Esta isla lejos de todo y cerca de nada es un planeta aparte. Su gente, sus tradiciones, su acervo cultural, está entre lo más desorbitado y diferente que el mundo globalizado pueda ofrecer hoy por hoy. Gane o pierda su postulación a las Siete Maravillas del Mundo Moderno, Rapa Nui es en sí un portento […]

  • 15 junio, 2007

Esta isla lejos de todo y cerca de nada es un planeta aparte. Su gente, sus tradiciones, su acervo cultural, está entre lo más desorbitado y diferente que el mundo globalizado pueda ofrecer hoy por hoy. Gane o pierda su postulación a las Siete Maravillas del Mundo Moderno, Rapa Nui es en sí un portento geográfico e histórico. Y un lugar increíble para vivir un tiempo. Fue lo que el autor de esta crónica hizo.
Por Alejandro Gouhaneh

 

Mientras fui isleño, cada cierto tiempo despertaba con instintos un poco salvajes. Me asaltaban ideas raras. Poner una buena carga de amongelatina en algunos monumentos arqueológicos. Hacer saltar el entorno en mil pedazos. Organizar una masacre tipo Virginia en alguna disco. Menos mal que esas oscuridades se me disipaban luego. La isla es demasiado acogedora y al otro día ya estabas organizando un exquisito tunu ahi de atún y toremo a la parrilla, en la idílica playa de Ovahe, observando una maravillosa puesta de sol, de esas que solo se pueden ver en las películas.

Efectivamente así, de postal, es Rapa Nui, la isla real. La verdadera. La única. La intensa. En ninguna parte del mundo las alegrías son más arrebatadoras que allá. Uno podría llegar a jurar que ahí está el paraíso. Pero, vaya que se viven con intensidad las penas en esas latitudes. Agónicamente. Devastadoramente. Con un sentido de la inmensidad comparable al de esos mares interminables y omnipresentes que uno ve todo el día.

Viví más de cinco años en Rapa Nui y sobreviví. Trabajé durante ese tiempo en una empresa de alimentos que abastecía a los aviones. No sé si sea el mejor lugar del mundo para trabajar. Pero puede ser un buen sitio para irse a hacer pedazos por algún tiempo, corto. O para ir a hacerse uno pedazos para siempre, como lo ha hecho mucha gente que terminó allá escapando de un mundo que le parecía atroz.

Esta es la famosa isla de los misterios. Lejana, solitaria, pacífica. Y chilena, por esas cosas de la vida.

Pascua junta en tierra firme a una comunidad donde conviven isleños (sus únicos y reales dueños), extranjeros (de todo tipo y clase), turistas permanentes y turistas en tránsito. Es un total no son más de 4 mil almas. Todas bastante acostumbradas a un ritmo relajado y cansino en el desarrollo diario de sus actividades.

Algunos miembros de este exclusivo resort del Pacífico trabajan en serio. Pero la mayoría pesca, baila, pasea en motocicletas, va a los asados y se prepara para el Toroko o el Piriti. Son las dos grandes instituciones vitalicias de la isla, que a su vez son las mejores discotecas en que he estado en mi vida. En serio. ¡Qué Pacha! en Buenos Aires o ¡qué Tunnel en Nueva York! Aquí se vive la fiesta verdadera, con una música tan ecléctica que va desde la pascuense, el zouk polinesio, pasa por Tom Petty (verdadero icono pop, para los isleños), Matato’a y AC/DC. Sagradamente todos los viernes y sábados la isla entera se apretuja en estas alegres y regadas manifestaciones. “El pedido” –así le dicen a la botella de pisco con su correspondiente bebida– la lleva. Viva Chile.

Los isleños viven con alegría. Era que no. Por eso dividen el año en dos. Es decir, seis meses para preparar la Tapati Rapa Nui, su célebre fiesta cultural, donde diversas familias compiten por la elección de la reina. Y los otros seis, para comentarla, chismearla, analizarla y celebrarla.

La Tapati, una especie de carnaval de Río polinésico dura 15 días –sí, 15-, se realiza en febrero y es puntualmente, cada temporada, la noticia del año en la isla. Cuando concluye, el nivel de estrés alcanzado por los organizadores, participantes y familias en general es tan alto que obligadamente todos se toman unos días de descanso en el campo. ¿Quién dijo que las fiestas descansan?

