atribuciones que la ley expresamente no les confiere.

 

¿Quién pone la música?

-¿Qué tan difícil ha sido para usted tener que enfrentar a dos líderes carismáticas como Camila Vallejo y Karol Cariola, que supieron recoger un sentir ciudadano?

-El peligro del populismo y de la demagogia es precisamente eso: que promueve propuestas que habitualmente tienen una primera gran aceptación ciudadana, pero cuyos resultados, a poco andar, terminan causando daño. No es fácil enfrentar el populismo y la demagogia.

-¿Usted diría que ellas son parlamentarias populistas?

-Le reitero: no es fácil enfrentar el populismo y la demagogia. Ante la presentación de un proyecto que ofrece trabajar un 20 por ciento menos por el mismo sueldo, ¿quién puede oponerse? Aquí el libreto es el mismo en todas partes. Y la herramienta que usa el populismo es evitar un debate técnico y profundo que desnude la falta de sustancia y de realidad del proyecto. En este caso, expertos, técnicos y profesionales de izquierda, de centro y de derecha han sido enfáticos en advertir los problemas que podría causar esta iniciativa.

-¿Por qué cree que se contrapone con lo que dice la opinión pública a través de las encuestas?

-Desde que el proyecto se presentó, solo ha caído la aceptación…

-Pero sigue siendo mayoritario el apoyo.

-Por supuesto. Pero desde que el proyecto se conoció como un eslógan, hasta hoy solo ha disminuido la aceptación de los trabajadores. ¿Sabe por qué? Porque la gente se empieza a dar cuenta de que sí se van a afectar los sueldos. Entonces, si bien es cierto hay una aceptación todavía mayoritaria, por primera vez en las encuestas, por ejemplo Cadem, se muestra que son muchos más los chilenos que ven que este proyecto va a perjudicar a las pymes y los sueldos de los trabajadores.

-Hay quienes dicen que Camila Vallejo ha puesto la música en este debate, ¿lo asume usted?

-Es evidente que Camila Vallejo ha logrado, sin duda, que este proyecto se discuta y esté en la agenda legislativa. También hasta ahora ha sido exitosa en evitar y rehuir el debate profundo y serio, y ha logrado que una mayoría –a mi juicio con muy poca responsabilidad– de parlamentarios avale una tramitación inédita y sin precedentes en el Congreso. Se impidió que personas preparadas, de gremios, de sindicatos, entregaran su opinión. Los economistas de izquierda señalaron que el proyecto es malo y ella responde que no le importa la opinión de los economistas. En todo caso, aquí poco importa quién pone la música cuando la música es mala.

-¿La diputada le ganó el gallito comunicacional, por lo menos hasta ahora?

-No me he detenido ni me voy a detener un minuto en analizar los rankings de popularidad ni los gallitos comunicacionales. La única pelea comunicacional que me debe quitar el sueño como ministro es que a los trabajadores se les diga la verdad. La labor de un ministro del Trabajo no es decir cosas populares para que me aplaudan. Con el sueldo de las personas no se pueden hacer gallitos de ningún tipo.

-Las diputadas Camila Vallejo y Karol Cariola fueron líderes en el movimiento estudiantil de 2011 y complicaron al primer gobierno de Piñera. ¿No tiene temor de que le pueda pasar algo parecido?

-No podemos jugar a hacer política con el sueldo de los trabajadores. Y hoy la única batalla comunicacional que quiero ganar es la de decirles la verdad. Son demasiados los desafíos que tenemos en materia laboral como para andar preocupados de ganar gallitos de popularidad a costa de las personas. Y le aseguro que este proyecto de ley, mientras más se conoce, menos trabajadores lo van a apoyar. Al final de cuentas, todos quieren mejorar su calidad de vida, pero no a costa de su pega.

-¿Le preocupa que, si el Festival de las 40 horas logra gran convocatoria, pueda ponerlo en jaque a usted como ministro?

-Mi único temor es que este proyecto ponga en jaque los sueldos de los trabajadores. Seamos serios. Yo pido responsablemente que hagamos menos farándula en torno a un proyecto que afecta el sueldo de miles de personas. Escuchemos a los expertos y saquemos adelante un proyecto que mejore de verdad la calidad de vida de los trabajadores.

La misión

-Ministro, ¿se ha sentido solo en esta batalla?

