De ser uno de los clubes más poderosos y exitosos del mundo, River Plate entró en la hora más negra de sus 110 años de historia, al bajar a la segunda división argentina. Una cadena de errores, malas decisiones, casos de corrupción, administraciones fallidas y despilfarro de recursos están en el origen de algo que para muchos hinchas es inexplicable. Por Roberto Cox, desde Buenos Aires.

 

 

  • 12 julio, 2011

 

De ser uno de los clubes más poderosos y exitosos del mundo, River Plate entró en la hora más negra de sus 110 años de historia, al bajar a la segunda división argentina. Una cadena de errores, malas decisiones, casos de corrupción, administraciones fallidas y despilfarro de recursos están en el origen de algo que para muchos hinchas es inexplicable. Por Roberto Cox, desde Buenos Aires.

 

El sol cae en la heladísima tarde porteña y las lágrimas no discriminan. Se aferran del rostro de niños, adolescentes, abuelos, mujeres, duros y blandos. El duelo es monumental. “Estoy muerto en vida”, balbucea un quinceañero a la salida del estadio, mientras llora desconsolado. Su padre intenta contenerlo. Imposible. Ambos están destrozados.

Lo que nunca nadie imaginó acaba de ocurrir. El Club Atlético River Plate, el mismo de las 33 vueltas olímpicas, el de estrellas como Labruna, Di Stéfano, Alonso, Francescoli, Salas y tantos otros, acaba de sucumbir. Perdió la categoría: bajó a la B. El mejor ya no jugará con los mejores. Una historia que comenzó a escribirse lejos de las canchas de fútbol. Entre cuatro paredes.

Digno de Cortázar

Para entender lo que pasó con River hay que recurrir a un escritor como Julio Cortázar, que era hincha de Banfield y tal vez un visionario. Uno de sus cuentos más famosos, Casa tomada, puede leerse como la profecía del declive del club bonaerense, sesenta años después de publicado. Allí narra la historia de dos hermanos que habitan una casa que poco a poco es invadida por extraños, algo parecido a lo que sucedió en el equipo de la banda roja.

Es difícil concebir cómo un club con más de 10 millones de hinchas, 80 mil socios, un presupuesto anual de 55 millones de dólares y jugadores de primer nivel fácilmente transferibles a Europa haya terminado con una deuda superior a los 50 millones de dólares y empantanado en la B nacional argentina.

Se podrán aportar muchos datos a la causa, pero la afirmación de cada uno de los entrevistados en este artículo resulta concluyente: “hay que ser muy torpe para llevar a un club como River a que termine jugando en los potreros”.

Claro, hay que ser muy torpe, porque en Argentina existe una tabla de promedios en que la suma de puntos de los últimos seis torneos (Apertura y Clausura) se divide por la cantidad de partidos jugados. Los promedios más bajos deben jugar una definición con equipos de segunda división para determinar si conservan la categoría o simplemente descienden. Es decir, River no descendió por culpa de su reciente campaña. Lo hizo a raíz de sus tres últimos años.

Los responsables son de ayer y de hoy. Una seguidilla de fracasos deportivos que comenzó durante los ocho años del mandato de José María Aguilar y culminó bajo la presidencia de Daniel Passarella.

Resumiendo la historia, en 2001 Aguilar fue electo para dirigir los destinos del equipo. Dejaría la dirección ocho años después, con una reelección de por medio. Durante su periodo, la Banda Sangre se coronó cuatro veces campeón (poco para un club acostumbrado a ganarlo todo), no obtuvo ninguna copa internacional y en el Apertura 2008 sufrió la peor campaña de su historia al terminar último con 14 puntos. Inmerso en una profunda crisis deportiva, económica e institucional, fue ese mismo campeonato lo que pesó en el pobre promedio de los “millonarios” –como los llamaban en sus buenos tiempos– que los llevaría al descenso. En 2009 asumió Passarella, campeón del mundo con la selección argentina en 1978 y 1986, pero ni el Káiser pudo evitar la caída.

