El arquitecto Gonzalo Mardones, cuya firma ha sido recurrente por estos días en la prensa, pone su mirada en el urbanismo para explicar la crisis actual. Asegura que la mala política pública detrás de la construcción de viviendas sociales es una de las causas de la violencia que impacta a las ciudades. También apunta a los parlamentarios: “Debemos parar esta ‘matinalización’ de Chile, donde cada político y cada rostro de televisión hablan sin entendimiento de lo que es el país”.
Por: Josefina Ríos

  • 5 diciembre, 2019

El arquitecto Gonzalo Mardones es nostálgico de un Santiago que ya no existe. A sus ojos, en los últimos 50 años la capital chilena cambió drásticamente su fisonomía hasta convertirse en la “no ciudad” que tenemos hoy. Su diagnóstico se extiende también a las urbes de nuestras regiones y apunta a que esa lamentable transformación es la génesis de muchas de las causas que generaron este estallido social.

“Lo que hemos hecho en la ciudad durante en el último medio siglo ha sido un desastre. Santiago solía ser una ciudad linda, equilibrada, con cerros y cordillera, inspirada en las urbes europeas, con manzanas y parques en su centro, con edificios de fachada continua, sin espacios negros ni vacíos urbanos, donde lo más importante eran sus espacios públicos”, asegura con melancolía. Agrega que en ese Santiago antiguo las calles y avenidas tenían proporciones distintas, al igual que los bulevares, como el Paseo Bulnes, y también tenía un lugar preponderante el metro, “el elemento más equitativo y fundamental de nuestra ciudad”, asegura el profesional detrás de obras tan emblemáticas como el Museo MIM o la embajada chilena en Berlín.

-¿Por qué cambió?

-En los noventa, cuando Jaime Ravinet asumió la alcaldía de Santiago, tuvo una idea brillante: devolverle la habitabilidad al centro de Santiago. Para ello, planteó un proyecto que apuntaba a la redensificación de esa comuna. Había distintas formas de hacerlo y para mi juicio se hizo de la peor posible.

-¿De qué manera se hizo?

-Muchos de los antiguos habitantes de Santiago centro emigraron: al sector oriente los más ricos y al sur y al poniente los más pobres. Lamentablemente, la redensificación que se planteó en la alacaldía de Ravinet se hizo a través de torres aisladas, muy inhumanas. Esas torres -que comenzaron a proliferar en esa época- tienen hoy su máxima expresión en los guetos verticales de Estación Central, pero para ser sinceros, existen hace mucho tiempo y en distintas comunas del centro poniente de la capital. La culpa no es del exalcalde, sino de los urbanistas que lo asesoraron.

-¿A qué asesores te refieres?

-Varios, pero principalmente a Marcial Echenique, un arquitecto muy reconocido, con muchísimos pergaminos, pero que a mi juicio tuvo una mirada con un fundamento muy norteamericano pro auto y anti movilidad pública, o sea, muy equivocado para lo que debiera ser la realidad latinoamericana. Echeñique vive en Inglaterra y quizás por eso tiene una mirada muy distinta a los que hemos vivido, crecido, estudiado y hecho clases en Chile. ¿El resultado? Una ciudad de gigantografías, llena de espacios negros y con cero figura urbana.

-Eso respecto del centro, pero hay problemas graves también en la periferia capitalina.

-Claro, por otro lado, se desarrolló una periferia muy torpe que resolvió el tema de las viviendas económicas y medias entre el río Mapocho y el río Maipo, de la misma manera como antes se plantaban lechugas en esos paños, solo que ahora “sembraron” casas una al lado de la otra, sin ningún plan arquitectónico por detrás. Y esa es la “no ciudad” que tenemos hoy.

-Pero ese tipo de construcción en la periferia comenzó antes, en la década del setenta durante el régimen militar, con el fin de erradicar los campamentos y entregar soluciones habitacionales a los sectores más pobres.

-Es verdad. Con la llegada de los militares se produce un fenómeno economicista que tuvo virtudes, pero que también cometió errores y uno de los grandes errores fue que no densificaron la tierra urbana del país. Por el contrario, optaron por un modelo de ciudad extendida como una mancha de aceite que es lo que vemos hoy en Santiago.

-¿Por qué?