El campo es el campo. Los isleños se lo toman tanto o más en serio que los huasos en Colchagua. Con qué ropa, dirá usted. Bueno, con poca, con la que usan. Porque mientras las actividades diarias se desarrollan en la congestionada parte urbana, Hanga Roa, las merecidas vacaciones se toman a unos 18 kilómetros. Ahí los isleños se van de camping, pescan, realizan sus tunu ahis, se toman sus buenas pias (cervezas) y se relajan de las tensiones de la vida “urbana”. Toda la razón.

EL COMIENZO DEL SHOW

El día en que pisé por primera vez la losa del aeropuerto Mataveri me sentí en otro mundo. Al margen del asfixiante calor húmedo, parecía uno más de los invitados de La isla de la fantasía, pero sin Ricardo Montalbán ni Tattoo esperándome. Aunque había exóticas morenas bailando y repartiendo collares de flores a los fascinados visitantes –en su mayoría europeos y gringos– en mi cabeza rondaba cierta preocupación. Mal que mal había llegado solo con un pasaje de ida.

La casa que arrendé estaba bastante bien. Aunque no era muy grande, era lo suficiente cómoda para mí. Agradable vista al mar, cortinas de totora, suave box spring y espacioso taupea (terraza). Y, lo más importante, un 4×4 estacionado afuera.

Poco a poco, comencé a sentirme en el paraíso. Bastaba darse una vuelta por el pueblo para apreciar la belleza del paisaje y ese tostado natural tan atractivo de sus mujeres. Son seductoras y lo saben. Para ser un simple tire (chileno), no estaba nada de mal. La pega estaba buena, comía de maravillas y el clima era ideal.

A veces cuando llegaba a mi casa cansado y con ganas de dormir, el Tío Pobre por lo general me estaba esperando en mi living con un ron con Coca-Cola. El problema es que el Tío, que de pobre no tenía nada, era el arrendador y yo el arrendatario. El tipo nunca logró entender estos roles. Como la casa era suya, pensaba que la podía seguir usando, no obstante habérmela cedido en arrendamiento. Pero no: el dueño de casa seguía siendo él.

Nunca logré sacarlo de su confusión. Cambié cerraduras, hablé con él, me mostré hosco cuando el asunto se repetía. Nada. El Tío siempre encontraba la manera de entrar. Pero era ubicado, eso sí: cuando notaba presencia femenina, golpeaba fuerte la puerta y ofrecía potus (cigarros), se sentaba cómodamente y se largaba a contar sus innumerables historias de la época de la Williams & Balfour. Por esa época, Rapa Nui lo pasó muy mal.

{mospagebreak} A pesar del Tío, que en el fondo era una muy buena persona, de los frecuentes temporales, de la apatía de ciertos isleños y de la dictadura de TVN, (gracias a Dios, hace un tiempo llegó La Red) me fui acostumbrando a la isla de modo que dejaron de sorprenderme o paralizarme cosas que al comienzo me parecieron surrealistas. Es fuerte, es violento, ver Medianoche de TVN con el sol pegando fuerte sobre mi ventana. No es fácil acostumbrarse al nivel de precios. Todo es caro y el peso chileno convive con el euro y el dólar. Una cosa buena: allá no hay impuestos ni boletas. Otra, no sé si buena o mala, es que ningún extranjero puede comprar un bien raíz, de suerte que los inversionistas del continente tienen que asociarse a un local para llevar adelante algún proyecto allá. Y, otra extravagancia, en la isla algunos de los presos andan libres en el día. El régimen carcelario, de hecho o de derecho, es más benévolo y solo en la noche quedan recluidos.

En mi tiempo libre, iba a Anakena, una de las playas más hermosa que he conocido. Me tiraba en la blanca arena con un par de dulces piñas. Generalmente, no había nadie. Los isleños son más amigos de las rocas que de las arenas. De pronto era tal el relajo, que daba gusto escuchar un par de puteadas a lo lejos. Era la Pule (de pulenta), la conocida nua (tía), buena para los garabatos. Sí, la misma que entrevistó la Vivi Kreutzberger en su programa del 13. Ahí, eso sí, la tía fue una lady. Me sorprendió verla en versión light.

Al final terminamos íntimos. Pero el primer día en que pasé frente a su hare mauco (kiosco de pasto) no fue especialmente versallesco. “Para dónde creís que vai, mauco (pasto) tal por cual”. Ese fue saludo de bienvenida. A Iorana, atiné a responderle con toda la amabilidad que en ese momento pude. Lo que yo no sabía era que al pasar cerca de ella había que rendirle una suerte de tributo. Nunca es tarde para aprender. Desde ese día, cada vez que llegaba a Anakena, parecía guardia de palacio cuando pasaba frente a su boliche.