Mal negocio

River siempre fue una fábrica de cracks. Las selecciones juveniles y la adulta de Argentina solían contar con 5 o 6 jugadores provenientes de sus divisiones inferiores. Una presencia que abría el apetito de los grandes clubes europeos. Sólo en la última década aparecieron de su cantera nombres como Aimar, Saviola, D’Alessandro, Cavenaghi e Higuaín, entre otros. Una mina de oro para cualquier institución del continente.

Tras asumir Aguilar, sin embargo, comenzaron las fuertes pérdidas económicas que apuraron la venta de jugadores recién ascendidos al equipo adulto. Con escasos minutos en primera y poco roce internacional, terminaban por emigrar a Europa a un costo muy bajo.

Roldolfo D’Onofrio fue testigo de esta improvisada política. Enfrentó a Passarella en las últimas elecciones de 2009. Estuvo a tan sólo cuatro votos de la victoria, de un total de 15 mil. Su nombre ha sonado fuertemente para dirigir una lista de consenso que intente revertir el mal momento de River, una situación improbable mientras el actual presidente, el mencionado Passarella, no dé un paso al costado.

“Todos los contratos que el club ha firmado en el último tiempo tienen un común denominador: no hay llamado a licitación. Son amigos de los dirigentes de turno los únicos que terminan haciendo ofertas”, afirma el abogado Daniel Kiper.

D’Onofrio es socio vitalicio y habla con dolor al ver al equipo de sus amores en la B. “Esto es como cuando un ser que vos querés mucho se muere de un infarto. River es como el tipo más sano del mundo que se muere de un infarto. No lo podés creer. Es inexplicable que esto haya pasado, pero a veces la gente se muere de un infarto por falta de cuidado, por no tener una vida sana… y River tuvo el infarto”, reflexiona.

Recuerda que “hubo un tiempo en que River tenía pérdidas por 18 millones de dólares anuales pero podía vender esa suma en jugadores. No sólo porque le salían futbolistas que eran vendibles, sino porque el mundo no había pasado por la crisis del 2008. Los equipos del mundo compraban mucho más de lo que compran ahora. Ahora hay menos demanda a menos valor”.

Fue bajo la gestión de Aguilar que la presión de los medios evitó lo que muchos catalogan como lo que pudo ser “el mayor escándalo de la historia del fútbol argentino”. En 2006 hubo un intento por vender el 30% del pase de 16 jugadores a un grupo de empresarios. Entre esos nombres se encontraba el de Gonzalo Higuaín, una joven promesa que años más tarde brillaría en el Real Madrid.

Por un tercio de su pase se pretendía pagar 3 millones de dólares. Felizmente para las arcas de River la operación no se llevó a cabo. El pase del goleador terminaría elevándose hasta los 18 millones de dólares. “Era un tremendo disparate”, recalca un molesto D’Onofrio. En ese mismo combo figuraban también el arquero Juan Pablo Carrizo, Diego Buonanotte (vendido al Málaga de Pellegrini por 5 millones de dólares) y Oscar Ahumada.

Para D’Onofrio, una de las primeras medidas equivocadas de Passarella fue despedir al “único equipo de gente que estaba trabajando bien con Aguilar”. El empresario hace referencia a Gabriel Rodríguez, responsable del buen rendimiento del principal activo del club: las divisiones inferiores. “Cuando llegó Aguilar, echó a Delém, un brasilero que sacó a jugadores como Saviola, Aimar, Mascherano y D’Alessandro. Y luego, en la última etapa, trajo a Rodríguez. Lo único que hizo bien Aguilar. Hoy, todos los jugadores jóvenes que tiene River son fruto de su trabajo”.

La cara opuesta de estos cuestionamientos es la compra de jugadores. Durante el mandato de Aguilar se contrataron 95 en ocho años, lo que arroja un promedio de 12 por temporada. “Significa que cambiaste medio plantel todos los años, con lo cual no hay continuidad, se afecta el resultado deportivo. Si vos traés mucho es porque traés cantidad y no calidad; si traés cantidad, tapás al de las inferiores”, dice Matías Patanian, actual vocal de River y quien conoce de cerca la manera en que se toman las decisiones al interior del club.

