Con una coalición quebrada, cabe preguntarse si Sebastián Piñera optará por compartir con parte de su gabinete el fracaso político y cuál será el necesario cambio de estrategia
Por: Rocío Montes

  • 17 julio, 2020

El principal rostro de la derrota del gobierno de este miércoles en la Cámara de Diputados fue el Presidente Sebastián Piñera. Fue el mandatario –cuya popularidad vuelve a descender, al 17%– el que lideró la frustrada misión en la última semana de ordenar a los parlamentarios de Chile Vamos con miras a la votación por el proyecto que permite retirar hasta el 10% de los fondos de pensiones a raíz de la pandemia. Aunque su equipo político queda nuevamente contra las cuerdas, por lo tanto, no es otro que el Jefe de Estado el que asume el mayor costo del fracaso. Porque pese a sus gestiones en la primera línea, la aguja en el oficialismo no se movió ni un centímetro: nuevamente hubo 13 votos de diputados de Chile Vamos (la misma cifra que la semana pasada, pero con algunos nombres distintos) que se cuadraron con la oposición y aprobaron en la Cámara el corazón de la reforma constitucional.

Fue Piñera el que lideró personalmente las tratativas con sus colectividades. Primero, recibiendo por separado a los timoneles de RN, Evópoli y la UDI el sábado en el Palacio presidencial. Luego, el mandatario fue la única contraparte del Ejecutivo en una reunión por Zoom sostenida el lunes con los presidentes y jefes de bancada del oficialismo. En estos encuentros fue donde comenzó a tomar forma la contrapropuesta de medidas pro clase media que La Moneda presentó el martes, con la que buscó persuadir a los parlamentarios de apoyar la iniciativa en el Congreso. Pero el trabajo del mandatario –que apostó temerariamente y asumió el riesgo de convertirse en la principal figura del primer tiempo de la derrota– no tuvo efectos. Como parecía evidente la semana pasada, pero se hizo nítido en las últimas horas, Chile Vamos tiene una desafección con su gobierno.

La apuesta de La Moneda era que el bono de 500.000 pesos, el préstamo estatal sin interés real, el aumento del subsidio de arriendo, la postergación de cuotas del CAE y de las contribuciones hubiesen sido un paquete ganador frente a una iniciativa como el retiro de fondos de las pensiones, rechazada de manera transversal por técnicos de todo el espectro político. Pero en un ambiente en que las instituciones políticas tienen baja credibilidad, con un gobierno debilitado desde octubre y con un clima de polarización que probablemente no vaya a detenerse en el corto plazo, apelar a valores como la responsabilidad y las convicciones –como lo hizo el propio Piñera y sus ministros– terminó siendo una apuesta inviable.

Desde las revueltas de hace nueve meses se ha discutido la necesidad de que el Presidente asuma un papel que no lo exponga a la primera línea –lo que parece complejo, dado su carácter–, sino que lo instale en un registro de Jefe de Estado, sin correr riesgos de aumentar la temperatura de la crispación. Es una de los asuntos que deberían definirse en las próximas horas. Probablemente se tenga que zanjar, a su vez, el destino de su comité político, porque parece evidente que el gobierno necesita un cambio de gabinete para reformular la ecuación. ¿Asumirá solo Piñera el costo de este fracaso o compartirá las responsabilidades? Una tercera disyuntiva tiene relación a la línea que debería adoptar el Ejecutivo, dada la evidente urgencia de un cambio de estrategia.

En marzo de 2018, este gobierno debutó con un conglomerado y, al frente, con una oposición debilitada y sin coalición política: la Nueva Mayoría había desaparecido. Actualmente, dado lo ocurrido con este proyecto que se convirtió en un hecho político decisivo –en parte por la división de la coalición y en parte porque la oposición lo ve como el primer paso del funeral del sistema de pensiones– la derecha tampoco tiene conglomerado y lo que está en tela de juicio, precisamente, es su capacidad de conducción. Porque Chile Vamos no solo está quebrado, sino que ni el Mandatario ni los jefes de la UDI y RN (no hubo votos de Evópoli) pudieron ordenar a los parlamentarios que este miércoles se sumaron a la oposición. Quienes han cuestionado la gobernabilidad del sector, por lo tanto, suman ahora nuevos argumentos.

Es cierto que queda tiempo. El proyecto pasa ahora al Senado y será en ese lugar donde La Moneda intentará detener la iniciativa. Pero el segundo tiempo del partido se ve cuesta arriba y la habilidad de sus jugadores estrella –el comité político– está en entredicho. El final no está escrito. Piñera –el gobierno– tiene en la Cámara Alta una labor menos compleja que en la Cámara, al menos en los números: no son 13 parlamentarios de los que debe preocuparse, sino solo evitar que dos senadores de sus filas se sumen al proyecto. Pero tiene el clima en contra: se trata de un proyecto de altísima popularidad –ocho de cada 10 ciudadanos lo respaldan, de acuerdo a las encuestas–, y la tentación de propinarle una nueva derrota al gobierno seguramente ordenará a la oposición. No ayuda nada a esta administración –que sufre el síndrome del pato cojo a 18 meses de su término– ni la protesta ni la violencia que antecedió a la votación de los diputados.