Lentamente –porque tampoco soy la mente más brillante que ha pisado esas tierras– me fui familiarizando con los códigos de la isla y, esta sí que es gracia, su endiablada lengua. El Rapa Nui carece de verbos y géneros. Háganme ésa. Para ellos no es problema y lo hablan con especial ímpetu. Pero para cualquiera el desafío es un incordio.

También me fui metiendo en la idiosincrasia. La gente es muy diferente y no especialmente hospitalaria al primer contacto. Aunque nunca logré comprenderlos del todo, sí creo que generé con ellos una relación de confianza. Cuando eso se produjo, empecé a ser conocido y aceptado. Me saludaban todos en la calle, algunos hasta cinco veces diarias. Ya tenía cuenta en el Aloha, el bar de moda, usaba camisa de pareo, pañuelos en mi cabeza y estaba más tostado que un huiro: intentaba vivir la isla y ser parte de ella.

LA ISLITIS

Después de unos meses, mi situación laboral y personal evolucionó de menos a más. Comencé a “establecerme”, aun cuando nunca supe si era eso lo que quería. Después caí en crisis. En la isla las lluvias pueden ser imparables, los vientos fuertes y los días tristísimos. Y pueden durar semanas. Un día comiendo unas deliciosas empanadas de atún donde la Tía Berta, mi buen amigo José Luis Gutiérrez, en ese tiempo dueño del mítico restaurant Azul Tahai, comentó sin tapujos: “Vivir en la isla es como hacer el servicio militar del espíritu”.

No es que empezara a creerme monje budista. Pero ahí comprendí el famoso término “islitis”. Eso de no tener claro cuándo regresarás a casa ni cuánto tiempo estarás sin viajar. Estás solo y rodeado de puro mar. Por eso cada vez que despegaba el vuelo 834 de los jueves, me invadía inconscientemente una enorme angustia. Una suerte de niebla espesa y farragosa. No habría otro avión hasta el sábado. A esas alturas, ese avión era tan importante para mí como el yate en la playa para los personajes de Lost. Esos vuelos representaban en mi imaginario la posibilidad de la fuga. Si bien yo no estaba en Rapa Nui por culpa de un accidente aéreo, como en la serie, juro que en algunos momentos los isleños eran para mí “los otros”. Y yo, bueno, un sobreviviente del vuelo 815.

En esa época –de qué se extrañan– me volví hipocondríaco. Incluso cuando el único médico cirujano del Hospital Hanga Roa viajaba a Santiago, me encomendaba a todos los santos para que me libraran de eventuales apendicitis, envenenamientos o problemas cardiovasculares. Bueno, si se quiere me la busqué, porque con ese cuadro anímico no tiene nada de raro que, a raíz de la picadura de un bicho, me haya agarrado el temido dengue. Fueron siete días con casi 40 de fiebre, tiritones mañana, tarde y noche, dolor de huesos y malestares surtidos. Estuve bastante a mal traer, pero gracias a Dios no necesité un quirófano ni menos al muy requerido cirujano.

Cuando me recuperé y regresaba a la normalidad, recibí una gran noticia: la inauguración de la primera farmacia en pleno centro de Hanga Roa. ¡Pude respirar un poco más tranquilo! La farmacopea occidental al menos iba a estar a mi alcance.

Superada la convalecencia, comencé a salir. Me mezclé más con los isleños e incluso traté de adoptar sus costumbres, aunque eso implicara brindar Manuia paka paka (salud al seco) más veces de lo debido, trasnochando casi todos los días.

Conocí gente, como el Cacho Ika, la Tía Rosario Tuki y su marido El Gory, la Tía Olivia y, sobre todo, el Tío Emilio y Mote, todos sin excepción muy cariñosos y hospitalarios. Fue una época entretenida. Me tocó compartir unas cervezas con Axl Rose, el líder de los Guns N’ Roses, comimos ceviche de atún con Miguel Bosé en el taquillero restaurant El Jardín de Mau y cantábamos con las primas Tuki y las Riroroco en las famosas fogatas de Anakena con luna llena. Aprendí a tocar el ukelele y a entonar canciones antiguas de la isla. Mi favorita, Esperando la llegada del avión, era una proyección demasiado obvia de mis biorritmos interiores.