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“Para el torneo pasado se contrataron 14 jugadores, se gastaron 15 millones de dólares y River está en la B. La relación costo beneficio fue pésima”, comenta aún fastidiado por el momento que le toca vivir. “No me pongo colorado para decir que, después de la muerte de algún familiar cercano, este es el peor momento de mi vida. El peor por lejos. Estas últimas semanas me he sentido muy mal, me he alimentado mal, no he dormido, tengo un dolor en la boca del estómago que todavía no se me va, estás irritable, tratás mal a los que tenés al lado”.

Patanian justifica su enojo: “los pasivos y los balances están determinados por la venta de jugadores. Vos tenés que hacer todos los ajustes y reestructuraciones sobre la base de la venta de jugadores. River vende a Buonanotte en 5 millones de dólares; excelente, pero al mismo tiempo rechaza una oferta por Funes Mori por 7 millones que le hubieran servido al club para reforzarse muy bien. Es inexplicable”.

Dineros turbios

Daniel Kiper fue uno de los candidatos que enfrentaron a Aguilar en las elecciones de 2005. Abogado y muy relacionado con el mundo River, intenta explicar los porqués de la debacle. “Todos los contratos que el club ha firmado en el último tiempo tienen un común denominador: no hay llamado a licitación. Son amigos de los dirigentes de turno los únicos que terminan haciendo ofertas”, afirma Kiper, antes de comenzar a disparar ejemplos de mala gestión.

Cree firmemente que la explotación económica de los derechos de televisión debe ser hecha por cada club en forma independiente, sin sujeción a contratos masivos. De esta manera, da a entender que el club pudo haber recibido mucho más que los 9 millones de dólares anuales que percibía hasta ahora por el plan Fútbol Para Todos impulsado por el gobierno de Cristina Fernández.

Kiper recuerda resignado que “a fines de la década de los 90 se hablaba de tres cifras. El conocido relator y periodista Víctor Hugo Morales habló de un negocio de 1.500 millones de dólares por la televisación del fútbol en épocas del uno a uno (un peso, un dólar); nosotros habíamos hecho un cálculo tomando en consideración el valor del segundo publicitario y llegamos a los 1.000 millones; y Carlos Avila, entonces titular del canal Torneos y Competencia, nos dijo que estábamos equivocados y que le cifra equivalía a 300 millones de dólares. River en aquel momento cobraba 10 millones. Aún aceptando la menor cifra propuesta por Avila, noten la diferencia de valores”.

Se desconoce qué destino sufrirá el contrato de televisión de River jugando en segunda división. Si bien existe un interés del gobierno por transmitir sus partidos por señal abierta (dicha competencia va por cable), en la B todos los clubes cobran por igual: 1 millón de dólares.

Pero la TV no es el único negocio en el que River habría perdido importantes sumas de dinero. Kiper saca a la luz el episodio en el que el reconocido empresario artístico Daniel Grinbank denunció que el club le rechazó una oferta para arrendar el Monumental por 500 mil dólares por evento. “Otra empresa ofreció 400 mil y una tercera, 300 mil. No comprendo por qué la actual comisión directiva le adjudicó el contrato a la que ofrecía el menor valor”, dice Kiper, partidario de convertir a River en una productora de eventos que se quede con las ganancias de cada show.

La lista suma y sigue. Entre risas, Patanian rememora un caso que roza lo absurdo durante la era Aguilar. En ese entonces debían llevarse a cabo labores de refacción en el gimnasio del club. Se presentaron tres presupuestos y todos estaban escritos de la misma manera: Gimnacio con c. “Los había hecho la misma persona. Finalmente, la empresa que se adjudicó el proyecto estaba radicada en una villa miseria. Un ejemplo claro para decir acá hay corrupción, afirma.

Otro caso fue el de la pantalla instalada en el estadio. La publicidad que ahí se exhibía dejaba ganancias por 1,5 millones de dólares al año. Kiper una vez más dispara: “River no percibía nada, salvo el beneficio de tener la pantallita en el estadio”. Algo similar ocurrió con lo derechos y la venta de bebidas durante los partidos de River, la selección argentina y los recitales. Un negocio que deja ganancias por 2,5 millones. En el Monumental sólo se quedan 9 mil dólares.