-En ese modelo los privados construían, pero era el fisco el encargado de llevar movilidad, seguridad, salud, servicios, etc., lo que constituye un error y sembró inequidad. El punto es que no lo hizo, probablemente porque no tenía los recursos, pero ¿por qué no los tenía? Porque no gravaba a los inversionistas, cuando lo lógico era gravarlos para poder, con ese capital, “hacer ciudad”.

-¿O sea se aplicaron criterios economicistas que funcionan bien para otras áreas en el ámbito de la vivienda, pero sin absorber los costos que significaba implementar un modelo mixto?

-Exactamente. Incluso se llegó durante 25 o 30 años a la barbaridad de ni siquiera exigir pavimento a las inmobiliarias para los nuevos barrios. Ahora, por lo menos, se les demanda pavimentar las calles, pero hasta hace poco se hacían soleras y veredas de tierra, imagínate el grado de contaminación que genera eso. La contaminación urbana de Santiago no parte por los buses ni por los autos, comienza con la tierra en suspensión producto del tránsito por estas calles, ese fue el origen del desastre medioambiental en nuestra ciudad. Entonces, la mal desarrollada redensificación de Santiago y la mala política pública detrás de la construcción de viviendas sociales en la periferia son, a mi juicio, la génesis de la barbarie…

-¿Barbarie?

-La palabra barbarie se origina en los bárbaros, que eran aquellos que vivían en los extramuros de las ciudades romanas, las que como sabemos estaban cercadas por muros de piedra. En los intramuros se desarrollaban las urbes, que eran el lugar de encuentro, de paz, de diversión, de trabajo y también de dormitorio. Los bárbaros, en cambio, eran aquellos que usaban la violencia para subsistir y por ello no vivían en los intramuros de Roma. En esa línea, Santiago comenzó a crear zonas específicas para el trabajo y el ocio diferentes de las comunas dormitorio, en vez de integrarlas en un todo. Eso es una barbaridad, porque la ciudad debiera ser todo lo contrario.

-Claro, surgieron barrios dormitorios, donde solo hay casas, pero no existen hospitales, ni colegios, ni áreas verdes, tampoco comercio ni comisarías. ¿Se podría decir que son verdaderos guetos, donde sus habitantes viven con sus propias reglas?

-Exactamente, y el código número uno es la violencia: como no hay ciudad, no hay calles, no hay figura urbana, ni plaza, no aprenden a interactuar en sociedad. Hace dos años, me tocó sobrevolar Santiago. Quedé impactando con el desamparo de nuestra periferia. Por ejemplo, mientras Vitacura tiene 20 metros cuadrados por habitante, Puente Alto no alcanza a los 2 metros cuadrados por habitante. Allí no hay árboles. ¿Qué cuesta plantar árboles o hacer un parque? El costo de hacer una buena ciudad desde el comienzo es mucho más bajo que el de hacer una mala. Imagínate lo que cuesta llevar agua potable, alcantarillado, luz y pavimento después.

“Hay una responsabilidad del Estado en este desorden, pero también de los privados. Los grandes empresarios inmobiliarios son aquellos que son capaces de llamar a buenos arquitectos para desarrollar proyectos innovadores”.

-¿O sea que detrás de esta crisis hay responsabilidad evidente del rol regulador del Estado?

-Hay una responsabilidad evidente del Estado en este desorden, pero también de los privados. Los grandes empresarios inmobiliarios son aquellos que son capaces de llamar a buenos arquitectos para desarrollar proyectos innovadores. ¿Pero qué es lo que han hecho muchos inmobiliarios? Llaman a un arquitecto firmante y le dicen, “mira, como yo no creo en la arquitectura, no creo en la belleza -que es el gran problema de este país-, hazme esto y esto y cóbrame tanto”. Esa es la realidad.

-¿Y qué se debe hacer ahora para, aprovechando esta crisis, recuperar la ciudad?

-¡La arquitectura puede salvar a Chile! Lo digo con completa seguridad. Es tiempo de que el Ministerio de Vivienda y el Ministerio de Obras Públicas o al ministerio que le toque no siga llamando a propuesta a los empresarios, si ellos no tienen idea de ciudad y no tienen por qué saber. Debieran llamar a un concurso rápido -porque hay urgencia, pero no prisa- a los arquitectos y la mejor idea se desarrolla. Recién ahí se convoca a los empresarios de la construcción para la licitación de estos proyectos.