En ese periodo, también se unió al grupo mi ex tío, Guillermo Durruty. Hombre mayor, dentista y amigo de mi padre. La isla lo transformó hasta cambiarle el nombre. Ahora era común verlo con pañuelos en la cabeza, con una cervecita en la mano y cerrando el Toroko al amanecer. Ya no era mi tío. Ahora pasó a ser mi amigo. Y tampoco era Guillermo. Ahora se hacia llamar Here Pata. La isla le había devuelto la vida.

Guardando las proporciones, a mí también me ocurrió otro tanto. Porque conocí el amor (mahatu), y escuché el clásico te quiero (hanga au kia koe) en una lengua diferente a la mía. La familia de ella me recibió con los brazos abiertos, con una hospitalidad que todavía emociona. Lo pasé muy bien y la quise mucho. Y no obstante que la cosa iba bien encaminada, al final, como suele pasar muchas veces en la vida, el desenlace no estuvo a la altura de la experiencia.

Como traté de dar vuelta la página con la mayor rapidez posible, me concentré en el deporte. Recorrí la isla entera y la convertí en un gimnasio. Bicicleta, caballo, trote, caminatas… Había que quemar energía y malas vibras. La experiencia de andar a caballo con los yorgos, que son los isleños más radicales, que viven el campo y visten ropas de camuflaje, es total. También lo era ir caminando de Hanga Roa a Anakena por los acantilados. Una aventura alucinante que tomaba unas seis horas. Un espectacular paisaje, un silencio majestuoso y mucha adrenalina por los riesgos de la travesía.

{mospagebreak} Por supuesto –tan bruto no soy– también me contacté con esa cultura milenaria y enigmática. Podría hablar horas de la ciudad ceremonial de Orongo, Rano Raraku (la fábrica de los moais), Ahu Akivi (los únicos moais que miran hacia el mar), el Ahu te pito o Kura (donde está la piedra redonda de La Perousse) y el alucinante volcán Rano kau, situado a nivel del mar. A propósito de maravillas no he dicho que Orongo es lejos mi lugar favorito de toda la isla. No viene al caso hacer de esto una larga historia, pero valga consignar que en ese lugar, con mi mujer, hicimos lo más grande de nuestra vida. Ahora tiene dos años y cuatro meses y se llama Alejandrito.

Bueno, durante mi fase pascuense me empapé de la gran Historia y de pequeñas historias increíbles. Como la de Orlando Paoa, quien a los 14 años, en 1955, junto a cuatro arriesgados isleños, sustrajo un bote de la Armada para buscar nuevos horizontes. Tras 55 días de navegación, el grupo logró llegar a las Islas Cook. Recorrieron, sin proponérselo, 5.444 kilómetros. Sin documentos, con lo puesto y bebiendo agua de mar para no morir deshidratados. “Llegamos de noche. Nos dieron una bienvenida con una fiesta. Lo que más recuerdo es que no podía caminar, después de tantos días sentado en un bote de siete metros”, contaba años después en el comedor de su hotel Hotu Matua, el ahora empresario Orlando Paoa.

En materia de cuentos la isla es un cofre sin fondo. Muchas noches terminaba aterrado con las leyendas de los varuas (espíritus), contadas por los koros (abuelos) en las cálidas noches de Hanga Roa. Aunque jamás vi algo raro –nadie me apagó la luz, nadie se sentó en mi cama (nadie que yo no quisiera, al menos), nadie me corrió las cosas– los más antiguos solían decir que los espíritus vagaban por la isla como la gente en el Paseo Ahumada.

LA DESPEDIDA

Después de unos buenos años, llegó el momento de volver. En el fondo, creo que nunca dejé de ser un ratón de ciudad. En Santiago no tenemos ni mangos ni guayabas, pero hay buen café espresso. Algunos amigos siempre me preguntan si no extraño mi vida anterior. En realidad, cuando me baja la nostalgia, agarro el auto y parto de inmediato a un mall. Así me descomprimo. Aprovecho de sentarme cerca de las palmeras. Me vuelo con los paisajes paradisíacos que muestran las oficinas de las líneas aéreas en sus ventanales. Y mientras observo el entorno, creo que padeceré de la misma “saudade” del goleador Romario cuando jugaba en Europa y extrañaba Brasil. Pero no. Quienes hemos estado en Rapa Nui, conocemos el poderoso imán que ejerce la isla. Sabemos de su mana (energía) y fuerza. Pero también sabemos en nuestro interior que volveremos. Aunque sea por unos días y como simple turista.