-No, no me he sentido solo. Entendiendo que es un tema difícil, complejo, impopular. Mi rol principal es que a los trabajadores no se les engañe. Y esta preocupación y esmero la comparto a diario con el ministro de Hacienda, de Economía y particularmente con el Presidente de la República. Pero, además, yo nunca pensé que ser ministro del Trabajo era una carrera por tener popularidad. Todo lo contrario. Mi misión, más que ser el ministro que más aplaudan en la fonda, es ser un ministro que diga la verdad con más claridad. No es justo que algunos pretendan crecer en las encuestas, asegurar su reelección, a costa de causarles un daño a los trabajadores.

-¿No ve nada genuino? ¿No cree que haya un interés para que la gente tenga más calidad de vida?

-No pongo en duda las intenciones que puedan tener las diputadas del Partido Comunista con este proyecto. Es más, las comparto. Todos queremos mejorar la calidad de vida de las personas, que tengan más tiempo libre y jornadas de trabajo más compatibles con su familia. Y a eso apunta el corazón de nuestro proyecto de adaptabilidad, flexibilidad laboral y reducción de jornada que estamos tramitando en el Senado.

Pero la verdad es que una rebaja de jornada a 35-37 horas, en forma brusca y sin mejora en la productividad, inevitablemente va a empeorar la calidad de vida del trabajador porque va a implicar una merma de sus sueldos. Es hora de hablar con la verdad.

-Por ejemplo…

-Por ejemplo, en Chile hay 13 mil panaderías que dan empleos a cerca de 60 mil personas. Hoy funcionan con 3 turnos de 8 horas. Si se aprueba ese proyecto de ley, todas esas panaderías se van a ver obligadas a tener cuatro turnos, lo cual implica un aumento de costo en un 33 por ciento. Ante eso hay dos opciones: o suben el precio del pan en la misma proporción o bajarán el sueldo de los trabajadores, y el que no pueda hacer  ninguna de las dos cosas, probablemente, cerrará. Esto es la realidad. Por eso es que me preocupa cuando las autoras del proyecto se niegan a debatir y escuchar estos argumentos técnicos.

-Usted fue parlamentario por muchos años. ¿Hoy cuesta más gobernar, es más difícil?

-La oposición que conocimos en el pasado era muy distinta. Salvo el esfuerzo aislado de un grupo de parlamentarios de la DC, independientes o algunos senadores, vemos una izquierda mucho más enfocada en obstruir, en hacer gallitos con el gobierno sin importar si eso afecta o no a los ciudadanos. Esta es una izquierda mucho más preocupada de ganar batallas comunicacionales que de cambiarle la vida para bien a la gente.

-¿Y cómo era antes?

-Un ejemplo: cuando yo era parlamentario, los acuerdos internacionales se aprobaban por unanimidad. Hoy, el TPP se aprobó por apenas un par de votos en la Cámara de Diputados. Otro ejemplo: el proyecto que les otorga derecho universal a sala cuna a todas las madres trabajadoras. Es un cambio radical, revolucionario a favor del empleo de la mujer, pero algunos parlamentarios lo detienen, lo trancan, únicamente porque quieren que la entidad que recauda y paga el beneficio sea cien por ciento pública, como si aquello le importara a una mujer que busca trabajo y no puede aceptarlo porque no tiene con quién dejar a su hijo. Eso demuestra un grado de ideologización excesivo. Yo, como ministro del Trabajo, quiero ser enfático en esto: no estoy dispuesto a seguir condicionando el empleo de muchas mujeres al capricho ideológico de unos pocos.

-Pero no tiene muchas alternativas tampoco…

-Entonces, haremos respetar las urgencias y aquellos que realmente voten en contra tendrán que explicarle a la ciudadanía. En esto vamos a exigir coherencia. Muchos hablan de lindos discursos de igualdad de derechos entre hombres y mujeres, pero a la hora de aprobar el proyecto más importante que garantiza aquello, pretenden votar en contra.

-¿Diría que este debate lo ha distraído de su agenda laboral, lo ha sacado de esa carretera?

-Efectivamente, el principal daño es que parece que algunos no han visto ni quieren ver los tremendos desafíos, oportunidades y amenazas que hoy enfrenta el mundo del trabajo en nuestro país. La OCDE señala que cerca del 50% de los empleos en Chile son susceptibles de ser automatizados producto de las nuevas tecnologías. Y eso nos impone un desafío gigantesco de capacitación, como ya lo estamos haciendo con la reforma en el Sence. Ahí se juega el partido más importante para defender a los trabajadores y garantizarles una mejor calidad de vida. Pero Chile no tiene derecho a pasarse un año entero discutiendo una rebaja de jornada totalmente desvinculada de la realidad y de la modernidad laboral. Tenemos que hacer los cambios. Las nuevas oportunidades no llegarán cruzándonos de brazos ni mirando a cielo y esperando que el maná caiga, como el pueblo escogido.