-¿Y qué rol tienen los gremios? En Chile, la Cámara Chilena de la Construcción (CChC) tiene una voz relevante en el debate público.

-Soy un admirador de la CChC, pero también un gran crítico. He sido socio toda mi vida, aunque no participo. Creo que la Cámara ha hecho esfuerzos, pero no los necesarios para poder cambiar lo más esencial, que es que todas las propuestas urbanísticas sean primero concursables vía arquitectura y luego llamar a propuestas de construcción. Ellos han peleado y han conseguido que estos procesos se hagan vía propuesta inmobiliaria y han elegido, en la mayoría de las ocasiones, a gente que no sabe hacer ciudad para sus proyectos. Hoy tenemos un premio Pritzker entre nuestros arquitectos (Alejandro Aravena), tenemos otros arquitectos también con distinciones en todas partes del mundo y que educan a otros alrededor del planeta, y a esos arquitectos no les dan la oportunidad de contribuir y finalmente se deben volcar a la academia. No desaprovechemos nuestra inteligencia.

¡No tienen idea!

Desde el 18 de octubre pasado, Gonzalo Mardones ha recorrido algunas de las zonas más dañadas por la violencia que ha afectado a las principales ciudades del país. “Cuesta mucho entender cómo pudimos llegar a esto. Hace dos semanas, viajé a Valparaíso y es impresionante ver cómo una ciudad que es patrimonio de la humanidad está en ese estado de vandalización, es un desastre”.

Lo mismo siente cuando recorre las calles de Santiago y observa el grave daño al patrimonio cultural que se ve en los distintos barrios. “¿Quién conoce a Virginio Arias, a Samuel Román o a Marta Colvin? Todos ellos hicieron tantos aportes a la escultura urbana. Y hoy, ¿quién conoce a Francisco Gazitúa o Federico Asler? Ambos están haciendo las mejores esculturas urbanas de este país. ¿Saben los vándalos quiénes son ellos? ¡No tienen idea! Tampoco saben quién es el general Baquedano y que seguirá ahí firme sentado en su caballo, a pesar de que lo cambian de color todos los días”, sostiene el arquitecto.

Su respuesta es tajante: “No lo saben y siguen atentando contra lo poco que nos queda de patrimonio. Si hay un país que tiene poco patrimonio es Chile y en eso Parra nunca se equivocó: somos pura natura y también estamos destruyendo lo que tenemos ahí”. Por eso, asegura que “a esa gente hay que aislarla con pensamiento y con razón. Chile tiene que volver a ser un país de gente que piensa por el bien común”.

-El gobierno ha respondido de diferentes maneras: una agenda social, un camino constitucional, paquetes para reactivar la economía local. Sin embargo, no ha incluido dentro de sus propuestas soluciones para mejorar las ciudades. ¿Hay desconexión de la política con este tema?

-Sí, pero ha habido intentos. Por ejemplo, hay profesionales que entienden de ciudad y han dedicado su vida a eso, gente como Pablo Allard, Iván Poduje, Paz Serra y otros que han estado en el círculo más cercano del Estado en varios gobiernos y que lo han hecho bien, porque tienen una visión clara de ciudad. Sin embargo, para los gobiernos no ha sido un tema prioritario. Mientras el Estado y la CChC sigan haciendo más de lo mismo, mirando este tema como una cuestión netamente económica, no va a pasar mucho.

“Piñera tiene toda la capacidad para poder sacar esto adelante, a pesar de lo tardío que ha sido en muchas de sus decisiones. Lo demostró antes, cuando frente a un fenómeno tan destructivo como el terremoto, pudo reconstruir todas las ciudades de la sexta a la octava región y parte importante de la Quinta y la metro-politana”.

La “matinalización” de Chile

Interesado en las políticas públicas, Gonzalo Mardones es actualmente parte del Consejo Asesor Nacional de Clapes UC. Además, durante el primer gobierno del presidente Piñera se decía que participaba del “tercer piso”, grupo informal de asesores que tuvo el mandatario entre 2010 y 2014. Pero él matiza: “Ese tercer piso es un mito, jamás funcionó como un grupo de consejeros. Era solo un grupo de profesionales de distintos ámbitos que participó muy pocas veces en reuniones de tipo informal o de amistad”.