Cuando vuelva, espero que ya sea oficialmente una de las siete maravillas del mundo.

 

EL ARIKI PETERO

Petero Edmunds es todo un personaje. No hay mejor anfitrión que él para un destino de ensueño. De voz potente, carismático y con una personalidad que nada tiene que envidiarle a Hugo Chávez, el alcalde de Rapa Nui no deja indiferente a nadie. Pero, a diferencia del presidente venezolano, Petero no cierra los medios ni anda bravuconeando como matón de barrio con plata. Nada de eso. Petero sabe utilizar los medios; intuye que le sirven para explicar sus políticas comunales o dar consejos prácticos a la población. El mediático alcalde cuenta con un programa propio en radio local, Manukena, donde todos los miércoles revienta el rating, con sus in superables monólogos al estilo Bonvallet. De antología resultó el día en que exhortó a los habitantes de Tepito tehe nua a “hacer más el amor”. No hubo más que obedecerle.

Muy admirado por la mayoría, Petero también es muy criticado por algunos isleños. Pero su liderazgo nunca ha sido cuestionado. De hecho, bajo su mandato, Isla de Pascua ha experimentado un gran impulso turístico y comercial. Y, contrariamente a lo ocurrido en el pasado, ya no es mirada con indiferencia por los medios de prensa y el gobierno central.

Edmunds, sin saberlo, es un graduado en marketing y relaciones públicas y aparece hoy como el único líder capaz de dirigir los destinos de la isla. Mientras compartimos un agradable desayuno en un hotel de Providencia, que a estas alturas es como su casa, Petero comenta muy entusiasmado que conversó unos minutos en CasaPiedra con Al Gore. El hombre por lo visto no sabía que de los 15 mil habitantes que la isla llegó a tener en el período conocido como Ahu Moai (entre siglo X y el XVII, se calcula), la población después cayó a unos cien sobrevivientes, por efecto de sangrientas guerras intestinas. “Fueron ellos quienes perpetuaron nuestra cultura”, dice Petero.

Alcalde de Rapa Nui desde 1994 (ha sido reelecto en tres ocasiones), Petero asegura que mientras su familia, Dios y la ley se lo permitan, seguirá postulando a ese cargo hasta que le dé puntada. Petero se ofende cuando le comentan que en Rapa Nui son anticontinentales. “Donde más antichilenismo he visto es acá mismo, en Chile continental”, y sin pausa alguna prosigue con el famoso tema de lo poco trabajadores que son los isleños. “Con la maravilla de isla que Dios nos dio, teniendo un enorme mar de donde extraer alimentos, yo me pregunto que para qué queremos más”.

A pesar de ser DC, su relación con los gobiernos de la Concertación no ha sido la óptima. Si bien el 6 de mayo del 2006, la presidenta Bachelet fue nombrada miembro del Consejo de Ancianos de Rapa Nui (máximo organismo representante de la etnia), Petero reconoce no tener mucha cercanía con La Moneda. Amable y risueño como siempre, Petero el verdadero rey (Ariki) de la isla actual, se despide con un recado para el gobierno: “Estoy abandonado por mi amiga y hermana Michelle Bachelet”.

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UN PASADO DE INFAMIAS

Pascua fue incorporada al territorio chileno en 1888, luego que el oficial de marina Policarpo Toro tomara posesión oficial de la isla. Por décadas los pascuenses vivieron privados de sus derechos en relación al uso de sus tierras, arrendadas según sucesivos contratos por el Estado de Chile al comerciante francés Enrique Merlet, que luego se asoció con la empresa inglesa Williams & Balfour, de Liverpool, la cual continuó hasta 1952 con la explotación del territorio insular oceánico. Lo que hizo la compañía inglesa fue trabajar y depredar la isla. Administró el territorio como un gran fundo, valiéndose incluso de mano de obra esclava, según la leyenda negra.

La población local era encerrada en ghettos, para dejar el resto de la isla al libre pastoreo de las ovejas, en un régimen similar a la esclavitud, que le impedía a la población autóctona el acceso a las tierras y costas. Estas infamias se prolongaron hasta 1952, año en que el gobierno puso término definitivo a ese contrato y la Armada asumió la administración de la isla. Con posterioridad pasaría a manos de la Corfo. Solo entonces terminó la restricción que pesaba sobre los isleños para elegir sus propias autoridades, dejando de ser ciudadanos de segunda categoría.