Condenado a la B, algo inédito en su historia, durante aquella triste tarde del 26 de junio los responsables tenían nombre y apellido entre los hinchas: “Aguilar, Passarella, son todos unos incompetentes. Esto es River, hay que llevarlo en el corazón. No lucrar con la gente”, rezaba el mismo quinceañero que entre lágrimas mostró su bronca.

Personalismo y soberbia

Veinticuatro horas después de la hecatombe, Passarella adoptó dos importantes medidas: puso al mando del plantel profesional al hasta entonces jugador e ídolo Matías Almeyda e inició una auditoría a la gestión de su antecesor, Jose María Aguilar. La investigación busca determinar el destino de los casi 4 millones de dólares por la venta del jugador Fernando Belluschi, establecer responsables por el incumplimiento de un contrato de 500 mil relativos a un partido ante Boca Juniors en Bolivia y denunciar penalmente a los responsables de las irregularidades en la construcción del Museo River, entre otros.

“No entiendo por qué tardó un año y medio. Me parece muy bien que lo haga, pero no sé por qué lo hace ahora. Es una medida mediática. Es la autopsia del muerto. Me va contar que a River lo han manejado mal, pero River está muerto”, se lamenta D’Onofrio.

Kiper agrega que “los puntos que Passarella dio a conocer son de poca trascendencia. Pareciera que el auditor, si es que auditó algo, dijo Aguilar se tomó un café y no lo pagó. Nada relevante”.

La oposición lo acusa de soberbio, personalista y de no aceptar las opiniones externas que buscan darle una mano al club. Patanian señala que “antes de comenzar el campeonato le dijimos a Passarella que estaba subestimando la situación futbolística, que queríamos tener acceso a cómo estaban reestructurando el déficit mensual operativo, que estaba enfrentando este torneo con un técnico que tenía en su haber tres descensos (Juan José López) y nos opusimos a la compra del jugador Adalberto Román por el cual se pagaron 3 millones de dólares. Cuando veíamos venir la debacle le pedimos una reunión para rehacer las relaciones con la Asociación de Fútbol de Argentina (AFA) y para saber qué estaba pasando con el plantel profesional. Nos contestó telefónicamente que nos quedáramos tranquilos, que la reunión se llevaría a cabo el 30 de junio, ya con River en la B (el cuarto descenso en la carrera de López)”.

Pocos se atreven a aventurar el futuro económico y financiero del club en segunda división. A partir de agosto afrontarán un mundo desconocido que obligará al primer equipo a recorrer 20 mil kilómetros a lo largo y ancho de todo el país.

Los ingresos de TV serán menores, pero los sponsors se mantendrán. En ningún punto se estipuló una reducción de los contratos si es que River perdía la categoría. Ni el más pesimista de los empresarios se lo imaginó. Mientras, las recaudaciones prometen ser records con hinchas llenando estadios de ciudades que jamás pensaron ver a la Banda Sangre. En la B, en todo caso, los partidos se juegan sin público visitante. Debido a la importancia y la convocatoria de River, sus dirigentes pretenden lograr que se haga una excepción que permita a los hinchas millonarios de todo el país poder ir a los estadios.

D’Onofrio asegura que su tiempo ya pasó. Sin embargo, su visión es optimista. “Sacar a River de esta situación no es tan complicado. El que agarre ahora tiene todo para ganar, es más fácil todavía. Este año te vas a cansar de ver a gente con la camiseta de River. El hincha va ser más hincha que nunca. Cuando un grande se cae hace mucho ruido y va salir con una fortaleza tremenda. Si se lo administra bien, si no se cometen errores y en el hipotético caso de que Passarella dé un paso al costado, el que asuma pasa a la historia de River como uno de los grandes presidentes, porque tiene mucho para ganar y poco para perder. Pasarella también lo puede hacer, pero se tiene que abrir un poco”.