No ha visto a Sebastián Piñera desde que comenzó la crisis, pero le escribió para felicitarlo por su cumpleaños, el 1 de diciembre pasado. Con todo, su cercanía al presidente es conocida. También su confianza en él: “Creo que el mandatario tiene toda la capacidad para poder sacar esto adelante, a pesar de lo tardío que ha sido en muchas de sus decisiones. Lo demostró en su gobierno anterior, cuando frente a un fenómeno tan destructivo como el terremoto y posterior tsunami, pudo reconstruir todas las ciudades de la sexta a la Octava Región y parte importante de la Quinta y la Región Matropolitana, de forma rápida, eficiente y con buenos resultados”.

Desde que comenzó la crisis, Gonzalo Mardones ha combinado su pasión por el diseño con la escritura de cartas. Preocupado por la situación de violencia que vive el país, ha publicado sus misivas en las páginas de El Mercurio. Asegura que siente “vergüenza” de la clase política chilena. En esa línea insiste: “Debemos parar esta ‘matinalización’ de Chile, donde cada político y cada rostro de televisión hablan sin entendimiento alguno de lo que es el país”.

-¿Qué es lo que le da vergüenza específicamente?

-Principalmente que después de un acuerdo que firmaron todos los partidos políticos -salvo el Partido Comunista y otros- hace casi tres semanas, ahora los parlamentarios se dediquen a pasearse por los matinales, cultivando su propio ego y a sacándose la mugre entre ellos, y no haya ningún discurso relativo a la alta política. Muy pocos han mostrado prudencia, que es la virtud más importante en cualquier político, aquí hay solo exceso y confrontación. Estamos frente a un país absolutamente vulnerable, como nunca lo hemos estado. Se nos está quemando el territorio, es dramático y nuestras ciudades están abiertas a los vándalos. Se ha formado en Chile, por primera vez, una sociedad que se divide entre anárquicos, lumpen, marchadores… creo que hay que quebrar este eje de los “malditos” y que no tienen nada que ver con las legítimas reivindicaciones sociales, estas son válidas y hay que seguir en el camino de las propuestas para solucionarlas.

-¿Pero no cree que la violencia responde también a un círculo vicioso dado por la condiciones de vida de muchas de estas personas: viven en espacios de 40 metros cuadrados, su living es la calle, muchas veces de tierra, y sin servicios básicos, donde interactúan con el narcotráfico y balas locas?

-Somos absolutamente culpables. Tenemos que caer en la cuenta de que no podemos seguir haciendo ciudades de esta forma. Y el Estado en esto tiene gran responsabilidad. Pero creo también que la solución es más sencilla de lo que pensamos. Como no se puede demoler todo lo que existe, debemos pensar cómo mejoramos lo que hay. Existe el concepto de “acupuntura urbana”, que en definitiva lo que propone es que vas tocando un punto a la vez y lo revitalizas. Primero hay que hacer un catastro y luego empezar por levantar los espacios públicos: plantar más árboles, hacer buenos paraderos, los cuales pueden funcionar como verdaderas plazas, incluso con columpios para que la gente en vez de esperar la locomoción parada al sol, tengan sombra y juegos para entretener a sus hijos. Tenemos que hacer una ciudad más lúdica.

Mardones cree que en este intento por buscar soluciones, la equidad es clave. “Pero equidad no significa que todos tengamos las mismas viviendas. Sí significa que el metro llegue a todas partes y principalmente a los lugares más pobres. Y también que todos aporten según sus posibilidades. Yo estudié en la universidad y no tenía padre, por lo tanto, pagaba un porcentaje de mis ingresos. Como tenía un ingreso mínimo como dibujante, ese monto era muy cerca del mínimo. Pero compañeros míos que tenían más privilegios pagaban el máximo. No es tan difícil hacer un país más equitativo. El Transantiago o el metro, por ejemplo, no tienen por qué tener tarifa plana, sino que según ingresos. Lo mismo que el Tag, o los impuestos. Finalmente, que paguen más los que pueden hacerlo”.